espejito

El secreto de las gemelas.

Tatiana y Ludmila son lituanas, gemelas y pelirrojas. En Vilnius, la capital de su país, todos las conocen.

Desde el primer instante en el que fueron engendradas, están juntas. Pero no es el amor mutuo lo que las une.

De pequeñas, jugaban siempre solas. Muchos trataron de presentarles a otros niños.

Tatiana y Ludmila estaban siempre susurrando secretos entre sí, hablaban de lugares mágicos a los que nadie, excepto ellas, podía acceder.

Cuevas, árboles, armarios.

Todos pensaban que al llegar la adolescencia, las jóvenes querrían diferenciarse entre ellas.

Pero la unión entre las hermanas se hacía cada vez más fuerte, y la preocupación de sus familiares aumentó.

“Hijas, ¿por qué no os ponéis guapas y salís a pasear? Seguro que hay chicos que quieren conoceros”, les dijo un día su madre.

“Sólo somos bellas mirándonos la una a la otra. Somos nuestro espejito”, contestó Tatiana.

Eran tan presumidas como para olvidar su propia individualidad?

Las gemelas habían enloquecido. Su madre lo comprendió el día en que encargaron la confección de un vestido en el que cupieran juntas.

“Mira, mamá, ¿qué hay más bello que dos gotas de zumo de zanahoria?”, rió Tatiana.

“¿Es que no lo ves, Tatiana? ¿Es que no te ves? ¡Estás sola! ¡Siempre lo has estado!”, lloró la madre.

Por primera vez en su vida la joven sintió que su hermana no estaba a su lado, que nadie llenaba la otra manga del vestido blanco: “Ludmila, ¿dónde estás?”.

Tatiana se quitó el vestido y deambuló desnuda por casa, buscando a su hermana.

Se sentía mareada, no oía a su madre, a nadie. De pronto, vio un papel que brillaba en la mesa del salón.

“Tatiana Brazauskas. Trastorno agudo del espectro autista y esquizofrenia paranoide”.

Había algo escrito a mano: “Cree que tiene una hermana gemela desde que nació”.

Imagina que una parte de ti es ficticia. Y que todos lo saben menos tú

Nostalgia




Otro día más…
las horas parecen de piedra,
inmóviles y clavadas al reloj.
Tu vida parece montada
sobre un engranaje carcomido,
y te arranca los dedos
cada vez que intentas arreglarlo.

Respiras hondo,
buscas un lugar del tiempo
al margen de inclemencias
donde tu sonrisa pueda repostar.

Y vuelves a ser adolescente…


Recuerdas la sensación ya polvorienta
de cuando tomaste tu primera cerveza
para limpiarte los restos de infancia de la boca;
de cuando los sueños se pegaban a los músculos
creando una armadura indestructible;
de cuando creías haber llegado
al fondo de muchas verdades de la vida,
aunque solo te estuvieras descolgando
del cordón umbilical.



Tenías vacaciones de tres meses,
en las que tu asignatura pendiente
era encontrar un amor eterno
que durase hasta septiembre…
porque aunque algo fuera mal en los estudios,
lo único importante por entonces para un chico
era empezar a dar tumbos por la piel
de las mujeres;
y el eje de la mente femenina,
entender por qué los hombres
pueden tocar sin sentir,
pero no sentir sin tocar.


Nada era tan real
como los delirios de un cerebro
que aún tenía un pie
en el mundo de los cuentos;
por eso los padres eran ogros a vencer;
por eso también el espejo, espejito mágico,
a veces te hacía sentir
como una calabaza;
por eso algunas chicas eran capaces
de comer menos que un esclavo
para entrar en un traje de princesa.




Y ahora que hace años
que el acné no te acompleja;
ahora que tu alma se ha enfriado,
descubres, escarbando en la nostalgia,
que aquellos gritos de tus padres
cuando llegabas tarde a casa
tendrán un eco dulce
cuando ellos ya no estén;
descubres que aquellos pequeños dramas
que decidían la fecha de tu próximo suicidio
son ahora la mecha que prende una sonrisa.



Tranquilízate…
No conozco a casi nadie
a quien el tiempo no haya requisado
unas cuantas ilusiones;
no conozco a casi nadie
a cuyos pies no les haya crecido
algún tipo de cadena;
no conozco a casi nadie
que no tenga una mordaza
en la cartera cuando llega fín de mes;
no conozco a casi nadie
que no se sienta en cierto modo
estafado por la vida.


Tú vigila que al fondo de tu voz
no queden viejos llantos arrugados,
que los odios y tristezas
no se queden atascados en los ojos
y lo pinten todo negro…


Intenta que tu propia mente
no se te lance al cuello…


Y si algo se ha torcido en el camino,
o lo enderezas, o pasas por encima…
Pero nunca dejes que te pare;
o los lamentos se comerán tus ganas de avanzar.


