ecuestre

El ser humano condicionó la evolución de los caballos

Los escitas, un pueblo que vivió en las estepas de la Asia central durante la Edad de Hierro entre los siglos IX y I a.C., eran unos pastores nómadas conocidos por la cría de caballos de monta. Dejaron su huella en la historia por poseer extraordinarias habilidades ecuestres y por ser grandes guerreros: perfeccionaron la técnica de monta y ya utilizaban arcos mientras iban a caballo. Además, cuando un guerrero moría, era enterrado con su caballo, como queda patente en los enterramientos reales encontrados en la República de Tuvá o en Kazajistán

Este hecho ha permitido a un grupo internacional de científicos secuenciar el genoma de estos caballos para revelar los rasgos que seleccionaban los criadores escitas en sus caballos y lograr el animal que les convenía.

¡Todo era amor… amor!
No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor.
No se podía hablar más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla,
amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado.
Amor ultramarino.
Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche…
lleno de prevenciones, de preventivos;
lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula,
chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas…
Amor espermatozoico, esperantista.
Amor desinfectado, amor untuoso…
Amor con sus accesorios, con sus repuestos;
con sus faltas de puntualidad, de ortografía;
con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes,
de los bomberos.
Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas,
que arranca los botones de los botines,
que se alimenta de encelo y de ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto.
Amor incandescente y amor incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo.
Amor amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor… ¡y nada más que amor!
—  ¡Todo era amor!, Oliverio Girondo.

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

—  La oveja negra, Augusto Monterroso
Mundo ecuestre

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Un mundo con inimaginable perfección, belleza natural, colinas por bajar y montañas por escalar. Mariposas color marrón contrastan el otoño fúnebre de un año bisiesto. Recorriendo una ciudad abandonada, transitada por bestias salvajes y poco civilizadas, estas caminan a dos patas y gastan oxigeno natural para crear vida artificial. Últimamente mis pesuñas me duelen por caminar sobre un piso negro, pues la tierra al parecer se ha enfermado y se a ido consumiendo de estas arterias negras de asfalto, le han crecido espeluznantes Barros y espinillas en toda su bella capa terrestre. Sus vellos verdes se le han caído. Se escucha hablar que un cáncer la ha invadido, un cáncer denominado raza humana, sí, se refieren a esa bestia erguida a quien me refería anteriormente. Yo no tengo nada contra ellos, pues mi libertad nunca me la podrán quitar, pero aún así, su existencia me desagrada, han enfermado a mi hermosa tierra, han contagiado mi atmósfera. Esos hermosos lunares de su cuerpo donde se encontraban mis sabanas. ¡Oh¡ aun recuerdo cuando las galopaba, mi cabello se movía sin sentido, pero reafirmaba su libertad y mis piernas corrían por si solas… En ese tiempo, nosotros, éramos felices, o más o menos felices. También recuerdo aquellos enormes bosques tan tupidos y húmedos que hacían que corriéramos a todo, para atravesarlos. Me encantaba correr por ellos y estropearle algunas ramas a esos fríos árboles para que después me hicieran algún tipo de venganza y tropezara con sus raíces. ¡Oh! aquellos tiempos eran perfectos, al igual que la simetría del sistema solar. 
Con sentimiento, un ecuestre humano. 
-Oliver Sick.