el mojo

Me tengo que ir me están esperando te quiero mucho pienso en vos todo el día cuando caminamos por el pueblo a las siete de la tarde pienso en vos y pienso en vos a la mañana cuando me despierto o mientras almorzamos mojo el pan y ahí también pienso en vos pero ahora me tengo que ir están afuera sentados en la escalerita del cyber esperando porque todavía tenemos que ir a hacer algunas compras para la noche como cerveza y otras cosas ellos por ejemplo necesitan llevarse muchos cigarrillos porque después allá no hay nada cerca imaginate ayer pasó una moto muy rápido por la calle de tierra de al lado de la quinta y se levantó muchísimo polvo aproveché la confusión para pensar en vos cuando nadie me veía también me tomé un helado de agua pensando en vos y nos persiguieron unas abejas tuvimos que salir corriendo y me tropecé me sangró la rodilla y para que no me pusiera a llorar me dijeron que pensara en vos y se me pasó todo el dolor y la tristeza y las ganas de llorar y hasta pude agarrar de nuevo el helado y seguir tomándolo a pesar de que se había llenado de pasto y hormigas si cierro los ojos cuando bailo pienso en vos y cuando los tengo abiertos pienso en vos lo mismo pero ahora me voy porque se van a poner impacientes y pesados después me dicen que estoy todo el día pensando en vos y tienen razón porque estoy todo el día pensando en vos hoy hace un rato nos sacamos una foto muy graciosa haciendo una pirámide humana y yo salí con mucha cara de que estaba pensando en vos
— 
MARIANO BLATT
re: Mojo, meeting the actors and stage door

Hi everyone, hope you’re all good and had a lovely holiday!

I felt the need to post after seeing some worrying things in the Ben Whishaw and Mojo tag about fan interactions with the cast. Apparently, some people have been pushing their luck and being disrespectful. So! Let’s be constructive about this.  

To anyone planning to see Mojo and/or trying to meet Ben and the rest of the cast, here’s some advice and guidelines about being at stage door:

  • Be respectful to everyone! Not just the cast, but the security/theatre staff, other fans, the neighbours, any PR people, relatives/friends of the cast and crew, etc. Don’t start shit, don’t push and shove, be polite and please don’t scream your head off because it won’t earn you points with anyone. 
  • Please please please don’t break the fourth wall. You know what I mean. Don’t make it weird by bringing up your favourite fic or showing them graphic fanart. There’s a reason why it stays online (I assume most people won’t do this but still). Also, gifts are nice but think about whether it oversteps boundaries or not before you hand it to them. 
  • Don’t expect them to perform for you off-stage. People get tired, they have bad days, they might want to go straight home for whatever reason. If they look like they want to make a quick exit, give them a break and let them. Which leads to the next point…
  • Don’t chase, crowd or trap them. For example, Colin Morgan recently had to ask people to step back because he felt claustrophobic. Not cool. He shouldn’t have to do that.
  • No random hugging or touching. If they want physical contact, they will initiate it. You may be comfortable with it but they may not want their personal space invaded. 
  • Re: photos/autographs: Ask permission.If they seem comfortable with photos/autographs, go ahead. If they don’t have time/aren’t comfortable, deal with it. Bear in mind that it gets busy so put a limit on how many things you want signed and how many photos you take. 
  • Remember, it won’t kill you to not get a photo or autograph. I know some people travel far and spend a lot of money for this opportunity but ultimately, you’ll live. Sometimes it’s just nice to say “hi, I like your work, thanks”. For example, the first time I met Ben I thanked him and told him I enjoyed his work because he was very inspiring to me. He responded well - smiled a lot, talked a little and thanked me for coming before I left. It was comfortable and despite me being a nervous wreck, it’s still one of my favourite fan experiences. This doesn’t make me a better fan or my experience more genuine than others ofc, I just think photos and autographs can be overhyped and sometimes a compliment is more fulfilling for both the fan and the actor. 
  • Oh and if you see them off duty, just out and about in their spare time, don’t approach them. Can’t believe people have been trying this but when they’re not at stage door or doing their job as a public figure, they’re entitled to their down time and to be left alone in peace. It’s rude to bother them. 

I’m sure a lot of you darlings understand and it’s obvious to some but apparently it bears repeating. Please remember that you’re not only representing yourself as a fan but the fandom as well. Give the best impression you can. 

The cast are lovely, talented guys. Ben especially is a sweetheart and very patient. Appreciate that rather than taking advantage of it. 

Stay cool, fandom. 

Adaptación 50 sombras de Luque

CAPÍTULO 10


De repente sale de mi cuerpo y me estremezco. Se sienta en la cama y tira el condón usado en una papelera.

—Vamos, tenemos que vestirnos… si quieres conocer a mi madre.

Sonríe, se levanta de la cama y se pone los vaqueros… sin bóxers. Intento incorporarme, pero sigo atado.

—Samuel… no puedo moverme.

Su sonrisa se acentúa. Se inclina y me desata la corbata, que me ha dejado la marca de la tela en las muñecas. Es… sexy. Me observa divertido, con ojos danzarines. Me besa rápidamente en la frente y me sonríe.

—Otra novedad —admite.

No tengo ni idea de lo que quiere decir.

—No tengo ropa limpia.

De pronto el pánico se apodera de mí, y teniendo en cuenta la experiencia que acabo de vivir, el pánico me parece insoportable. ¡Su madre! Maldita sea. No tengo ropa limpia y prácticamente nos ha pillado infraganti. Su ropa no me vale, quizás las camisetas si, pero no los pantalones.

—Quizá debería quedarme aquí.

—No, claro que no —me contesta en tono amenazador—. Puedes ponerte algo mío.

Se ha puesto una camiseta y se pasa la mano por el pelo revuelto. Aunque estoy muy nervioso, me quedo embobado. Su belleza es arrebatadora.

