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El vestido del fracaso

A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí,
la imperiosa, la implacable necesidad
de relacionarlo todo con el amor.
Elena Poniatowska, El recado.

Ese vestido ligero con flores carmesí manchadas, imprecisas si no tienen un cuerpo al que aferrarse, me caza cada que entro al clóset y lo veo forrado con plástico.  Al final un borde de tela que sobresale de todo me avisa que no me he ido, que aquí sigo.

Las cosas parecen tener el don y la maldición de no solo cargar con sus poderes materiales −porque es un vestido glorioso−, sino también con las historias de cómo las compramos, el lugar en dónde lo hicimos, el destinatario que quisimos que tuvieran o simplemente un pedazo de nosotros y nuestros sueños, alguna idea que se nos ocurrió mientras sosteníamos un pedazo de algo palpable ahí y nos trasladábamos lejos, donde los sueños se hinchan hasta hacerse reales.

Cada que entro a mi clóset es una batalla: por el vértigo que me da ver cómo me he construido a mí misma con lo más simple y casi anodino que es la ropa, pero además por la connotación personal que sostiene cada prenda. En el caso del vestido trasparente y volátil, liviano y un tanto opaco si no fuera por esas flores, el fracaso. El vestido carga consigo la historia de un viaje nunca realizado, de tiquetes cancelados: “Bueno señorita Calvache, recuerde que habló con María Martínez de Avianca, le deseo un buen día”, de imágenes de paisajes florentinos rotos, de ese vino tinto que no me tomaré sentada con los pies sobre la mesa de aquel restaurante en el Mediterráneo.

Y así un manto de alegorías sobrepasa al objeto, y mientras lo ignoro aunque mis ojos, ávidos de saber qué hay ahí en ese vestido, solo deseen posarse sobre él, intento buscar otra cosa. Repaso la camisa que se ve carísima y me costó 10 dólares, las zapatillas rojas de ese día que fui a encontrarme a quien no conocía, la falda que me acuerda al outfit que tenía cuando una vendedora de J. Crew me persiguió por un centro comercial atestado solo para preguntar exactamente en donde había comprado cada cosa, esas botas que parecen de Brigitte Bardot y que nunca me han decepcionado en una cita. Después —como siempre me he dicho: “acá no solo vinimos a ser felices”—la contraparte se impone: el vestido que compré para Florencia y que nunca utilicé y que me mira directamente a los ojos de la suerte; esos zapatos que conseguí con él en mente y que nunca me vio puestos; ese regalo que compré tarde, muy tarde, y que sigue ahí en la bolsa, empacado, y yo sin decidirme qué hacer, porque el regalo tarde también significa una incapacidad, la mía por no entregarlo, la de otro por no recibirlo, la mía por no saber qué hacer cuando las cosas fallan.

Supongo, cuando me siento a contemplar qué es lo que pasa, que cada compra además es un acto de fe, un pasaporte hacia algún sueño que todavía no se ha producido, un mapa a personas desconocidas. Supongo también que muy debajo de nuestra piel y su realidad se esconden unos deseos celosos de sí mismos, que podrán o no podrán ser contados pero que existen: el deseo de generar envidia en aquella persona que alguna vez no quiso quererme, el deseo de vengarme luciendo tal opulencia y el deseo de que el otro diga: vaya que sí fui un tonto al perderla.

Caminar por la Toscana italiana, leer en la playa, correr con esos flats porque se te está haciendo tarde para llegar a la entrevista del trabajo de tu vida. Todo objeto es en realidad un catalizador hacia otras cosas, otras realidades, otros mundos, y así, como ese vestido, algunas cosas te recuerden lo que has perdido, lo cierto es que cada pérdida como cada prenda es susceptible de generar nuevas ganancias: nuevos amores, nuevos deseos, universos, miradas, destinos, mundos y guiños.

Que por un avión que despegue sin nosotros y nuestro equipaje, otro estará esperando nuestra presencia traspasada por esa segunda piel que sí hemos decidido tener de manera voluntaria. Que al final es el yo el que siempre sale a relucir en nuestra escogencia y quién sabe, quién sabe y estaremos otro día en ese aeropuerto de la mano con la imagen de carne y hueso de ese a quien tanto adoramos o solamente tomados como rehenes por nuestros miedos y expectativas porque vamos a cruzar esa puerta solos. Quién sabe.  

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VALENTINA: Editora en Jefe. 

“Lo que muestras a los otros no eres tú, es un personaje que creas… nadie sabe quién soy yo realmente… si acaso yo.”

Por Adela Cardona

Abre la puerta. Detrás suyo, con unos ojos miel consentidos, aparece Gaga, su amor, su perrita. Ella, con sus medias hasta la rodilla, su saco gris oversize y el collar transparente, con joyas negras, sale a saludarme con una sonrisa: “!Hola Babe!” dice, mientras me besa las dos mejillas y hecha hacia atrás su pelo, castaño oscuro con cintas rubias, ahora corto: “…sabes no entiendo porque la gente se apega tanto a eso, el pelo crece, las cosas cambian, pasan”.  

Me guía por la escalera hasta el tercer piso, su piso. Su estantería, atiborrada de tesoros, de Bret Easton Ellis, de Fitzgerald, de Salinas, de Vallejo, de Plath, habla de uno de los tantos lados de ella. Hablan de una Valentina escondida entre las letras, que busca en ellas una forma de estar en el mundo que no sea esta, una más allá o más acá, pero no esta.  

