en miniatura

#KARMALAND3 - CAMA ELEGANTE Y EJERCITO DE LEPISMA #22

​-V: Hoy se viene un episodio lleno de novedades. Comenzado por la construcción de nuestra cama. Bueno, mi cama, pero que tú me puedes acompañar siempre que quieras Willy. Vale.//  Minuto: 0:14

-V: De momento Willy, luego, me va a acompañar porque quiero hacer una cueva y con él todo puede salir mucho mejor.// Minuto: 1:05

-V: Ponte aqui a mi lado porque se viene miniatura en nuestra cama, bueno, en la cama…en general.
-W: A lo mejor puedo yo venir con mi cama y con mis sábanas, sabes?  Y dormir aqui al lado…// Minuto: 5:10

-W:( Aparece un zombie en casa de Vegetta) Y éste… éste no habrá dormido contigo hoy???? ( Willy indignado)// Minuto: 9:40

-W: Yo estoy intentando dormir, pero como que aqui al lado del agua no concilio bien el sueño, la verdad.
-V: Necesitas que me acerque yo… Mira ya estoy cerquita, ahora en breves podrás dormir. Tengo que poner yo la cama a tu lado, un momento.// Minuto: 13:00

-V: Uy! Eh, Willy, si…estan llamando, un segundo. Vale?Madre mía me siguen llamando al telefonillo, un momento. Que hoy me toca ir a mi. ahora vuelvo. ( En la distancia) Te escucho!!!
-W: Cómo le voy a poner, ojo! Una araña super chetada!!! Vegetta ven ya, Vegetta, Vegetta, Vegetta… tienes que venir!! Vegetta!!!// Minuto: 15:35

-V: Lo justo sería que si me ha dado tres corazones, uno al menos te lo de a ti.
-W: Tres corazones.. y no me quería decir nada…
-V: Toma. Uno, esta bien. Bueno, se podría decir que te he dado mi corazón. Bueno.// Minuto: 17:20

-W: No veas el daño que hacian, a que sí?(Los lepismas)
-V: Si, si. Si me han quitado… prácticamente los pantalones los tengo destruidos…
-W: Uy… Éstos lepismas…(Risitas de los dos)( Que pillines éstos lepismas). // Minuto: 40:05

Wigetta para todos!!!! XD

La Mente

¿Qué es la mente? ¿Qué la crea? Estas dos preguntas abren la puerta a un sin fin de ideas. La mente, por tratarse de una expresión en miniatura del universo, y este en tanto que el todo, no puede ser creado ni destruido, por lo tanto la mente no puede ser creada ni tampoco destruida. Desde el punto de vista del que escribe ahora, la mente es una repruducción fractal de una consciencia superior, que a su vez es producto de una más superior y así sucesivamente hasta llegar a la consciencia toda o única donde todo vuelve a comenzar. No es que la mente sea creada, sino que esta es la que crea a la consciencia.

Somos como un holograma proyectado por la mente que a su vez es una proyección de una mente superior, en otras palabras NO EXISTIMOS.

Todo lo que puede concebir nuestra consciencia, a lo mucho, es una proyección holográfica de algo que de todos modos no existe, y de hecho, la consciencia misma es un holograma que funciona en ambas polaridades, algorítmica y heurística (tema que expondré en otro post).

En resumen, todo lo que creemos que existe, de hecho no existe, ni siquiera esto que estás leyendo, ya que todo lo que “percibes” con los sentidos es una reproducción holográfica fractal de “algo” que no necesariamente está.

Por lo tanto no es sostenible la dualidad bien y mal, correcto o incorrecto, verdadero o falso, lo que existe es un vacío creándose a sí mismo fractalmente.

En “Conversaciones con Dios”, así como en el Dhammapada y en el Tao Te King, se lee “Dios sólo existe para sí mismo”. En la medida de que somos una creación proveniente de la fuente universal, en concreto somos vacío, y más específicamente, vacío fractal.

-Psicología de Alta Consciencia

#KARMALAND3 - CAMA ELEGANTE Y EJERCITO DE LEPISMA #22

Vegetta: Hoy se viene un episodio lleno de novedades, comenzado por la construcción de nuestra cama. Bueno, mi cama, pero que tú me puedes acompañar siempre que quieras Willy.


Vegetta: De momento Willy me va a acompañar porque quiero hacer una cueva y con él todo puede sale mucho mejor.


Willyrex: Bueno… camita, camita… que aquí caben 3 eh, es grande.

Vegetta: Uy! Pues podríamos llamar a Maluma, ~Felices los 4~, falta uno.

Willyrex: Somos 4 en Karmaland eh!

Vegetta: Si, pero aquí hay una cama pa’ 3, hay uno que tiene que dormir encima del otro.


Vegetta: Ponte aquí a mi lado porque se viene miniatura en nuestra cama, bueno, en la cama…en general.

Willyrex: A lo mejor puedo venir yo con mi cama y con mis sábanas, sabes?  Y me duermo aquí al lado.

Vegetta: Si y te las lavo yo.


Willyrex: *Aparece un zombie en casa de Vegetta* Y éste… éste no habrá dormido contigo hoy?


Vegetta: Dime hacia donde quieres ir?

Willyrex: Me sigues?

Vegetta: Si, si, si, donde tu vayas, yo voy.


Vegetta: Hay algo que no he comentado y es que Alexby me ha dejado hoy vendido para empezar y por otro lado… por que iba a grabar con él… y me ha dicho willy…

Willyrex: Y yo soy el segundo plato.

Vegetta: No el segundo plato no, si no que Willy se había despertado y le digo: “Willy, te apetece grabar un episodio conmigo” y me dice “Joe Vegetta eso no se pregunta si es que estoy encantado de grabar contigo, grabaría uno no, docientos!” y digo “Buah Willy, que cosas tienes de verdad”.


Willyrex: Yo estoy aquí intentando dormir, pero como que aquí al lado del agua no concilio bien el sueño, la verdad.

Vegetta: Necesitas que me acerque yo… Mira ya estoy cerquita, ahora en breves podrás dormir. Tengo que poner yo la cama a tu lado, un momento.


Vegetta: Willy, si… pero están llamando, un segundo vale? Madre mía me siguen llamando al telefonillo, un momento, que hoy me toca ir a mi. Un segundito, ahora mismo vuelvo, te dejo aquí la cámara… Ahora vuelvo! (En la distancia) Te escucho!.

Willyrex: Bueno esta araña súper chetada! Vegetta ven ya… Vegetta, Vegetta, Vegetta… Vegetta tienes que venir! Vegetta!.

Vegetta: Ya estoy Willy!


Vegetta: Lo justo sería que si me ha dado tres corazones, uno al menos te lo de a ti.

Willyrex: Tres corazones y no me quería decir nada…

Vegetta: Uno, esta bien. Bueno, se podría decir que te he dado mi corazón.

