ese tequila!

—¿Qué hacen en este lugar considerando que, ya sabes, no podemos salir del palacio? No era de esta forma en la que planeaba que iría todo este viaje,— señaló con un gesto vago de su mano a su alrededor, mirando a ambos lados, como si de la nada fuera a salir algún tipo de entretenimiento de las paredes, antes de volverse a su improvisado acompañante. En verdad no tenía reparos en tratar con familiaridad a cualquiera. —Si hubiera querido presenciar estas cosas, me hubiera ido a parar al Zócalo de Ciudad de México… El lado bueno de esto es que tengo una botella de tequila en mi maleta, y no dudaré en usarla. Algo me dice que prefiero pasar los siguientes días inconsciente. ¿Te interesa?—

No confundamos.

Mi país es hermoso, con sus magníficas flores y empedradas calles, con su salsa bien picosa y su comida de mil ingredientes, sus niños jugando en las calles y los respectivos regaños de las madres; la señora de la tiendita, el señor que vende el periódico, las viejitas de la plaza, esas morenitas de labios rojos, esos hombres de risa completa.
Mi país es alegre, con esos colores por todas partes, con esas fiestas que rozan el amanecer, esos vestidos de mucho vuelo y las trenzas por montón, con ese mariachi ronco que acelera el corazón, con ese tequila y esos bailes que levantan hasta al más “huevón”.
Mi país es fuerte, con esos tantos que juegan vencidas, con esas mujeres que elevan su voz, con esas madres que trabajan tarde y esos papás que llegan cansados, con ese hermano mayor que te protege, con ese primo boxeador; mi país fue fuerte cuando en el 85 todo se derrumbó, mi país fue fuerte cuando una ola de violencia horrible nos golpeó, mi país fue fuerte cuando faltaron estudiantes, mi país fue fuerte cuando miles de madres le explicaban a sus hijos el porqué de la ausencia de papá.
Mi país puede ser fuerte ahora, todos podemos serlo, pero no confundamos fuerza con violencia, ataques sin sentido con una manifestación, no confundamos egoísmo con justicia.
No confundamos el amor a la patria con fregarte a los tuyos, no confundamos “ser un héroe” con saquear una tienda o asaltar a un paisano, no confundamos alzar la voz con apagar la de los otros, pero sobretodo, no confundamos el estruendo de los violentos aprovechados con la fuerte voz y voluntad de un pueblo que despierta, que se mueve, que respira; no permitamos que por errores contra nosotros mismos esto se quede en nada.

Irónicamente te pasas la vida en Institutos, Universidades, Colegios, cualquier centro de educación para aprender de la vida y su entorno: Pero una caricia o una herida te enseñan más. Sí, a partir del dolor o del gozo del cariño aprendes a entender que hay más que palabras en un saludo. Hay el sentimiento de ver una sonrisa, construir un pequeño hogar por el nombre de amor, entrelazar las manos para salir a caminar por el parque.
El dolor también te enseña, te enseña que la vida es agridulce cuando el tren de la felicidad se va con lo que quieres, te quedas en un pasado eterno donde tu salvador es una botella de tequila y amigos convalecientes. Tal vez al tiempo se le olvida aclarar siempre que no cura, al contrario; puede clavarte puñales más fuertes si le das tu consentimiento. Pero hay algo bello que siempre hace: Darte sus horas, momentos, días, meses, años, para mostrarte otra cara del golpe o la herida. Que sí, que lo mejor no ha pasado y no está por pasar; está pasando.
Al final, eso de ser verbos y sólo ser presente simple no funciona, funciona romperse, pasar las normas vitales, dar más allá de un beso y una caricia; lo simple solo funciona cuando te preguntas ¿Me quedo? ¿Me voy? Porque lo simple siempre contiene lo que nunca tiene soluciones concretas, sino complicadas. Al final, solo al final, hay algo más placentero que dos copas llenas de vino y piernas entrelazadas: Las cicatrices, las muestras de que vivimos más de la cuenta.
—  Maktub, Daniela Arboleda.