de las casas

//feriado

la mayor parte del día no me doy cuenta si estoy triste
saco unas fotos
lloraré un rato
escucharé algún tema de soundgarden
extrañaré a gente que se fue hace rato
lloro un poco más
intento hacer el almuerzo
me quedo una hora y treinta y dos minutos mirando la pared escuchando a amy
salgo al balcón y cierro los ojos
a ver si el sol me mueve algo
mi viejo me llamara para pedirme perdón por algo
porque eso es lo único que necesito no?

estaré sola
sola sola sola
me encantaría ir a la marcha
miraré varias historias de instagram de gente que es diez mil veces más cool que yo porque sale de la casa
me habla una amiga y me pregunta si quiero salir de mi casa
le digo que no puedo porque tengo que quedarme pensando, pienso
en aquella época que fuimos a vivir a la plata
sigo sentada
sola sola sola
lloro pero no sé si estoy triste
pongo música pero no sé si escucho
digo cosas pero no sé si estoy hablando

y sola sola sola
así se me pasó otro día
otro feriado
adentro mío.

La hora de las hadas. Nicolás Figueroa

Un Cuento de Hadas.

Parte Primera: La Hora de Las Hadas

Durante el tiempo que viví con mi mujer y mi hija en aquella casa de las afueras, siempre pensé que las cosas terribles de las que hablaban los noticiarios solo podían sucederle a otros, a ese “alguien más.”
Uno siempre tiende a pensar que cosas tales como el terrorismo, los robos, los asesinatos, los secuestros, etcétera, suceden en algún terrible y caótico lugar que afortunadamente está muy lejos, demasiado lejos como para representar una verdadera preocupación para nosotros, que estamos aquí.
Entonces algo ocurre y conseguimos darnos cuenta de lo expuestos que estamos en realidad. Uno escucha hablar sobre el bombardero suicida que se inmola en una tormenta de humo y fuego en alguna calle de una urbe del medio oriente llevándose a decenas de civiles, pero dicho lugar tiene un nombre lo suficientemente difícil de pronunciar, lo suficientemente ignoto como para que uno se crea bajo la salvedad de la distancia.
Uno oye sobre ese respetado miembro de la comunidad, aficionado en secreto al secuestro, violación y asesinato de hombres jóvenes y piensa “Oh, pero eso fue en otra ciudad, muy lejos de aquí ¿Verdad?” Y se siente a salvo del coco, del hombre de la bolsa, de los rostros drenados de humanidad, cubiertos de base blanca y colorete rojo.
Allí es cuando eso ocurre y resuena dentro de uno, claro y fuerte, como el tañir de una campana y de repente, estamos desnudos ante la negrura.