Ingeniosa idea de la NASA para hacer Marte habitable

Los científicos creen que, como la Tierra, Marte tuvo en el pasado un campo magnético que protegía su atmósfera. Pero hace aproximadamente 4.200 millones de años, desapareció repentinamente, lo que causó que la atmósfera se perdiera poco a poco en el espacio. En 500 millones de años, el Planeta rojo pasó de ser cálido y húmedo a convertirse en el lugar frío y árido que hoy conocemos, un desierto inhóspito para las futuras misiones humanas que se atrevan a llegar hasta allí -la NASA espera consquistar Marte en la década de 2030-. Los peligros, lógicamente, son aún mayores para los colonos que quieran establecerse por la exposición a la intensa radiación y el riesgo de asfixia.

¿Un problema irresoluble? Quizás no. La NASA ha presentado una propuesta tan extraordinaria como ambiciosa que parece sacada de una película de ciencia ficción. Hace unos días, en un encuentro organizado en Washington por la División de Ciencias Planetarias de la agencia espacial, los investigadores propusieron ante colegas de todo el mundo desplegar un escudo magnético en Marte para restaurar su atmósfera «de forma natural». De funcionar, el plan convertiría el planeta en un mundo mucho más parecido al nuestro, con agua de nuevo fluyendo por su superficie, lo que facilitaría el bienestar y la seguridad de los astronautas.

Keep reading

¿Cómo cambiar el desorden por orden? En el universo todo es orden y desorden. Y el aparente desorden causa el orden. En la creación, una supernova explota y en la nube de gas que suelta nacen una multitud de planetas, soles o estrellas. ¿Dónde está el orden? ¿Dónde está el desorden en eso?.

¿La visión del universo no nos invita a reconsiderar eso que tenemos sobre nosotros mismos? ¿No somos un microcosmo en un macrocosmo?. En cada soplo de nuestra vida, una parte de nuestras células desaparecen, reemplazadas por otras que perpetúan y mantienen el buen funcionamiento de nuestro organismo.

Somos un universo en miniatura donde permanentemente se juegan reproducciones biológicas que, ciertamente, están en relación con nuestro estado de conciencia y producen el ser que va a nacer en los próximos instantes de nuestro futuro. Llevamos un destino que esta desde siempre inscrito en nosotros. Es necesario tomar conciencia de ello y asumirlo.

NUESTRA ESTRELLA, NUESTRA SUPERNOVA, ¿EN QUÉ PARTE DE SU CICLO DE DESTRUCCIÓN Y CREACIÓN ESTÁ? ¿DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS EN ESTA PERPETUA TRANSFORMACIÓN QUE SE ESTÁ DESENVOLVIENDO TANTO EN EL DEVENIR DEL UNIVERSO COMO EN NUESTROS DESTINOS COLECTIVOS E INDIVIDUALES?

EN OTRO TIEMPO, SE IBA A LA BÚSQUEDA DEL ELIXIR DE LA JUVENTUD O AL ENCUENTRO DEL GRIAL. LOS ALQUIMISTAS BUSCABAN OBTENER ORO PARTIENDO DE LA TRANSMUTACIÓN DE METALES PESADOS.  ESTÁ TAMBIÉN EL SÍMBOLO DEL FÉNIX, LA FAMOSA AVE QUE RENACE DE SUS CENIZAS. EN TODAS LAS TRADICIONES SE ENCUENTRA EL RASTRO DE ESA BÚSQUEDA DE SÍ, ESA PARTE DESCONOCIDA DEL SER QUE SOMOS.


CHEIKH KHALED BENTOUNES

Mi ansiedad me hace sentir como un fracaso

“Me siento como un fracaso, porque incluso cuando estoy feliz, soy incapaz de disfrutar el momento. Siempre estoy pensando en lo que podría salir mal. Acerca de cómo las cosas nunca van bien para mí, así que si la vida ha ido bien en los últimos tiempos, algo horrible debe estar al acecho en la esquina.

Me siento como un fracaso, porque estoy aterrorizado de cosas que una persona “promedio” nunca pensaría dos veces antes. Estar atascado sentado al lado de un desconocido en el autobús. Entrar en un ascensor lleno de gente. Comer solo en el cuarto de descanso.

Me siento como un fracaso, porque mis errores en miniatura se sienten masivos. Alguien más podría sonrojarse y reírse de un momento incómodo, pero lo pensaré durante días. Semanas. Años. Nunca dejaré de repetir esos momentos de vergüenza en mi cabeza.

Me siento como un fracaso, porque lo mejor de mí nunca es lo suficientemente bueno. Incluso si intento mi más duro, todavía puedo subir con una lista de errores que hice, con una razón por la que podría haber hecho mejor. Siempre me odiaré por no hacer más, por no alcanzar mi máximo potencial.

Me siento como un fracaso, porque me detengo en lo que salió mal por más tiempo de lo que debería. Mis errores ocupan todo mi tiempo, todos mis pensamientos. Me torturan. Se convierten en lo único que puedo pensar en las últimas noches cuando el sueño se niega a venir a mí.

Me siento como un fracaso, porque todos los demás hacen que la vida se vea tan fácil. Pueden levantarse en el escenario y dar un discurso cuando apenas puedo mirar a un amigo en el ojo durante una conversación. Cuando apenas puedo presentarme sin tropezar con las palabras.

Me siento como un fracaso, porque el peor escenario es el único al que presto atención. Nunca pienso en las cosas buenas que me pueden pasar. Sólo pienso en todas las maneras en que podría avergonzarme, todas las maneras en que podría arruinar mi vida.

Me siento como un fracaso, porque no puedo evitar comparar mi personalidad con todos los que me rodean. No soy tan hablador como los demás. No soy tan amable como ellos. No es tan interesante como ellos. Siento que no tengo nada que ofrecer.

Me siento como un fracaso, porque estoy lleno de dudas. Siento que no encajo y nunca lo haré. Siento que todos merecen la felicidad, excepto para mí.

Me siento como un fracaso, porque es fácil olvidar que mis pequeños éxitos siguen siendo éxitos, que cada vez que hablo con un extraño o hago una pregunta en clase, debería estar orgulloso de mí mismo. Me sentiría un poco menos como un fracaso.”

Una sombra

¿De verdad quieres que te cuente todo esto?

         No sabría ni por dónde empezar…

 

Wanda y yo teníamos todo planeado. Bueno, ella… No. Por ahí no… Quizá de más atrás.

