el burdel

Aquí les dejo la segunda parte de la historia :)

Escena 1, toma primera.

Me llamo Alex y llevo un año, tres meses y ocho días esperando a mi novio. ¿Que donde está? Pues… no está aquí. Está en otra ciudad. ¿Que qué hace allí? Bueno, tenía asuntos que atender. Vale. Sé lo que estáis pensando. Un año, tres meses y ocho días parece demasiado tiempo. Lo es, no lo negaré. Lo es para una cena de negocios, para comprar un paquete de tabaco o para cualquier cosa decente que uno quiera hacer antes de reunirse con su novio. No lo es si uno está en la cárcel, aunque no es el caso. La verdad es que estamos acostumbrados a esperar a los demás durante quince minutos, media hora… algunos valientes, hasta tres horas. Un año resulta un poco excesivo, así de primeras. Entiendo vuestra sorpresa. Seguro que si ahora os digo que no es exactamente mi novio, la cosa empeora. Atáis cabos, ponéis cara de circunstancias y acabo dándoos pena. No os preocupéis, tranquilos. Ya me imagino la conclusión a la que vais a llegar. Que me ha engañado, ¿no? Que me ha dejado tirado. Que soy un cándido, un inocente, un idiota. La verdad es que no es la primera vez que me lo dicen. Es más, lo he escuchado mucho últimamente. Pero antes de que os creéis expectativas erróneas acerca de esto, será mejor que sepáis toda la historia. Desde el principio, ¿vale? Yo intentaré contarla bien, aunque esto de hacer de narrador no es lo mío. Lo mío son las fotos, ¿sabéis? Contar historias se le da mejor a él. Pero en fin. Haré lo que pueda. Ah, debo avisaros. En esta historia, las cosas casi nunca son lo que parecen. A veces sí, otras no… y otras veces empiezan siendo una cosa y acaban siendo otra. Me parece que os estoy liando. ¿Sabéis? Quizá fuera mejor plantear esto de otro modo. De un modo un poco más espectacular. Vale. Muy bien. Vamos allá. Imaginaos un local. Un bar del centro, de estos con la fachada bonita y un marco de madera, luna de cristal y letras doradas en el vidrio. Imaginaos las mesas redondas y los taburetes. La música suena suave, jazz intimista. Parece una especie de pub británico. Hay un escenario al fondo con una gran cortina roja. Las luces son doradas y hacen resplandecer los cristales verdes de las lámparas, el humo de los cigarros flota en el aire. ¿Lo tenéis ya? Perfecto. Ahora se escucha una mandolina. Algo así, rollo italiano, y las luces cambian, los focos apuntan al telón rojo y éste se levanta lentamente. El público fija su mirada en el escenario y comienza el encantamiento. Y es que, cuando un telón se levanta, sucede algo mágico. Atrapa la atención. Todos estamos dispuestos a dejarnos embelesar… todos estamos deseando que nos hechicen, que nos sorprendan, que nos fascinen. Que nos hagan soñar. Ahí está nuestra historia de esta noche, iluminada por el resplandor de las candilejas. El papel pintado muestra el decorado de una ciudad. Es una calle oscura, cerca del centro, un poco sucia. Hay dos edificios y una escalera de incendios, y al fondo, un cartel que chisporrotea con neones rojos en el que se lee claramente el nombre del local:Euphoria. Es noche cerrada, el brillo ambarino de las farolas ilumina los charcos de la callejuela. Delante del decorado se mueve una silueta; es como un teatro de sombras chinescas. Se trata de una figura delgada, desgarbada, que avanza nerviosa e insegura, mirando sobre su hombro y con aspecto de no gustarle mucho este sitio. Habéis acertado. Ese soy yo. Y así comienza esta historia. …

Escena 1, toma segunda.

Eran las once de la noche del cuatro de Julio. El calor de la tarde ya se había desvanecido y corría una brisa bastante agradable. En la ciudad, los otoños eran lluviosos, los inviernos fríos, las primaveras explosivas y los veranos, suaves. Esa noche había calculado mal y sólo llevaba unos vaqueros y una camiseta sin mangas, por lo que ese airecillo fresco me puso el vello de punta. Miré la tarjeta y comprobé la dirección, preguntándome por qué demonios había acudido a la cita. Las notas anónimas nunca suelen ser nada bueno. Si lo fueran, irían firmadas. Y una cita a aquellas horas… sin embargo, tenía curiosidad. A veces se me olvida que fue ella quien mató al gato. El callejón era oscuro, la farola que lo iluminaba parpadeaba a veces como si se fuera a apagar, y el lugar llamadoEuphoria tenía todo el aspecto de un burdel sórdido: cristales opacos que desprendían una luz azul y fría, un luminoso de color rojo en el que se leía el nombre del garito en neones retorcidos y puerta de metal plateado. Me acerqué, sorteando un charco, y abrí. El interior era amplio. Barra al fondo, taburetes de cuero oscuro con patas galácticas, un espejo tras la barra, estantes llenos de botellas y pantalla grande. Abundaban los fluorescentes, que brillaban en tonos fríos. Pegados a las paredes había sofás plateados, muy horteras, con mesas de metacrilato enfrente. Y ahí estaba yo, mirando alrededor en busca del misterioso remitente de la nota. Me preguntaba si alguna vez había estado en un sitio así. Los ambientes de esa clase no me atraían demasiado, al menos en ese momento. No sabía si antes del accidente solía salir a bailar o a hacer lo que quiera que se hace en esos locales, aparte de beber copas que brillan bajo las luces y moverse de forma absurda. Hacía poco que me habían dado el alta en el hospital y aún me estaba recuperando; mi memoria estaba aturdida y las pesadillas se mezclaban con grandes trozos de nada, vacíos que me costaba llenar. En todo el local sólo había unas cuantas personas. Un