el temucano

Nos dijimos tantas cosas sin decirnos palabra,
tú mirabas la lluvia, yo cantaba mis versos,
a veces te volvías de cara a la ventana
y una lágrima, dulce, reflejaba el espejo.
¡oh! tarde de cantor, errante por el mundo,
casi quise quedarme, necesitaba un beso
pero cayó la noche y la sombra, en el muro,
y me fui con la luna, camino del silencio.
Por eso esta semana la dedico a cantarte,
por eso mi domingo lo doy a tu recuerdo.
—  Tito Fernández, el Temucano.
Canción de tierra lejos
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Tito Fernández (El Temucano) - La casa nueva

Detrás de cámaras [VarXod][Trigger warning]

Detrás de cámaras.

Número de palabras: 1.500 aprox.

Advertencias: Auto-daño y temas psicológicos fuertes.

Pareja: Vardoc/Xoda (unilateral) 

Canción recomendable al leer: http://www.youtube.com/watch?v=0kiYevm-DX4

Autora: Shin (Homoyoutubers)

——Homoyoutubers——

—Oye Xoda. —Le llamó el de lentes desde el otro lado de la videollamada—. ¿Y si jugamos Slendytubbies o algo así? Ya me va a dar sueño y la Shushu tiene su licenciatura mañana… Me da lata jugar algo muy largo.

Xoda sonrió de lado, alzando las cejas frente a la cámara que proyectaba su rostro, emitiendo un silbido travieso.

—Ohh el weón macabeo~ —Canturreó, ganando un gruñido ajeno—. Ya ya, mejor no juguemos, igual estoy cagao’ de sueño. 

Retrepando su asiento, el temucano soltó una risa pícara.

—Si quieres voy para allá a quitarte el sueño de una manera efectiva. —Comentó, para luego mandar un mensaje escrito vía chat con el característico “1313” que insinuaba una tremenda indirecta. 

Xoda se tensó unos segundos, pero volvió a reseguir la conversación con un clásico “Oh el weón fleto, qué pensaría tu polola”, para luego darle una larga calada a su cigarro, tosiendo levemente al sentir como el humo se entrometía en sus pulmones. 

Tras un momento de silencio, Vardoc entornó levemente los ojos, mirando directamente al santiaguino desde la pequeña pantalla.

—Hey… Xoda, ¿No estái’ más delgado o algo así? Te veo poco saludable. Deberiái’ comer más. —Le reprendió, suspirando—. Me preocupas.

Congelándose en su lugar, Cristián miró intensamente al otro, sin saber qué decir.

¿Era tan obvio que había bajado de peso? 

Pensaba que con usar doble camisa y un polerón se notaría menos… 

Tosiendo nuevamente, Xoda se decidió por dedicarle una sonrisa blanda al otro.

—Estoy bien, no te preocupí’ oh. Mejor anda a dormir con la Shushu.

—¿Estái’ seguro? —Preguntó con desconfianza el de lentes, revolviéndose los cabellos castaños. Se le notaba el cansancio.

—Sí sí, —repitió Xoda, soltando un bostezo exagerado—. Igual me voy a duchar y me duermo. Que estoy pasao’ a ala y a sexo.  

El temucano soltó una risotada, más tranquilo.

—Ya, no vayái a matar al Batman con tu olor.

Y así, despidiéndose, Xoda cortó la videollamada, apagando el ordenador y disponiéndose a ponerse de pie. 

….

Ocultándose rápidamente tras la puerta del baño, el santiaguino se dejó caer pesadamente sobre el piso de linóleo y comenzó a rasguñar las paredes con exasperación, rompiéndose más de una uña en el proceso, sintiendo como la sangre brillante se deslizaba entre sus dedos.

¿Por qué este hombre tenía que ser tan perfecto? No le calzaba.

Lo odiaba, detestaba el sentimiento creciente que nacía en su pecho cada vez que el temucano le decía algo lindo y le dedicaba una de esas sonrisas encantadoras llenas de júbilo y que esparcían felicidad, sonrisas que sólo él podía dar y en las que el santiaguino caía como un barril.

Xoda no soportaba cada momento en el que su corazón se enriquecía de ese amor y cariño que no lograba empujar atrás por más que lo intentara, aborrecía el sentirse amado de esa manera.

¿Y por qué odiar algo así? ¿Alejarse de algo que podía traerle tanta felicidad momentánea? Sabía que los mejores momentos de su vida habían sido junto al temucano, de hecho, lo tenía claro; recordaba con cariño todas esas cortas situaciones en las que su corazón había latido con fuerza contra su pecho.

Pero eso mismo le hacía odiarlo. Porque todo era efímero e inalcanzable.

Vardoc le hacía creer que podía ser suyo, le tiraba tallas homosexuales que le alegraban el día, que de verdad le daban la ilusión de un pequeño fruto en su irregular relación.

Lo tiraba hacía él con una cuerda de hierro para luego cortarla sin pensárselo.

Vardoc era una entidad repleta de mentiras, que sólo le creaba expectativas falsas a Xoda, quien seguía cayendo aunque tenía claro que todo era un sueño quebradizo.

Le engañaba con sus apariencias, le convencía con sus palabras, jugaba con sus sentimientos tras tenerlo en la palma de su mano.

El castaño sabía que el temucano no tenía esas intenciones, le conocía lo suficiente como para saber lo blando que era su corazón, lo mucho que estaba dispuesto a ayudar al mundo, sacrificándose a sí mismo si era necesario.