         Fue ella quien me consiguió la cita con Billy, eso sí. Él me envió un mensaje con una ubicación y la orden de que me presentara ahí después de las cinco. Ni siquiera había terminado de acercarme a él cuando me pidió que le diera el dinero. Pude ver mi reflejo deforme en el cristal de sus gafas de aviador igual que un perro que se acerca a rogar por comida. Casi no había dormido. Hubiera querido explicarle las razones de mi aspecto, pedirle que no se dejara llevar por la primera impresión, contarle que anoche no había dormido hasta terminar un velero en miniatura bautizado como Libertad III. Él tomó mi dinero, sonrió y se dio la vuelta para perderse en el interior del edificio a sus espaldas. Recorrí la calle hasta donde me alcanzó la vista. Llegué a contar tres hombres que lo custodiaban desde lejos, escondidos, atentos a todo como un sensor de movimiento. Sólo uno de ellos tenía la mirada perdida en el polvo que acumulaban sus zapatos. Seguramente sabes que me gusta hacerme preguntas, así que me dediqué a pensar en las posibilidades de lo que estuviera pasando por su cabeza, y eso hacía cuando por menos de medio segundo, el tiempo que tarda una mosca en agitar sus alas, el hombre volteó y me miró directo a los ojos. Bajé la cabeza como si fuera posible esconderla entre mis hombros, igual a una tortuga… ¿Alguna vez has creído ver una sombra por el rabo del ojo y piensas, y estás seguro, de que ahí hubo alguien pero al girarte te das cuenta de que no, de que nunca existió nadie? Quise convertirme en esa sombra, perderme con el poco viento que soplaba. Toda mi transpiración había decidido acumularse en mis manos y con todo ese sudor busqué mi cubo en la bolsa derecha del pantalón. Quizá no lo sepas, quizá no, pero puede faltarme todo excepto mi cubo y una mochila. El cubo tiene seis opciones para curarme de todo mal, cada una en una de sus caras. Mira. Esta es mi favorita. Como el número cinco en un dado, ¿ves? Al presionar estos botones mis nervios se calman, la incertidumbre se va, el miedo se esconde en algún lugar. Sí. Luego de un rato Billy salió del edificio. Si un día quisieras llegar hasta él, necesitarías principalmente de dos cosas: una, suficiente valor; y dos, un celular con el cien de batería. Quizá tres si tomamos en cuenta el estómago de piedra para no vomitar. Sólo existía una razón por la cual podía atreverme a entrar en un agujero como ése y era para encontrarme con Billy. Le apodaban “El Raso”. La historia que Wanda me contó fue que años atrás había sido soldado… ¿o policía? De cualquier forma hacía honor a su nombre con esas botas brillantes, como nada en esa colonia, una gabardina verde militar y un corte de cabello que parecía hecho con regla y escuadra. Sin decir palabra me entregó una bolsa de papel e hizo una seña a sus guardias y volvió a recargarse en el marco de la puerta del edificio… No podía regresar por el mismo camino por donde había llegado, eso significaría cruzarme con el hombre que miraba sus zapatos, volver a verlo, incluso saludarlo, y no. Así que tomé la dirección contraria y caminé hasta encontrar un autobús. Escogí un asiento justo al centro del camión; no podía ser de otra manera; no atrás y tampoco al frente. ¿Sabías que si un autobús recibe un impacto frontal, los pasajeros del frente tienen el 80% de posibilidades de morir o quedar limitados a causa de una lesión vertebral irreversible? Atrás es peor: los ejes mecánicos pueden incendiarse y no, no puedo imaginar a mamá junto a tres bomberos despegando mi cuerpo adherido al asiento, tratando de identificar mi cadáver a través de dentadura. En realidad no puedo imaginar mi muerte, de ninguna manera, porque yo vine al mundo a hacer algo, a ser alguien… Y bueno, además de la garantía de salvarme la vida, un asiento en medio me ofrece una vista completa del recorrido para no perderme. El lugar adecuado para pensar en los riesgos que tomé sin darme cuenta al confiarle mi dinero a ese hombre que bien pudo hacerse pasar por El Raso; quizá aquel hombre de gafas ni siquiera era Billy, sino un simple encargado de concretar las ventas. ¿Por qué había sonreído? Pensé en cuántas garrapatas había ganado en ese paseo. ¿El Raso habría notado que era mi primera vez? ¿Cuántos baños tendría que tomar, cuánto jabón debería usar para arrancar el olor de orines impregnado en mi ropa?… El paisaje era el mismo en cada parada que hacía el autobús, como una lámpara de sombras que gira y se repite cada determinado tiempo. Mi cuerpo se adormeció y mis párpados se fueron cerrando como en un truco de hipnosis sin poder mantenerme despierto. Después soñé lo que siempre sueño.

 

Cuando abrí los ojos estaba a punto de anochecer. Por la ventana todo seguía igual que antes de quedarme dormido, como si las llantas del autobús se hubieran quedado atrapadas en el asfalto o mi sueño hubiera durado solo un parpadeo. Hice mi parada y bajé. Si el chofer no hubiera tenido arrugado el cuello de su camisa, o la uña de su dedo meñique más larga que las demás, hubiera tenido la confianza suficiente para preguntarle en dónde estábamos y cómo podía regresar a casa. No tenía forma de averiguar en dónde estaba. Mi celular había gastado hasta la última gota de batería dándome indicaciones para llegar hasta Billy. Pensé que sólo tenía dos opciones: esperar que llegara la noche y con eso cederle mis ojos a los indigentes, o caminar, y en el mejor de los casos esconderme hasta que se hiciera de día otra vez, y seguir caminando. Tendría que llegar algún día. Mamá ya me había advertido sobre lugares como ésos, abandonados por gente normal como nosotros y habitados por infrahumanos ignorantes, depósitos de enfermedades mortíferas. Hasta entonces pensé en mi salud. No llevaba ni un solo cubrebocas. En mi mochila (que sirve para eso) solo cargaba con la bolsa que me había dado Billy. Quizá ya no tendría caso regresar a casa después de tanta exposición a la suciedad; solamente regresaría a causarle molestias a mamá, obligarla a darme cuidados y masajes, y tener que soportar a la gente llorando a mi alrededor después de una batalla perdida. ¿Cuántas personas habría culpado por abandonarme al azar en esa horrible colonia? Hoy sigo pensando que salir de ahí se trató de un milagro. Conozco las consecuencias y los riesgos de entrar a un barrio como ése. Aprendí eso y el número de teléfono de mamá incluso antes de aprender a atarme las agujetas. Y pude marcar de memoria ese número desde la caseta que encontré cuadras adelante; pude haberme largado de ahí si las ratas se alimentaran de extremidades de vagos y no de cables de teléfono. Además le harían un favor al mundo… En ese momento creí estar perdido. No sé por qué los minutos parecen hacerse más rápidos al final del día. En poco tiempo aceptaba un destino que creí inevitable. Me convertiría en uno más –quizá en el rey- de los apestados. Pero apareció Dolores. Como Dios frente a Moisés en una zarza en llamas. Yo estaba tan perdido en la asimilación de mi destino que no la noté antes ni ella a mí. La pobre parecía descargar toda su poca fuerza en un intento inútil por abrir la puerta de su casa. Pensé que podía ser irreal, como esos náufragos que creen ver cosas que no son. Al final decidí ayudarla y entramos. La noche ya casi había caído por completo y adentro ningún foco funcionaba. Apenas logré verla sentarse en el único sillón de la casa, muy despacio, como si intentara no arrugar la tela del sillón o romperse las vértebras. Había un teléfono en un rincón, un ventilador empolvado en el techo, papeles regados sobre una alfombra que creo era roja. Dolores padecía una enfermedad de la cual pedía disculpas cada que lo recordaba. Decía: «Si gustas puedes servirte café. Todo está en la cocina. Yo ya no puedo ni limpiarme la nariz por mi cuenta». Y eso dijo antes de quedarse dormida sobre el sillón. Incluso en sueños sus manos seguían temblando, como si estuvieran en medio de un sueño propio y éste fuera una pesadilla. Mi cubo debía estar contaminado de tantas veces que lo usé aquel día, pero funcionaba, además mi verdadera preocupación era comunicarme con mamá a como diera lugar, así que levanté la bocina, apreté los botones de mi cubo y luego los del número de mamá. Rogué porque sonara y cuando lo hizo sólo alcancé a escuchar el timbre una única vez. En la voz de mamá, que contestó preguntando mi nombre, se escuchaba una advertencia de romper a llorar o tal vez, y con más seguridad, un rastro de haber llorado durante horas. La pude imaginar sentada a un lado del teléfono desde las cuatro de la tarde, esperando a que alguien llamara para informarle mi paradero. Tú sabes que si pasa un minuto después de las cuatro a mamá el mundo le parece pequeño y planea búsquedas masivas en las calles, en la cárcel, en la morgue, aunque nadie quiera buscar; prepara funerales y entierros, aunque quizá nadie pretenda asistir; se imagina su vida sola, aunque eso… bueno. Al filo de un ataque de pánico comenzó a cuestionarme por qué había apagado el celular, que en dónde estaba. Sabía hacia dónde iba esa conversación: mamá me recordaría los escenarios posibles en los que me pude haber involucrado: asesinato, atropello, desmayo, desollado… Y tendría que escucharla hasta que su alma descansara. Yo era su cubo en la bolsa derecha del pantalón. La interrumpí antes de que terminara la historia del joven que hornearon vivo en una pastelería y dije: «Necesito que vengas por mí». Pero no sabía a dónde, así que dejé la bocina a un lado y busqué entre el montón de papeles tirados en donde encontré un recibo de luz vencido. Quizá la pobre vieja Dolores nunca sabría que estaba condenada a vivir en la oscuridad. O quizá era la única que habitaba ese vecindario y con justa razón se abandonaba a la muerte. Los gritos de mamá eran tan fuertes que podía escuchar cómo mi nombre sacudía la bocina y hacía vibrar la casa. Le repetí cuidadosamente tres veces la dirección del recibo de luz, letra por letra, hasta que mamá estuvo segura de tenerla bien anotada. Luego me pidió cinco veces que no me moviera de donde estaba, que llegaría por mí lo más pronto posible. Y no me moví.