Nunca olvides lo que digo…

… Para que de algún modo,
no acabes como yo.

Eros Ignem

La noche de los feos (1) (cuento)

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

“¿Qué está pensando?”, pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”

“Sí”, dijo, todavía mirándome.

“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”

“Sí.”

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”

“¿Algo cómo qué?”

“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

“Prométame no tomarme como un chiflado.”

“Prometo.”

“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”

“No.”

“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

“Vamos”, dijo.

—Lo que pasa es que se creen sabios —dice de golpe—. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas. En el circo es igual, Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dificultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a mí. Yo no sé qué se imaginan, que uno se está haciendo pedazos para tocar bien, o que el trapecista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o a un gato. Esas son las dificultades, las grandes dificultades. Anoche se me ocurrió mirarme en este espejito, y te aseguro que era tan terriblemente difícil que casi me tiro de la cama. Imagínate que te estás viendo a ti mismo; eso tan sólo basta para quedarse frío durante media hora. Realmente ese tipo no soy yo, en el primer momento he sentido claramente que no era yo. Lo agarré de sorpresa, de refilón, y supe que no era yo. Eso lo sentía, y cuando algo se siente… Pero es como en Palm Beach, sobre una ola te cae la segunda, y después otra… Apenas has sentido ya viene lo otro, vienen las palabras… No, no son las palabras, son lo que está en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba. Y la baba viene y te tapa, y te convence de que el del espejo eres tú. Claro, pero cómo no darse cuenta. Pero si soy yo, con mi pelo, esta cicatriz. Y la gente no se da cuenta de que lo único que aceptan es la baba, y por eso les parece tan fácil mirarse al espejo. O cortar un pedazo de pan con un cuchillo. ¿Tú has cortado un pedazo de pan con un cuchillo? 
—Me suele ocurrir —he dicho, divertido. 
—Y te has quedado tan tranquilo. Yo no puedo, Bruno.
—  “El perseguidor” - Julio Cortázar.

isidoraaguirres15  asked:

Holaaa monstruitos soy solar cancer, Luna en Piscis , ascendencia en Escorpio , si lo sé, muucha agua 💦 bueno mi opción de #La_DelMenú es mi espejo , espejito, espejito quienes son las más bellas del reino ? Galaxia y durazno xoxoxo

*Se sonrojan tapándose los ojitos* Gracias, corazón <3

uh, babe, debes especificar si deseas actor/actriz, modelo u personaje :(

Duraznito-.

Película que me recuerda a cada signo

Aries: ella en mi cuerpo y el en el mío

Tauro: The notebook

Geminis: el cisne negro

Cancer: espejito, espejito

Leo: chicas pesadas

Virgo: tierra de osos

Libra: Titanic

Escorpio: el extraño mundo de jack

Sagitario: Shrek

Capricornio: Las crónicas de narnia

Acuario: red social

Piscis: 3 metros sobre el cielo

Son gemelas, son pelirrojas y guardan un secreto...

Tatiana y Ludmila son lituanas, gemelas y pelirrojas. En Vilnius, la capital de su país, todos las conocen.

Desde el primer instante en el que fueron engendradas, están juntas. Pero no es el amor mutuo lo que las une.

La primera vez que las pusieron en cunas separadas empezaron a llorar a pleno pulmón.

El estruendo fue tal que los vecinos se quejaron. Los padres dejaron que las recién nacidas se abrazaran por esa noche.

No imaginaban que Tatiana y Ludmila seguirían haciéndolo hasta hoy.

De pequeñas, jugaban siempre solas. Muchos trataron de presentarles a otros niños.

Las maestras, los vecinos, los compañeros de clase. No sirvió de nada.

Tatiana y Ludmila estaban siempre susurrando secretos entre sí, hablaban de lugares mágicos a los que nadie, excepto ellas, podía acceder.

Cuevas, árboles, armarios.

Todos pensaban que al llegar la adolescencia, las jóvenes querrían diferenciarse entre ellas.

Pero la unión entre las hermanas se hacía cada vez más fuerte, y la preocupación de sus familiares aumentó.

“Hijas, ¿por qué no os ponéis guapas y salís a pasear? Seguro que hay chicos que quieren conoceros”, les dijo un día su madre.

“Sólo somos bellas mirándonos la una a la otra. Somos nuestro espejito”, contestó Tatiana.

¿Eran tan presumidas como para olvidar su propia individualidad?

Las gemelas habían enloquecido. Su madre lo comprendió el día en que encargaron la confección de un vestido en el que cupieran juntas.

“Mira, mamá, ¿qué hay más bello que dos gotas de zumo de zanahoria?”, rió Tatiana.