—Guillermo, estarías precioso hasta con un saco. No te preocupes, por favor. Me gustaría que conocieras a mi madre. Vístete. Voy a calmarla un poco. —Aprieta los labios—. Te espero en el salón dentro de cinco minutos. Si no, vendré a buscarte y te arrastraré lleves lo que lleves puesto. Mis camisetas están en ese cajón. Las camisas, en el armario. Sírvete tú mismo.

Me mira un instante inquisitivo y sale de la habitación.

Maldita sea, la madre de Samuel. Es mucho más de lo que esperaba. Quizá conocerla me permita colocar algunas piezas del puzzle. Podría ayudarme a entender por qué Samuel es como es… De pronto quiero conocerla. Recojo mi camisa del suelo y me alegra descubrir que ha sobrevivido a la noche sin apenas arrugas. Me visto a toda prisa. Pero si hay algo que odio es no llevar los bóxers limpios. Me dirijo a la cómoda de Samuel busco entre los suyos. Me pongo unos Calvin Klein ajustados, los vaqueros y las Vans.

Corro al cuarto de baño y observo mis ojos demasiado brillantes, mi cara colorada… y mi pelo. Dios mío… Me mojo el pelo y lo peino, mirando desesperado la ropa que llevo. Quizá debería aceptar la oferta de Samuel. Mi subconsciente frunce los labios y articula la palabra “já”. No le hago caso. Nervioso, me miro por última vez en el espejo. Es lo que hay. Me dirijo al salón.

—Aquí está —dice Samuel levantándose del sofá.

Me mira con expresión cálida y agradecida. La mujer castaña que está a su lado se gira y me dedica una amplia sonrisa. Se levanta también. Va impecable, con un vestido de punto marrón claro y zapatos a juego, arreglada y elegante. Está muy guapa, y me mortifico un poco pensando que yo voy hecho un desastre.

—Mamá, te presento a Guillermo Diaz. Guillermo, esta es Victoria De Luque.

La señora De Luque me tiende la mano.

—Encantada de conocerte —murmura.

Si no me equivoco, en su voz hay un matiz de sorpresa, quizá de inmenso alivio, y sus ojos avellana emiten un cálido destello. Le estrecho la mano y no puedo evitar sonreír, devolverle su calidez.

—Señora De Luque —digo en voz baja.

—Llámame Victoria. —Sonríe, y Samuel frunce el ceño—. Suelen llamarme señora De Luque, y la señora De Luque es mi suegra. —Me guiña un ojo—. Bueno, ¿y cómo os conocisteis? —pregunta mirando interrogante a Samuel, incapaz de ocultar su curiosidad.

—Guillermo me hizo una entrevista para la revista de la facultad, porque esta semana voy a entregar los títulos.

Mierda, mierda. Lo había olvidado.

—Así que te gradúas esta semana… —me dice Victoria.

—Sí.

Empieza a sonar mi móvil. Apuesto a que es Frank.

—Disculpadme.

El teléfono está en la cocina. Me acerco y lo cojo de la barra sin mirar quién me llama.

—Frank.

—¡Dios mío! ¡Guille!

Maldita sea, es Alex. Parece desesperado.

—¿Dónde estás? Te he llamado veinte veces. Tengo que verte. Quiero pedirte perdón por lo del viernes. ¿Por qué no me has devuelto las llamadas?

—Mira, Alex, ahora no es un buen momento.

Miro muy nervioso a Samuel, que me observa atentamente, con rostro impasible, mientras murmura algo a su madre. Le doy la espalda.

—¿Dónde estás? Frank me ha dado largas —se queja.

—En Seattle.

—¿Qué haces en Seattle? ¿Estás con él?

—Alex, te llamo más tarde. No puedo hablar ahora.

Y cuelgo.

Vuelvo con toda tranquilidad con Samuel y su madre. Victoria está en pleno parloteo.

—… y Luzu me llamó para decirme que estabas por aquí… Hace dos semanas que no te veo, cariño.

—¿Luzu lo sabía? —pregunta Samuel mirándome con expresión indescifrable.

—Pensé que podríamos comer juntos, pero ya veo que tienes otros planes, así que no quiero interrumpiros.

Coge su largo abrigo de color crema, se lo pone y le acerca la mejilla. Samuel la besa rápidamente. Ella no le toca.

—Tengo que llevar a Guillermo a Portland.

—Claro, cariño. Guillermo, un placer conocerte. Espero que volvamos a vernos.

Me tiende la mano con ojos brillantes, y se la estrecho.

Higgins aparece procedente… ¿de dónde?

—Señora De Luque…

—Gracias, Higgins.

La sigue por el salón y cruza detrás de ella la doble puerta que da al vestíbulo. ¿Higgins ha estado aquí todo el tiempo? ¿Cuánto lleva aquí? ¿Dónde ha estado?

Samuel me mira.

—Así que te ha llamado el fotógrafo…

Mierda.

—Sí.

—¿Qué quería?

—Solo pedirme perdón, ya sabes… por lo del viernes.

Samuel arruga la frente.

—Ya veo —se limita a decirme.

Higgins vuelve a aparecer.

—Señor De Luque, hay un problema con el envío a Darfur.

Samuel asiente bruscamente haciéndole callar.

—¿El Charlie Tango ha vuelto a Boeing Field?

—Sí, señor. —Me mira e inclina la cabeza—. Señor Diaz.

Le sonrío torpemente, se gira y se marcha.

—¿Higgins vive aquí?

—Sí —me contesta cortante.

¿Qué le pasa ahora?

Samuel va a la cocina, coge su iPhone y echa un vistazo a los e-mails, supongo. Está muy serio. Hace una llamada.

—Ros, ¿cuál es el problema? —pregunta bruscamente.

Escucha sin dejar de mirarme con ojos interrogantes. Yo estoy en medio del enorme salón preguntándome qué hacer, totalmente cohibido y fuera de lugar.

—No voy a poner en peligro a la tripulación. No, cancélalo… Lo lanzaremos desde el aire… Bien.

Cuelga. La calidez de sus ojos ha desaparecido. Parece hostil. Me lanza una rápida mirada, se dirige a su estudio y vuelve al momento.

