Nunca fui de decirle a nadie que se quede. Porque aprendí que el que quiere estar, está, sin importar la situación, el dolor y todo lo que pueda suceder en el camino. Pero siempre fui de despedirme con muchas palabras, de decirte que te cuides, que te quiero, que te querré. Que te dejo ir si así lo quieres, porque querré lo mejor para ti, sin importar lo que yo sienta. Y eso también es rogar que permanezcas. Eso es pedirte con el corazón hecho mierda y un llanto amargo que te desgarra por dentro que no te vayas. Nunca te voy a decir “por favor, quédate”, pero mírame a los ojos y verás que te necesito cerca. Pero aún así, no importa, si quieres irte, hazlo.