diarios argentina

4 de abril de 2017

La cita organizada por mí fue completamente diferente. Inicialmente pensé en llevarla al Salón Pueyrredón porque tocaba una banda que quería ver, pero me pareció que iba a ser un impacto muy fuerte llevarla ahí, teniendo en cuenta su status social. Sí, estoy prejuzgando. Estoy segura de que cualquiera en mi posición lo haría.

Decidí llevarla al Matienzo que es un club cultural bastante digno, con gente que tiene una buena obra social, pero que le gusta mostrar que toman cerveza barata. Sí, de nuevo estoy prejuzgando. 

Fui en bondi hasta la casa y toqué timbre. Cuando bajó estaba despampanante. Tenía un vestido negro, corto y ajustado. Unos zapatos con taco que no me cerraba cómo podía caminar con eso. Yo, por mi parte, estaba con unas zapatillas, una remera arreglada y un jean. De nuevo, no nos vi ni un poco compatibles.

Cuando la vi así tuve mis dudas de llevarla al Matienzo porque sentí que iba a desentonar y se iba a sentir incómoda. Decidí ir igual para que conozca más “mi entorno”. Pagué yo la entrada de las dos y casi me quedé sin guita. No se lo dije, pero me empezó a subir un calor a la cara de la vergüenza bastante grande. 

Nadie la miraba mucho. Claramente desentonaba, pero nadie se percataba en ella. El lugar estaba lleno de chicos con bigotes, bermudas y camisas de muchos colores. Las mujeres eramos más heterogéneas. 

- ¿Qué es un eco vaso?- me preguntó
- Es así: vos comprás tu bebida y pagás por el eco-vaso. Cuando te vas, lo devolvés y te dan la plata de nuevo
- Ah

Subimos a la terraza y comimos algo. La conversación iba genial. Teníamos química. Pagamos a medias y ya me estaba quedando sin plata. Recorrimos un poco el lugar, ella decía que le gustaba y después nos metimos en esa especie de galpón del fondo a ver a la banda. Ya ni recuerdo cuál era. Me pidió si le compraba un Fernet. Ahí me di cuenta que no me alcanzaba para uno. Me dio su eco-vaso, me abrí entre la gente y me fui a la barra. Le pedí por favor al barman que me regale lo que me faltaba para pagar el vaso completo y le conté la situación con La Médica. Me dijo que no podía, que lo comprometía. Me apoyé contra una pared y me quedé pensando en qué le iba a decir. Mirándome las zapatillas me di cuenta de algo: había muchos eco-vasos tirados en el piso. Cada uno de ellos representaba $20. Me agaché y los empecé a juntar. Con todos esos vasos me alcanzaba para su Fernet y casi uno para mí. Así que empecé a caminar mirando el piso hasta que encontré dos vasos más. Fui a una barra, los canjeé y después me fui a otra a comprar los dos Fernet.

Volví a ella con una sonrisa y dos vasos repletos de Fernet. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

- ¿Por qué tardaste tanto? 
- Porque había mucha fila
- Te extrañé- dijo y me dio un beso

Besaba bien. Tenía todo. Me encantaba. Volvimos a mirar por el escenario con nuestros brazos rozándose. Cada tanto, la miraba, le agarraba la cara y nos dábamos un beso largo. Me pidió otro Fernet. Debe estar acostumbrada a salir con gente con buenos sueldos, pero a mí me estaba partiendo al medio. Le dije que ya volvía y me fui en busca de más vasos. 

Ya había juntado la mitad cuando escucho su voz atrás mío
- ¿Qué estás haciendo?

Me di vuelta y la vi con cara de confusión. 
- Emmm…nada
- ¿Estás juntando los vasos?
- No…
- Jimena
- Bueno, sí. La verdad es que no tengo tanta plata como vos y me quedé sin hace un rato largo. Entonces me pongo a juntar vasos para poder pagarte la bebida. Perdón, me da vergüenza, pero no tengo más guita

Se me quedó mirando en silencio. 
- ¡Mirá, ahí en la barra hay uno!- señaló y lo fue a buscar. - Listo, acá tenemos uno más. ¿Cuánto nos faltan?

Me quedé mirándola sin entender y me dijo que no se había dado cuenta, que perdón y que lo iba a tener en cuenta para la próxima. Nos pusimos a buscar vasos juntas. Tomábamos, nos besábamos y buscábamos más vasos. Estuvimos así toda la noche. Después nos fuimos a su casa.

Viernes, 28 de Abril del 2017 - Argentina.

Ni una menos.

Hace tres años creía que sí, que era importante luchar por la violencia de género, pero que mejor sería luchar por la violencia en general. No entendía que diciendo eso le quitaba legitimidad al problema en cuestión.
Hace tres años tampoco entendía que el aborto debía ser legal, seguro y gratuito.

