eran su

Me perdí en su mirada, es que el color de sus ojos me encantaba; no eran ni azules, ni verdes. Eran color café, café que quita el sueño, café que produce desvelos.
—  Clumsy.

Me besó.
Lo besé.
Nos besamos.

Me besó, en la madrugada fría, acabando con mis demonios y llamando a otros tantos.

Lo besé, olvidando mis desastres, posponiendo las culpas, los miedos.

Nos besamos, como si no hubiera nadie más en la habitación, y como si pudiéramos apagar incendios y encender corazones enteros.

Me besó, como nadie me había besado antes, reconstruyendo mis ruinas y destrozando barreras.

Lo besé, como poeta hambriento con sed de poesía, poesía que eran sus labios, en un lento frenesí contra los míos.

Nos besamos, y creamos un poema que constaba de alcohol, fresas y un momento de valor.

Me besó.
Lo besé.
Nos besamos.

Que momento más poético, creando versos con sus besos, tan húmedos y tan hambrientos como con sed de venganza, venganza por mirarme con ese brillito en los ojos y tentarme en la mínima oportunidad.

Lo besé, me besó, nos besamos.
Ahí comprendí, que las cosas que se expresan con la boca, no siempre necesitan las palabras, a veces solo basta con el roce de tu boca y mi boca.
De esa manera con la que sabes volverme loca.

—  La sinfonía del alma.
De repente un día se dejaron

Y sin nada mas que decirse, se soltaron, las promesas que se hicieron quedaron en un veremos, los “te amo"en instantes que duelen al volver. Hoy fue ese día, el día en que ya no hablaron, no se dijeron ni "Hola”, no compartieron un “Cómo estás?”; quizás era para mejor, aunque siempre existe la esperanza de una mirada más, un encuentro más, por que siempre van a estar juntos por mas separados que estén, así eran ellos, así era su amor.

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Opuestos.

No tenían mucho en común, sus edades eran distintas, sus maneras de caminar no coincidían, y mucho menos la estatura. Nunca pensaban igual, tenían ideas diferentes. Él era dueño de sí mismo, ella una niña insegura.
Sus manos parecían haber sido como piezas exactas para encajar una con la otra, con los dedos entrelazados y mirando a la misma dirección.

Él: Aries, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Leo, Virgo. 

Ella: Libra, Tauro, Géminis, Cáncer, Acuario, Piscis. 

Hay personas que no solo dejan huella. Sino que hacen que todo se convierta en suyo.
Que cautivan con su esencia y que la dejan para siempre. Que hacen que sea imposible no sentirlos, aún cuando ya no estén ahí.

Personas que se van, pero jamás nos dejan. Que dejaron sus risas por los pasillos y sus alegrías y el entusiasmo que cada día tenían.

Personas que fueron huracán y tormenta y marea y desastre y arreglo y locura.

Ella fue así, pasó por mi vida, y después se fue, pero jamás me abandonó.
Dejó este lugar, nuestro lugar en ruinas, solo quedaron las ruinas de un amor tan intenso que lo destruyó todo.

Llegó, se fue, todo demasiado rápido, sonrió y un día sin saber cuando, convirtió su sonrisa en mi propósito diario, su risa en mi sonido favorito, y su mirada, en el lugar favorito para perderme.

Fue mi caos, mi desastre, ambos lo fuimos, pero también fue mi salvación, mi felicidad, mi propósito.

Aún me sorprende como es que había tantas cosas asombrosas en una sola persona. Aún no dejo de pensar cómo fue que lo cambió todo, todo en mi y todo en todos lados.

Transmitía la alegría y la vibra más bonita que nunca antes había sentido, era la chica más bella que conocía, y la más triste también, pero su tristeza eran flores esperando la primavera, solo necesitaba nacer. Y cuando nació, lo reconstruyó todo a su paso.

Por dónde caminó dejó huella, y no hablo de solo hacer que todo el mundo la recuerde aún después del tiempo que ha pasado, hablo de que dejó una semilla en cada corazón que fue parte de su vida. Dejó raíces hacia una motivación constante.

Nunca me cansaré de decir que fue de las mejores personas que he conocido a lo largo de mi vida.

Ahora ya no está, no aquí, no ahora. Pero si está allá, en donde siempre perteneció, pero en donde nunca fue parte.

Ella siempre fue contradicción.

Ella fue poesía pura. Poesía pura para el alma herida de este corazón extraño.

Ella se fue, pero permanece contaste conmigo, ya no está siempre en mi mente, pero de mi corazón jamás podrá salir. Siempre estará ahí, mi corazón siempre recordará la chica que lo hizo latir.

—  Misterioso sin sonido.

Ella no era bonita,
al menos no de esa forma delicada
suave, pura,
acristalada.

Ella era de hierro y lágrimas
de sonrisas de infarto
y piernas ligeras llenas de heridas.

Supongo que ella nunca lo supo,
porque el mundo siempre prefirió la rosa a las espinas
pero era hermosa.

De la misma forma en que lo es una tormenta
cuando quieres correr bajo la lluvia
o el sol brillando radiante sobre tu rostro
una mañana de verano.

