engendrar

Grave dificultad es creer que por tener muchos lectores, eres un buen autor. No hay punto de comparación entre uno u otro. Atrofiada la mente debe tener este escritorucho, pues para ser grande, hay que molerse en desvelos y conjurar una verdadera obra de arte. Si tu obra no te dice todo lo que no esperabas escuchar y si no te hace llorar o destrozarte a ti mismo, estás perdiendo el tiempo. Hijo, este no es tu oficio, sonar bien no es lo mismo que ser profundo.
—  La gran dificultad del arte de engendrar palabras, Joseph Kapone
Por que não podemos permanecer encerrados em nós mesmos? Por que insistimos em correr atrás da expressão e da forma no intuito de nos esvaziar de conteúdo e sistematizar um processo caótico e rebelde? Não seria mais fecundo entregarmos-nos à nossa fluidez interior, sem desejo de objetivar, apenas sorvendo, voluptuosos, todas as nossas ebulições e agitações íntimas? Viveríamos, assim, numa intensidade infinitamente fértil, todo aquele crescimento interior que as experiências espirituais difundiram para engendrar as mais fecundas efervescências. Uma sensação de atualidade, de presença complexa dos conteúdos anímicos surge como resultado desse crescimento […]. Ser cheio de si, não no sentindo de orgulho, mas no de riqueza, ser atormentado por uma infinidade interna e por uma tensão extrema significa viver com tanta intensidade, que acabamos sentindo que morremos por causa da vida. É tão raro e estranho esse sentimento, que deveríamos vivenciá-lo aos berros. Sinto como se devesse morrer por causa da vida e me pergunto se teria sentido buscar uma explicação.
—  Emil Cioran.

Cicatriz, herida, cerrojo y vida.

Todos estamos heridos. Por el pecho una pequeña navaja entra y deja con su filo, una hendidura. A la altura del corazón la pequeña muesca progresa o se cierra. El trabajo consiste, por el contrario de lo que se dice, en no dejar que se obstruya, no permitir que cicatrice, jamás intentar que cure.

La herida en el pecho, a veces, no se soporta, no se aguanta. Algunos creen morir desangrados, otros de verdad lo hacen. Es arriesgado vivir herido, vivir sangrado. Prefieren dejar que cierre. Inmóvil hay que esperar; lentamente los labios se unen, la sangre coagula, el pellejo endurece.

Para no ser lastimado cierra la única entrada al corazón.

La puerta del alma una herida en el pecho, en el cuerpo. La única entrada resulta ser la muesca de un cuchillo, que al separarnos del todo con el todo, su filo dibuja un camino.

Doloroso es dejar entrar y difícil es abrirse paso. Un día, como flor de medianoche, iluminado por algún satélite, dejaras de luchar; tu cuerpo abandonara cualquier intento, cualquier lucha egocéntrica con su lógica de supervivencia; dejará de ser herida para partirse en dos, convertir en puerta lo que alguna vez fue grieta; entrada de catedral, camino de luz, fuente de sangre, agujero de luz, pozo mágico, vulva universal, boca galáctica, ojo de Dios, entrada celestial.

Ningún movimiento, ningún caminante despistado ni mal intencionado podrá infligir más daño. Solo un Dios podrá abarcar la inmensidad de la entrada y ningún Dios de lastimar tiene necesidad más que de crear, engendrar, renacer.

Delicadamente hay que pedir, déjame tu herida tocar; entrar, caminar, amar. No soy un Dios, pero en mi calidad de humano aun puedo amar. Déjame en tu cicatriz penetrar.

Por José De la Serna

El demonio de la perversidad de Edgar Allan Poe.

En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia tuviera necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos entender, es decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiese introducido por sí misma, no podíamos entender de qué modo era capaz de actuar para mover las cosas humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictarle propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de frenología, por ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural hacerlo), que entre los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera. Asignamos, pues, a éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es el acicate con el cual la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo lugar, habiendo decidido que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la especie, descubrimos inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos con la combatividad, la idealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con todos los órganos que representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en este ordenamiento de los principios de la acción humana, los spurzheimistas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han hecho sino seguir en principio los pasos de sus predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir del destino preconcebido del hombre y tomando como fundamento los propósitos de su Creador.

Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación (puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en lo que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que Dios pretende obligarle a hacer. Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras? Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en sus tendencias esenciales y en las fases de la creación?

La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad a falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad de la equivocación o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos impele a su prosecución. Esta invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo no admitirá análisis o resolución en ulteriores elementos. Es un impulso radical, primitivo, elemental. Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros actos porque sabemos que no deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una modificación de la que comúnmente provoca la combatividad de la frenología. Pero una mirada mostrará la falacia de esta idea. La combatividad, a la cual se refiere la frenología, tiene por esencia la necesidad de autodefensa. Es nuestra salvaguardia contra todo daño. Su principio concierne a nuestro bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al mismo tiempo que su desarrollo. Se sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al mismo tiempo por algún principio que será una simple modificación de la combatividad, pero en el caso de esto que llamamos perversidad el deseo de estar bien no sólo no se manifiesta, sino que existe un sentimiento fuertemente antagónico.

