efluvios

TRES

Bebía y bebía como un dipsómano.

Al principio Carol lo consideró normal pues generalmente ella me acompañaba en la sala, escuchándome hablar de Adriana, imaginándola entre mis brazos, imaginando su crecimiento, felices, muy felices, claro.

¿Eso era la felicidad?

El concepto de felicidad no se podía representar en un sentimiento, quizá en la actuación, en una imagen, pero no más allá de la idea de la sensación.

Ese conjunto de circunstancias felices fueron degenerando en mí. Tenía un efluvio de felicidad que no podía contrarrestar ni haciendo el amor, yendo de compras, limpiando la casa y por la noche bebiendo. Carol, por supuesto, empezó a preocuparse. Mientras las botellas de whisky, vodka, tequila, ron y pisco se acumulaban debajo del caño de la cocina -las empecé a coleccionar por alguna razón-, Carol fue adquiriendo una belleza que quería poseer a todo instante.

¿Había vivido solo para ver y tener dicha belleza?

¡Qué egoísmo sádico y sentimental!

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CADA DOCE LUNAS
En su abrazo a la ensenada, el océano se aquieta.
Es un oasis marítimo.
Llegan desde el Antártico criaturas hermosas, quizás atraídas por la tibieza de sus arenas, ballenas jorobadas, dejando en el inmenso azul millas y más millas de espumas al canto de sus chapaleos.
Los aires de Utría las reciben en efluvios de mar y fragancias vegetales.
Cada doce lunas las recibe.
—  Fanny Muñoz, Colombia