La estrechó entre sus brazos haciéndose la promesa de cuidarla siempre.
La besó deseando no separar sus labios de los suyos.
La admiró como a una obra de arte.
La entendió y estudió como si fuera su libro favorito.
La protegió de todos sus temores y a veces incluso de sí misma.
La apoyó en todo momento, hasta en sus ideas más locas.
Hizo de almohada en las noches más frías y de saco de boxeo en sus momentos de rabia.
Despejó las nubes y la tristeza y trajo de vuelta a su vida el sol y la felicidad.
La amó de la manera más sincera que un hombre puede llegar a hacerlo. Se entregó por completo a ella.
Pero ella se marchó.
—  Recovecos de mi alma