—Este es el contrato. Léelo y lo comentamos el fin de semana que viene. Te sugiero que investigues un poco para que sepas de lo que estamos hablando. —Se calla un momento—. Bueno, si aceptas, y espero de verdad que aceptes —añade en tono más suave, nervioso.

—¿Que investigue?

—Te sorprendería saber lo que puedes encontrar en Internet —murmura.

¡Internet! No tengo ordenador, solo el portátil de Frank, y, por supuesto, no puedo utilizar el de Clayton’s para este tipo de «investigación».

—¿Qué pasa? —me pregunta ladeando la cabeza.

—No tengo ordenador. Suelo utilizar los de la facultad. Veré si puedo utilizar el portátil de Frank.

Me tiende un sobre de papel manila.

—Seguro que puedo… bueno… prestarte uno. Recoge tus cosas. Volveremos a Portland en coche y comeremos algo por el camino. Voy a vestirme.

—Tengo que hacer una llamada —murmuro.

Solo quiero oír la voz de Frank. Samuel pone mala cara.

—¿Al fotógrafo?

Se le tensa la mandíbula y le arden los ojos. Parpadeo.

—No me gusta compartir, señor Diaz. Recuérdelo —me advierte con estremecedora tranquilidad.

Me lanza una larga y fría mirada y se dirige al dormitorio.

Maldita sea. Solo quería llamar a Frank. Quiero llamarla delante de él, pero su repentina actitud distante me ha dejado paralizado. ¿Qué ha pasado con el hombre generoso, relajado y sonriente que me hacía el amor hace apenas media hora?


—¿Listo? —me pregunta Samuel junto a la puerta doble del vestíbulo.

Asiento, inseguro. Ha recuperado su tono distante, educado y convencional. Ha vuelto a ponerse la máscara. Lleva una bolsa de piel al hombro. ¿Para qué la necesita? Quizá va a quedarse en Portland. Entonces recuerdo la entrega de títulos. Sí, claro… Estará en Portland el jueves. Lleva una cazadora marrón de aviador de cuero. Vestido así, sin duda no parece un multimillonario. Parece un chico descarriado, quizá una rebelde estrella de rock o un modelo de pasarela. Suspiro por dentro deseando tener una décima parte de su elegancia. Es tan tranquilo y controlado… Frunzo el ceño al recordar su arrebato por la llamada de Alex… Bueno, al menos parece que lo es.

Higgins está esperando al fondo.

—Mañana, pues —le dice a Higgins.

—Sí, señor —le contesta Higgins asintiendo—. ¿Qué coche va a llevarse?

Me lanza una rápida mirada.

—El R8.

—Buen viaje, señor De Luque. Señor Diaz.

Higgins me mira con simpatía, aunque quizá en lo más profundo de sus ojos se esconda una pizca de lástima.

Sin duda cree que he sucumbido a los turbios hábitos sexuales del señor De Luque. Bueno, a sus excepcionales hábitos sexuales… ¿o quizá el sexo sea así para todo el mundo? Frunzo el ceño al pensarlo. No tengo nada con lo que compararlo y por lo visto no puedo preguntárselo a Frank. Así que tendré que hablar del tema con Samuel. Sería perfectamente natural poder hablar de ello con alguien… pero no puedo hablar con Samuel si de repente se muestra extrovertido y al minuto siguiente distante.

Higgins nos sujeta la puerta para que salgamos. Samuel llama al ascensor.

—¿Qué pasa, Guillermo? —me pregunta.

¿Cómo sabe que estoy dándole vueltas a algo? Alza una mano y me levanta la barbilla.

—Deja de morderte el labio o te follaré en el ascensor, y me dará igual si entra alguien o no.

Me ruborizo, pero sus labios esbozan una ligera sonrisa. Al final parece que está recuperando el sentido del humor.

—Samuel, tengo un problema.

—¿Ah, sí? —me pregunta observándome con atención.

Llega el ascensor. Entramos y Samuel pulsa el botón del parking.

—Bueno…

Me ruborizo. ¿Cómo explicárselo?

—Necesito hablar con Frank. Tengo muchas preguntas sobre sexo, y tú estás demasiado implicado. Si quieres que haga todas esas cosas, ¿cómo voy a saber…? —me interrumpo e intento encontrar las palabras adecuadas—. Es que no tengo puntos de referencia.

Pone los ojos en blanco.

—Si no hay más remedio, habla con él —me contesta enfadado—. Pero asegúrate de que no comente nada con Luzu.

Su insinuación me hace dar un respingo. Frank no es así.

—Frank no haría algo así, como yo no te diría a ti nada de lo que él me cuente de Luzu… si me contara algo —añado rápidamente.

—Bueno, la diferencia es que a mí no me interesa su vida sexual —murmura Samuel en tono seco—. Luzu es un capullo entrometido. Pero háblale solo de lo que hemos hecho hasta ahora —me advierte—. Seguramente me cortaría los huevos si supiera lo que quiero hacer contigo —añade en voz tan baja que no estoy seguro de si pretendía que lo oyera.

—De acuerdo —acepto sonriéndole aliviado.

No quiero ni pensar en que Frank vaya a cortarle los huevos a Samuel.

Frunce los labios y mueve la cabeza.

—Cuanto antes te sometas a mí mejor, y así acabamos con todo esto —murmura.

—¿Acabamos con qué?

—Con tus desafíos.

Me pasa una mano por la mejilla y me besa rápidamente en los labios. Las puertas del ascensor se abren. Me coge de la mano y tira de mí hacia el parking.

¿Mis desafíos? ¿De qué habla?

Cerca del ascensor veo el Audi 4 x 4 negro, pero cuando pulsa el mando para que se abran las puertas, se encienden las luces de un deportivo negro reluciente. Es uno de esos coches que debería tener tumbada en el capó a una rubia de largas piernas vestida solo con una banda de miss.

—Bonito coche —murmuro en tono frío.