chico joven limpiando la barra, un tipo alto con un largo abrigo oscuro sentado delante de él y otro chico más. Este estaba sentado en uno de los sofás horteras y también parecía muy joven. Vestía con traje oscuro de cuello mao, más que un traje, una especie de uniforme escolar, y llevaba el pelo, muy negro, cortado a la altura de los hombros. Al principio creí que tendría dieciséis o diecisiete años, pero me miraba muy fijamente con una mirada penetrante, grave y algo fría. No era la mirada que uno se espera de un crío. A simple vista, se trataba de un chaval muy, muy raro. Así que me armé de seguridad y me acerqué. —Soy Alex. ¿Has quedado conmigo? Se lo solté así, sin más, en cuanto le tuve delante. El tipo no se inmutó. Por un momento pareció sorprenderse de que hablara, como si fuera… algo que no debería hablar. Un perro, una plancha o algo así. Cerré los dedos en la correa de mi bandolera mientras aguardaba, incómodo, a que contestara. De pronto, cuando ya me iba a dar la vuelta y a marcharme, el tío se levantó así con un aire de bailarín y me ofreció la mano. —Te estaba esperando. Esa frase no tenía por qué sonarme rara. Si se había citado conmigo, lo normal es que estuviera esperándome. Y sin embargo… no sé como explicarlo. Fue como si me soplara un aliento helado en la nuca. Me asusté un poco, así que, para que no se me notara, le tendí la mía a toda prisa y continué tratando de parecer seguro y sereno. —¿Y tú eres…? —Dejé la pregunta en el aire. El chico tenía la mano rígida y fría. Bueno, tenía pulso y todo eso, pero había algo un poco antinatural en él. —Mucho gusto. Soy Saul. Gracias por venir. El chico me hizo un gesto con la mano como para que me sentara, y él mismo lo hizo, así que le imité. Me daba muy mal rollo aquel muchacho. Tenía una mirada gélida, dura, como metálica, si sabéis lo que quiero decir. Pero la verdad es que también sentía mucha curiosidad. No sabía muy bien qué querían de mí cuando enviaron aquel anónimo citándome esa noche en aquel lugar, pero fuera lo que fuese, estaba bastante seguro de que podrían darme información sobre mí mismo. Ya os he dicho que acababa de salir del hospital y que mi memoria se encontraba bastante confusa. Existía la posibilidad de que, acudiendo a la cita, encontrara una respuesta y averiguase lo que me había sucedido, y eso había sido un argumento de mucho peso para decidirme a acudir. No quería echarlo a perder… así que, nada. Me senté y me quedé ahí, esperando a que comenzaran las explicaciones, mientras el tal Saul me observaba como si yo fuera un bicho raro. —Admito que esperaba otra cosa —dijo finalmente. No podría decir si parecía decepcionado o no. No parecía nada. Era la persona más inexpresiva que había conocido nunca… al menos, que pudiera recordar—. Eres Alex, ¿no? Me molestó que me lo preguntara, como si no se fiase de que le hubiera dicho la verdad. —¿Qué es lo que esperabas, exactamente? El muchacho esbozó una tenue sonrisa. —Has roto las reglas y eso no puede quedar así. Ya lo sabes. Aquellas palabras, pronunciadas con esa voz casi infantil, adquirieron un tono aún más peligroso. —¿Que he roto qué? —¿Habéis visto alguna vez Los chicos del maíz o alguna peli por el estilo? Pues bueno, era algo así. Niños psicópatas. Empezó a llenárseme la cabeza de imágenes de niños psicópatas, y de escenas de esa película, y de paranoia. Me puse en pie—. Mira, tío, no tengo el ánimo para que me vacilen. —Espera. Déjame terminar, no voy a molestarte. Esto es una zona neutral, ¿o no te acuerdas? Solo quería decirte que ya no tienes que preocuparte más por tu… “colega”. —¿Zona neutral? —Algo amenazó con destellar en mi memoria mientras los niños psicópatas de mi imaginación hacían un corro y empezaban a repetir palabrejas satánicas. Soy muy imaginativo. A veces es un problema—. ¿Eres de alguna banda? Saul alzó las cejas y luego soltó una risilla. —Es igual. Agarró la copa y se la bebió de un trago. No sé si llevaba alcohol o no, pero él ni siquiera pestañeó. Empezó a engullir el líquido como un pez y luego dejó el vaso sobre la mesa, sin chasquear la lengua ni variar el gesto. No le cambiaba la cara. Sólo había mostrado algún atisbo de expresión cuando se había reído de mí, un momento antes. Y no me gustó. La situación no me estaba haciendo ninguna gracia. —No, no es igual —insistí—. ¿De qué tenía que preocuparme? ¿Qué “colega”? —Será mejor marcharnos— resolvió Saul. Se arregló los gemelos del uniforme. Eran rojos, brillantes, de cristal o algo así, plástico, yo que sé. Parecían dos ojos resplandecientes. Me sentí observado—. Creo que los dos estamos perdiendo el tiempo. Negué con la cabeza, notando que se me aceleraba el pulso. Hasta entonces había estado, digamos, mosqueado. Ahora empezaba a acojonarme en serio. Los niños psicópatas de mi cabeza ya se habían largado, pero la situación no mejoraba. De hecho, la prefería cuando estaban ellos. Algo oscuro me acechaba desde todas partes, también desde dentro de mí mismo. —¿Sabes algo de mí? —le pregunté a Saul. —¿Es que tú no? Sus ojos me escrutaban, gélidos, con la pupila contraída. Como los ojos de un muñeco. —He… he pasado una mala racha, ¿sabes? Él asintió. Me pareció que se esforzaba en parecer empático, pero la mirada seguía siendo igual de árida y vacía. —La verdad es que se te nota. —Me aparté el pelo de la cara, bajando los ojos con cierta angustia. Había esperado disimularlo mejor, pero llevaba demasiado tiempo sin relacionarme con nadie. Debería haber previsto que todo el mundo se daría