Hace dos años entendí por qué no debía usar “puta” como insulto. Entendí que nadie más que yo tiene derecho a decidir sobre mi cuerpo. Entendí por qué “ni una menos” y no “nadie menos”. Entendí que sí. Que era necesario que la causa sea grande, y que era necesario que se haga algo. Que todas las mujeres del mundo deberíamos poder vestirnos como queramos y salir a la hora que queramos sin tener consecuencias por eso. Pero también me di cuenta que no todos lo entendían como yo, y que, lamentablemente, los que no lo hacían, eran mayoría. Entendí que no podía estar tan tranquila, y que no debía hacer oídos sordos.

Hace un año fui a mi primer marcha de Ni Una Menos y me di cuenta que no estaba sola. Me di cuenta que la lucha cada vez crece más, y que nunca vamos a parar. También me di cuenta que nosotros, todos los que participamos ese día, los que entendíamos, no estábamos haciendo oídos sordos. Pero había alguien que sí. Hace un año entendí que el Estado también es culpable.

Hace una semana tomé un colectivo para ir a la casa de una amiga. Llegando a la parada, toqué el timbre para que abran las puertas. Mientras bajaba, sentí que alguien me agarraba la mano, pero salí rápido de cualquier manera. No entendía por qué alguien me había dado la mano así. Me di vuelta y lo vi. Vi la cara del único hombre que estaba sentado en la última fila, el que me había agarrado la mano, tirándome besos desde la ventana mientras el colectivo arrancaba nuevamente. Nunca imaginé que una cara podía transmitir tantas cosas horribles en tan poco tiempo. Me dio asco. Me dio asco su cara de superioridad, su cara de “sos mía, y puedo hacer con vos y de vos lo que quiera y cuando quiera”. Porque puede que ese hombre sólo me haya tocado la mano, pero no tengo dudas de lo que me transmitió, no tengo dudas de que no soy la única a la que se lo hizo y tengo miedo de que haya hecho o pueda hacer algo peor. Me dio asco ese hombre, me dio asco el colectivo, y me dio muchísimo asco la mano que me había tocado. Mi mano. Me la quería lavar lo antes posible. Me la quería lavar con mucho jabón. La quería lavar dos, cinco, diez veces. Después de finalmente lavarme las manos en la casa de mi amiga, me puse a pensar. Si a mi me había dado asco mi mano por el sólo hecho de que me la toquen, qué sentirían las miles de chicas a las que les habían llegado a hacer algo más? De sólo pensarlo me dan escalofríos. Es increíble que una persona nos pueda hacer sentir que nuestro cuerpo no sirve, que somos muñecas, que somos objetos. Que no somos.

Ayer me fui a dormir triste después de haber leído casos de más chicas desaparecidas. Me fui a dormir después de compartir una foto de Araceli Fulles, todavía desaparecida desde hacía casi un mes. Triste porque los medios no la difundieron, como no difunden a ninguna de las chicas que desaparecen a diario en Argentina. Triste porque la policía no hace nada. Triste porque el Estado no hace nada. Triste, pero con la mínima esperanza de que tal vez, sólo tal vez, todavía esté viva.

Hoy, 28 de Abril del 2017, lo primero que leí al despertar fue que encontraron a Araceli. No, no la encontraron a ella, porque ella ya no es. Ya no es desde el día en que se la llevaron, porque alguien creyó que tenía el poder de destruírla, y lo hizo. Así como así. Hoy encontraron su cuerpo descuartizado. Sí. Descuartizado y enterrado, como si fuera tierra. Como si fueran piedras. Y hoy los medios se pelean por la noticia. Porque hoy Araceli es noticia para ellos. Hoy, que apareció muerta, pero no durante todo el tiempo que la estuvimos buscando. Ya no sé qué pasa por mi mente. No lo entiendo. No sé si me pongo triste, no sé si me enojo, aunque creo que es todo junto. Hoy entendí que seguimos igual, o que estamos peor. Entendí que los que tienen el poder de hacer algo, siguen haciendo oídos sordos. Entendí que los femicidas saben que nos pueden dañar pero que a ellos el sistema no los daña. Saben que se pueden salir con la suya, y lo hacen.

Necesitamos ayuda. Necesitamos que no se naturalice lo que está pasando. Necesitamos estar tranquilas. Necesitamos poder decidir. Necesitamos ser nuestras propias dueñas. Necesitamos ser iguales.

Necesitamos seguir luchando.

Necesitamos que nos escuchen.

Necesitamos ser libres.

Necesitamos ser.