Me mira y sonríe.

—Lo sé —me contesta.

Y por un segundo vuelve el dulce, joven y despreocupado Samuel. Me inspira ternura. Está entusiasmado. Los chicos y sus juguetes. Pongo los ojos en blanco, pero no puedo ocultar mi sonrisa. Yo también estaría orgulloso de tener un coche como ese. Me abre la puerta y entro. Wow… es muy bajo.

Rodea el coche con paso seguro y, cuando llega al otro lado, dobla su largo cuerpo con elegancia. ¿Cómo lo consigue?

—¿Qué coche es?

—Un Audi R8 Spyder. Como hace un día precioso, podemos bajar la capota. Ahí hay una gorra. Bueno, debería haber dos.

Gira la llave de contacto, y el motor ruge a nuestras espaldas. Deja la bolsa entre los dos asientos, pulsa un botón y la capota retrocede lentamente. Pulsa otro, y la voz de Bruce Springsteen nos envuelve.

—Va a tener que gustarte Bruce.

Me sonríe, saca el coche de la plaza de parking y sube la empinada rampa, donde nos detenemos a esperar que se levante la puerta.

Y salimos a la soleada mañana de mayo de Seattle. Abro la guantera y saco las gorras. Son del equipo de los Mariners. ¿Le gusta el béisbol? Le tiendo una gorra y se la pone con la visera hacia atrás. Yo también me pongo la mía.

La gente nos mira al pasar. Por un momento pienso que lo miran a él… Luego, una paranoica parte de mí cree que me miran a mí porque saben lo que he estado haciendo en las últimas doce horas, pero al final me doy cuenta de que lo que miran es el coche.

Samuel parece ajeno a todo, perdido en sus pensamientos.

Hay poco tráfico, así que no tardamos en llegar a la interestatal 5 en dirección sur, con el viento soplando por encima de nuestras cabezas. Bruce canta que arde de deseo. Muy oportuno. Me ruborizo escuchando la letra. Samuel me mira. Como lleva puestas las Ray-Ban, no veo su expresión. Frunce los labios, apoya una mano en mi rodilla y me la aprieta suavemente. Se me corta la respiración.

—¿Tienes hambre? —me pregunta.

No de comida.

—No especialmente.

Sus labios vuelven a tensarse en una línea firme.

—Tienes que comer, Guillermo —me reprende—. Conozco un sitio fantástico cerca de Olympia. Pararemos allí.

Me aprieta la rodilla de nuevo, su mano vuelve a sujetar el volante y pisa el acelerador. Me veo impulsado contra el respaldo del asiento. Madre mía, cómo corre este coche.


El restaurante es pequeño e íntimo, un chalet de madera en medio de un bosque.
La decoración es rústica: sillas diferentes, mesas con manteles a cuadros y flores silvestres en pequeños jarrones. CUISINE SAUVAGE, alardea un cartel por encima de la puerta.

—Hacía tiempo que no venía. No se puede elegir… Preparan lo que han cazado o recogido.

Alza las cejas fingiendo horrorizarse y no puedo evitar reírme. La camarera nos pregunta qué vamos a beber. Se ruboriza al ver a Samuel y se esconde debajo de su largo flequillo rubio para evitar mirarlo a los ojos. ¡Le gusta! ¡No solo me pasa a mí!

—Dos vasos de Pinot Grigio —dice Samuel en tono autoritario.

Pongo mala cara.

—¿Qué pasa? —me pregunta bruscamente.

—Yo quería una Coca-Cola Light —susurro.

Arruga la frente y mueve la cabeza.

—El Pinot Grigio de aquí es un vino decente. Irá bien con la comida, nos traigan lo que nos traigan —me dice en tono paciente.

—¿Nos traigan lo que nos traigan?

—Sí.

Esboza su deslumbrante sonrisa ladeando la cabeza y se me hace un nudo en el estómago. No puedo evitar devolvérsela.

—A mi madre le has gustado —me dice de pronto.

—¿En serio?

Sus palabras hacen que me ruborice de alegría.

—Claro. No sabía que soy bisexual.

Abro la boca al acordarme de aquella pregunta… en la entrevista. Oh, no.

—¿No lo sabía? —le pregunto en voz baja.

—Nunca me ha visto con chicos ni chicas.

—Vaya… ¿con ninguno de los quince?

Sonríe.

—Tienes buena memoria. No, con ninguno de los quince.

—Oh.

—Mira, Guillermo, para mí también ha sido un fin de semana de novedades —me dice en voz baja.

—¿Sí?

—Nunca había dormido con nadie, nunca había tenido relaciones sexuales en mi cama, nunca había llevado a un chico en el Charlie Tango y nunca le había presentado un hombre a mi madre. ¿Qué estás haciendo conmigo?

La intensidad de sus ojos ardientes me corta la respiración.

Llega la camarera con nuestros vasos de vino, e inmediatamente doy un pequeño sorbo. ¿Está siendo franco o se trata de un simple comentario fortuito?

—Me lo he pasado muy bien este fin de semana, de verdad —digo en voz baja.

Vuelve a arrugar la frente.

—Deja de morderte el labio —gruñe—. Yo también —añade.

—¿Qué es un polvo vainilla? —le pregunto, aunque solo sea para no pensar en su intensa, ardiente y sexy mirada.

Se ríe.

—Sexo convencional, Guillermo, sin juguetes ni accesorios. —Se encoge de hombros—. Ya sabes… bueno, la verdad es que no lo sabes, pero eso es lo que significa.

—Oh.

Creía que lo que habíamos hecho eran polvos de exquisita tarta de chocolate fundido con una guinda encima. Pero ya veo que no me entero.

La camarera nos trae sopa, que ambos miramos con cierto recelo.

—Sopa de ortigas —nos informa la camarera.

Se da media vuelta y regresa enfadada a la cocina. No creo que le guste que Samuel no le haga ni caso. Pruebo la sopa, que está riquísima. Samuel y yo nos miramos a la vez, aliviados. Suelto una risita, y él ladea la cabeza.