No se supone que debiera ser perfecta.
Cada una de sus imperfecciones eran un camino directo al infierno,
el infierno más cálido y voraz que he visto jamás reír.

Cómo expresar, que cuando ella te miraba
sentías cada célula, molécula y partícula de tu ser arder
que sus manos no eran suaves, pero sabían cómo contar buenas historias sobre la piel.

Ella nunca lo supo, estoy seguro
que su risa era el compás de todos los rock n´rolles
que su mirada quitaba el sueño y el aliento.
Era una chica fuerte.

Y eso amé de ella, que jamás esperaba un bote salvavidas
que si quería bronca, la buscaba
y si buscaba un abrazo, lo daba,
y no le daba miedo perder el aliento en el intento.

Era esa contradicción poética de querer a alguien a tu lado
pero saber que arderá, 
que ya no será tuya cuando vuelva,
y aún así, amar su fuego.

—  Arashinoko. (Era una chica fuerte)

LA INFLUENCIA DEL MEDIO AMBIENTE SOBRE LA MENTALIDAD

LOS GRIEGOS CREÌAN QUE EL HOMBRE ERA EL PRODUCTO -EN PARTE AL MENOS- DEL MEDIO AMBIENTE. CONSIDERABAN ESENCIAL, POR LO TANTO, QUE TODA PERSONA ESTUVIERA RODEADA POR COSAS DISEÑADAS CON EL OBJETO DE ESTIMULAR SOLAMENTO LOS MÀS ELEVADOS Y NOBLES SENTIMIENTOS DE SU NATURALEZA…

MUY POCO COMPRENDEMOS NOSOTROS DEL EFECTO PROFUNDO O DE LARGO ALCANCEQUE NOS PRODUCEN LAS DISCORDANCIAS. EN FORMA POTENCIAL, EL HOMBRE CONTIENE DENTRO DE SÌ TODO LO QUE EXISTE CON RELACIÒN A ÈL EN LA NATURALEZA.

TODAS LAS COSAS CON LAS QUE TIENE CONTACTO EXTERNAMENTE, EVOCAN UNA CORRESPONDENCIA INTERNA…

VIVIMOS UNA VIDA DISCORDANTE EN LO ARQUITECTÒNICO, MUSICAL Y ARTÌSTICO. LOS EDIFICIOS ESTÀN AMONTONADOS EN EXTRAÑO DISEÑO CUBISTA; INSTRUMENTOS MUSICALES QUE NO TIENEN NADA EN COMÙN, SON EJECUTADOS A LA VEZ; Y EL ARTISTA MODERNO HA ENCONTRADO FÒRMULAS DE COLOR QUE NO TIENEN SU CONTRAPARTE NI EN EL CIELO, LA TIERRA O EL INFIERNO.

LA CONFUSIÒN GENERADA POR ESTA CIVILIZACIÒN NO PODÌA DEJAR DE PRODUCIR EFECTOS PERJUDICIALES SOBRE LA TRIPLE CONSTITUCIÒN DEL INDIVIDUO -MENTAL, MORAL Y FÌSICA…

SI QUEREMOS PRODUCIR UNA RAZA DE HOMBRES Y MUJERES CAPACES DE TENER PENSAMIENTOS RACIONALES E NTELIGENTES DEBEMOS RODEARLOS DE EJEMPLOS DE ESTABILIDAD Y PROPORCIÒN, LOS CUALES EVOQUEN ESOS MISMOS PRINCIPIOS LATENTES EN EL ALMA HUMANA.

GRECIA COMPRENDIÒ PROFUNDAMENTE QUE SUS FILÒSOFOS ERAN EL PRODUCTO DIRECTO DE LOS NOBLES IDEALES DE MÙSICA, ARTE, ESTÈTICA Y ARQUITECTURA LOS CUALES HABÌAN ESTABLECIDO COMO MODELO O “STANDARD” DE SU SISTEMA CULTURAL.

MANLY P. HALL

Entonces mis brazos la apretaron contra mi abdomen con más fuerza y por mi olfato se fugó un aroma a cereza proveniente en su corta cabellera. La volteé hacia mi pecho, mis manos tocaron sus nalgas para levantarla y apoyarla en la barra. Besé muy despacio su cuello y ella con sus ojos cerrados suspiraba recorriendo mi espalda con la misma suavidad que aconteció en el masaje. Sin cambiar de postura la cargué y caminé con ella hasta el sofá de la sala donde la tiré para desabrochar sus pequeños shorts. Sus bragas eran azul pastel y un chorrito de su néctar de pasión escurría. Sus muslos creaban nubes y al acercar mis mejilla a ellos ardían como lava. Con mis dientes arranqué las bragas para hacer huracanes en sus colinas de Venus con mi lengua. Su sexo era de un tono rosado, sus jugos me sabían a pulque curado
—  Teoría de la Fragilidad, Quetzal Noah

Usuario de Tumblr destacado: Carlos Ortega Vilas

Blog: @carlosortegavilas

Ciudad: Las Palmas de Gran Canaria, España

Primera publicación: Marzo de 2015

Carlos es escritor, profesor de español —labor que ha desempeñado tanto en España como en Grecia—, corrector profesional y de estilo. Responsable entre los años 2007 y 2014 de los cursos de escritura de relato en Letra Hispánica (Salamanca), es autor de los libros Tuve que hacerlo y otros relatos (Baile del Sol, 2015) y El santo al cielo (Editorial Dos Bigotes, 2016). Sus relatos han aparecido en diversas antologías, como La lista negra: nuevos culpables del policial español (Salto de Página, 2009). Actualmente reside en Las Palmas, donde coordina los talleres de escritura creativa Fuentetaja.