Pero aun así le hería, y de hecho, eso era lo que más le lastimaba. Esa inocencia y personalidad acolchada del otro, que agradaba a todos y hechizaba al santiaguino.

Xoda se abrazó las piernas, hundiendo la cabeza entre sus rodillas.

Su corazón se estaba aplastando de nuevo.

Vardoc en sí no tenía la culpa, sino que era él mismo quien se empujaba hacia abajo, era Xoda el incomprendido que no le estaba encontrando el sentido a esta vida y hacía un drama alrededor de un amor que sabía era imposible.

Desvistiéndose, Cristián se metió dentro de la ducha, sintiendo como el agua tibia se resbalaba contra su piel pálida.

No demoró mucho en caer sobre sus rodillas, débil y sin ganas de levantarse bajo el chorro del grifo.  

Era horrible sentirse así con su mejor amigo, además de que el otro ni siquiera se daba cuenta de sus sentimientos y eso que supuestamente él era el inteligente de los dos.

<<Quizás lo sabe y el weón lo ignora.>> Pensó para sí mismo, invadiéndose de una repentina depresión, que le quitó un estremecimiento.

No le gustaba pensar de esa manera, empujarse hacia el fondo del vaso sin una buena razón.

Pero…

Por el otro lado, incluso si tuviese una oportunidad con el de lentes, estaba Katherine.

Aunque existiesen rumores, Xoda tenía más que claro que la relación de Nicolás y la alegre castaña no era una pantalla como clamaban los fans por la falta de cariño; de hecho, nunca en su vida había visto a una pareja tan apegada y unida. Estaban hechos el uno para el otro.
Cada vez que se encontraban lejos de una cámara, se besaban con ternura, se abrazaban, entrelazaban los dedos de sus manos, se alimentaban entre ellos y se susurraban palabras tiernas. 

Xoda reprimió un sollozo, cubriéndose la boca con la palma. Era frustrante sentir unos celos tan atroces.

Iori era perfecta en todos los sentidos posibles; era cariñosa, esforzada y aplicada. Además de que tenía un bonito cuerpo y curvas envidiables.

¿Pero él?

Él era pálido como el papel, amargado, raquítico y arrogante. Un gasto de espacio en este mundo que rebosaba de gente amable como Katherine. Él pertenecía a ese grupo de personas-basura que no eran necesarias en esta vida.  

El santiaguino estiró el brazo hacia la repisa de la ducha, tomando a duras penas una pequeña navaja de afeitar, la cual posó sobre su muslo interno, que se encontraba conmemorado por largas líneas blancas pertenecientes a cortes pasados.  

La mano le temblaba descontrolada.

Él era nimio, un artículo penoso que sobraba en la foto familiar.

No servía de nada, ni se merecía nada.

Con esos pensamientos en mente, hundió la cuchilla en su piel, suspirando al sentir como ésta comenzaba a ceder bajo el filo.

Ah…

Hizo un tajo pequeño; no tan grande como para resultar peligroso. No quería causar más problemas de los necesarios a nadie.

No quería ser más estorbo de lo que ya era.

Se mordió el labio inferior, presionando con un poco más de fuerza, rajando la piel.

Se sentía tan relajante y anestésico… Sus nervios comenzaron a bajar para el tercer corte, hasta convertirse en un recuerdo difuso.

Abrazó su delgado cuerpo, mientras observaba absorto como el agua de la ducha se coloreaba carmesí, llevándose sus preocupaciones psicológicas en forma líquida. 

En ese momento, se permitió pensar en Vardoc.
En cómo sería acurrucarse contra él, sentirlo, tenerlo a su lado. Cómo sería sentir sus labios contra los suyos propios, cómo se sentiría estar bajo esos brazos protectores.

Cómo reaccionaría si Xoda tratase de arrancarse la vida.

Cristián sabía que no se merecía a Nicolás, que el temucano se merecía algo mucho mejor (de hecho, ya tenía algo mejor), pero aun así no pudo evitar el desviar sus pensamientos a la extraña situación que le impondría al otro si descubre todo el daño que le causa a Xoda.

Pero era egoísta pensar así, después de todo, Xoda sabía la respuesta.

Sabía que simplemente sería tachado como un bicho raro y lo tirarían a un vertedero psiquiátrico, inundándolo de pastillas y odiosos fármacos rellenos de efectos secundarios.

Se mordió el labio inferior con fuerza, golpeando suavemente su cabeza contra la pared del baño. 

—Perdón… —Se disculpó, a nadie en específico—. Perdón por ser un saco wea tan mierda…

Cristián dejó caer una lágrima solitaria que resbaló por sus rojas mejillas, volviendo a buscar un espacio vacío que marcar en su piel.

—Perdón…

A veces en la vida hay momentos en los que uno no puede evitar sentirse como un artefacto defectuoso de fábrica, momentos en el que ni el día más luminoso puede alcanzar a cubrir toda la oscuridad del interior de una persona. Es difícil prolongar el quiebre de la sanidad, dejar de difundir una desgracia tan palpable como la que uno mismo crea.

Es difícil no subir al piso más alto de un edificio y tirarse al escape más sencillo, soportar tanto dolor en un cuerpo tan frágil y vulnerable.

Hay momentos en los que, simplemente, uno desea desaparecer de la faz de la tierra de una forma dolorosa, que deje una marca permanente inclusive en el más allá.

Hay momentos en los que, sin importar la razón, uno sólo desea morir. 

Pero es muy cobarde como para quitarse la vida.