Hacía un año que nos habíamos mudado, la nueva casa siempre había representado para nosotros un ideal de esperanza, de nuevos comienzos y desde que por fin pudimos permitírnosla hasta entonces así había sido.
El preludio a las cosas que voy a contar, lo veo ahora con la claridad de un sueño. En algún momento la burbuja en la que vivíamos reventó y todo lo que sucedió previamente al estallido se siente borroso, como parte de otra realidad de la que fuimos protagonistas y que comenzó a morir aquella noche de marzo.
Eran más de las diez y le estaba leyendo a mi hija un cuento sobre las hadas, no había cosa en el mundo que amara más que esos seres. Tenía libros y libros sobre ellas, tenía muñecas, tenía un móvil con pequeñas hadas de cristal que giraban sobre su cama. Ya entienden la idea.
Por aquel entonces, ella acababa de cumplir los seis años y estaba saliendo de una racha de malas noches. Solía despertar por la madrugada llorando a los gritos y como padre no hay nada que uno odie más que oir llorar a su hijo y no poder hacer nada al respecto.
Afortunadamente, en este caso si había algo; cada noche le leía un cuento de hadas, o dos, o tres o los que hicieran falta y su sueño transcurría sin incidentes.
Los monstruos del armario y de debajo de la cama se cruzaban de brazos, frustrados porque no había nada que pudieran hacer contra ellas.
Aquella madrugada, varias horas después de que mi hija estuviese dormida, me desperté de un mal sueño con la boca seca, el reloj en la mesita de noche junto a mi cabeza marcaba las 3:16 en delgados números rojos.
Hallé mi camino a la cocina en la oscuridad, el pasillo estaba hechizado por una penumbra azulada en la que apenas distinguía lo que había delante de mis ojos. Durante el día uno no piensa o más bien no tiene tiempo de pensar en lo desconocido y extraño que se vuelve el mundo al caer el sol.
Entonces lo oí, una risita eufórica que me tomó por sorpresa, pero enseguida la reconocí, era mi hija. Luego, oigo un susurro.
Me aproximo silenciosamente hasta su cuarto, por debajo de la puerta se escabapa la luz amarilla de su lámpara de noche y puedo oir la melodía de una caja de música que le compramos en una feria el año pasado.
––¿Mary?
Oigo pequeños pasos apresurados, la cajita de música se cierra de golpe, el silencio es todo lo que queda, oigo un “click” plástico y el resplandor amarillo muere en la alfombra bajo la puerta.
Pongo la mano en la superficie blanca, fría y la empujo.
––Mary ––repito, el tono de mi voz carga algo que no logro identificar.
Ella está acostada y pretende dormir, se arropó a sí misma con tal rapidez que no se da cuenta que sus pies sobresalen por fuera de la manta, la cual está arrugada en un bulto púrpura sobre su cabeza.
Mis dedos alcanzan el interruptor y un resplandor llena el cuarto. Encender instantaneamente la luz de toda habitación a la que acabo de entrar es un reflejo muy marcado que me ha quedado de la infancia, nunca fui amigo de los lugares oscuros.
––Se que estás despierta.
Ella duda unos instantes antes de descubrirse el rostro.
––¿Estás enojado?
––No, no pequeña, yo tampoco podía dormir.