¿Cuál fue tu primer contacto con la literatura como lector y después como escritor?

Yo no quería aprender a escribir —un obstáculo insalvable para aprender a leer—, así que mi primer contacto como lector fue un poco tardío con respecto a otros niños. Salvado ese obstáculo, no recuerdo un primer libro en particular, pero sí las rimas de Gloria Fuertes, una creadora luminosa que supo conectar como nadie con la infancia: nunca tomó a los niños por tontos. También recuerdo algún extracto del libro de texto —Platero y yo, quizás, fue el que más huella dejó en mí. Me pareció tristísimo—. Fui un niño solitario, de modo que los libros —y los cómics— se convirtieron en mi tabla de salvamento. Recuerdo haber devorado La isla del tesoro, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, Los tres mosqueteros, Escuela de Robinsones… La saga completa de Los cinco, de Enid Blyton, Lago Emoron, de Grigori Jódhzer, los cuentos populares rusos, plagados de criaturas excéntricas y terroríficas como Baba Yaga. Pero tal vez los dos libros más importantes de mi infancia fueron Alicia a través del espejo y La historia interminable.

Como escritor, mi primer contacto con la literatura fue a los dieciséis o diecisiete años. Me presenté a un concurso literario que organizaba mi instituto, en dos modalidades: poesía y cuento. Gané los dos premios y los publicaron. Creo que fue entonces cuando me dije por primera vez que, quizás… De todos modos, antes de aprender a leer, ya me gustaba fabular. Creo que la necesidad de contar es anterior a la de escribir.

Keep reading

No me enamoré de su físico, después de todo sus ojos eran otros ojos café de los millones que habían. Hasta que habló, cuando lo hizo me di cuenta que no era otro del millón, no era simple ni tonto.
Es increíble y con un millón de secretos por contar, con una mente por la cual dejarías de pensar como lo hacías y comienzas a ver el mundo de otra forma.
Me cautivó, me encantó, me fascinó y terminó enamorándome.
—  N.
No tenían muchas cosas en común, sus edades eran distintas, sus maneras de caminar no coincidían y mucho menos la estatura. Nunca pensaban igual, tenían idean muy diferentes. Él era dueño de si mismo y ella una niña insegura. Pero sus manos parecían haber sido hechas como piezas exactas para encajar una con la otra, con los dedos entrelazados para no separarse jamás.
Ver un amanecer a orillas del mar, así era verla a ella al otro lado de la cama. Con su inevitable belleza, su innegable magia y su irremediable locura.

Tenía las medidas del infinito y la mirada de un atardecer. Es que, ella, era un conjunto de todos esos eventos inesperados que te suceden y que basta que te pasen una sola vez para dejarte los folios en blanco.

Joder, la quise

La quise como se quiere lo que un día terminará haciéndote daño, lo que con el tiempo supuestamente sanará, con lo que tienes que enfrentar tu vida una vez que te ha cerrado los ojos para que lo vidente no duela.

Me hizo cerrarme. Me convirtió en una quimera que, a día de hoy, nadie ha sabido cómo abrir de nuevo. Me fue empujando hacia sus límites hasta que, estando frente al abismo, un suspiró fue lo que me sometió a la oscuridad.

En la caída tuve dos opciones: coserme las alas o conocerla a fondo.

Terminé con los huesos rotos y un sinnúmero de fracturas en las costillas. Encendí una vela y me encaminé hacia sus profundidades; a medida que me acercaba, más oscuro resultaba.

Me encontré entonces con una infinidad de espejos, de diferentes tamaños y colores. En cada uno de ellos se reflejaba ella, pero uno, sin duda, fue el que llamó toda mi atención.
Tenía alrededor de 17 o 18 años. Ella lucía un vestido azul marino con peces que le daban vuelta a toda la cintura. Su mirada lucía caóticamente infernal, perdida en el fin, afinando los destrozos que ocasionó aquella vez que le dijeron “no vales nada”, “qué rara eres”, “eres un cero a la izquierda”. Sus brazos eran una cascada rojo oscuro, su piel estaba grietada. Subió dos escalones y la cuerda acarició su cuello.

—¿Estás ahí?
Suspiró en la negrura espesa de la noche, casi se podía tocar lo intangible: el miedo, la angustia, la desesperación.

—Nunca me he ido. —Susurró una voz.
—  Espejos, Benjamín Griss