Si se apela al propio corazón, se hallará, después de todo, la mejor réplica a la sofistería que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical. No es más incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún período no lo haya atormentado, por ejemplo, un vehemente deseo de torturar a su interlocutor con circunloquios. El que habla advierte el desagrado que causa; tiene toda la intención de agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y más luminoso lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y lamenta la cólera de aquel a quien se dirige; sin embargo, se le ocurre la idea de que puede engendrar esa cólera con ciertos incisos y ciertos paréntesis. Este solo pensamiento es suficiente. El impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando todas las consecuencias) es consentida.

Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces, energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea, y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y ¿por qué? No hay respuesta, salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del principio. El día siguiente llega, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con nuestro deber, pero con este verdadero aumento de ansiedad llega también un indecible anhelo de postergación realmente espantosa por lo insondable. Este anhelo cobra fuerzas a medida que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra mano. Nos estremece la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido, de la sustancia con la sombra. Pero si la contienda ha llegado tan lejos, la sombra es la que vence, luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al mismo tiempo es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela, desaparece, somos libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde!

Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una nube de sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra forma, como el vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches. Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho más terrible que cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin embargo, es sólo un pensamiento, aunque temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la feroz delicia de su horror. Es simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones durante la veloz caída desde semejante altura. Y esta caída, esta fulminante aniquilación, por la simple razón de que implica la más espantosa y la más abominable entre las más espantosas y abominables imágenes de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él con más ímpetu. No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como la del que, estremecido al borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un instante cualquier atisbo de pensamiento significa la perdición inevitable, pues la reflexión no hace sino apremiarnos para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo, no podemos hacerlo. Si no hay allí un brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos arrojamos, nos destruimos.

Examinemos estas acciones y otras similares: encontraremos que resultan sólo del espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no deberíamos hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible, y podríamos en verdad considerar su perversidad como una instigación directa del demonio si no supiéramos que a veces actúa en fomento del bien.

He hablado tanto que en cierta medida puedo responder a vuestra pregunta, puedo explicaros por qué estoy aquí, puedo mostraros algo que tendrá por lo menos una débil apariencia de justificación de estos grillos y esta celda de condenado que ocupo. Si no hubiera sido tan prolijo, o no me hubierais comprendido, o, como la chusma, me hubierais considerado loco. Ahora advertiréis fácilmente que soy una de las innumerables víctimas del demonio de la perversidad.

Es imposible que acción alguna haya sido preparada con más perfecta deliberación. Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil planes porque su realización implicaba una chance de ser descubierto. Por fin, leyendo algunas memorias francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida a madame Pilau por obra de una vela accidentalmente envenenada. La idea impresionó de inmediato mi imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la cama. Sabía también que su habitación era pequeña y mal ventilada. Pero no necesito fatigaros con detalles impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante los cuales sustituí, en el candelero de su dormitorio, la vela que allí encontré por otra de mi fabricación. A la mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del coroner fue: «Muerto por la voluntad de Dios.»

Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó por mi cerebro la idea de ser descubierto. Yo mismo hice desaparecer los restos de la bujía fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera hacerme sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción que nacía en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período muy largo me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer más real que las ventajas simplemente materiales derivadas de mi crimen. Pero le sucedió, por fin, una época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi imperceptible, a convertirse en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesiva. Apenas podía librarme de ella por momentos. Es harto común que nos fastidie el oído, o más bien la memoria, el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases triviales de una ópera. El martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena o el aria de ópera meritoria. Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando en mi seguridad y repitiendo en voz baja la frase: «Estoy a salvo».

Un día, mientras vagabundeaba por las calles, me sorprendí en el momento de murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar abiertamente.»

No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi corazón. Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he explicado no sin cierto esfuerzo) y recordaba que en ningún caso había resistido con éxito sus embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para confesar el asesinato del cual era culpable se enfrentaba conmigo como la verdadera sombra de mi asesinado y me llamaba a la muerte.

Al principio hice un esfuerzo para sacudir esta pesadilla de mi alma. Caminé vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un deseo enloquecedor de gritar con todas mis fuerzas. Cada ola sucesiva de mi pensamiento me abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien, que pensar, en mi situación, era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles atestadas. Al fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación de mi destino. Si hubiera podido arrancarme la lengua, lo habría hecho, pero una voz ruda resonó en mis oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca para respirar. Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego, sordo, aturdido; y entonces algún demonio invisible -pensé- me golpeó con su ancha palma en la espalda. El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.

Dicen que hablé con una articulación clara, pero con marcado énfasis y apasionada prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero densas frases que me entregaban al verdugo y al infierno.

Después de relatar todo lo necesario para la plena acusación judicial, caí por tierra desmayado.

Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré libre! Pero, ¿dónde?

FIN

No nos engañemos: la pasión no es el trayecto que nos guía hacia el otro, sino el vuelco sobre uno mismo, el vuelco hacia sí mismo. El deseo de engendrar fecunda la propia agonía.


