hilanderas

Velázquez - “Las hilanderas” o “La fábula de Aracne” (1655-1660, óleo sobre lienzo, 220 x 289 cm, Museo del Prado, Madrid)

“Las hilanderas” de Velázquez es una obra de teatro barroca y nosotros, los espectadores. La figura femenina de la izquierda aparta una cortina roja, que bien podría ser un telón, para que podamos ver dos escenarios consecutivos, separados por un par de escalones, en los que el artista nos cuenta dos de los momentos clave de la fábula de Aracne. ¿Y quien era Aracne? Según nos cuenta Ovidio en “Las metamorfosis”, Aracne era una joven lidia que hilaba y tejía como los ángeles. El problema es que la fama se le había subido a la cabeza y se había puesto bastante tontita. Para tratar de bajarle los humos, la diosa Atenea se presentó un día en su taller disfrazada de ancianita, convencida de que la chica escucharía sus sabios consejos. No hubo forma. La impertinente de Aracne mandó a la vieja a hacer puñetas y siguió a lo suyo, dándose aires. Visto lo visto, la diosa no tuvo más remedio que quitarse el disfraz y aceptó competir con Aracne para ver cuál de las dos tejía mejor. La chica representó en su tapiz las hazañas amorosas de Zeus con diferentes mortales. Como era de esperar, Atenea se tomó fatal lo de ver al picaflores de su padre en plena acción y destruyó el tapiz de Aracne. En ese momento, la joven se dio cuenta de su error y arrepentida trató de ahorcarse, pero la diosa se apiadó de ella y la salvó, convirtiéndola en araña.

En el primer escenario, Velázquez representa el taller de Aracne, a quien podemos ver de espaldas, devanando la lana a toda velocidad (fijaos en como se mueven sus dedos). Es una figura bellísima, a pesar de que no podemos verle la cara. Al otro lado está Atenea, haciendo girar la rueca disfrazada de anciana, pero dejando asomar una pierna estupenda de chica de veinte años. El efecto de movimiento de la rueca es otro prodigio técnico. En la parte del fondo, Velázquez ha pintado a otras cinco mujeres frente a un tapiz, tres de ellas vestidas de forma muy elegante. Una de ellas mira hacia nosotros, para que no nos despistemos y prestemos atención a esta segunda escena. Las otras dos son Atenea (con el casco) y Aracne (con túnica), en el momento en que a la diosa le da la pataleta por el tema del tapiz. Velázquez no tenía sitio para pintar todos los amoríos de Zeus, así que se limitó a uno, el rapto de Europa. Utilizó como modelo la versión del mito que había pintado Tiziano, de la que ya hablamos hace tiempo (http://goo.gl/BDNNMm). La conocía por una copia que había hecho Rubens para el rey. La forma de utilizar la luz para guiar la mirada del espectador es impresionante. Velázquez deja la primera escena casi en penumbra, iluminando solamente la figura de Aracne y la pierna de Atenea, para que nos demos cuenta de que está disfrazada (de rebote ilumina también al gato gris y blanco que dormita en el taller). Dando más luz a la escena del fondo, atrapa nuestra atención, asegurándose de que no la pasemos por alto.