cuenta de que estaba hecho polvo. Al menos, con el tinte rojo, las canas no eran tan evidentes. —Si te nombro a Zaliel no te suena, ¿verdad? —No —admití, negando con la cabeza. —Era tu “colega”. —¿Era? —Sí. Ya no trabaja con nosotros. Saul sonrió y su sonrisa me acojonó tanto que deseé gritarle que dejara de hacerlo. —¿Mi colega… colega de qué? —acerté a decir, aun así. —Ese es el problema. Es un poco difícil de explicar, pero lo intentaré. El muchacho rodeó la mesa, acercándose a mí con pasos seguros. Le seguí con la mirada, suspicaz. A saber qué intenciones tenía. Cuando le tuve al lado, el chico levantó la mano y me la puso en el hombro, apretando los dedos. Os juro que ese no era el apretón de un crío de quince o dieciséis años. Su mano era una maldita tenaza. Me tensé y le observé, con más miedo que otra cosa, mientras algo se agitaba rebeldemente en mi interior. —Imagínate que trabajas en una cadena de montaje —me dijo, mirándome a los ojos tan tranquilo, como si fuéramos dos viejos conocidos— como, pongamos, envasador. Si dejas de envasar y no cumples tu función, toda la empresa sufre un grave perjuicio, ¿no es verdad? —Sí… ya… el trabajo se amontona y… —asentí, sorprendido de que la voz me saliera del cuerpo—. Pero es que… yo soy fotógrafo, y además, estoy de baja. Saul continuó, sin hacerme el menor caso. Yo estaba tan rígido que ni siquiera era capaz de temblar. Los ojos del muchacho parecían estar quemándome por dentro, abriéndome a dentelladas. Era una sensación de lo más desagradable, y lo peor de todo era que no podía reaccionar a ella. Como un conejo, consciente, hipnotizado, mirando las pupilas del lobo que se lo está comiendo. Muy desagradable. Qué narices. Era espeluznante, todo lo era. —Bien, el trabajo se amontona y tú no lo estás haciendo. Entonces los jefes te avisan. Te citan, hablan contigo y te dicen: «Ey, Alex, tienes que hacer tu trabajo». Y lo adecuado para todos es que lo hagas. Porque si no, tendrán que despedirte. Como a Zaliel. —Me soltó entonces y bajó un poco la barbilla, sin dejar de mirarme. —Las cosas hay que hacerlas bien. —C…claro. Es lo lógico. —Una pregunta estúpida me cruzó por la mente. Era estúpida, porque mi propia mente me gritaba la respuesta, y también que no quería escucharla. Pero bueno, yo la hice. Ya os he dicho que soy un poco ingenuo. —¿Zaliel trabajaba en la revista? —Sí. Tú le pasabas el trabajo. Pero un día no lo hiciste. Y Zaliel no pudo cumplir con su labor. —Joder —murmuré, apartando la vista. —No fue culpa suya, pero eso a los jefes les da igual. Le… despidieron. Dijo “despedir” con ese tono con el que alguien dice “matar”, pero sin decirlo. Ya sabéis. O eso me pareció. Tragué saliva. En realidad, no me creía ni una palabra sobre toda esa porquería de pasarle trabajo a un tal Zaliel y trabajar en cadenas de montaje envasando nada, pero quizá había algo de verdad en todo aquello. ¿Cómo podía saberlo? No tenía manera. Sólo podía intentar averiguarlo, tirando de los inconexos hilos que ese tipo me arrojaba. —¿Y ahora qué hago? —pregunté, desvalido. Era una pregunta retórica; no obstante, Saul respondió. —Ahora tienes que pasarme el trabajo a mí. Aunque la verdad, no sé si estás en condiciones de trabajar. —Pero si… si mis jefes saben lo que ha pasado. Los médicos lo pusieron todo en orden, eso me han dicho. —Saul me miró de arriba a abajo, sus ojos destellaron. —¿Y por qué te envían a ti con notas anónimas para quedar en un bar de mala muerte? «Tal vez no debería decir eso», pensé, después de haberlo dicho. —¿No eres fotógrafo? Asentí, luego negué. —¿Y qué tiene que ver? Me estás tomando el pelo, o te has equivocado de persona, o… joder, ¿estaba metido en drogas? ¿Es eso? No me digas que soy camello. —La gente de tu industria es muy artística. Pero sí, en realidad te estoy tomando el pelo. Será mejor que te vayas. Volvió el rostro y me miró de reojo. Y entonces sucedió algo extraño, porque de pronto, el hombre de la barra y el chico que la estaba limpiando también se giraron, y todos clavaron sus pupilas en mí. Dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se pusieron a observarme. Dios. Como en esas pesadillas en las que estás desnudo el día de tu graduación, o dando un discurso, o algo así. Y tuve la sensación de que Saul me estaba haciendo daño por dentro, no con nada físico, pero sí con sus ojos. Supe que saldría corriendo de un momento a otro, incapaz de soportar la presión, y estaba a punto de hacerlo cuando la puerta del horrible local se abrió y todo cambió. El ambiente se volvió más ligero. El aire volvía a discurrir entre nosotros, la terrible mirada de Saul ya no parecía tan terrible y además se había desplazado hacia la puerta. Los hombres de la barra volvieron a sus quehaceres y yo me sentí un poco idiota. Mi imaginación lo había exagerado todo, aunque la situación no era precisamente agradable. Pero me había pasado de rosca un poco. «¿Niños psicópatas, Alex? En serio, tío…», me reprendí a mí mismo. Con un suspiro de alivio, me giré a medias para ver a los recién llegados, que me robaban el protagonismo. Se trataba de un hombre y una chica. Ella debía ser de la edad de Saul, y era la única persona del local que parecía encajar con el sitio. Tenía el pelo teñido de rosa, muy corto y formando una cresta que le caía un poco de lado. Vestía un pantalón de chándal y una sudadera de muchos colores y llevaba una larguísima bufanda en tonos chillones. Su maquillaje era algo exagerado, en los mismos tonos chicle que predominaban en su