         La casa de Dolores despedía un olor que sólo guardan las cosas húmedas y olvidadas. Lo que Billy me había entregado eran tres huevos de tortuga que el calor podía echar a perder. Era cuestión lógica que una vez podridos los huevos no tendrían el mismo efecto, ¿no crees?… Mi mochila había guardado todo su aroma: un olor a tierra y sal que me trajo recuerdos del mar. En realidad no tengo recuerdos exactos de haber ido alguna vez al mar, pero ese olor sacudió algo en mi cabeza. El sol poniéndose en el horizonte, pintando el cielo con toda una paleta de colores naranjas; algunas aves, oscuras por la sombra del ocaso, atravesando de extremo a extremo la playa; mis pies enterrándose en la arena cada que una ola rompía cerca de mí… ¿O había visto todo eso en una película?… En fin. El cascarón de los huevos era fácil de abrir, como si estuvieran hechos de un plástico muy fino. Los dos primeros los bebí enteros; del último sólo desperdicié una gota que quedó perdida entre tanta mugre en la alfombra de Dolores.

 

En la casa todo era silencio hasta que el traqueteo del VW de mamá lo interrumpió. En realidad había pasado muy poco tiempo y en ese tiempo que estuve esperando no pensé en nada. Sólo esperé, como ella dijo. Mamá manejaba con una mano y con la otra se cubría la nariz mientras miraba con terror a través del parabrisas. De vez en cuando soltaba algún reproche como «Mira a qué lugar viniste a meterte», «¿No piensas en tu pobre madre?», «¿No piensas en ti?» Tenía la cara inflamada, la nariz roja… Después se calmó. Se secó las lágrimas y dijo que había preparado algo especial para comer, que seguramente ya estaría frío para cuando llegáramos pero que podía calentarlo un poco para que cenáramos juntos. Mamá acostumbra preparar alguno de mis platillos favoritos cada dos o tres días, seguro la has visto. A veces intenta sorprenderme con algo nuevo y yo tengo la opción de amarlo u odiarlo. En el primero de los casos, el platillo pasará a la lista de comidas que se repetirán alguno de esos días de comida especial, sin temor a equivocaciones; en el segundo de los casos, mamá lo desecha sin pensarlo dos veces y se esconde por un par de horas en su recámara. ¿La has visto llorar? ¿La has visto ponerse una almohada en la cara para aislar el llanto? Después de ese tiempo en su recámara regresa a pedirme disculpas, prometiendo que mañana nada de eso se repetirá. Yo no contesté cuando dijo que había preparado algo especial. Con seguridad lo atribuyó a que podía sentirme culpable por haberla hecho pasar todo un día al borde de la locura, porque me dijo que no me preocupara: «Estás bien» me dijo «y eso es lo importante. Y sabes que si tú estás bien yo estoy bien». Todo el camino fui pensando cómo rechazar su oferta, quizá diciendo algo rotundo como No tengo hambre, o Estoy cansado, pero mamá ya había sufrido bastante. Al final, cuando llegamos, dije que gracias, que no tenía hambre, y pude dejarlo así y largarme, pero un sentimiento extraño me empujó a continuar y decir que me quedaría con ella a ver la televisión el resto de la noche. Y el resto de la noche sólo fueron unos minutos, quizá media hora; supongo que después de tanto llorar el cansancio por fin venció sus párpados y quedó tendida en el sofá. Antes de irme de ahí la miré por última vez. Sentir lástima por una mujer como Dolores era algo que puedo comprender, pero si sentía algo parecido hacia mamá, ¿en qué clase de hijo me convertiría? La cuestión es que no puedo pensar así de la mujer que me dio la vida y que además se quedó cuando papá no lo hizo, ¿verdad?… Una luz azul que salía del televisor iluminó sus piernas de elefante, marcadas con venas como arañas por todos lados que sólo con verlas sentí dolor. Busqué el cubo en mi bolsa. Mamá dormía con los ojos entreabiertos, como si incluso dormida vigilara mis pasos; vestía la misma falda amarilla manchada de aceite de cocina; la posición en la que había quedado provocaba que su boca se abriera un poco, casi nada, lo suficiente para ver el movimiento de su dentadura postiza al mismo tiempo que su respiración. El cubo no estaba funcionando y una infinidad de luces azules y blancas aparecieron en mis ojos al parpadear. Y antes de vomitar (o de quedarme ciego, uno nunca sabe) me fui.

