dulce de cacahuate

La mujer más hermosa que he conocido se llama como una flor, como una flor baila, mirando a las nubes que viajan sobre ella como una clara muestra de lo efímero del todo al lado de otras cosas, cosas que quizá aún no hemos visto, pero que ella sueña a diario y guarda para sí. Ella pasa sus días dibujando la explicación del porqué el ayer está más lejos que el mañana en páginas manchadas de dulce de cacahuate, una explicación que para nosotros luce a laberíntico acertijo, pero que para ella es tan clara que el que no entendamos se interpreta como una ofensa.

Ella trae una revolución en la boca, capaz de fusilar al más valiente por la mínima razón, de derrocar reyes y disolver países. Sin embargo, tiene en los ojos una mirada que guarda la habilidad de entregarle la paz al más sádico y salvaje guerrillero, de revivir muertos y de hacer de cenizas calor que ilumina. Por no ser llamada diosa se le considera milagro, para ella no hay dos días iguales, porque aunque hiciera las mismas cosas, los ojos con los que te ve hoy habrán muerto mañana, habrán muerto para dar vida a un nuevo punto de vista más objetivo y correcto, habrán nacido de nuevo en forma de corrección, más no de arrepentimiento, pues ella lleva orgullosa las heridas de las guerras que la convirtieron en heroína.

La mujer más hermosa que he conocido se llama como una flor, y como una flor baila, consciente de su hermosura, alegre de estar aquí y ser vida en un mundo que muere, sabiendo que cada sonrisa suya es un día más de vida para mí.

— Javier Villatoro