El tono de mi voz le da la seguridad suficiente para sentarse sobre la cama y mirarme como si me interrogara “¿Qué haces aquí?” dicen esos ojos azules.
––Escuché tu cajita de música y te oí reir ––respondo al interrogante imaginario.
Ella evade mis ojos como hacen los niños cuando ocultan un secreto.
––Estaba hablando con mi amigo ––confiesa.
Me sonrío, ya entiendo de lo que se trata, yo a esa edad tenía muchos amigos imaginarios también y miro con nostalgia hacia mi infancia marchita y luego hacia mi hija, en la plenitud de la suya.
––¿Quién es tu amigo, Mary?
Ella se coloca el índice frente a los labios y sisea.
––No puedo decirte, si te lo digo no volverá.
––Puedes decirme lo que sea, ya lo sabes cariño.
Ella duda y su mirada consulta sus sábanas revueltas por una segunda opinión.
––Bien, pero no puedes contarle a nadie más.
Me coloco la mano sobre el corazón.
––Promesa.
Ella señala la ventana de su cuarto, afuera se agitan los vientos nocturnos y el roble del jardín se mece fragmentando entre sus ramas la medialuna blanca ante la cual viajan nubes grises.
––Su nombre es Rory, es amigo de las hadas ––comenta con entusiasmo.
Mi sonrisa la enoja. La noche anterior le estaba leyendo la historia de Peter Pan y Mary ha decidido que quiere vivirla en primera persona.
––¡Es verdad! ––insiste.
––Te creo, te creo. Yo también tuve amigos como Rory.
––¿Y dónde están?
¿Qué decirle a una niña? Yo mismo no podía recordar el momento en que mis amigos imaginarios habían dicho adiós. Supongo que de un día para el otro dejaron de visitarme, o yo dejé de visitarlos a ellos.
––Ellos… hicieron sus vidas y yo hice la mía ––sonrío, pero mi explicación no le basta.
––¿Por qué?
––Porque ya no necesitaba que me cuidaran y siempre hay otros niños en el mundo que necesitan un amigo.
––Ah… Rory dijo que me mostraría a las hadas un día ¿Crees que lo haga?
––Yo creo que sí. ¿Crées en las hadas?
––¡Sí creo! ––replica ella con una convicción casi religiosa.
––Entonces yo diría que sí.
Aquello la contenta, vuelvo a arroparla y tomo el sempiterno lugar que he de ocupar toda su infancia durante las noches, una silla de madera junto a su mesita de noche que es también una pequeña biblioteca. Ese es mi “puesto”, mi lugar de honor.
Rápidamente se queda dormida a la mitad de un cuento y procuro dejar la ténue luz de su lámpara encendida, a pesar de saber que ella no la necesita.
Algo me llama la atención, siento un hormigueo interno, como una pequeña ola subversiva en un mar tan quieto que parece congelado.
Me dejo llevar por aquella ola inquieta y me arrastra hasta la ventana que da al jardín, la abro lentamente y asomo la cabeza al frescor de la noche. Oigo grillos, carros en la lejanía, árboles que se susurran entre sí en el idioma del viento. Por supuesto que no hay nada más allí, pero la ola continua intranquila, no se da por vencida hasta que tomo una gran inspiración y cierro la ventana.
Siempre me había gustado salir en la noche al jardín, tomar una gran bocanada de aire y volver. Era mi ritual, mi comunión con ese dios que solo vive en la noche y que me proporcionaba paz.