 

Lo que sigue tú debes saberlo muy bien. Aquí adentro, una vez que se cierra la puerta, mamá y el resto del mundo allá afuera deja de existir. El olor a plastilina y madera sellan herméticamente todos los huecos hacia el exterior. Antes de que llegaras, la luz se filtraba a través de esa ventana, o en su caso a través de un hueco en la pared que estaba por allá y que daba hacia el cuarto de mamá… desde ahí me observó hasta que cumplí 23. Hoy ya no. Ya no. A veces pienso que alguien espía tras el cristal de mi ventana e intenta robarme algo así que prefiero mantenerme lejos, crear una barrera a partir de esa ventana que para mí no existe y se esconde tras una capa de periódicos y pintura negra… Mamá puede tener una muerte tan ruidosa como las turbinas de un avión y nadie se enteraría, ni siquiera yo, hasta el día siguiente. Ella lo sabe. Sabe que primero son mis figuras, mis veleros. Primero soy yo… Aquella noche luego de dejarla dormida frente al televisor encendido, me encerré para afinar los últimos detalles en el elenco que tenía preparado para una obra de teatro escrita por mí… ¿Puedo confiar en ti?… Mejor no. Esa noche debía terminar el rostro del héroe de mi historia. Sus prendas estaban listas, también sus pies, sus manos, incluso su cabello; sólo su rostro conservaba el color gris de la plastilina. Por más que escarbé en la casi infinita cantidad de combinaciones posibles, no encontré la adecuada para mi personaje. Sabía quién quería que fuera y su papel en el mundo que yo había creado para él, pero de su rostro no tenía nada. Lo sostuve un rato, con el pincel en la otra mano y decidí que eso podía esperar. Mientras, repasaría el argumento. Puedo sentirme libre de contártelo porque dejó de ser importante para mí desde hace tiempo. Él se llamaba Alfredo. Era un hombre maduro de treinta y seis años que, a pesar de su condición económica más que estable, gustaba de viajar en autobús todos los días. Esto le permitía leer en los trayectos y, además, hacer gala de uno de sus tantos gestos de sencillez. Un auto se empolvaba y se hacía viejo en su cochera. La suerte le sonreía poniéndole en su camino carteras perdidas que, sin dudarlo, devolvía al respectivo dueño. A su corta edad había conocido más de un país en cada continente, y en cada uno de estos lugares conoció mujeres que ni una sola vez se negaron a platicar con él. El transporte público no era excepción: había mujeres que no podían resistirse a preguntarle la hora aunque el autobús la mostrara en un monitor cada dos minutos; hacían comentarios sobre el libro que Alfredo leía en ese momento e incluso ofrecían su compañía en el camino de vuelta a casa; ahí lo escuchaban hablar sobre cualquiera de los miles temas de conversación en los que era experto. Y después, en la mayoría de casos, sucedía lo inevitable. Tú sabes. Había una escena en donde una de las mujeres que viajaban en el autobús era atraída por el bulto que se formaba en la entrepierna de Alfredo. Sin duda era mucho más grande que la del resto de hombres que ella había conocido. Alfredo sabía que eso, y no su dinero, ni sus conocimientos, ni sus viajes, ni su reloj, eso era su verdadero encanto, un anzuelo con el que podía pescar como con la mejor de las carnadas… Pero a él le seguía faltando un rostro. Supe que no podía continuar al ver su cara vacía. Estaba cansado. Yo, no Alfredo. Había sido un día muy largo, como si alguien hubiera hecho la broma de agregarle horas al reloj. Además tenía que ver a Wanda al siguiente día. Debía descansar aunque fuera un poco… Esa noche soñé lo que siempre sueño.

 

No sé si Wanda haya sido su verdadero nombre. Era una mujer valiosa, al menos para mis intereses. Dar con ella no fue fácil. Al principio tuve que lidiar con el miedo y el asco que me producía acercarme a la calle en donde trabajaba. Wanda era la única que no apestaba a ningún perfume y la única que me ofrecía un precio razonable. Este precio sacrificaba la belleza, la edad, el carisma, la limpieza, y al mismo tiempo abría todo un mundo de posibilidades. Por desgracia muchas veces me recordaba a mamá: tenían casi la misma edad, sus dientes eran igual de amarillos que sus ojos y sus uñas; pintarse los labios había dejado de ser importante y el esfuerzo mínimo por hacerlo resultaba en una figura irregular que parecía todo menos una boca pintada, como si a un niño le encomendaran la tarea de colorear los labios de Wanda sin salirse de la línea. Pero al final nada de eso era un problema. Su olor corporal se solucionaba con un baño y una colonia que yo elegía; la peste de su boca con una limpieza exhaustiva que yo ordenaba, verificaba y conservaba con pastillas de menta… Claro que todo eso generaba un costo extra, pero entonces el dinero que mamá me daba era suficiente para solventar esos gastos.

         Habíamos soñado con ganarnos la lotería y viajar muy lejos…

         Quisiera dormir al menos por una noche bajo un techo en donde no se escuche más que mi respiración; el techo que sea, cualquier lugar: podría meter la cabeza en un charco de agua sucia pero que me perteneciera, y sería feliz. Una noche soñé que por fin sucedía. Sin equipaje, sin nada a lo cual sentirme amarrado, salía corriendo hacia el aeropuerto y abordaba el próximo vuelo, sin importar hacia dónde fuera. Vinieron a mi cabeza imágenes de mi infancia en donde volábamos hacia un lugar desconocido; desde mi ventana las cosas allá abajo parecían diminutas y mi corazón se sintió superior a todos. Las nubes como de algodón se partían a la mitad cortadas por el ala derecha del avión, como un cuchillo caliente rebanando mantequilla. ¿O vi todo eso en una película? En fin.

         Tuve que perder una hora antes de verme con Wanda. Habíamos quedado a las doce y una hora antes me escribió diciendo que tendría tiempo hasta la una. Caminé al parque. No se me ocurrió otro lugar. Si regresaba a casa cabía la posibilidad de que mamá ya no me dejara salir otra vez. Ya no recuerdo qué pretexto inventé para escaparme luego de lo del día anterior. Mientras me adapté a ese desajuste, odié a Wanda. Es que ella no se imaginaba que en la calle me expongo a que algún degenerado me quiera secuestrar. Hacía meses (quizá años) que no me sentaba ahí por esa razón. El hombre que espiaba a través de la ventaba de mi cuarto podía haberse cansado de esperar y de una vez por todas actuar. Y mientras ese enfermo me observaba desde lejos, escondido entre los árboles, tuve que esperar. Pero al menos contaba con mi cubo. Y a estas alturas ya lo sabes: puede faltarme todo excepto mi cubo. Si esa tarde por cualquier motivo lo hubiera olvidado en otro pantalón, o lo hubiera perdido, tal vez no estaría aquí.

         El parque era una jaula de olores y ruidos insoportables. Debía ser sábado porque había niños corriendo por todas partes y sus padres corrían detrás de ellos. Había tanta gente. Por alguna razón pensé en el rostro vacío de Alfredo. Había tantas personas frente a mí y noté que casi todas eran distintas. Tomé las cejas de un padre cansado de perseguir a su hijo, la boca de un asoleado vendedor de paletas, la nariz de un hombre que lustraba los zapatos de otro… y de tantas casi infinitas combinaciones ninguna me convenció. Noté que algunos rasgos se repetían, como si Dios tuviera a la mano cierto número limitado de facciones para crear un número casi ilimitado de combinaciones durante toda la existencia humana. De alguna manera todos somos lo mismo. Entonces quise buscar algún detalle, por mínimo que fuera, que me hiciera parecido a alguien, pero no lo hice. Tuve miedo de que alguien me mirara. ¿Qué hubiera pasado si alguien estuviera haciendo lo mismo que yo y nuestras miradas se cruzaran?, ¿qué pensaría él de mí?… Así que mejor bajé la cabeza. En el piso podía encontrarme con algo muy interesante… Quién sabe, un billete, un trébol de cuatro hojas, un gusano de dos cabezas. No apareció nada, pero el tiempo pasó rápido. Wanda llamó antes de la una. Dijo que estaba desocupada y que podía verla enseguida. El parque no queda muy lejos de su cuarto así que no tardé mucho en llegar. Espero que nadie me haya visto aquel día.