“¿Es que no lo ves, Tatiana? ¿Es que no te ves? ¡Estás sola! ¡Siempre lo has estado!”, lloró la madre.

Por primera vez en su vida la joven sintió que su hermana no estaba a su lado, que nadie llenaba la otra manga del vestido blanco: “Ludmila, ¿dónde estás?”.

Tatiana se quitó el vestido y deambuló desnuda por casa, buscando a su hermana.

Se sentía mareada, no oía a su madre, a nadie. De pronto, vio un papel que brillaba en la mesa del salón.

“Tatiana Brazauskas. Trastorno agudo del espectro autista y esquizofrenia paranoide”.

Había algo escrito a mano: “Cree que tiene una hermana gemela desde que nació”.

“Imagina que una parte de ti es ficticia. Y que todos lo saben menos tú”

¿Han visto sus ojos? Estuve mirándolos con disimulo, eran la ventana de su alma y cuando sonreía, el brillo lo acompañaba. Era amable y lograba cohibir ese ímpetu impulsivo y desordenado que me gasto. ¿Han visto sus ojos? Son amables, alegres y atrevidos. Sí, son como los de todos, pero diferentes al mismo tiempo. Si no: míralos.

Keep reading

Tatiana y Ludmila son lituanas, gemelas y pelirrojas. En Vilnius, la capital de su país, todos las conocen.

Desde el primer instante en el que fueron engendradas, están juntas. Pero no es el amor mutuo lo que las une.

La primera vez que las pusieron en cunas separadas empezaron a llorar a pleno pulmón.

El estruendo fue tal que los vecinos se quejaron. Los padres dejaron que las recién nacidas se abrazaran por esa noche.

No imaginaban que Tatiana y Ludmila seguirían haciéndolo hasta hoy.

De pequeñas, jugaban siempre solas. Muchos trataron de presentarles a otros niños.

Las maestras, los vecinos, los compañeros de clase. No sirvió de nada.

Tatiana y Ludmila estaban siempre susurrando secretos entre sí, hablaban de lugares mágicos a los que nadie, excepto ellas, podía acceder.

Cuevas, árboles, armarios.

Todos pensaban que al llegar la adolescencia, las jóvenes querrían diferenciarse entre ellas.

Pero la unión entre las hermanas se hacía cada vez más fuerte, y la preocupación de sus familiares aumentó.

“Hijas, ¿por qué no os ponéis guapas y salís a pasear? Seguro que hay chicos que quieren conoceros”, les dijo un día su madre.

“Sólo somos bellas mirándonos la una a la otra. Somos nuestro espejito”, contestó Tatiana.

¿Eran tan presumidas como para olvidar su propia individualidad?

Las gemelas habían enloquecido. Su madre lo comprendió el día en que encargaron la confección de un vestido en el que cupieran juntas.

“Mira, mamá, ¿qué hay más bello que dos gotas de zumo de zanahoria?”, rió Tatiana.

“¿Es que no lo ves, Tatiana? ¿Es que no te ves? ¡Estás sola! ¡Siempre lo has estado!”, lloró la madre.

Por primera vez en su vida la joven sintió que su hermana no estaba a su lado, que nadie llenaba la otra manga del vestido blanco: “Ludmila, ¿dónde estás?”.

Tatiana se quitó el vestido y deambuló desnuda por casa, buscando a su hermana.

Se sentía mareada, no oía a su madre, a nadie. De pronto, vio un papel que brillaba en la mesa del salón.

“Tatiana Brazauskas. Trastorno agudo del espectro autista y esquizofrenia paranoide”.

Había algo escrito a mano: “Cree que tiene una hermana gemela desde que nació”.


Imagina que una parte de ti es ficticia. Y que todos lo saben menos tú.


