electrodo

El placer sexual

La experimentación con ratas y perros ha revelado que deter­minadas partes del cerebro actúan como centros de placer y que los animales están dispuestos a aceptar sacrificios extraordinarios para conseguir que se administre una corriente eléctrica ligeramen­te estimulante a dichos centros. Si se conectan unos electrodos im­plantados en su cerebro a interruptores que los propios animales pueden accionar, éstos se estimulan de forma compulsiva durante horas y horas. Y puestos a elegir entre pulsar el botón estimulador del centro de placer y otro para obtener alimento y bebida, siguen estimulándose hasta morir de hambre o de sed. 

También se han realizado experimentos parecidos con seres humanos al preparar a pacientes para operaciones de neurocirugía. El cerebro humano posee, asimismo, centros llamados neurotransmisores que producen sensaciones sumamente placenteras al ser activados mediante co­rrientes o infusiones químicas. De acuerdo con las descripciones de algunos pacientes, estas sensaciones se asemejan al orgasmo. Sin embargo, los investigadores no han encontrado todavía un centro que empuje al ser humano a apretar compulsivamente el botón como hacen las ratas.

De no ser por el carácter intermitente del placer orgásmico, los apetitos sexuales se impondrían fácilmente a otras pulsiones y ape­titos vitales, convirtiéndonos en auténticos «yonquis» del sexo. La selección natural ha hecho de la sobriedad la norma y de la euforia la excepción. Para podernos enfrentar eficazmente al mundo exte­rior a nuestras mentes, es indispensable que sintamos dolor y an­gustia. Y así la selección natural se ha preocupado de que obten­gamos el placer más intenso como recompensa a la estimulación de los órganos que inician el proceso de la reproducción y no a la estimulación de los dedos de las manos y los pies. Gracias a la evolución cultural, hemos aprendido a deshacer el vínculo natural entre el placer sexual y la reproducción. ¿Nos encontramos ahora a las puertas de aprender a anular el vínculo entre el placer y el acto sexual?

Nuestra especie / Marvin Harris