 

¿Tiene algún sentido que te siga contando todo esto? De cualquier manera lo vas a olvidar. Todo termina por olvidarse.

 

El cuarto de Wanda es una ratonera de tres por tres en el cual ni un solo olor puede pasar desapercibido. Un hombre acababa de salir cuando yo llegué, era incuestionable. Antes de cualquier cosa le ordené que se bañara, y en lo que ella terminaba, yo abriría las ventanas, purificaría el aire y cambiaría las sábanas. Todo esto lo más rápido posible. El tiempo es crucial cuando pagas por él. Es lógico, ¿no? Para cuando Wanda salió del baño yo ya había terminado. No acostumbrábamos hablar; nuestra relación era de negocios y nada más. Una relación cliente-vendedor estricta. Pero ese día sí teníamos de qué hablar. Ella tenía todo planeado desde antes. El primer paso era verificar si Billy aún seguía en el negocio, así que su pregunta nos llevó al grano: «¿Pudiste encontrar a Billy?». Le contesté que sí, que lo había encontrado pero que pude haber muerto, que había sido difícil decidir entre cuidarme de las ratas, de los vagabundos o de los matones de Billy. Contestó que era un exagerado y no supe qué responder. Me quedé atascado pero por dentro sentí que todo se movía con una velocidad que me ponía nervioso. A Wanda se le ocurrió preguntar si podía encender un cigarro. Si abría la boca sería incapaz de articular una oración, quedaría como tartamudo además de imbécil. Giró la rueda de su encendedor sin conseguir fuego, sólo chispas. ¿Cómo se había atrevido a preguntar tal estupidez? Giró la rueda de nuevo y con ese sonido logré destrabar mi cuerpo. Sólo entonces logré articular un rotundo y pesado «No» y arranqué el cigarro de su boca, dejándola como a un niño que se queda sin dulces. El plan era dejar a Billy sin mercancía y venderla por nuestra propia cuenta. Wanda lo había conocido quién sabe cómo y se hicieron socios; él estuvo perdidamente enamorado de ella, según Wanda. Ella se encargaba de concretar ventas y de ampliar el mercado. Billy se las arreglaba para cumplir a tiempo los caprichos exóticos de su clientela: crías de orangután, monos araña, armadillos… La ciudad los conocía y respetaba. Después no sé qué pasó. De repente el negocio dejó de funcionar y Wanda se hizo puta, o algo parecido me contó. Pero conocía el negocio casi igual que Billy, lo que nos ponía en ventaja. Luego de secuestrar el cargamento, lo venderíamos a los pocos contactos vivos que aún conocían a Wanda y la consideraban, igual que a los productos de Billy, una especie en peligro de extinción. Wanda conocía hora, lugar y puntos estratégicos en donde podríamos dar el golpe. Con su experiencia y mi cerebro formaríamos una sociedad 50-50, nos hincharíamos de dinero y nos largaríamos a donde fuera.

         Pero por lo que en realidad le pagaba a Wanda era para otra cosa. Luego de que limpié su cuarto y ella estuvo limpia también, le entregué una cinta métrica que llevaba en mi mochila. Limpia también. Me recosté en la cama con el pantalón hasta los tobillos y las piernas abiertas. «¿Y bien?» le pregunté para que se diera prisa. A pesar de que ella usaba guantes de látex y todo estaba desinfectado, cabía una mínima posibilidad de que contrajera algún virus y la piel se me cayera como a una zanahoria hervida. Así que insistí: «¿Y bien?». Ella dudó en contestar, pero la presioné. Supongo que la presioné más de lo necesario y dijo que no había crecido. Le dije que seguramente lo había medido mal, que volviera a medirlo. Y, como supuse, sus medidas habían sido erróneas. La hice medirlo de nuevo para comprobar y, en efecto, se había equivocado. Casi siempre pasaba y tenía que obligarla a corroborar las veces que fueran necesarias. Aun así el resultado era decepcionante. Llevaba un registro fechado en donde estrictamente alojaba cada una de las ingestas y sus resultados. Ponía por ejemplo: «Fecha tal. Comí tres huevos de tortuga presumiblemente frescos. La temperatura al momento de ingerirlos era de aproximadamente tal y pasaron tantas horas para la medición correspondiente. Los resultados fueron los siguientes». Así tenía un control de qué alimentos eran más o menos efectivos. En fin, esa era la tarea de Wanda y por lo cual le pagaba. Pero yo quería irme de ahí… No de su cuarto sino de aquí, y no por unas cuantas horas como cuando lograba escaparme de mamá, sino todo lo que me quedara de vida, y pensé que lo lograríamos más fácil si medíamos los movimientos de Billy y sus matones desde más cerca, como la casa de Dolores. Así que le conté lo que había pasado: había una anciana que no tardaba en morirse; no habría que hacer más que limpiar y escondernos ahí hasta cuando fuera necesario; era una posición estratégica… No tuve que insistir más. Wanda dijo que era perfecto.

 

Ya no recuerdo cómo le hicimos creer a Dolores que habíamos vivido con ella desde siempre. Lo que sí recuerdo es que mamá lloró desolada cuando le dije que me iba y esta vez quizá para siempre. Nunca pensé que en una mujer tan pequeña y cansada cabrían tantas lágrimas. ¿Qué habría sido de ella durante ese tiempo en que no estuve? ¿Esperó tras la puerta como un cachorro espera el regreso de su dueño? ¿La viste?… Antes de irme tomé prestados los billetes que quedaban en su monedero. Digo que los tomé prestados porque creí que pronto los devolvería con lo que sobrara de mis ganancias; ya se me ocurriría una forma para hacérselos llegar. El primer día gastamos la tarde entera limpiando la casa, cada rincón que pudiera ser riesgo de enfermedad; sellamos puertas; pintamos de negro las ventanas; desinfectamos lámparas, paredes, mesas, cerrojos, el teléfono, el sillón, y habría desinfectado a Dolores si hubiera tenido más dinero para convencer a Wanda. Sí… para mi sorpresa (y supongo que la tuya también) la anciana seguía viva. Pero era lo de menos. Era como si Wanda y yo hubiéramos formado un hogar y tuviéramos por mascota a un ratón ciego y silencioso. Sólo quedaba limpiar la alfombra cuando Wanda decidió salir a recorrer las calles de la colonia. Decía que era importante reconocer el terreno antes de actuar. Yo pensé que la verdad era que esas calles le recordaban la gloria antes de ser puta y que quizá lo mejor sería esperar a que volviera, pero eso implicaba exponerme al peligro durante todo el tiempo que tardara. El aroma a desinfectante había borrado el olor a olvidado; ahora la casa sudaba un olor estéril que me daba cierta tranquilidad, pero no la suficiente. Jugué varios minutos con mi cubo. Quizá sólo fue un minuto pero lo sentí eterno. Era inútil quedarme ahí sin hacer nada. Había empezado a temblar. ¿Y si Dolores me había contagiado su horrible enfermedad? ¿Qué sería de mí?

