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Historia Vol. 4. "Nadie se salva"

Un hombre, alto, de cuerpo atlético (¿será modelo?) Suda, llora, no de ese llanto cuando nos deja una persona. Este hombre llora, con un llanto sigiloso, sutil, con pasión. Llora bonito. Una gota de sudor se desliza hacia abajo recorriendo su hermoso rostro en dónde se une con una bella lágrima que sus ojos, sus coquetos ojos derraman. Por su mente sólo quiere que pase rápido el tiempo que lo congoja. Suspira detenidamente, pero, cuando lo hace, sus tristes ojos no contienen el llanto y sus ojos nuevamente arrojan una lágrima más, una bella lágrima, brillante, redondita, recorre toda su mejilla hasta llegar a su barbilla.

Con su musculoso brazo, intenta limpiarse las lágrimas y el sudor de su frente, pero no es suficiente porque volverían, volvería ese sudor, esas lágrimas, esos suspiros. Voltea hacia un costado y logra ver luz, la luz que lo salvaría de su angustia, la luz que lo llevaría de nuevo a la felicidad. En medio de lágrimas y sudor, cierra los ojos, sonríe y sus oídos escuchan la voz de la salvación diciendo: “próxima estación, Polanco”.

Fin.