Durante los días siguientes, el ritual se repite, no aquel, sino uno nuevo. Por algún motivo mis sueños se han vuelto agitados, mi esposa no tiene problemas para dormir y ni siquiera la despiertan los giros que doy en el lecho, o cuando me doy por vencido a conciliar el sueño y me levanto para buscar algo con qué entretenerme.
Cada una de esas noches, se ejecuta la rutina. Al levantarme, voy hacia la cocina por un vaso de agua y veo la luz del cuarto de Mary encendida, oigo la melodía arrulladora de la caja de música y la oigo a ella, hablando en susurros. A veces camino con pies pesados o finjo un bostezo ruidoso para comprobar su reacción. Ya no corre a esconderse en la cama y a apagar la luz, solo interrumpe sus cuchicheos y espera hasta que me alejo. Me ha hecho partícipe de su mundo pero aún sigo siendo un adulto y los adultos formamos parte de otro muy diferente, el mundo del tic tac de los relojes que nos apresuran a los lugares donde tenemos que estar, el de las sonrisas grises, las corbatas, las entrevistas de trabajo, las facturas por pagar y las mentes sólidas, tierra yerma para las fantasías de una niña de seis años.
Quizás su país de las maravillas me haya expendido una visa pero no me ha ofrecido asilo.
Entonces sigo de largo hasta la cocina, rogando porque esa magia de la infancia, la misma de Pan, Wendy y los Niños Perdidos que se enfrentaron con el Capitán Garfio, la misma de El Club de Los Perdedores que derrotaron a Pennywise, le dure a mi pequeña el máximo tiempo posible.
Mi esposa cree que es lindo, pero que también Mary necesita amigos de verdad. Sé que tiene razón.
Las clases empiezan, pero mis pesadillas y los hábitos noctámbulos de mi hija continuan como han acostumbrado. Ella llega somnolienta al colegio y yo a la oficina. Mi desempeño es impecable, desde que Mary nació me acostumbré a dormir poco pero funcionar bien. No obstante, no puedo decir lo mismo de ella, su maestra nos cita a ambos dos semanas después del comienzo de clases.
Mi mujer no puede presentarse por el trabajo, su jefe es de esas personas que harían al señor Scrooge parecer el Arcángel Miguel. Voy sabiendo que tendré que enfrentar en soledad su expresión de buitre inquisidor.
El salón de primer grado está vacío, oigo a los niños afuera siendo retirados por sus padres, Mary me espera en el despacho de la directora, cruzando el pasillo, mientras la señora Barre, me contempla desde atrás de esos cristales de lupa. Su expresión evaluativa siempre me hace sentir que he puesto los piés en una corte, el jurado invisible acomodado en los pequeños bancos del aula me contempla carente de cualquier tipo de empatía.
––Estoy preocupada por Mary –– comienza ella, en un tono que pretende ser dulce pero que ambos sabemos no lo es.––ha tenido problemas esta semana.
––Es solo el inicio de clases, dele tiempo a que se acostumbre, ella…
––¿Quién es Rory, señor Sullivan? ––odio como pronuncia mi nombre, sin embargo su avinagrado tono de voz pasa desapercibido esta vez, ha pronunciado otro nombre que suena una campana o dos en mi cabeza.
––Es el amigo de Mary.
Barre me contempla expectante, casi impaciente.
––El amigo imaginario de Mary ––agrego––.
––Ajá… bueno, eso explica un par de cosas…
––Por favor no le diga que hemos hablado de esto, me hizo prometer que no le diría a nadie, si se entera se sentirá engañada y no volverá a confiar en su padre.
––No se preocupe, ¿Piensa usted que soy una persona tan poco discreta? ––arquea una ceja finísima pero larga como una tenia y me observa por encima de sus lentes.
Odio sus preguntas retóricas también.
––Lo único que he conseguido que me dijera es que Rory la visita tarde por la noche, cuando oye la melodía de una caja musical que tiene.
––Si, lo sé, a veces no puedo puedo dormir y me levanto de la cama por un vaso de agua, entonces al pasar por su cuarto veo la luz encendida y oigo la música.
––Ajá…––La maestra Barre abre un cajón de su escritorio y extrae una hoja de papel que me pone en frente.
Es un dibujo hecho por manos infantiles, en él hay un niño pequeño pintado de color amarillo, completamente amarillo, y lo rodea un aura del mismo color con dos puntos gordos que parecen luces flotando a su alrededor. Le está dando la mano a una niña rodeada por hadas de todos los colores que pueden hallarse en la caja de lápices de un infante. Reconozco por la forma en que están dibujadas que la autora es mi Mary.