         Sólo la luz amarilla del alumbrado público se filtraba por los huecos sin pintura negra del ventanal de la sala. Ni una sola mota de polvo bailando en el aire. Entonces lo decidí. Contuve la respiración. Tomé mis guantes blancos. Enrollé la alfombra. La arrastré hasta la puerta. Abrí la puerta. Seguí arrastrando hasta la banqueta de enfrente. La dejé caer. Tiré los guantes. Crucé la calle. Cerré la puerta con los codos. Entonces respiré. Sólo entonces estuve a salvo. Wanda regresó algunas horas después con buenas noticias. Habló sobre un plan más elaborado, sobre distraer a los matones de Billy, de una fecha y una hora en específico, creo que a las seis. Luego de repetirme todo el plan con un entusiasmo que nunca había visto en Wanda, se fue a dormir. Las paredes de la casa parecían construidas con un material tan blando como el cartón y cualquier sonido atravesaba de una recámara a otra. La escuché rezar y dar las gracias, lo demás fueron susurros. Yo me acosté a dormir pero no pude. Pasaban muchas cosas por mi cabeza y entre ellas estaba mamá. Así pasaron esos tres días: no pude descansar, los ojos me ardían y la cabeza me pesaba. Al tercer día aún no dábamos el golpe y yo había olvidado la fecha que Wanda me había repetido tres veces; podía suceder mañana o dentro de seis años. En ese tercer día yo ya no podía más. No extrañaba a mamá, estaba seguro, no te confundas, pero sí a sus comidas sorpresa. Además había dejado incompleto a Alfredo. Y la gota que derramó el vaso fue el jabón. El jabón que Wanda utilizaba era diferente al que mamá acostumbraba usar, y el cuello de mis playeras ahora picaba como si en lugar de algodón estuviera tejida de espinas. Estaba cansado y mi cubo ya no solucionaba nada, era demasiado para él. Para mí. Quise reclamarle a Wanda, recordarle cuál era su lugar, y lo hice, pero ella estaba tan feliz que ni siquiera me puso atención. Volvió a lavarlas y luego las dobló casi matemáticamente. Esa casa algo tendría porque mientras estuve ahí casi nunca dejaba de temblar… aún más si me sentía ignorado. Quería gritarle a Wanda: «¡Por favor, ayúdame! Yo ya no puedo ni limpiarme la nariz por mi cuenta», pero otra vez no podía moverme.

         No, no es cierto…

         Entonces entró de nuevo a mi recámara con el pretexto de guardar mis playeras en un cajón después de haberlas planchado. Se sentó junto a mí, a un lado de la cama, y me recordó que mañana era el día. Con una sonrisa enorme (una sonrisa que por cierto estaba perfectamente pintada de rojo) me dijo que yo ya sabía qué hacer, que esperaba mi señal y ella actuaría de inmediato. ¿Pero qué señal? Yo había olvidado todo. Aún no podía moverme y me quedé ahí sentado cuando ella se fue, cuando ella rezó, cuando la escuché roncar, cuando todo estuvo en absoluto silencio incluso en mi cabeza. Estaba tan cansado. Sólo esa noche soñé algo distinto.

         Estaba de pie, desnudo, en medio de cuatro paredes de espejos. Durante quizá dos minutos que sentí como eternidades estuve obligado a mirarme, sin poder desviar la mirada hacia algún rincón en que no se reflejara alguna parte de mí; mis párpados rígidos me prohibían refugiarme de mi desnudez en la oscuridad. Procuraba concentrarme en mis talones, en mis codos, mis rodillas… cualquier parte que aislada no me perteneciera, cualquier parte excepto mis ojos. Aquel que se reflejaba en los espejos parecía tener vida propia y no quitarme la mirada de encima como obligándome a mirarlo. Quería evaporarme, explotar, desaparecer. Pero sólo desparecieron las paredes y quedé al centro de un vacío negro e interminable. Una mujer se acercó caminando desde el que parecía ser el horizonte y se detuvo a un par de pasos de mí, clavando sus ojos en los míos que escondí sumiendo la cabeza; detrás de ella apareció otra mujer, y tras ésta, se formó una más, y luego más, y más. En un minuto tuve frente a mí una fila interminable de mujeres que me miraban los pies. Vi mis uñas largas y quise encoger mis dedos, esconderlos debajo de mis plantas, pero ya la risa de las mujeres sonaba cada vez más fuerte en coro, y después la carcajada, y después, aunque ellas habían parado de reír, aún en mis oídos. La primera mujer de la fila se acercó todavía más y se arrodilló sin dejar de mirarme. Sabía que me miraba directo a los ojos pero no me atreví a devolverle la mirada, en cambio vi mi entrepierna como un gusano muerto, sin palpitación. Las mujeres habían formado círculos alrededor mío, hincadas; ya no miraban mis ojos, miraban el músculo muerto bajo mi ombligo. Y reían.

 

Desperté con el cuerpo pegajoso por el sudor.

         No estaba seguro si todo lo que había dicho ayer de verdad lo había dicho o si sólo lo había pensado. Todo seguía en silencio. No sabía qué hora era; tenía mi teléfono pero en realidad no quería saber la hora. Wanda ya no estaba. En su recámara sólo encontré una maleta con toda su ropa y pinturas y labiales. Dolores seguía dormida, o quizá ahora sí estaba muerta. No lo comprobé. Me quedé sentado en la orilla de mi cama sin pensar, sin hablar… puedo estar seguro de que ni siquiera parpadeé, como si hubiera podido apagar mi cuerpo con un interruptor imaginario. Sólo hubo silencio y no me gustaba. Los botones de mi cubo en mi pantalón hacían un pequeño sonido, casi ninguno. Después de un rato dejé de jugar. Estaba solo. No me moví. Pasaron horas. Y creo que entonces escuché por primera vez tu voz. O quizá ya la había escuchado antes pero nunca te presté atención, asumiendo que no era a mí a quien hablaban o que eran los restos de una pesadilla. No sé. Ya no recuerdo qué me dijiste… ¿Tú lo recuerdas?

 

Habría ido a buscar a Wanda. Al fin y al cabo la colonia no era muy grande. Pero al intentar salir noté que la puerta tenía un casi imperceptible defecto: al abrirse, en un determinado punto de su recorrido, en un lugar específico de ese medio círculo que dibujan las puertas al abrirse o cerrarse, ésta topaba con algo, como si las bisagras tuvieran en ese punto un obstáculo, siempre en ese mismo lugar. Abrí y cerré para comprobarlo. Abrí y cerré tantas veces como creí necesarias. Abrí y cerré hasta que la oscuridad se hizo completa y no existía más que el silencio de la noche y el sonido de la puerta al trabarse y destrabarse en ese mismo punto siempre. Wanda no volvió. Estaba solo entre esas cuatro paredes y ese pequeño espacio que representaba mi libertad de pronto se hizo tan pequeño que el aire no alcanzó para llenar mis pulmones.