indumentaria. El hombre, por el contrario, debía tener unos treinta o treinta y cinco años. Llevaba un traje sastre, el cabello moreno peinado hacia atrás con fijador, las sienes rapadas, las patillas bien perfiladas, una barba de apenas una línea que le enmarcaba el rostro y una brillante corbata de color rojo que resaltaba sobre el tres piezas de color negro. Ambos habían entrado pero se habían quedado en la puerta, el hombre sosteniéndola con el brazo para dejarla abierta. Me percaté del silencio y me di cuenta del curioso cruce de miradas que tenía lugar: Los recién llegados miraron a Saul y luego al hombre de la barra. La chica se quedó mirando al tipo de la barra, pero el de la corbata roja volvió a mirar a Saul y luego a mí. Saul me miró a mí, luego a ellos y por último al tipo de la corbata roja. Y los del fondo también parecían pasear la vista entre unos y otros. Tuve la ligera sensación de que todos estaban jugando a un juego cuyas reglas yo no conocía. Y como no podía hacer otra cosa, me aferré a la vaga esperanza de no ser yo el balón. Agarré con fuerza la correa de mi bandolera y me dispuse a salir, aterrado ante la idea de haber sido un delincuente. ¿Y si me había metido en asuntos turbios antes del accidente? ¿Y si esos tíos eran policías? —Pues sí… va a ser mejor que me vaya, sí. La muchacha del pelo rosa pasó a mi lado, rumbo a la barra del fondo. Los ojos de Saul me pinchaban en la nuca cuando llegué hasta la puerta. Conseguí no hacerlo corriendo. El hombre de la corbata roja me sonrió, con una mirada divertida que no supe interpretar y la abrió del todo para franquearme el paso. —Gracias. —De nada —respondió. Y no supe si lo decía en serio. ¿Alguna vez habéis escuchado hablar a esos monologuistas que sueltan largos rollos sobre cosas cotidianas? Todo ironía y sarcasmo. Usan un timbre de voz burlón, ambiguo. Como si te estuvieran tomando el pelo. Bueno, ahora mezclad eso con un poco de bourbon y miel para suavizar, y con un poco de Humprey Bogart. Ya sé que como descripción es una mierda, pero es la única forma que encuentro ahora mismo de explicaros cómo era su voz: daba escalofríos y hacía cosquillas a la vez, prometía más de lo que daba, pero siempre prometía más… mentía y provocaba, y también ocultaba verdades, era cálida y a veces podía destrozarte… era magnética, atractiva, llena de misterio y tentaciones. Pero de eso, de todos los matices y el embrujo que encerraba, no me di cuenta entonces. No, qué va. Entonces solo pensé que era un tipo amable. Al fin, salí a la calle y respiré hondo, profundamente. Incluso la peste de ese callejón era un alivio; sin embargo, la sensación de desasosiego ya se me había abierto en el estómago y aún tenía ganas de correr, meterme en casa, cerrar por dentro y tirarme en el sofá, tapándome con todas las mantas hasta que pasara un tiempo. Diez o veinte años. —Perdona. —Me volví al escucharle de nuevo. Era él, el hombre de la puerta. —Lo siento, tendrás que disculparme esta tontería. Alex, ¿verdad? No sé si antes del accidente soñaba con ser un fotógrafo famoso, pero me resultó irónico serlo ahora, así, de pronto, y sin saber por qué. —Sí, soy Alex. —El hombre se pasó la mano por el pelo engominado, colocando algunos mechones que la brisa pestilente le había desordenado. Sus movimientos tenían una gracia muy particular, la elegancia de los caballeros anticuados. Me hacía pensar en películas en blanco y negro. Cuando se acercaba, me di cuenta de que llevaba un bastón en la mano, de madera negra con un ornamento en el puño: una especie de lagartija plateada. «¿Cómo se me ha podido pasar por alto algo tan curioso?», pensé de modo fugaz mientras le observaba. Había algo peculiar también en sus ojos, pero aún no podía saber qué era. Al llegar frente a mí, el hombre se sacó el pañuelo de seda rojo del bolsillo de la chaqueta, se limpió ambas manos y me tendió la derecha, dibujando una sonrisa provocadora en el rostro. —¿Tú también me conoces? —dije, con resignación. —Ahora sí. Parpadeé, pillado por sorpresa. Me fijé en su rostro. Era un tío guapo. Atractivo y guapo, con rasgos bien dibujados y una sonrisa torcida, de canalla. Le estreché la mano, observándole con suspicacia. —¿Y tú eres…? —Soy Lot. Lot Anders, de los Anderworld —dijo, como si fueran grandes estrellas a las que debiera conocer. Yo me limité a sonreír ante un nombre y apellidos tan particulares, y él se pasó las manos por el pelo otra vez, poniendo pose de interesante—. Tengo un grupo. —Ah. ¿También hemos trabajado juntos? —Aún no. —Esbozó una sonrisa conciliadora. —Verás, la tontería del anónimo ha sido cosa mía. El chico ese es un chaval al que he pagado unos pavos para que se haga un poco el malote. —Guardé silencio, escuchando su explicación mientras me iba invadiendo una silenciosa indignación. No terminaba de confiar en sus palabras, y creo que se me notaba. Él metió la mano por dentro de su chaqueta y sacó una elegante pitillera de plata, de la que extrajo un cigarrito con un fuerte aroma a canela—. Es que necesitamos fotógrafo, ¿sabes? Y quería saber si tenías sentido del humor. Y aguante, claro. Porque la gente de la música… en fin, tú ya sabes como son, ¿no? Él rió un poco. A mí, la verdad, no me hizo ninguna gracia. —¿Cómo son? ¿Gilipollas? No, no lo sabía —repliqué. Estaba empezando a enfadarme en serio. Una tomadura de pelo no era lo que más necesitaba en esa etapa de mi vida, y mucho menos de esa clase—. Habría bastado con una llamada. —Oh, vamos, vamos. No es para tanto. Ten. Me