historia del ojo

Historia del ojo, "El ojo de gato" (Fragmento)

Tres días después de habernos conocido, Simona y yo nos encontramos solos en su quinta. Vestía un delantal negro con cuello blanco almidonado.
Comencé a advertir que compartía conmigo la ansiedad que me producía verla, ansiedad mucho mayor ese día porque intuía que se encontraba completamente desnuda bajo su delantal.

Llevaba medias de seda negra que le subían por encima de las rodillas; pero aún no había podido verle el culo (este nombre que Simona y yo empleamos siempre, es para mí el más hermoso de los nombres del sexo). Tenía la impresión de que si apartaba ligeramente su delantal por atrás, vería sus partes impúdicas sin ningún reparo. 

En el rincón de un corredor había un plato con leche para el gato: “Los platos están hechos para sentarse”, me dijo Simona. “¿Apuestas a que me siento en el plato?” —”Apuesto a que no te atreves”, le respondí, casi sin aliento. 

Hacia muchísimo calor. Simona colocó el plato sobre un pequeño
banco, se instaló delante de mí y, sin separar sus ojos de los míos, se 

sentó sobre él sin que yo pudiera ver cómo empapaba sus nalgas
ardientes en la leche fresca. Me quedé delante de ella, inmóvil; la
sangre subía a mi cabeza y mientras ella fijaba la vista en mi verga que,
erecta, distendía mis pantalones, yo temblaba.
Me acosté a sus pies sin que ella se moviese y por primera vez vi su
carne “rosa y negra” que se refrescaba en la leche blanca. Permanecimos largo tiempo sin movernos, tan conmovidos el uno como el otro.
De repente se levantó y vi escurrir la leche a lo largo de sus piernas,
sobre las medias. Se enjugó con un pañuelo, pausadamente, dejando
alzado el pie, apoyado en el banco, por encima de mi cabeza y yo me
froté vigorosamente la verga sobre la ropa, agitándome amorosamente
por el suelo. El orgasmo nos llegó casi en el mismo instante sin que nos
hubiésemos tocado; pero cuando su madre regresó, aproveché, mientras yo permanecía sentado y ella se echaba tiernamente en sus brazos, para levantarle por atrás el delantal sin que nadie lo notase y poner mi mano en su culo, entre sus dos ardientes muslos.

Regresé corriendo a mi casa, ávido de masturbarme de nuevo; y al día siguiente por la noche estaba tan ojeroso que Simona, después de haberme contemplado largo rato, escondió la cabeza en mi espalda y me dijo seriamente “no quiero que te masturbes sin mí”.

“Lo que siguió se produjo sin transición e incluso sin vínculo aparente, no tanto porque las cosas no estuvieran relacionadas, sino porque las presencié como un ausente. En pocos instantes, para mi horror, vi a Simone morder uno de los globos, a Granero adelantarse y presentar al toro la muleta roja; luego a Simone, la sangre a la cabeza, en un instante de densa obscenidad, desnudar su vulva donde entró el otro cojón; Granero fue derribado y acorralado contra la balaustrada; los cuernos golpearon tres veces al vuelo la balaustrada: uno de los cuernos atravesó el ojo derecho y la cabeza. El clamor aterrado de la plaza coincidió con el espasmo de Simone. Catapultada del banco de piedra, vaciló y cayó; el sol la cegaba, sangraba por la nariz. Algunos hombres se precipitaron, cogieron a Granero.

Toda la muchedumbre de la plaza estaba en pie. El ojo derecho del cadáver colgaba.”

El secreto del Sauce -cuento para pasar el fin de semana.

-Pero, ¿prometes que no te olvidarás de mí?

-Bromeas, ¿cierto? Se necesitarían más de 7 mares para poder olvidarme de ti, y ni hablar para reprimir el deseo de seguir a tu lado.

Y sus cuerpos se confundieron en un profundo beso. Ya no era el primero, pero estaba cerca de ser el último.


Promesas como esas eran hechas todos los días en el reino. Parejas de jovencitos enamorados prometiéndose llegar hasta el fin del mundo, tomados de la mano. Era usual escuchar esa clase de juramentos en cualquiera fuese el lugar en donde se estaba.