—Qué sonido tan bonito —murmura.

—¿Por qué nunca has echado polvos vainilla? ¿Siempre has hecho… bueno… lo que hagas? —le pregunto intrigado.

Asiente lentamente.

—Más o menos —me contesta con cautela.

Por un momento frunce el ceño y parece librar una especie de batalla interna. Luego levanta los ojos, como si hubiera tomado una decisión.

—Una amiga de mi madre me sedujo cuando yo tenía quince años.

—Oh.

¡Dios mío, tan joven!

—Sus gustos eran muy especiales. Fui su sumiso durante seis años.

Se encoge de hombros.

—Oh.

Su confesión me deja helado, aturdido.

—Así que sé lo que implica, Guillermo —me dice con una mirada significativa.

Lo observo fijamente, incapaz de articular palabra… Hasta mi subconsciente está en silencio.

—La verdad es que no tuve una introducción al sexo demasiado corriente.

Me pica la curiosidad.

—¿Y nunca saliste con nadie en la facultad?

—No —me contesta negando con la cabeza para enfatizar su respuesta.

La camarera entra para retirar nuestros platos y nos interrumpe un momento.

—¿Por qué? —le pregunto cuando ya se ha ido.

Sonríe burlón.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí.

—Porque no quise. Solo la deseaba a ella. Además, me habría matado a palos.

Sonríe con cariño al recordarlo.

Oh, demasiada información de golpe… pero quiero más.

—Si era una amiga de tu madre, ¿cuántos años tenía?

Sonríe.

—Los suficientes para saber lo que se hacía.

—¿Sigues viéndola?

—Sí.

—¿Todavía… bueno…?

Me ruborizo.

—No —me dice negando con la cabeza y con una sonrisa indulgente—. Es una buena amiga.

—¿Tu madre lo sabe?

Me mira como diciéndome que no sea idiota.

—Claro que no.

La camarera vuelve con sendos platos de venado, pero se me ha quitado el hambre. Toda una revelación. Samuel, sumiso… Madre mía. Doy un largo trago de Pinot Grigio… Samuel tenía razón, por supuesto: está exquisito. Dios, tengo que pensar en todo lo que me ha contado. Necesito tiempo para procesarlo, cuando esté solo, porque ahora me distrae su presencia. Es tan irresistible, tan macho alfa, y de repente lanza este bombazo. Él sabe lo que es ser sumiso.

—Pero no estarías con ella todo el tiempo… —le digo confundido.

—Bueno, estaba solo con ella, aunque no la veía todo el tiempo. Era… difícil. Después de todo, todavía estaba en el instituto, y más tarde en la facultad. Come, Guillermo.

—No tengo hambre, Samuel, de verdad.

Lo que me ha contado me ha dejado aturdido.

Su expresión se endurece.

—Come —me dice en tono tranquilo, demasiado tranquilo.

Lo miro. Este hombre… abusaron sexualmente de él cuando era adolescente… Su tono es amenazador.

—Espera un momento —susurro.

Pestañea un par de veces.

—De acuerdo —murmura.

Y sigue comiendo.

Así será la cosa si firmo. Tendré que cumplir sus órdenes. Frunzo el ceño. ¿Es eso lo que quiero? Cojo el tenedor y el cuchillo, y empiezo a cortar el venado. Está delicioso.

—¿Así será nuestra… bueno… nuestra relación? ¿Estarás dándome órdenes todo el rato? —le pregunto en un susurro, sin apenas atreverme a mirarlo.

—Sí —murmura.

—Ya veo.

—Es más, querrás que lo haga —añade en voz baja.

Lo dudo, sinceramente. Pincho otro trozo de venado y me lo acerco a los labios.

—Es mucho decir —murmuro.

Y me lo meto en la boca.

—Lo es.

Cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, está muy serio.

—Guillermo, tienes que seguir tu instinto. Investiga un poco, lee el contrato… No tengo problema en comentar cualquier detalle. Estaré en Portland hasta el viernes, por si quieres que hablemos antes del fin de semana. —Sus palabras me llegan en un torrente apresurado—. Llámame… Podríamos cenar… ¿digamos el miércoles? De verdad quiero que esto funcione. Nunca he querido nada tanto.

Sus ojos reflejan su ardiente sinceridad y su deseo. Es básicamente lo que no entiendo. ¿Por qué yo? ¿Por qué no uno de los quince? Oh, no… ¿En eso voy a convertirme? ¿En un número? ¿El dieciséis, nada menos?

—¿Qué pasó con los otros quince? —le pregunto de pronto.

Alza las cejas sorprendido y mueve la cabeza con expresión resignada.

—Cosas distintas, pero al fin y al cabo se reduce a… —Se detiene, creo que intentando encontrar las palabras—. Incompatibilidad.

Se encoge de hombros.

—¿Y crees que yo podría ser compatible contigo?

—Sí.

—Entonces ya no ves a ninguno de ellos.

—No, Guillermo. Soy monógamo.

Vaya… toda una noticia.

—Ya veo.

—Investiga un poco, Guillermo.

Dejo el cuchillo y el tenedor. No puedo seguir comiendo.

—¿Ya has terminado? ¿Eso es todo lo que vas a comer?

Asiento. Me pone mala cara, pero decide callarse. Dejo escapar un pequeño suspiro de alivio. Con tanta información se me ha revuelto el estómago y estoy un poco mareado por el vino. Lo observo devorando todo lo que tiene en el plato.

Come como una lima. Debe de hacer mucho ejercicio para mantener la figura. De pronto recuerdo cómo le cae el pijama…, y la imagen me desconcentra. Me remuevo incómodo. Me mira y me ruborizo.

—Daría cualquier cosa por saber lo que estás pensando ahora mismo —murmura.

Me ruborizo todavía más.

Me lanza una sonrisa perversa.

—Ya me imagino… —me provoca.

—Me alegro de que no puedas leerme el pensamiento.