«Es evidente que se aman. Lo que me enerva es cuando defienden el concepto de amor a los gritos. Me dan ganas de gritar obscenidades.
¿Y si yo, en el fondo, fuera una moralista? Me gustaría mucho.
La gran imbécil, siempre quiere ser algo.
Conocí a un chico encantador. Esta noche, seguramente, pensará en mí.
Prueba de mi autodestrucción. Deseo que me torturen. ¿Y por qué me torturan? Porque me tratan con naturalidad, como a un simple ser humano, un poco fastidioso, con cierta bondad, pero al que es preferible ver lo menos posible.
La dulce niña, la hija de puta. Tiene miedo.
Tengo miedo.»

— Alejandra Pizarnik, Diarios

24 de abril de 2017

La Médica es divertida, simpática y definitivamente hermosa. Pero no puedo imaginarme con ella. Si me siento medio sarpada en llevarla a un centro cultural es porque no vamos juntas.

Es algo que lo tuve siempre presente, pero que me di cuenta con claridad el mes pasado, cuando me llevó a una fiesta con sus amigos. Le pregunté si era formal y me dijo que no. Así que me calcé unos borcegos, unas calzas, una pollera y una remera normal. 

Nos encontramos en una esquina de Belgrano y me saludó con un beso en la boca (raro, teniendo en cuenta que es muy reservada. Y con reservada, me refiero a que no hace demostraciones de cariño en la vía pública porque sólo saben de su sexualidad algunos amigos, es decir, pseudo enclosetada). Yo había ido en bondi y ella ya había estacionado el auto. Aclaro que no estoy diciendo que dos personas de diferentes situaciones económicas no puedan estar juntas; sólo marco muchas diferencias que a la larga se hacen algo grande.

Fuimos caminando hasta la casa de su mejor amiga. Ella estaba radiante. Tenía ganas de darle la mano y que se sienta segura conmigo, pero me contuve. Le dije que me gustaba mucho. Eso no me lo contuve. Caminaba rozándole la mano. Un poco me divertía, pero también me molestaba estar con alguien que no se quiere mostrar conmigo (por el motivo que fuera).

Llegamos a la casa de Natalia, su amiga, y estaban todos muy arreglados. No sé cómo explicarlo. No era una previa con amigos como las que estoy acostumbrada. Era un cocktail con gente bien. Parecía un evento empresarial. Y ahí estaba yo, con mis borcegos y mi remera, sintiéndome pequeñita. Ella se dio cuenta y me preguntó si estaba bien, pero como no quería hacerla sentir mal, sonreí y dije que todo bien.

Toda la noche sentí un nudo en el estómago. Quizás tomé un poco de más. Quizás no fue el mejor ambiente para sacar un porro y un poco me miraron mal. Quizás ella también se sentía incómoda y no lo quiso decir. Quizás ella también se estaba dando cuenta que no somos compatibles. No lo sé. Lo único que sé es que esa noche me sentí como la mierda.

 


Ayer estuve viajando en subte, y esta chica maquillada como payaso y con un particular vestido rojo y blanco, comenzó un monólogo muy lindo.
Primero empezó a decirle ‘chau’ a todos los pasajeros porque ella se iba a un lugar distinto. Algunos la miraban mal, y otros le sonreían de vuelta. Yo le sonrei, porque fue imposible no hacerlo.
Su monólogo fue sobre irse, dejarlo todo y viajar (o salir del lugar en donde estamos) para hacer lo que de verdad amamos. Para hacer todo lo que nos hace felices.
Después tocó una canción, que no recuerdo mucho, pero también era sobre animarse a hacer lo que nos hace felices. Cuando terminó, nos deseó un feliz viaje a todos (se refería al viaje en subte, y al viaje que tendríamos que hacer para ser felices) y siguió sonriéndonos a todos.
Con esto me dí cuenta de que mucha gente está centrada en su mundo, y sus problemas, y a veces no sabe apreciar las pequeñas cosas buenas que todavía existen. Son escasas, pero existen todavía. Como esta chica, su sonrisa llena de calidez humana, y su monólogo sobre ser libres.
Todos deberíamos dejar de preocuparnos tanto por nuestros problemas y apreciar un poco las pequeñas cosas buenas, porque, si no lo hacemos, algún día se van a terminar. Si no les prestamos atención, las buenas acciones, pierden su esencia.

«¡No sé qué hacer! Estoy cansada. Muy cansada. No hay qué decir, salvo que adelanté en mi diagnóstico. Ya aprendí cabalmente que soy distinta de la mayoría de la gente. Que ellos piensan y yo no porque no puedo, porque me ocurre algo, porque estoy enferma. Sí. Estoy enferma. Me pregunto si a todos los neuróticos les ocurre lo mismo. De pronto me admiro de todo lo que hice. De mis papeles. Algún día van a estar en el museo (de algún instituto psiquiátrico). A su lado habrá un cartel: poemas de una enferma de veintiún años. Imposibilidad de razonar. Nunca meditó. Jamás reflexionó. Ninguna vez pensó. Parece ser que es sensible. Agresiva. Acomplejada. No muerde.»

— Alejandra Pizarnik, Diarios.