––Hoy les pedí a todos que hicieran un dibujo de su mejor amigo, ella dibujó a este niño. Al entrar en detalles me aclaró que a veces “no es un niño.” que aparece como dos luces en su ventana. Le insistí un poco y me contó lo de la cajita musical, cuando llegamos a su nombre se le escapó, después se tapó la boca y no quiso hablarme más.
––Es amigo de las hadas ––digo sonriendo, pero ella no comparte el jolgorio, me pregunto si esa mujer habrá sabido sonreír alguna vez.––Mary piensa que un día Rory le presentará a las hadas, verá… ella tiene una especie de… obsesión, por así decirlo, con ellas.
––Tenía la sospecha, nunca faltan en sus dibujos, incluso cuando le pido que haga algo diferente, siempre se las arregla para hacerlas encajar. Es muy inteligente su hija, señor Sullivan.
––Gracias.
––Es por eso que me preocupa, se ha dormido todos los días durante mi clase, su desempeño se ha entorpecido, no es sano que una niña de su edad pase despierta toda la noche. Me gustaría que hablase con ella y que tratara de… cómo decirlo… “convencerla” –––dibujó dos comillas con sus largos dedos de uñas rojas–– de concertar unos horarios más normales para la visita de su amigo, quizás también ayudaría si usted se esforzase por conciliar el sueño de noche.
No pude evitar dejar escapar una risa sardónica, aquello la descolocó y pareció sacudir la esfera de omnipotencia dentro de la cual cree vivir.
––¿Insinua que yo adrede voy y perturbo el sueño de mi hija?
––No, en lo absoluto señor Sullivan…––El tono de su voz no es el mismo de antes, su mano sube con timidez que imposta determinación y se mesa hacia atrás el arreglado cabello negro. Se aclara la garganta, preparándose para decir algo, pero yo hablo primero:
––Espero que no, no veo por qué diría usted algo así –– Una nueva sacudida a su burbuja, ni siquiera he puesto un tono de voz mínimamente intimidante, incluso le he brindado una de mis sonrisas de cortesía que despacho a diestro y siniestro, aquí y allá, como las tarjetas de presentación de un abogado, tengo miles de ellas, cada una más plástica e insípida que la anterior.
La observo satisfecho, la expresión de su rostro se ha desencajado ligeramente y parece luchar con la ventisca de angustia que he generado al agitar su globo de nieve. Para sus represores ojos negros que se refugian detrás de sus anteojos rectangulares y gruesos como escudos antidisturbios, mi sonrisa ha sido como un cóctel molotov que cayó del cielo.
––Discúlpeme si he dicho algo que ha sonado mal, no fue mi intención en lo absoluto… solo estaba pensando en el bien de su hija.
Mi madre decía que ser cortés es como regalar una rosa, hoy la señora Barre se ha pinchado con las espinas y decide que es suficiente.
Nuestra conversación no se prolonga más de diez minutos y aunque odio darle la razón, concedo en que los horarios de Mary no son normales, que encontraremos la mejor forma de solucionar ese asunto y ella vuelve a sentirse de nuevo en la piel de jueza y sabia mujer tribal, pero ahora sabe que fácilmente puedo hacer tambalear el suelo bajo sus pies que ella creía tan firme.
Ambos bandos disfrutan de sus triunfos, recogen a sus muertos y los generales se saludan cordialmente. Me sentí, sin exagerar, como se debe sentir Rosalynn Carter cada vez que recuerda su foto estrechando la mano de John Wayne Gacy.
––Que tenga un buen día, señora Barre.
––Lo mismo para usted, señor Sullivan ––procede entonces a entregarme el dibujo de Mary como quien libera un prisionero de guerra––. Tome, Le pregunté a ella si quería que lo pusiera en la pared junto con los demás, pero manifestó sus deseos de conservarlo.
––Muchas gracias.
Finalmente me retiro del colegio junto con mi hija que dibuja niños dorados, me cuelgo su mochila al hombro y ella me cuenta de su día, es otra de nuestras pequeñas rutinas. Sin embargo hay algo distinto pero conocido, está allí agazapado cual tigre en la maleza, es la ola inquieta de la otra noche, la siento dentro de mí lanzarse como un kamikaze contra el malecón, retroceder, tomar envión y volver a estrellarse. ¿Qué es lo que está sucediendo?