ofreció el cigarro. Lo acepté a regañadientes, y antes de que me lo hubiera puesto en los labios, él encendió un mechero de gasolina y acercó la llama. El resplandor del fuego me relajó. De pronto, a la luz de aquel mechero, todo parecía más verosímil. Un capullo que se creía muy gracioso me había gastado una broma pesada. Cuando me crucé de brazos, esperando que prendiera el extremo de mi cigarrillo, él amplió su sonrisa y su voz se volvió más suave. —Por esta vez, puedes llamarme gilipollas. Me lo merezco. «Y tanto que te lo mereces, capullo», pensé. Aún tenía ganas de salir corriendo y el pulso acelerado. —Lo volveré a hacer si me gastáis otra de estas —amenacé sin mucha convicción, aspirando una calada. El humo era denso y cargado de un sabor dulzón y especiado. Estaba muy bueno—. Y eso en caso de que trabaje para vosotros. —Necesitamos fotos en el Barrio Viejo —dijo Lot Anders, como si ya hubiera aceptado—, y te voy a ser sincero, no podemos pagarte más de trescientos. Pero te publicitarás, si es que te interesa. Me lo pensé, tratando de recordar cuándo fue la última vez que trabajé. No conseguí encontrar nada al respecto en mi memoria. Ni siquiera estaba seguro de poder manejar una cámara de fotos correctamente. A pesar de la inseguridad y la vacilación, asentí rápidamente. —Sí. Supongo que sí. Lot Anders alzó la ceja. —¿Te encuentras bien? —Sí, claro. —Recuperé la compostura y le miré a los ojos—. ¿Para cuándo las queréis? Tengo que preparar los… —Pensábamos hacer algunas pruebas mañana. —… objetivos y todo eso. Ah. Mañana. Claro, está bien. —No tenemos licencia para nada. —Sonrió, con un brillito en los ojos—. La verdad es que lo que estoy haciendo es muy arriesgado. Pero un poco de aventura no está mal para terminar, y además, si nos ponen alguna multa, pagaré yo. —Ya… tío, yo estoy de baja así que si nos preguntan, será un trabajo entre amigos. —¿De baja? Le miré con cara de circunstancias, mientras él me examinaba con curiosidad, como si esperase que me creciera una escayola en el brazo, o algo. —Ah… es… no es nada serio y ya casi está superado —respondí, llenándome los pulmones con otra profunda calada. Por poco no se me saltaron las lágrimas esta vez. —Bueno, no te nos vayas a romper por el camino, ¿eh? —dijo Lot Anders, dándome una palmadita en el hombro. Se estaba haciendo el simpático, aunque la verdad es que lo agradecí. Ahora todo parecía más normal. —Me envolveré en papel de embalaje para ahorrarnos preocupaciones. —Sí, podemos meterte en una caja y hacer un agujero en ella para que saques el objetivo —agregó él, siguiéndome la tontería—. Y llevarte en carretilla. —Entonces se iría al traste el plan de no llamar la atención… aunque me lo acabo de inventar. Carraspeé. A veces hablo como un idiota. Normalmente me ocurre cuando estoy nervioso o asustado. Esa era una de esas ocasiones. Lot Anders se me quedó mirando un momento, quizá analizando el diálogo de besugos que acababa de tener lugar. Luego se echó a reír. Tenía una risa agradable, nada estridente, lenta y sinuosa como una serpiente. —Te aseguro que eso no pasará —declaro, con mucha convicción. Me pregunté a qué se refería exactamente, pero él no me dejó pensar demasiado en ello—. ¿Has venido a pie? —Pues… sí. —¿Quieres tomar algo? Me siento culpable por haber herido tu sensibilidad artística con esas luces tan cutres y asustándote con un niño psicópata. Lot Anders sonrió con malicia. A mí se me pusieron los pelos de punta sólo de pensar en volver a entrar ahí. —Nnno, no, no es necesario. Casi mejor me voy a casa, a ir preparando lo de mañana. —Ahí no —agregó él, como si me leyera el pensamiento—. Allí. Su dedo meñique señaló hacia la calle de enfrente. Ahí había otro local, un establecimiento pequeño, con ventanas de forja y cortinas de terciopelo rojo que yo no había visto hasta entonces. Una agradable y cálida luz amarilla brillaba al otro lado de los cristales opacos, la puerta era de madera, con un tirador de cobre y teselas de vidrio coloreado en la parte superior. Tenía dos bonitos maceteros de cerámica con sendas plantas, una a cada lado de la entrada, y un felpudo rojo que parecía dar la bienvenida. Un cartel con letras de estilo art nouveau se balanceaba sobre el dintel, iluminado por dos pequeños focos amarillentos.  Nunca he sido capaz de recordar el nombre de aquel local. Ahora, pasado el tiempo, entiendo que tal vez nunca lo tuvo. El aspecto exterior del café no casaba para nada con el resto de garitos mugrientos que se agolpaban en aquella calleja, sucia y llena de meados, por lo que era una opción muy apetecible. Miré de reojo al tipo. Lot Anders sonrió de medio lado, haciéndose el interesante de forma descarada y un poco sobreactuada. Y finalmente, cedí. —Bueno. Pero solo una copa… y porque me lo debes. —Solo una —aceptó él. Tiró la colilla al suelo y la pisó. Luego se metió las manos en los bolsillos y pasó a mi lado, dedicándome una mirada llena de intenciones que no supe descifrar y una caída de ojos que seguro que había ensayado—. Si hay una segunda, tendrás que invitar tú. Negué con la cabeza, pensando en la de gente rara que había por el mundo, y reprimí una sonrisa. Me iban a dar trabajo, así que me convenía ser amable. Además, el local al que íbamos parecía mucho mejor que el maldito antro de locos del que acabábamos de salir. —Eso nos asegura que sólo sea una. Le seguí, deshaciéndome también de los restos de mi cigarrillo. Lot Anders se detuvo ante la puerta del local y la empujó con el bastón para abrirla. A