 

En el camino de regreso le conté a mamá una versión en la que había salido a caminar y por un paso mal dado me lastimé la rodilla. No podía valerme por mí mismo así que caminé cojeando hasta encontrar un lugar en donde comunicarme con ella, pues había perdido mi celular. Ya en la casa, con el rostro casi desfigurado por el llanto continuo de tres días, mamá me obligó a prometerle (pero esta vez de verdad) que nunca más volvería a irme. Sé que agradeció con toda su alma mi regreso. Esa noche volvimos a ocupar la misma cama. Había prometido por mi alma, por la suya, que no volvería a irme… Pero quién no promete en una situación así.

         —¿La puerta no tenía ningún obstáculo?

         —No.

❣ ❤ Happy B-day Kiibo
@mechahoge

Ahora que Maki pensaba sobre eso, dar un regalo a alguien parecía cosa sencilla nada más, más cuando había confeccionado con sus manos presentes para Shinguji y Saihara antes, sin embargo había de por medio la cuestión de que el robot era…bueno, un robot. Sin mucho conocimiento sobre máquinas o el mismo Kiibo, realmente era toda una novata en lo que respectaba a tratar con un ser de metal tan vivo. Después de días reflexionando en ideas y descartando la mayoría, la asesina tomó una decisión simple. Si él tanto deseaba ser tratado como un estudiante común entonces iba a obsequiarle un regalo común, de esos que muchas veces alegraron a los niños del orfanato. 

En la mañana caminó hasta encontrarlo y tocar su hombro para que se volteara y poder hacer entrega del presente. 

❤ } – “ …Ten” – en un paquete de colores vivos y un enorme lazo se escondía un adorable peluche artesanal que era prácticamente el mismo Kiibo en miniatura, regordete y de no más de 20 cm, totalmente hecho a mano, sin errores en la costuras y con el patrón idéntico de colores. Maki se sintió algo tonta,por lo que desvió la mirada un momento por ello y solo la regresó cuando necesito agregar unas palabras más. –”Feliz cumpleaños, supongo…”

{ it’s never over }

Albus era consciente de lo que sucedía con las cosas a través del tiempo. Las cosas y las personas cambiaban a medida que el mundo entero cambiaba.
Y sin embargo, él no se sentía tan diferente. Debía seguir tras una máscara, aunque quizá no era la misma que había llevado durante diecinueve años. De alguna forma, esta era mucho más difícil de llevar.

Había estado visitando a Lily y a Lorcan de vez en cuando, sobretodo desde que se enteró que ambos esperaban otro bebé. Sonrió cuando miró el contrato de 250 galletas en la puerta del refrigerador y desde entonces procuraba llevarle postres a su hermana, pues sabía que su apetito por los dulces aumentaba cuando ella estaba embarazada. 

No estaba todavía muy seguro de que su sobrina Luna ganara la apuesta, pero aunque el nuevo bebé fuera una niña, iba a necesitar su propia escoba en miniatura y eso era precisamente el regalo que llevaba ese día, además de un pastel. Lily le había dicho que seguramente después de esa revisión sabrían por fin el sexo del bebé y a Potter le pareció una buena excusa para celebrar.

— ¿Y bien? ¿Ya resolvieron el misterio?  — dijo en cuanto su hermana abrió la puerta.

Inestabilidad Emocional

¿Hoy detestas lo que ayer amabas?

Si pasas de la pasión a la indiferencia a la velocidad de la luz, empiezas actividades que luego te aburren y la palabra permanencia te da pavura, ¡alerta!. La inestabilidad emocional hace sufrir mucho al que la padece…y a los que se cruzan en su camino.


¿Qué es?

Es un rasgo de la personalidad que se caracteriza por una variación en los sentimientos y los estados emotivos, como por los altibajos del ánimo, sin motivo o por causas insignificantes.


Un problema pendiente a resolver.

La persona inestable vive en una montaña rusa emocional va dando tumbos en el terreno emocional, incapaz de conservar los afectos porque los cambia según cambia el viento. Y, aunque da la impresión de
ser feliz, vive con la pesada carga de no poder consolidar algo permanente.
Sin saberlo, la persona emocionalmente inestable busca el cambio continuo para no enfrentarse a sí mismo.
En cierto modo, los síntomas se parecen a los del trastorno bipolar (neurosis maníaco-depresiva), pero en miniatura.


¿Cómo se manifiesta?

Períodos de tristeza y abatimiento, incapacidad para experimentar placer, desinterés por todo, tedio e irritabilidad.
Estados de euforia. Pasan por períodos de intenso optimismo:
se ilusionan y entablan relaciones fácilmente: ¡Cuidado!; esa gente es la que después lo cansará.
Inconstancia para perseverar en una tarea u objetivo marcado.
Baja tolerancia a las frustraciones.
Débil control emocional; es decir, tendencia a la labilidad.
Talante enamoradizo, derivado de una gran dependencia afectiva no reconocida.
Baja autoestima, lo que alimenta la desconfianza en los demás.
Incapacidad de separar.
Las personas inestables afectivamente tienen una gran dificultad para separar los diferentes ámbitos de su vida; si tienen conflictos familiares, los trasladan a la pareja, el trabajo o los amigos.
Suelen ser dependientes e inseguros: necesitan apoyarse en muchos pilares y en cuanto uno falla se ven asaltados por un sentimiento destructivo que irradia hacia otras situaciones de su vida. De ahí que rompan con lo que más necesitan antes de tener que enfrentarse a la posibilidad, aún remota, de que también falle.
Con un bajo umbral de tolerancia a las frustraciones y pocos recursos internos, es frecuente que constantemente pongan a prueba a los demás: necesitan asegurarse de que, si llega el caso, podrían contar con su ayuda.


¿Qué hacer?

Dado que éste es un proceso inconsciente, lo más aconsejable sería buscar ayuda psicoterapéutica, para superar inseguridades o, lo que es lo mismo, reforzar la autoestima.

#458 “Se conocen desde hace mucho tiempo y a veces resulta difícil querer a una persona a quien se conoce demasiado bien. (…) Cuando uno llega a conocer de verdad a alguien, Nella, cuando ve más allá de los gestos más cariñosos, de las sonrisas, cuando descubre la rabia y el miedo lamentable que todos ocultamos, el perdón lo es todo”

Johannes Brandt - La casa de las miniaturas - Jessie Burton

El niño Escorpio

–¿Que más tuviste que aprender?
–Bueno, pues habrá Misterio…
Misterio, antiguo y moderno, submarino grafía…
y también aprendimos a arrastrar las palabras,
a estirar las piernas y a desmayarnos en espiral.

La reacción habitual de los orgullosos padres al ver por primera vez al pequeño Escorpio recién nacido es una gran sorpresa. <<Tiene un aspecto mucho más “acabado” que el de los demás bebés que hay en la guardería –murmuran–. Y es más tranquilo también… y fíjate que cuerpecito tan fuerte tiene. Tienen razón; normalmente, hasta los Escorpio más diminutos tienen un cuerpo extraordinariamente fuerte, está pensado para armonizar con la fuerza extraordinaria de su voluntad.

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