Las siguientes noches tienen otro aroma, se sienten distintas, ya no está allí esa tranquilidad que antes me proporcionaba el mundo nocturno, ahora me pongo ansioso pensando en repetir el patrón de acostarme, despertarme de una pesadilla por la madrugada y no volver a dormir hasta que tenga que ducharme y vestirme para el trabajo, así que simplemente no duermo, no esta noche.
Pasé una hora en la cama con mi mujer, los ojos abiertos como los de un búho y cuando escuché que su respiración se volvía regular, apaciguada, me levanté y la arropé con la manta.
Me debato pensando en mis pesadillas mientras me encamino a la sala de estar para ver la televisión. Siempre se repiten, como se repetían mis noches hasta aquella. Siempre me sueño a mí mismo huyendo, corriendo y corriendo y siento el frío del cemento bajo los piés porque solo voy en medias, corro en una oscuridad que ha engullido cuanto puedo ver, a veces puedo distinguir algo pero no son nada más que orbes luminosos en la lejanía, como cuando tomas una foto y el flash se refleja en una partícula de polvo formando una esfera brillante, eso es todo lo que distingo y solo oigo el sonido de mis propios jadeos hasta que me veo a mí mismo detenerme, agotado hasta el borde del desvanecimiento y me doy cuenta de que tengo el rostro bañado en sudor o bien en lágrimas, abro al boca para gritar y entonces… despierto. El corazón como un tambor ritualístico que late hasta en mi cuello endurecido como si mis músculos fueran de cemento.
He llegado a la conclusión de que las pesadillas se deben a algún viejo trauma, quizás mi antiguo miedo a la oscuridad que hasta el día de hoy me causa cierta inquietud, solo puedo formular hipótesis mientras camino hacia la sala.
Mary está dormida, o finge estarlo. La lámpara de su cuarto está apagada, no hay resplandor amarillento huyendo por debajo de la puerta, no hay música, aún no es la hora de las hadas.
La televisión se vuelve aburrida con rapidez, mi cabeza está en otro sitio a pesar de que estén pasando una de mis películas favoritas. Mis dedos aplastan los botones grises del control remoto con el desgano del gato cuya presa ya no le divierte.
La ola sigue rompiendo contra el malecón, el agua salada y oscura titubea, apenas se atreve a lamer las piedras empapándolas durante unos segundos y luego retrocede cobarde dejándoselas a la luna que enseguida las baña de plata. Pero la marea subirá tarde o temprano, hundiéndolas en las profundidades, reclámandolas como al corazón de Swinburne o a la vida de Storni. ¿Qué haré cuando el vaivén indeciso de las aguas oscuras se convierta en una marejada?
“Estoy preocupada por Mary…”
Escucho la voz de la vieja Barre, y de pronto veo su rostro ante mí, a mi alrededor se materializa un salón de clases, no el suyo, sino el de mi vieja escuela. Los bancos y sillas son de aluminio pero están pintados de color caoba y ubicados en tan perfecto orden que me resulta caótico.
No tardo en notar que Barre me mira desde arriba, como un buitre encaramado a una rama seca.
Me miro entonces las manos y me doy cuenta de que son pequeñas, diminutas, como las de un niño.
A mi alrededor flotan luces como cenizas ardientes, no tardo en darme cuenta que son pequeñas figuras femeninas, aladas.
Las hadas revolotean en torno a Barre, pero ella no las ve a pesar de que una pasa burlona frente a sus ojos pretendiendo nadar en el aire.
“Estoy preocupada por Mary…” Esas palabras se vuelven un eco, suenan lejanas como si llegaran a mí desde el otro lado de una cañería.
De pronto el sol comienza a ponerse con prisa, en cámara rápida. Las sombras en el salón se estiran, trepan por la pared y no tardan en extender allí su dominio cuando cae la noche, ahora las únicas luces del aula son las que despiden las hadas, son destellos nacarados que se mueven suspendidos por todo el lugar.
Barre no nota aquello, ni la oscuridad que reina entre nosotros.
De repente, todas las hadas detienen su vuelo y se paralizan en seco. Al únisono lanzan un grito de mandrágora ensordecedor, es el sonido más desgarrador que he oído, en un tono tan alto que lastima pero lo que más duele es lo que transmite.
Una a una se cubren de llamas, ahora su resplandor de ámbar es más intenso, arden y se precipitan en una pequeña lluvia de cenizas, los gritos se van apagando por turnos al igual que sus luces y de pronto, no queda más que oscuridad.
Abro los ojos y lo primero que veo es el televisor que proyecta la imagen resplandeciente de una ventisca gris, estoy empapado en sudor.
Me tomo el tiempo de moderar la respiración repantigado sobre el sofá, y cuando por fin dejo de oir los pálpitos violentos de mi corazón, consigo escuchar algo más.
La caja de música está tocando su melodía, llega hasta mí por el pasillo y me acaricia la nunca con un escalofrío.
Es la hora de las hadas.