continuación se hizo a un lado, franqueándome el paso caballerosamente. —Gracias. Le miré de reojo al pasar junto a él. Un agradable aroma a café y a licores suaves brotó del interior y la cálida voz de una cantante de jazz envolvió mis oídos. No hace falta decir que entré, más que aliviado, y que se me dibujó una gran sonrisa en la cara. Ese sitio sí que me gustaba. Había poca gente, la escasa clientela se hallaba sentada en las mesitas y en la barra, que al igual que el resto del mobiliario, eran de madera. Había carteles franceses colgados en la pared y todo era agradable, tranquilo y normal. Justo lo que necesitaba. Y lo que los médicos me habían recomendado. Agradable. Tranquilo. Normal. —¿Te gusta? Asentí impulsivamente. Luego decidí moderar mi entusiasmo. —Al menos la música permite hablar. Lot Anders cerró la puerta y me puso la mano en el hombro, con una familiaridad que no supe muy bien cómo tomarme. —Siéntate donde quieras. ¿Qué vas a tomar? —Eh…un capuccino —decidí, buscando una mesita en algún rincón tranquilo. La mano desapareció de mi hombro y el excéntrico tipo se alejó hacia la barra. Me descolgué del hombro la bolsa donde llevaba la cámara y la dejé en la parte de atrás de la silla. Tomé asiento, apoyando los codos en la mesa. Miré el reloj. Ahora me sentía bastante más seguro que antes, pero no me gustaba mucho estar fuera de casa. Lo cierto era que me moría por volver. Mi casa era mi refugio, mi hogar, mi trinchera, y era la primera vez que salía de ella desde que los médicos me permitieron abandonar el hospital. A pesar de lo sucedido, y aunque la policía me había encontrado allí cuando… cuando pasó lo que fuera que pasó, yo seguía prefiriendo estar en casa antes que en cualquier otra parte. Había cambiado la cerradura por orden de las autoridades, pero la verdad es que incluso eso me resultó difícil. Soy un animal de costumbres. Lot Anders regresó al cabo de un par de minutos, con ambas manos ocupadas. En una llevaba mi café. Me lo puso delante con un gesto grácil y luego se sentó, apartando su silla con el pie, aunque no hizo nada de ruido. A continuación le siguieron una serie de movimientos calculados y precisos con los que se desprendió de la chaqueta, la hizo girar en una mano y la dejó caer sobre su brazo, casi perfectamente doblada, todo ello sin soltar la copa de Martini ni el cenicero que sujetaba en la mano izquierda. La colocó en el respaldo de la silla y depositó la copa y el cenicero en la mesa. Acto seguido, me abordó. —¿Alguna vez has hecho fotos para grupos de música? Parpadeé, pillado por sorpresa. Aún estaba esperando que hiciera algo más, fascinado por la seguridad y la teatralidad que desprendían todos sus gestos y por aquella extraña coreografía que acababa de ejecutar delante de mis narices. —Sí. No, es decir… trabajo en una revista de turismo. Ya sabes, hoteles con encanto en la ciudad, restaurantes… esas cosas tan apasionantes. Sonreí, sintiéndome un poco bobo de pronto. Abrí un sobrecito de azúcar y volqué el contenido en mi capuccino, agitándolo con la cucharilla. —Entiendo —dijo Lot Anders, cruzando las piernas, de nuevo otra pose ensayada y estudiada al detalle. —Haces fotos para que los sitios feos parezcan bonitos y los sitios pequeños parezcan grandes. ¿Más o menos así? Me reí un poco. —Sí, es eso exactamente. Esbozó una media sonrisa y sus ojos se animaron con un brillito guasón. Tenía unos ojos peculiares, de color castaño claro o ámbar, no podía estar seguro. Cuanto más me fijaba en ellos, más cambiantes parecían, pero había un matiz constante, que era lo que me había llamado la atención de ellos en un principio. Se trataba de un tizne de fondo, brillante, casi luminoso, que parecía anaranjado. Tan naranja como la luz media de un semáforo. Además, habría jurado que los llevaba pintados con eyeliner, aunque eso no me extrañó tanto. Seguramente también usaba maquillaje. Parecía esa clase de tipo. —¿Y podrías hacer eso con nosotros? —Depende del resto de tus compañeros. —Son menos guapos que yo, no te quepa duda —replicó, con total falta de modestia. Me hizo reír un poco. —Creo que contigo algo podré hacer. —Las cuestiones de tamaño no me preocupan. —Ya. Bueno, siempre nos quedará photoshop. Di un trago a mi café, mientras un nudo de tensión se deshacía en mi espalda. Empezaba a encontrarme a gusto. —¿Eso qué es? —Eh… pues… una forma de… —vacilé durante un momento—. Es jerga de fotógrafos. Maquillaje, ya sabes. La verdad es que no tenía ni idea de lo que era eso de photoshop. Mi memoria volvía a jugármela. «Tendré que leerme bien todos los manuales cuando llegue a casa», me dije. No quería cagarla en el trabajo, ahora que volvía a él. —Trucos, ¿eh? Bueno, es tu trabajo. Yo no me voy a meter. —Lot Anders agitó el Martini con la varilla de cristal que le habían dado y luego dio un trago, con expresión evaluadora. Pareció perderse en sus pensamientos un instante y luego me volvió a dedicar una sonrisa sesgada—. ¿Has trabajado alguna vez en el Barrio Viejo? —Sí. Alguna vez —admití. —Yo vivo allí —añadió él, guiñándome el ojo. —Ah. Tiene mucho encanto. Supongo que querréis fotos nocturnas. —Pues no lo he pensado. ¿Crees que saldré más guapo de día, o de noche? —me preguntó, pasándose la mano por el pelo perfectamente engominado y alzando las cejas vanidosamente. —De noche se ven menos las imperfecciones —le respondí, sin que me impresionara en absoluto. Enseguida supe que había dado en el blanco. Lot entrecerró los ojos y me atravesó con la mirada. Me señaló