gwendolyn-sheperd

Zafiro.

Se rió y volvió a colocar la antorcha en su soporte.

—¿Qué estás haciendo?

—Es solo un momento… Es que antes… Mister George nos ha interrumpido

cuando quería decirte algo importante.

—¿Es por lo que te expliqué ayer en la iglesia? Bueno, puedo entender que me tomes por loca después de eso, pero tampoco va a ayudarme un psiquiatra.

Gideon arrugó la frente.

—¿No podrías mantener la boca cerrada unos segundos, por favor? Tengo que armarme de valor para hacerte una declaración de amor. No tengo ninguna práctica con estas cosas.

—¿Cómo dices?

—Me he enamorado de ti, Gwendolyn —dijo con seriedad. Se me encogió el estómago. Pero esta vez no era de miedo, sino de alegría.

—¿De verdad?

—Sí, ¡de verdad! —A la luz de la antorcha vi que Gideon sonreía—. Ya sé que no hace ni una semana que nos conocemos, y que al principio te encontré bastante… infantil, y supongo que también me comporté como un imbécil contigo. Pero es que eres terriblemente complicada, uno nunca sabe que será lo próximo que harás y en algunas cosas eres espantosamente… ejem… torpe. A veces sencillamente me vienen ganas de sacudirte.

—Vale, la verdad es que se nota que no tienes ninguna práctica en declararte —dije.

—Pero luego vuelves a ser tan divertida e inteligente y tan indescriptiblemente dulce —continuó Gideon, como si no me hubiera oído—. Y lo peor es que basta con que estés conmigo en la misma habitación para que enseguida tenga necesidad de tocarte y de besarte…

—Si, eso es realmente terrible —susurré, y me dio un vuelco el corazón

cuando Gideon me sacó la aguja del sombrero, lanzó lejos al monstruo emplumado, me atrajo hacia sí y me besó.

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Gideon: Deberíamos recoger nuestras cosas. Y deberías hacer algo urgente con tus cabellos; parece como si algún idiota se hubiera puesto a revolver en ellos con las dos manos y luego te hubiera tirado sobre el sofá… Sea quien sea el que nos espere sabrá que dos y dos son cuatro… Oh, por Dios, no me mires así.

Gwendolyn: ¿Cómo?

Gideon: Como si ya no pudieras moverte.

Gwendolyn: Es que no puedo. Soy un pudín. Me has transformado en un pudín.

Gideon: Vamos, pudincito, levántate de una vez. ¿Tienes un peine o un cepillo?

—¿No podrías mantener la boca cerrada unos segundos, por favor? Tengo que armarme de valor para hacerte una declaración de amor. No tengo ninguna práctica con estas cosas.
—¿Cómo dices?
—Me he enamorado de ti, Gwendolyn —dijo con seriedad. Se me encogió el estómago. Pero esta vez no era de miedo, sino de alegría.
—¿De verdad?
—Sí, ¡de verdad! —A la luz de la antorcha vi que Gideon sonreía—Ya sé que no hace ni una semana que nos conocemos, y que al principio te encontré bastante… infantil, y supongo que también me comporté como un imbécil contigo. Pero es que eres terriblemente complicada, uno nunca sabe que será lo próximo que harás y en algunas cosas eres espantosamente… ejem…torpe. A veces sencillamente me vienen ganas de sacudirte.