Parte Final: Rosebud

Siento mi cabeza como en un estado de animación suspendida, los vestigios sobrevivientes de mi última pesadilla aún dan vueltas por mi mente. Ha sido diferente esta vez, he soñado algo distinto, algo terrible con un sabor a advertencia cuyo peligro oculto no soy capaz de develar.
Recuerdo el grito de las hadas y en mi imaginación se funde con la suave melodía mediante la cual mi hija las evoca.
Algo me lleva a ponerme de pié, una fuerza desconocida por la que me dejo guiar.
El impulso me lleva hasta el portal del cuarto de Mary, la puerta está entornada y ahora la luz de su lámpara se proyecta sobre el suelo y parte de la pared en forma de rayo.
Desde donde estoy puedo verla, sentada frente a la ventana del jardín rodeada por sus juguetes.
El hada de cartulina rosa pegada con cinta en la superficie de la puerta me reprocha desde la curva de su sonrisa de crayón.
“La estás espiando.”
Le devuelvo una mirada fría e inclino un poco más la cabeza para ver a Mary.
––…Y esta es Chloe ––explica a la ventana sosteniendo una muñeca con dos grandes alas de mariposa salpicadas de brillos que asoman de su espalda––. Me la regaló mi papi.
De pronto, se interrumpe cuando parece que está por decir algo más y lo que oigo a continuación me paraliza, pero solo durante un momento que sin embargo se estiraría en mi memoria como los relojes que pintaba Dalí.

Toc, toc.

Un par de suaves golpes sobre el vidrio de la ventana. Tan suaves que por un instante creo haberlos imaginado.
Y allí está, por fin una gran ola que se suicida en el malecón y arranca un buen grupo de piedras que se hunden sin remedio, mi corazón estalla, siento que un puño me oprime el estómago y mi jadeo hace que Mary, con sus dos pequeños bracitos estirados hacia la ventana, voltee a mirarme casi tan asustada como yo.
––¡¡Mary!!––me oigo gritar, en un tono similar al de las hadas de mi sueño.
Mi cuerpo se mueve por sí solo, instinto puro, irrumpo en su cuarto y la levanto por debajo de los brazos, alejándola de ahí. No dejo dejo de mirar la ventana por sobre el hombro, creo haber visto dos luces como fuegos fatuos flotando justo afuera, pero en el segundo que dejo a mi hija sobre su cama y volteo nuevamente hacia ella, desde el otro lado solo un muro de oscuridad me devuelve la mirada.
Oigo a mi mujer que se ha despertado por mi grito, clama mi nombre pero no le respondo. Sin perder tiempo corro hasta la ventana y la abro encarando la noche y me inunda su frescor.
Asomo la cabeza y miro, recorro todo el jardín con vista de lechuza pero no hay nada. Miro hacia arriba, hacia abajo, pero no encuentro más que sombras.
Algo me lleva a atravesarla y me volteo solo para decirle a Mary que vaya con su madre. Está confundida y muy asustada, pero solo porque yo lo estoy.
Empiezo a correr por el jardín hacia la calle, el cesped empapado me lame los piés.
No hay nada allí, solo una luminaria blanca y carros aparcados, vacíos.
Escucho a mi esposa gritar mi nombre de nuevo. Una vez, dos veces, el tono de su voz se eleva y el miedo brota en ella conforme mi respuesta se retrasa.
––¡Aquí estoy!––aviso levantando una mano. Ella no dice nada más, por lo que intuyo que ahora me está viendo desde alguna ventana.
Trago saliva y recorro con la vista los alrededores durmientes, casi deseo que algo aparezca, pero la noche es tan pacífica, tan silenciosa que no se inmuta ante mi demanda. Lo único que puedo oir son grillos y la melodía de la cajita musical. Esa melodía que con cada nueva nota, parece volverse más y más amarga.