amenazadoramente con el dedo, pero después suspiró y me tendió la mano en gesto de tregua. —Estamos en paz. Ese comentario y este café ajustan la cuenta —me dijo. Yo chupé la cuchara y la dejé dentro de la taza vacía. Me había bebido el capuccino casi sin darme cuenta, y ahora tenía un regusto dulce y sabroso en el paladar. Asentí, le dirigí una sonrisa franca y nos estrechamos la mano. El contacto de sus dedos, firmes y cálidos, me resultó muy físico. Me sentí muy consciente de la piel contra la mía, de las propias yemas de mis dedos, de la palma caliente y energética que reconfortaba mi palma. Fue agradable. Como si todo se volviera aún más real. Creo que eso terminó de hacer que me relajara. Hacía mucho tiempo que no tenía un trato normal con nadie, sin los interrogatorios de la policía, sin las preguntas desagradables de los psiquiatras… solo dos personas, conversando. —Creo que podemos hacer las fotos por la tarde —dijo entonces el señor Anders, volviendo al tema que nos ocupaba—. Ni de día ni de noche. —Vale. Dime el sitio y allí estaré. —El atardecer y el amanecer son ese tipo de momentos ambiguos que pueden ser cualquier cosa, pero el amanecer requiere madrugar —prosiguió él, reflexionando en alto. —Mejor por la tarde, sí. Odio madrugar —confesé. —Yo también. —El señor Anders me miró de reojo y me sonrió otra vez con esa sonrisa peculiar. —Por eso nunca lo hago. ¿Conoces el puente de las Tres Hermanas? Asentí, claro que lo conoc… Luego negué. No. No lo conocía. Quizá lo había conocido y ya no me acordaba. —No importa —dije—, tengo mapas. Y sé leer. Lot puso cara de póquer y levantó la ceja. —Emocionante. —Sí, salir de casa es una aventura. —Ya puedes decirlo. Ambos nos reímos a media voz. Después, él suspiró y apartó la vista. Me pareció notar una pincelada de preocupación en su expresión, que él trató de ocultar dándose un buen trago de su copa. —¿Ocurre algo? —pregunté. Lot se volvió hacia mí, exagerando una mueca de agobio. —Estoy aterrado por si te pierdes y nos quedamos sin fotógrafo. ¿Seguro que no quieres que vaya a recogerte con la carretilla y la caja? Las de los frigoríficos son bastante grandes. Cabrías entero, con la cámara y todo. —No será necesario —reí yo—. Saldré con una burbuja puesta. —¿Estás seguro? —El transporte público llega a todas partes, ¿no? —Sí… sí, claro —dijo él, dubitativo. Parecía que algo no terminaba de convencerle en todo esto, pero yo no estaba seguro de qué podría ser. —Solo una cosa… —Dime. Apoyé los codos en la mesa y me eché un poco hacia adelante, con cierta avidez. Lot Anders me miró de soslayo. —Bueno, el puente es grande —comenzó—. Como seguro que ya sabes, todo puente que se precie tiene diversas partes… pilas, contrafuertes… pero para los profanos, digamos que está el puente propiamente dicho y luego las dos partes que une. —Ahá —asentí, muy atento, esperando a que llegara a donde quería llegar. —Bien, pues quedaremos en el lado este del puente. No vengas por el oeste. —Bien. Vale —acepté—. ¿Por qué? —Porque entonces, cuando llegues estaremos de espaldas… y me gusta más cómo quedo de frente. Lot Anders sonrió y alzó las cejas. Yo solté una carcajada. Pensaba que iba a avisarme de que en el oeste había algún barrio peligroso, o algo así. —Voy a acabar pensando que tienes algo que ocultar —dije, apoyando la barbilla en la mano—. ¿Es que tienes cola, o algo así? A juzgar por la mirada que me dedicó, a medias cómplice y a medias burlona, deduje que se le pasaban algunas groserías por la mente. No obstante, no cayó en la tentación de replicar nada soez. —Siempre hay que dejar algo bajo el tapete. Es importante mantener la emoción, ¿no crees? —dijo, dando otro tiento a la copa—. En todo caso, ya me has visto de espaldas. Asentí a medias, sin mucho convencimiento. No me había fijado demasiado. —Y como es de noche —agregó él, con retintín— mis imperfecciones se habrán disimulado. —Claro. De todos modos, tu secreto está a salvo. No he mirado ninguna parte comprometida. —No podías. —Lot levantó la ceja otra vez, posando de nuevo. Su lado derecho debía ser el bueno, porque era el que me mostraba todo el tiempo. —Mis chaquetas son lo bastante largas como para ocultar… partes comprometidas y crear más expectación. —Ah. Claro, por eso no he mirado. —¿A que ahora estás pensando en mi trasero? —preguntó, con una media sonrisa malvada. Se me escapó una risilla y aparté la mirada, retirándome algunos mechones sueltos del rostro. «Menudo elemento», pensé. —No… bueno… —No te preocupes, es normal —agitó la mano, condescendiente—. Es como cuando te dicen que no pienses en un oso blanco, y zas, piensas. —Bueno, sí. Estábamos hablando de eso. Otra vez nos habíamos embarcado en un diálogo absurdo. Lot Anders parecía darse por satisfecho con saber que pensaba en su trasero, porque empezó a reírse entre dientes, recostándose en la silla con la misma satisfacción que un gato orgulloso de su pelaje. Desde luego, era un buen elemento, confirmé. —¿Te gusta el jazz? Parpadeé otra vez, nuevamente sorprendido por la pregunta. —Eh… sí. Sí, bastante. —A mí también. Sobre todo el ragtime. —Se bebió lo que le restaba del Martini de un trago y dejó la copa en la mesa—. Bueno, ahora que ya hemos conseguido que mi culo no fuera el último tema de conversación de la noche, nos podemos ir. ¿No te parece? Volvió a hacerme reír. —Sí, podemos irnos. Gracias por el detalle. El señor Anders se puso de pie y se echó la chaqueta por los hombros. Sacó un billete de cinco de un bolsillo y lo dejó sobre la