Por eso la sabiduría es indiferencia: la indiferencia, ecuanimidad y la ecuanimidad, calma.


Por eso, y porque quiero vivir, decido observar en calma la pasión que sacude mi cuerpo y lo consume. En lograr cumplir con esta paradoja he empeñado mi existencia.


(A veces, la calma es aún tan sólo ironía. No basta. Es un inicio).

— 

Chantal Maillard

Filosofía en los días críticos

Algunas de las adolescentes que quedaron embarazadas, dejaron la secundaria, y no van a la universidad. Existen varias razones. Cuando vemos una madre adolescente, lo que pensamos o decimos: ‘’si yo fuera ella, me mataría’’ ‘’es una perra’’ ‘’que estúpida, se arruinó la vida’’ ‘’ ¿cómo puede salir de su casa con ese vientre?’’ Son tantas cosas negativas que dicen o piensan esta sociedad. Lástima que esta sociedad somos nosotros. Es triste. Por eso deben pensar antes de decir las cosas, utilicen la empatia, ella se ha de sentir fatal. Ella es una persona común y corriente al igual que nosotros, no tiene nada mejor ni nada peor que nosotros. Si no quieren engendrar a temprana edad, sean abiertos con sus padres, pidan consejos, opiniones sobre el tema; infórmense. Y no critiquen la vida de los demás, porque ustedes no saben por lo que está atravesando esa persona.
Qué sencillo es abrir la boca, lanzar palabras vacías al aire, engendrar un sentimiento falso, hacer raíz en un alma noble. Y qué complicado es sanar la picadura, sacar el veneno, revivir a un muerto, aliviar la herida, cerrar la grieta, que se ha provocado.
—  La picadura, Joseph Kapone
3

“ Hace unos sesenta años, después de la Segunda Guerra Mundial, los Tres Grandes acordaron no engendrar ningún héroe más. Sus hijos eran demasiado poderosos. Ellos estaban afectando el curso de los acontecimientos humanos, causando demasiada carnicería. La Segunda Guerra Mundial, ya sabes, fue básicamente una lucha entre los hijos de Zeus y Poseidón por un lado, y los hijos de Hades por el otro. El bando ganador, Zeus y Poseidón. Hades hizo un juramento con ellos: no más asuntos con mujeres mortales. Todos ellos lo juraron por el río Estigia…pero ninguno lo cumplo. ”

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Bienvenido al tercer planeta de nuestro sistema Solar. El nombre que se te ha asignado no tiene nada que ver contigo. Ha sido decidido por tus padres biológicos. Así como también te han inculcado el lenguaje y las maneras de andar en este planeta. Depende de ti lo que hagas desde ahora. Debo decirte que este es un planeta lleno de seres hostiles que trataran de destruir tus ideales o hacerte dudar de tus sueños. Algunos trataran de criticar tu modo de vivir y tus creencias. Estarás obligado a seguir una serie de leyes absurdas y teniendo por gobernador a un hombre corrupto. Procura ser inteligente en esta jungla de monos. Afortunadamente también te encontraras con la forma de inteligencia más avanzada y que puede soportar cosas inimaginables. Durante largos siglos ha tenido miles de nombres pero coloquialmente la nombraremos: Mujer. Este ser es capaz de engendrar vida y soportar dolores naturales tortuosos. Ha sido considerada la mayor obra de arte natural y un milagro para los ojos que la admiran. Procura ser prudente porque su ambiente es tranquilo y puede sufrir de cambios repentinos. Además de que debes entender que existe un sentimiento inexplicable y demoledor que puede provocar que seas irreconocible. Este sentimiento llamado “Amor” es un tsunami de emociones y que ha salvado a la especie de su extinción. ¡Que tengas un buen viaje! ¡Viajero! esperemos salgas con vida y no te arrepientas de esta selva de locos.
—  La máquina del fin del mundo, Joseph Kapone
Importancia relativa
  • Qué importa que nos hayamos roto el corazón,
  • o llenado de recuerdos, deseos y sueños
  • que jamás podrémos realizar,
  • qué importa eso ahora,
  • de qué sirve hacer el recuento
  • de todo cuánto perdimos, sufrimos y lloramos,
  • no es así como quiero recordarnos,
  • no es así como tengo planeado guardarte en
  • la memoria.
  • No soy partícipe de tu manía de engendrar odio.
  • Mi naturaleza no me permite desearte el mal,
  • odiarte, arrepentirme ni quererte menos.
  • Mis demonios son siempre ángeles
  • esperando hacerte feliz,
  • porque he aprendido que para multiplicar mi felicidad
  • primero debo dividirla,
  • y sabes, dividirla contigo sería perfecto.
  • -Sanddy García
Mujer; tu eres una raza superior para este mundo. Yo no se qué haces aquí, en este lugar tan bochornoso, tan miserable, tan apagado, tan egoísta. A lo mejor viniste para hacer luz en la oscuridad o para ablandar al despiadado o para engendrar vida en la muerte o para tomar por hijo al abandonado…
—  Eres una luz piadosa, Joseph Kapone (J.M.D.G) / Fragmento