—El pensamiento no, Guillermo, pero tu cuerpo… lo conozco bastante bien desde ayer —me dice en tono sugerente.

¿Cómo puede cambiar de humor tan rápido? Es tan volátil… Cuesta mucho seguirle el ritmo.

Llama a la camarera y le pide la cuenta. Cuando ha pagado, se levanta y me tiende la mano.

—Vamos.

Me coge de la mano y volvemos al coche. Lo inesperado de él es este contacto de su piel, normal, íntimo. No puedo reconciliar este gesto corriente y tierno con lo que quiere hacer en aquel cuarto… el cuarto rojo del dolor.

Hacemos el viaje de Olympia a Vancouver en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Cuando aparca frente a la puerta de casa, son las cinco de la tarde. Las luces están encendidas, así que Frank está dentro, sin duda empaquetando, a menos que Luzu todavía no se haya marchado. Samuel apaga el motor, y entonces caigo en la cuenta de que tengo que separarme de él.

—¿Quieres entrar? —le pregunto.

No quiero que se marche. Quiero seguir más tiempo con él.

—No. Tengo trabajo —me dice mirándome con expresión insondable.

Me miro las manos y entrelazo los dedos. De pronto me pongo en plan sensiblero. Se va a marchar. Me coge de la mano, se la lleva lentamente a la boca y me la besa con ternura, un gesto dulce y pasado de moda. Me da un vuelco el corazón.

—Gracias por este fin de semana, Guillermo. Ha sido… estupendo. ¿Nos vemos el miércoles? Pasaré a buscarte por el trabajo o por donde me digas.

—Nos vemos el miércoles —susurro.

Vuelve a besarme la mano y me la deja en el regazo. Dios, como a una tía… Sale del coche, se acerca a mi puerta y me la abre. ¿Por qué de pronto me siento huérfano? Se me hace un nudo en la garganta. No quiero que me vea así. Sonrío forzadamente, salgo del coche y me dirijo a la puerta sabiendo que tengo que enfrentarme a Frank. A medio camino me giro y lo miro. Alegra esa cara, Diaz, me riño a mí mismo.

—Ah… por cierto, me he puesto unos bóxers tuyos.

Le sonrío y tiro de la goma de los bóxers para que los vea. Samuel abre la boca, sorprendido. Una reacción genial. Mi humor cambia de inmediato y entro en casa pavoneándome. Una parte de mí quiere levantar el puño y dar un salto. ¡SÍ! el dios que llevo dentro está encantado.

Frank está en el comedor metiendo sus libros en cajas.

—¿Ya estás aquí? ¿Dónde está Samuel? ¿Cómo estás? —me pregunta en tono febril, nervioso.

Viene hacia mí, me coge por los hombros y examina minuciosamente mi cara antes incluso de que la haya saludado.

Mierda… Tengo que lidiar con la insistencia y la tenacidad de Frank, y llevo en el bolsillo un documento legal firmado que dice que no puedo hablar. No es una saludable combinación.

—Bueno, ¿cómo ha ido? No he dejado de pensar en ti todo el rato… después de que Luzu se marchara, claro —me dice sonriendo con picardía.

No puedo evitar sonreír por su preocupación y su acuciante curiosidad, pero de pronto me da vergüenza y me ruborizo. Lo que ha sucedido ha sido muy íntimo. Ver y saber lo que Samuel esconde. Pero tengo que darle algunos detalles, porque si no, no va a dejarme en paz.

—Ha ido bien, Frank. Muy bien, creo —le digo en tono tranquilo, intentando ocultar mi sonrisa.

—¿Estás seguro?

—No tengo nada con lo que compararlo, ¿verdad? —le digo encogiéndome de hombros a modo de disculpa.

—¿Te has corrido?

Maldita sea, qué directo es. Me pongo rojo.

—Sí —murmuro nervioso.

Frank me empuja hasta el sofá y nos sentamos.

—Muy bien. —Me mira como si no se lo creyera—. Ha sido tu primera vez. Wow…Samuel debe de saber lo que se hace.

Oh, Frank, si tú supieras…

—Mi primera vez fue terrorífica —sigue diciendo, poniendo cara triste de máscara de comedia.

—¿Sí?

Me interesa. Nunca me lo había contado.

—Sí. Steve Patrone. En el instituto. Un atleta gilipollas. —Encoge los hombros—. Fue muy brusco, y yo no estaba preparado. Estábamos los dos borrachos. Ya sabes… el típico desastre adolescente después de la fiesta de fin de curso. Uf, tardé meses en decidirme a volver a intentarlo. Y no con ese inútil. Yo era demasiado joven. Has hecho bien en esperar.

—Frank, eso suena espantoso.

Parece melancólico.

—Sí, tardé casi un año en tener mi primer orgasmo con penetración, y llegas tú… y a la primera. Aunque bueno, eso es lo normal.

Asiento con timidez.

—Me alegro de que hayas perdido la virginidad con un hombre que sabe lo que se hace. —Me guiña un ojo—. ¿Y cuándo vuelves a verlo?

—El miércoles. Iremos a cenar.

—Así que todavía te gusta…

—Sí, pero no sé qué va a pasar.

—¿Por qué?

—Es complicado, Frank. Ya sabes… Su mundo es totalmente diferente del mío.

Buena excusa. Y creíble. Mucho mejor que «tiene un cuarto rojo del dolor y quiere convertirme en su esclavo sexual».

—Vamos, por favor, no permitas que el dinero sea un problema, Guille. Luzu me ha dicho que es muy raro que Samuel salga con alguien.

—¿Eso te ha dicho? —le pregunto en tono demasiado agudo.

¡Se te ve el plumero, Diaz! Mi subconsciente me mira moviendo su largo dedo y luego se transforma en la balanza de la justicia para recordarme que Samuel podría demandarme si hablo demasiado. Ja… ¿Qué va a hacer? ¿Quedarse con todo mi dinero? Tengo que acordarme de buscar en Google «penas por incumplir un acuerdo de confidencialidad» cuando haga mi «investigación». Es como si me hubieran puesto deberes. Quizá hasta me saco un título. Me ruborizo recordando mi sobresaliente por el experimento en la bañera de esta mañana.