mesa, cogiendo después mi cucharilla y guardándosela en el bolsillo interior. Me quedé anonadado ante su desvergüenza. —¿Renovando la cubertería? Él se encogió de hombros. —Aquí los cafés son demasiado caros. Sólo lucho por la justicia. Si me voy a la cama sintiéndome estafado, luego no puedo dormir. —Mejor llévate la taza —le reproché, mientras me colgaba la bandolera al hombro—. Es muy mona. Ignoró mi sarcasmo y cogió la taza para echarle un vistazo. Luego hizo un mohín de desprecio y la dejó sobre la mesa. —No me convence, es demasiado cursi. Consideré inútil explicarle que era una broma. Suspiré y me dirigí a la puerta, siguiendo el gesto que él me hacía. —Entonces nos vemos mañana en el puente de las Tres Hermanas al caer la tarde y… por el lado este, para no verte el culo —recapitulé. —Llevaré la chaqueta —aclaró él— pero, sí. Aunque la lleve, por el lado este. Agarré el picaporte y empujé la puerta para salir. No tuve que hacer esfuerzo. Lot Anders había pasado su brazo por encima de mi hombro y su mano de uñas cuidadas empujaba ya la hoja de madera, haciendo que se abriera fluidamente. Sentí un hormigueo en el estómago al fijarme en la vidriera del cristal de la puerta, una que juraría que no estaba ahí antes. En el exterior, la calleja oscura y mugrienta aguardaba. Aparté los dedos del manillar metálico y vi que Lot sostenía la puerta abierta para mí, igual que había hecho en el Euphoria, solo que esta vez, al ser el espacio más estrecho, él se encontraba aún más cerca. Me llegó el olor de su colonia y de su ropa, y le rocé el hombro con el pelo al salir. Su rostro estaba vuelto hacia el exterior y no me miraba. —Gracias —murmuré. —Un placer —respondió él, con voz átona. Me estiré la camisa, algo confuso de pronto. A mi espalda, Lot Anders también salió a la calle y la puerta del café se cerró. —Al final lo ha sido… sí. —Esbocé una sonrisa débil. —Mañana nos vemos. El resplandor del mechero me deslumbró un instante cuando me giré hacia él para despedirme. El brillo de la llama dejaba su rostro al contraluz mientras se encendía el cigarro. Cuando hubo terminado, la lengua de fuego se apagó y una nube de humo gris se fue disipando poco a poco para mostrarme de nuevo su semblante, con la media sonrisa canalla dibujada en los labios, el cigarrito entre los dientes, el bastón en una mano, la otra en el bolsillo y la ceja arqueada cual galán de cine negro. —Hasta mañana —me dijo. Asentí y mantuve mi endeble sonrisa un poco más. Luego me di la vuelta y eché a andar, caminando a un ritmo normal pese a que algo dentro de mí estaba deseando, una vez más, echar a correr. «Son los antidepresivos», me dije, tratando de buscar una explicación a todas las sensaciones extrañas y retorcidas que había tenido durante aquella extraña y retorcida noche. «Ya me advirtieron sobre la medicación. Bah.» Tuve suerte con los autobuses nocturnos y llegué a casa sobre las dos de la mañana. Pasé otro par de horas buscando los manuales de fotografía y poniendo discos que tenía en los estantes. De algunos no me acordaba. Otros, con sus melodías, me trajeron al corazón emociones brumosas, incompletas, que no podía terminar de descifrar por culpa de la ausencia de recuerdos. Acunado por la nostalgia, me quedé dormido en el sofá, abrazando un recopilatorio de éxitos de Ella Fitzgerald. …

Escena 1, toma tercera.

Lot Anders se quedó un rato de pie, parado sobre la acera, junto a la farola que no dejaba de parpadear, observando el camino por el que había desaparecido Alexander Seighin. Con una mueca de desagrado, dio tres golpecitos a la farola con el bastón. La luz se estabilizó. Al cabo de unos quince minutos, la puerta del Euphoria se abrió y la chica del pelo rosa salió al exterior. Se dirigió hacia él, muy agitada. —¿Pero qué demonios crees que haces? ¿Eres consciente de lo que acabas de…? ¿Es que te has vuelto loco? —No, por Dios. Escenas ahora, no —dijo él, haciendo girar el bastón entre los dedos y soltando el humo por la nariz. La chica se pasó la mano por la cara. Creía conocer lo suficiente a aquel tipo como para saber que discutir con él ahora sería totalmente contraproducente. Pero le frustraba. —Te matarán. —Iban a hacerlo de todos modos. Bueno, si les entrego a este curioso ejemplar, tal vez me readmitan. —¿Readmitirte? ¿Después de todo lo que…? —Oh, vamos. No te hagas la santa ahora. —No seas cínico, estoy preocupada. ¡Te van a reciclar, Lot! —Ya veremos. Tengo un plan. —¿Un plan? ¿Y se supone que eso debería tranquilizarme? —La chica suspiró—. Maldita sea. Ya hablaremos de todo esto en otro momento. Ahora larguémonos. Saul no tardará en salir. Lot alzó las cejas y miró de reojo hacia la puerta del local. Luego sonrió a medias. Ambos comenzaron a andar a buen paso y al poco rato, echaron a correr. Juntos, se perdieron entre las sombras de la ciudad. En la callejuela mugrienta, la farola volvió a titilar insistentemente. Agonizó durante algunos segundos y, finalmente, se apagó. Cuando la oscuridad fue absoluta, la puerta del Euphoria volvió a abrirse y una figura bajita y delgada, vestida con uniforme escolar, pisó el asfalto de la carretera. Unos ojos de color azul neón, ávidos, hambrientos y furiosos, brillaron en la negrura antes de desaparecer. … ©Hendelie & Neith
El burdel de Dorsoduro

[…] y entonces clavó su mirada en mí. Fue la primera vez que ocurrió. Y aunque han pasado ya muchas lunas no puedo olvidar aquel momento, el momento en que por primera vez los dulces ojos del color de la miel de Keiko me miraron […]