Pero esta pareja no era del todo común.

Tendidos sobre el suave césped, con sus manos entrelazadas, observando al infinito cielo. Mirándose de vez en cuando a la cara, memorizando cada rasgo, cada facción, temiendo que cuando les tocara separarse, no pudieran volver a  reconocerse.

El sauce los contemplaba imponente. Aquel en cuya corteza estaban talladas las iniciales T+T, encerradas en un corazón. Ése era su punto de encuentro. Pero ellos sabían que lo suyo era prohibido. Y ese árbol era el único testigo de su pasión.

Al día siguiente le presentarían su prometido a la dulce doncella. Tony, el muchacho, partiría con toda su embarcación, también mañana. Bueno claro, en aquellos tiempos, eso era bastante normal en el pueblo, si no fuese porque la tripulación del navío de Tony era popularmente conocida por ser… bastante ilegal.

-Pero, no se puede.

-Aun así, ¿me amas?

-No más de lo que te amaré mañana.


Diez años transcurrieron a partir de ese día. Para algunos con lentitud, para otros con premura. Y con ellos, aquel punto de encuentro vivo de recuerdos, fue creciendo, extendiéndose. El sauce, en poco tiempo se convirtió en el árbol más grande de la comarca.

Tony ya no era el muchachito de antes. Era todo un hombre, todo un capitán, todo un pirata. Uno de esos pocos que eran admirados. De los que en vez de secuestrar mujerzuelas, robaban centenares de tesoros. De aquellos que cuando su nombre era mencionado a los niños, provocaba las más temibles pesadillas. Y había vuelto al reino. Había vuelto al fin.

Una vez que su barco ancló en la costa, lo primero que hizo fue correr a toda velocidad hasta donde estaba el sauce, su sauce. Aquel identificado por un corazón con la leyenda T+T.

Cuando lo encontró, lo observó feliz. -Mira qué grande te has puesto. Parece como si hubiese sido ayer.

-¿Y no lo fue Tony?

Si había algo que él no esperaba, era que estuviera ella. Que estuviera ella allí. Esperándolo, como si fuera un sueño. Ella. Siempre fiel. Siempre bella.

Se dirigió hacia los brazos de su amada. Estaba hermosa con su vestido de seda azul marino.


El encuentro fue el que ambos habían anhelado, o como ellos creían que lo harían. Después de examinarse mutuamente y de haberse puesto al tanto de parte de sus vidas, les tentaba la idea de huir juntos.

-¿Escapar? -A ella se le llenaban los ojos de lágrimas. La dama no solamente estaba casada con el heredero al trono, ya estaba casada con su nación.

-¿Escapar? -A Tony se le hacía un nudo en el estómago. Él, estaba casado con su barco, y la nación ya había puesto precio a su cabeza.


-¡Eleven anclas!- gritó aquel que fue un muchacho lleno de promesas, desde la popa del barco, mientras se alejaba de su pueblo natal. Apenas era capaz de divisar la costa.

Una lágrima de recuerdos escapó de sus ojos. Las posibilidades de volver eran tas escasas como los baños que tomaban los marineros.

-¡Tony! -Alguien le gritaba. Pero no podía ser quien él deseaba. Sus oídos no daban crédito a lo que creía oír.

-¡TONY! ¿AÚN ASÍ, ME AMAS? –era ella quien le gritaba desde la orilla de la playa.

-¡NO MÁS DE LO QUE TE AMARÉ MAÑANA!-

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-Así que, ¿esa es la historia del sauce de tu jardín abuela? ¿Por eso el peculiar corazón?- pregunté yo, encantada con la historia.

-Tan cierta, como que mi nombre es Thacianne.

-Abuela, podrás engañar a todos, pero a mí no. La otra T, correspondía a tu nombre, ¿no?

Me miró emocionada, asintiendo. Luego, se llevó un dedo a los labios, en señal de que debía mantener el secreto.

-¿Y no le has vuelto a ver? -le volví a interrogar.

-Cariño, lo veo todos los días en los ojos de tu padre.


GRACIAS POR LEERME. 

Hasta la próxima :)

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