—Guille, ¿qué pasa?

—Estaba recordando algo que me ha dicho Samuel.

—Pareces distinto —me dice Frank, haciendo una cara más rara de lo normal.

—Me siento distinto. Dolorido —le confieso.

—¿Dolorido?

—Un poco.

—A si que ha sido Samuel el que te ha dado, ¿eh?

Me ruborizo.

—Yo también estoy dolorido. Tsk, hombres… —dice con una mueca de disgusto—. También soy uno… pero algunos son como animales.

Nos reímos los dos.

—¿Tú también estás dolorido? —le pregunto sorprendido.

—Sí… de tanto darle.

Y me echo a reír.

—Cuéntame cosas de Luzu —le pido cuando paro por fin.

Siento que me relajo por primera vez desde que estaba haciendo cola en el lavabo del bar… antes de la llamada de teléfono con la que empezó todo esto… cuando admiraba al señor De Luque desde la distancia. Días felices y sin complicaciones.

Frank se ruboriza. Oh, Dios mío… Frank Garnes se convierte en Guillermo Diaz. Me lanza una mirada ingenua. Nunca antes la había visto reaccionar así por un hombre. Abro tanto la boca que la mandíbula me llega al suelo. ¿Dónde está mi Frank? ¿Qué habéis hecho con él?

—Willy —me dice entusiasmado—, es tan… tan… Lo tiene todo. Y cuando… oh… es fantástico.

Está tan alterado que apenas puede hilvanar una frase.

—Creo que lo que intentas decirme es que te gusta.

Asiente y se ríe como un loco.

—He quedado con él el sábado. Nos ayudará con la mudanza.

Junta las manos, se levanta del sofá y se dirige a la ventana haciendo extrañas piruetas. La mudanza. Mierda, lo había olvidado, y eso que hay cajas por todas partes.

—Muy amable por su parte —le digo.

Así lo conoceré. Quizá pueda darme más pistas sobre su extraño e inquietante hermano.

—Bueno, ¿qué hicisteis anoche? —le pregunto.

Ladea la cabeza hacia mí y alza las cejas en un gesto que viene a decir: «¿Tú qué crees, idiota?».

—Más o menos lo mismo que vosotros, pero nosotros cenamos antes —me dice riéndose—. ¿De verdad estás bien? Pareces un poco agobiado.

—Estoy agobiado. Samuel es muy intenso.

—Sí, ya me hice una idea. Pero ¿se ha portado bien contigo?

—Sí —lo tranquilizo—. Me muero de hambre. ¿Quieres que prepare algo?

Asiente y mete un par de libros en una caja.

—¿Qué quieres hacer con los libros de catorce mil dólares? —me pregunta.

—Se los voy a devolver.

—¿De verdad?

—Es un regalo exagerado. No puedo aceptarlo, y menos ahora.

Sonrío, y Frank asiente con la cabeza.

—Lo entiendo. Han llegado un par de cartas para ti, y Alex no ha dejado de llamar. Parecía desesperado.

—Lo llamaré —murmuro evasivo.

Si le cuento a Frank lo de Alex, se lo merienda. Cojo las cartas de la mesa y las abro.

—Vaya, ¡tengo entrevistas! Dentro de dos semanas, en Seattle, para hacer las prácticas.

—¿Con qué editorial?

—Con las dos.

—Te dije que tu expediente académico te abriría puertas, Guille.

Frank ya tiene su puesto para hacer las prácticas en The Seattle Times, por supuesto. Su padre conoce a alguien que conoce a alguien.

—¿Qué le parece a Luzu que te vayas de vacaciones? —le pregunto.

Frank se dirige hacia la cocina, y por primera vez desde que he llegado parece desconsolado.

—Lo entiende. Una parte de mí no quiere marcharse, pero es tentador broncearse y tomar sol un par de semanas. Además, mi madre no deja de insistir, porque cree que serán nuestras últimas vacaciones en familia antes de que Rubén y yo empecemos a trabajar en serio.

Nunca he salido del Estados Unidos continental. Frank se va dos semanas a Barbados con su padre, su madrastra y su hermanastro, Rubén. Pasaré dos semanas solo, sin Frank, en la nueva casa. Será raro. Rubén ha estado viajando por el mundo desde el año pasado, después de graduarse. Por un momento me pregunto si lo veré antes de que se vayan de vacaciones. Es un tipo majísimo. El teléfono me saca de mi ensoñación.

—Será Alex.

Suspiro. Sé que tengo que hablar con él. Levanto el teléfono.

—Hola.

—¡Willy, has vuelto! —exclama Alex aliviado.

—Obviamente —le contesto con cierto sarcasmo.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Puedo verte? Siento mucho lo del viernes. Estaba borracho… y tú… bueno. Willy, perdóname, por favor.

—Claro que te perdono, Alex. Pero que no se repita. Sabes cuáles son mis sentimientos por ti.

Suspira profundamente, con tristeza.

—Lo sé, Willy. Pero pensé que si te besaba, quizá tus sentimientos cambiarían.

—Alex, te quiero mucho, eres muy importante para mí. Eres como el hermano que nunca he tenido. Y eso no va a cambiar. Lo sabes.

Siento hacerle daño, pero es la verdad.

—Entonces, ¿sales con él? —me pregunta con desdén.

—Alex, no salgo con nadie.

—Pero has pasado la noche con él.

—¡No es asunto tuyo!

—¿Es por el dinero?

—¡Alex! ¿Cómo te atreves? —le grito, atónito por su atrevimiento.

—Guille —dice con voz quejumbrosa, en tono de disculpa.

Ahora mismo no estoy para aguantar sus mezquinos celos. Sé que está dolido, pero ya tengo bastante con lidiar con Samuel De Luque.

—Quizá podríamos tomar un café mañana. Te llamaré —le digo en tono conciliador.