*Un relato de ficción basado en las fotografías de Julie de Waroquier*

¿Quién muere cuando muere una piba asesinada?
Mientras tu vieja mira a Tinelli y yo tuitéo indignado, una piba se vuelve abono.
Una piba se vuelve abono y hace crecer las raíces del patriarcado, del sistema macho que la mató.
Una piba que fue tratada, abusada y asesinada como si fuese un pedazo de mierda.
Una piba que con su carne niña hace crecer las flores hermosas de los espejitos sociales, de las mentiras que nos venden y compramos.
Y la piba está muerta y yo hago protesta 2.0 de indignado de muro.
¿Por qué la matan? ¿Por un short? ¿Por un embarazo? ¿Porque coge? ¿Porque no coge?
NO.
La matan porque pueden. Porque el sistema los cubre. Porque nosotrxs lo cubrimos.
El piso que camino está hecho de pibas muertas. Por cada piba que es trending topic hay miles que murieron en el silencio de su casa, porque a ellas no las mata el enemigo, las mata su novio, padre, hermano. Las matamos nosotros. Nosotros que les enseñamos que ese era su final premeditado. Nuestro silencio y sus bifes las “educan”.
Yo tengo una verga. Sirve para mear, coger y reproducirme si así lo decidiera. Esta pija no es un certificado de impunidad ante todo lo que yo quiera hacer. Soy varón por mi fisiología pero jamás seré un ‘Hombre’, jamás esa construcción social que me pide ser violento, macho, guapo, pulenta, agresivo, dominante, insensible y asesino. Asesino de pibas. Asesino de mí mismo, porque mi “ser hombre” mata todo lo que alguna vez pude ser, ese pibe sensible, con dudas y valores, todo eso muere en otra bolsa de consorcio.
El sistema patriarcal mata todo lo que no es hombre. Mata la trava. Mata al puto. Mata a la puta. Mata a todo lo que decide por sí mismo. Misma. Mismx. El patriarcado mata.
Al patriarcado no lo forman los machos violentos y piropeadores solamente. Lo hace mi mamá que es un amor pero todavía separa rosa para nena y celeste para nene. Lo hace tu jefe que no te deja hacer tareas de hombre. Lo hace ella al mirar a la que por la calle se viste como quiere y le dice puta. Al patriarcado lo hacemos todos, todas y todxs. Y más lo hacemos cuando no hacemos nada, no hacer, callar, ceder, es validar y permitir. No hacer es hacer mucho.
Entonces, ¿Quién muere cuando muere una piba asesinada?
Nos morimos todos. Mueren sus cuerpos, muere nuestra vida, muere la libertad de ser.
Esta es mi indignación de muro de red social. Por eso el 3/6 a las 17hs marco al Congreso para pedir muy fuerte Ni una menos.
—  Lucas Fauno
¡Nuevo juego!

#AdivinaLosSignos

Criaturillas del mal, Duraznito y yo estuvimos pensando en una nueva dinámica para hoy y aquí está *-* Es bastante sencillo: Nosotras dejamos aquí una conversación entre X y Z donde X es niña y Z es niño. Ustedes dejan como respuesta a este post los signos que piensan que son *-* 

Dentro de los participantes que acierten, elegiremos a uno para contestarle 2 preguntas de cualquier tipo en el chat n-n Los resultados los haremos saber en otro post!

Esperemos que participen! Go, go, goooo!


*En una fiesta*

X: *Deja su vaso sobre una de las mesitas, sonríe a unos invitados y se pone de espaldas para revisar con un pequeño espejito su labial* Ya se hizo un desastre esto *refunfuña mientras intenta arreglarlo un poco.*

Z: *Camina bebiendo un poco de ponche hasta rodear la cintura de la chica por detrás* ¿Arreglándote de nuevo el labial?, te ves hermosa con o sin él…- *Sonríe de lado acariciando suavemente su abdomen*

X: *pega un brinquito y se gira para quedar de frente a Z, rueda los ojos disimuladamente* ¿Qué estás intentando, eh? ¿Acaso no pudiste conseguirte a alguien con quién pasar la noche? *lo mira recelosa*.

Z: *Pone los ojos en blanco quitando el brazo de su cintura* Realmente tenía a unas cuantas esperando por mí esta noche pero si estoy aquí es por algo. *Mira a X detallando su cuerpo de pies a cabeza* Y eres mucho mejor que esas…

X: ¿Sí? Pues pierdes tu tiempo *se cruza de brazos y resopla irritada dejándolo detrás* Como sea, iré por un bocadillo. Será mejor que te regreses con esas cuantas.

Z: *Rie por lo bajo siguiendo sus pasos perdiéndose con la vista de su trasero* ¿Por qué tendría que irme con ellas si yo quiero estar contigo? *La atrae tomándola del brazo* Y recordar esas veces que bailábamos juntos… *Susurra en su oído apegándola a su pecho*

X: *Siente la respiración cortársele, en verdad lo detesta por contradecirla pero tiene ese algo que la hace retractarse. Traga saliva y baja su mirada a sus labios* En verdad me estoy muriendo de hambre *susurra con menos convicción.*

Z: ¿Ah, sí?, ¿qué te gustaría comer ahorita? *La voltea delicadamente envolviendo su cintura entre sus brazos* Porque yo he estado hambriento de ti desde esa noche que te fuiste a casa insultándome *Aspira su perfume y la conduce en los pasos de baile*

X: *Siente sonrojarse y niega divertida* Eres lo peor del mundo, ¿lo sabes? *se para de puntitas para darle un beso de esos que a ambos les encanta* ¿y ahora qué?

Z: *Sonríe abrazándola para devorar sus labios acariciando sus mejillas sonrosadas* Ahora podríamos comer algo afuera, ir a casa y pensar en volver, porque yo ya me estoy desesperando *Esconde su rostro en su cuello y besa esa zona sin soltarla*

¿Adivinan?