“El primer poema con el que me enamoré de Salinas fue el de No quiero que te vayas, dolor, última forma de amar…” dice abriendo una agenda, en la que está pegado este poema. En ella hay más recortes, recortes de rumbas, de toques de reggae, de fotos, de amigas, de sus padres, de pasajes y boletos de cine, de memorias hechas collage, hechas retrato, hechas Valentina en el papel.

Al lado de la biblioteca se ve abierta la puerta de su closet, su cuarto de disfraces, el hábitat de sus personajes: “Mi papá desde pequeña me dijo que lo que muestras a los otros no eres tú, es un personaje que creas… nadie sabe quién soy yo realmente… si acaso yo.”. Le pregunto qué hace cuando se siente triste, me responde que se inventa un personaje poderoso, que no esté en ese estado: “me pongo ropa de colores fuertes o me visto de All black everything”.

Una de sus posesiones más preciadas es una carta que le regaló su papá a su mamá, que dice: “…no sé cómo terminará este escrito. Pero tengo ganas de decirte algo.Estoy feliz de todo lo que me sucede, de que estés a mi lado, de que seas Sandra.” Su papá, Mario, un arquitecto que se quedó en casa con su hija desde que nació, le enseñó a Valentina a dudar de sus alrededores y de sus pensamientos, a preguntarse sobre cosas como qué es real y qué no. Quizá por eso eligió un camino como el de la literatura o el de la escritura; para poder tener herramientas con las que aprehender el mundo y cuestionar a los demonios que acechan su pensamiento. Su mamá, Sandra Valentina, una abogada que ha trabajado desde siempre para mantenerla, no solo le dio su nombre y sus crespos–que Valentina esconde bajo un pelo inmaculado, creado a punta de plancha y rulos– sino su estilo y tenacidad. Como ella, Valentina es una mujer cuya fortaleza se nota en la forma como camina, altiva e inalcanzable y en la manera cómo ha sido capaz de  mirarse en el espejo, aceptarse como es y no ser condescendiente consigo misma cuando se ve caer. Una de las cosas siginificativas que le dio su mamá  fue un anillo con forma de infinito: “nosotros no somos muy expresivos, excepto en contadas ocasiones. Yo estaba pequeña y me quedaba un poco grande, pero lo guarde porque quiero pensar que con él, ella me quería decir algo”.  Quizá le quería decir que a pesar de que  tenía un cáncer que había cazado a las mujeres de su familia por generaciones, nunca estaría sola. Cuando uno habla con Valentina se da cuenta de que el hecho de que su mamá haya logrado vencer un cáncer de mama, ha moldeado gran parte de su ser.

Ahora, de su closet saca dos cosas: un bolso vintage verde y unos tacones negros de charol. El bolso está acuchillado en uno de los lados “creo que esto me representa… yo soy de amores y de odios… a un tipo en una rumba le pareció chistoso acuchillarlo”. Los zapatos son una metonimia de ese desespero que le produce tener ciertas prendas que no se pone porque no ha salido a un lugar que lo merezca o no ha habido nadie que lo amerite. 

En su sala hay un espejo de cuerpo entero. Valentina, al mirarse, comenta: “nunca me han gustado mis rodillas, están torcidas”. Sus rodillas, que aparecen por encima de las medias, giran ligeramente una hacia a la otra; singularidad imperceptible para el observador desprevenido, pero que a ella maximiza en su mente: al ver la foto que le tomo a estas, abre los ojos en un gesto de sorpresa y dice “se ven menos juntas de lo que yo percibo”. Y, ¿eso es lo único que no te gusta de ti?, le preguntó “Tampoco me gustan mis costillas, son un poco salidas” me muestra, subiéndose el saco, dejando al descubierto sus costillas y la pequeña cicatriz que ha tenido debajo de ellas toda la vida. ¿Por qué me muestra sus puntos débiles? ¿Querrá ponerlos sobre la mesa de una vez, para que no se aprovechen de ellos después?

“Pero amo mi pelo” afirma, moviéndolo de un lado al otro. Luego, se aleja del espejo y de su mesa de noche saca un brassier de encaje color aguamarina  diciéndo: “me gusta tener senos pequeños, porque puedo usar brassieres sin relleno o barillas y me puedo poner escotes profundos sin verme vulgar”.

En su otra mesa de noche, guarda un cuaderno azul oscuro que, me advierte, es uno de esos objetos confidenciales, que nadie puede leer nunca. Es el cuaderno en el que puede verter  el ruido de  su mente, que está manchado de lágrimas y poblado de poemas.“Ese cuaderno es como mi confidente, no tengo hermanos… de pronto por eso siento la necesidad de escribir, para no tener que contarle mis cosas más personales a un extraño”. Recientemente terminó una novela inédita, Negocios inconclusos: melancólica y desgarradoramente honesta, que tuve la oportunidad de leer y presenciar cómo se iba materializando entre cigarrillos, conversaciones  y copas de vino.

Para Valentina escribir,  es su arte, como pintar era el de su abuelo; cuyos cuadros están colgados en la mesa del comedor de su casa y una de cuyas exposiciones se llamó Tragicómano. “Cuando se murió dejó un cuadro sin terminar, era una plaza de toros, una mitad estaba pintada y la otra no, se veía siniestro, jamás me olvidaré de esa imagen”. La imagen de que ni los seres amados y ni las circustancias son everlasting, como Valentina desearía que fuesen.