Es mi amigo y le tengo mucho cariño, pero en estos momentos no estoy para aguantar estas cosas.

—Vale, mañana. ¿Me llamas tú?

Su voz esperanzada me conmueve.

—Sí… Buenas noches, Alex.

Cuelgo sin esperar su respuesta.

—¿De qué va todo esto? —me pregunta Frank con los brazos cruzados.

Decido que lo mejor es decirle la verdad. Parece más obstinado que nunca.

—El viernes intentó besarme.

—¿Alex? ¿Y Samuel De Luque? Guille, tus encantos deben de estar haciendo horas extras. ¿En qué estaba pensando ese imbécil?

Mueve la cabeza enfadado y sigue empaquetando.

Tres cuartos de hora después hacemos una pausa para degustar la especialidad de la casa, mi lasaña. Frank abre una botella de vino y nos sentamos a comer entre las cajas, bebiendo vino tinto barato y viendo programas de televisión basura. La normalidad. Es bien recibida y tranquilizadora después de las últimas cuarenta y ocho horas de… locura. Es mi primera comida en dos días sin preocupaciones, sin que me insistan y en paz. ¿Qué problema tiene Samuel con la comida? Frank recoge los platos mientras yo acabo de empaquetar lo que queda en el salón. Solo hemos dejado el sofá, la tele y la mesa. ¿Qué más podríamos necesitar? Solo falta por empaquetar el contenido de nuestras habitaciones y la cocina, y tenemos toda la semana por delante.

Vuelve a sonar el teléfono. Es Luzu. Frank me sonríe y se mete en su habitación dando saltitos como una tía. Sé que debería estar escribiendo su discurso por haber sido el mejor alumno de la promoción, pero parece que Luzu es más importante. ¿Qué pasa con los De Luque? ¿Qué los hace tan absorbentes, tan devoradores y tan irresistibles? Doy otro trago de vino.

Hago zapping en busca de algún programa, pero en el fondo sé que estoy demorándome a propósito. El contrato echa humo dentro de mi bolsillo. ¿Tendré las fuerzas y lo que hay que tener para leerlo esta noche?

Apoyo la cabeza en las manos. Tanto Alex como Samuel quieren algo de mí. Con Alex es fácil, pero Samuel… Manejar y entender a Samuel es otra cosa. Una parte de mí quiere salir corriendo y esconderse. ¿Qué voy a hacer? Pienso en sus ardientes ojos café, en su intensa y provocativa mirada, y me pongo tenso. Ni siquiera está aquí y ya estoy a cien. No puede ser solo sexo, ¿verdad? Pienso en sus bromas amables de esta mañana, en el desayuno, en su alegría al verme encantado con el viaje en helicóptero, en cómo tocaba el piano, esa música tan triste, dulce y conmovedora…

Es un hombre muy complicado. Y ahora he empezado a entender por qué. Un chico privado de adolescencia, del que abusa sexualmente una malvada señora Robinson… No es extraño que parezca mayor de lo que es. Me entristece pensar en lo que debe de haber pasado. Soy demasiado ingenuo para saber exactamente de qué se trata, pero la investigación arrojará algo de luz. Aunque ¿de verdad quiero saber? ¿Quiero explorar ese mundo del que no sé nada? Es un paso muy importante.

Si no lo hubiera conocido, seguiría tan feliz, ajeno a todo esto. Mi mente se traslada a la noche de ayer y a esta mañana… a la increíble y sensual sexualidad que he experimentado. ¿Quiero despedirme de ella? ¡No!, exclama mi subconsciente… El dios que llevo dentro, sumido en un silencio zen, asiente para mostrar que está de acuerdo con él.

Frank vuelve al comedor sonriendo de oreja a oreja. Quizá esté enamorado. La miro boquiabierto. Nunca se ha comportado así.

—Guille, me voy a la cama. Estoy muy cansado.

—Yo también, Frank.

Me revuelve el cabello.

—Me alegro de que hayas vuelto sano y salvo. Hay algo raro en Samuel —añade en voz baja, en tono de disculpa.

Sonrío para tranquilizarlo, aunque pienso: ¿Cómo demonios lo sabe? Por eso será un buenísimo periodista, por su infalible intuición.


Cojo la chaqueta y me voy a mi habitación con paso desganado. Los esfuerzos sexuales de las últimas horas y el total y absoluto dilema al que me enfrento me han dejado agotado. Me siento en la cama, saco con cautela del bolsillo el sobre de papel manila y le doy vueltas entre las manos. ¿Estoy seguro de que quiero saber hasta dónde llega la depravación de Samuel? Resulta tan intimidante… Respiro hondo y rasgo el sobre con el corazón en un puño.

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LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO ,LO SIENTO, LO SIENTO ,LO SIENTO T-T

*Aquí Ale tratando de disculparse por subir cap tarde :ccc*

LO SIENTOOO! D: eso de los exámenes es feo, asi sean mensuales son horrible y justo ayer tenía que estudiar historia y no he podido entrar al ordenador en todo el día para dejar en cola este capítulo, y eso que me faltaba adaptar la última parte :’( LO SIENTOOOO

Ahora sí… ¿Que tal les ha parecido el capítulo :D?

Algo de romanticismo les hará bien a sus bodys e.e

Ajdsakjfkasljdlkfsa y pobre Alex!! :(( Nadie lo quiere :’( -lo abraza- shh, ya vendrá alguien que te quiera, cariño… ah! OMG, el pasado oscuro de Samuel!! Ahora nuestro Guille ya lo sabe D:…

¿Qué creen que pasará? Comentarlo! El que adivina se gana un besazo en la frente mío :** OKNO, nadie quiere, yo lo sé xDD soy más fea que el hambre (?? jajajaja

Ah, cierto, una pregunta, ¿qué historias me recomiendan? (de Wattpad) Ya sean libros o fanfics, no se preocupen no son Rubelangel o Wigetta, igual decirme los nombres y yo los busco :DD necesito distraerme un poco… :P