Al día siguiente falto al trabajo y Mary falta a la escuela. Tuvimos una gran charla a la hora del almuerzo, para este asunto parece confiar más en mí que en su madre, por lo que ella de mala gana nos deja solos. Con la mirada, prometo explicarle todo después.
Hay algo que me causa una gran aprehensión; durante la mañana he recorrido de nuevo los alrededores de la casa en busca de algo que no hubiese visto de noche, lo que fuese, no sé lo que perseguía en realidad si huellas o polvo de hadas, pero mi búsqueda dio frutos. He hallado algo, una fotografía.
En ella hay un niño rubio con corte tazón y una camisa con manchas viejas de lo que por experiencia diría que es chocolate.
Mary me contempla desde el otro lado de la mesa, sus grandes ojos azules desean saber si ha hecho algo malo.
––¿Sabes quién es este niño, preciosa? ––pregunto con el índice sobre la foto y con toda la dulzura que le guardo.
––Es Rory, papá ––musita ella.
––¿Rory tu amigo?
Ella asiente y mi confusión crece más y más.
Barajé en su momento la posibilidad de que Rory fuese un niño real que de alguna forma se escabullía de su casa por la noche para jugar con mi hija, así de descabellado e improbable como suena teniendo en cuenta la edad del niño de la foto que no puede ser superior a los seis años, había considerado esa eventualidad.
Pero había dos cosas que no encajaban:
Primero, conozco a todos mis vecinos, los únicos que tienen hijos son los Carson, quienes viven calle abajo, todos pasan de los diez años y ninguno es rubio.
Segundo, desde el jardín hasta la ventana de Mary hay un metro y un buen puñado más de centímetros, ningún niño de seis años que se ubicara de pié frente a ella podría asomar siquiera la cabeza por encima, y justo donde encontré la foto, al pié de la ventana, no había nada como una caja o un banco o algo donde un niño pudiera pararse.
––¿Rory va a tu escuela, cariño?
Mary niega con la cabeza, pero no me mira.
Me acomodo en la silla y entrelazo las manos sobre la mesa, apoyando la barbilla en ellas para estar justo frente a sus ojos.
––Mary, papá no está enojado contigo, pero es muy importante que me digas todo lo que sepas sobre Rory, cómo es su nombre completo, cómo se llaman sus papás, dónde viven.
––¿En serio no estás enojado?
––No cariño, solo estoy un poco…
“Estoy preocupada por Mary…”
––…Preocupado.
––Rory dice que no tiene papás y que vive con las hadas.
Mi boca está seca, las manos me tiemblan un poco.
––¿Puedes decirme qué dibujaste aquí, princesa? ––pongo sobre la mesa el dibujo que me dio la señora Barre.
––Somos Rory y yo, cuando me presente a las hadas ––guió su pequeño dedo por el papel con el mismo aire de un arqueólogo que estudia antiguos jeroglíficos egipcios––. Esa soy yo con las hadas y ese es Rory, lo dibujé de color amarillo porque así es como luce ahora.
––¿Qué quieres decir con que así luce ahora?
––Rory me contó que un día estaba jugando y que vio una luz ––me explica pacientemente––. Era amarilla y brillante como el sol y envolvió todo su cuerpo, entonces llegaron las hadas y se lo llevaron.
––Entiendo… ¿Podrías decirme qué son estas luces a su alrededor? ¿También son hadas?
Aún recordaba la explicación que me había dado la maestra Barre sobre ellas, pero quería escucharlo en las palabras exactas de mi hija.
––No, a veces Rory es un niño y a veces aparece así.
El mar otrora en calma ahora se agita dentro de mí, promete una tormenta y golpea el rompeolas con furia, salpicando de espuma las piedras más altas.
–¿Así?
––¡Sí! Como dos pequeñas luces amarillas, flotan fuera de mi ventana como… como… ¡dos luciérnagas!
Recuerdo las hadas de mi sueño, recuerdo sus gritos mientras ardían y se cruza por mi mente la imagen de esas dos luces, esos dos fuegos fatuos que vi… (¿O creí ver?) fuera de la ventana la noche anterior.
––Anoche cuando tú entraste Rory me había pedido que la abra para dejarlo entrar, dice que de noche está muy frio afuera y que quiere jugar conmigo.
La sensación que me invadió fue indescriptible, era como si la temperatura hubiese caído diez grados pero solo dentro de mí. Sentía el alma congelada.
––Pequeña, necesito que me prometas algo ––mi seriedad la sorprende. Una promesa entre nosotros es un juramento inquebrantable y ella lo sabe––. Necesito que me prometas que bajo ningún motivo vas a abrir tu ventana, sin importar cuánto te lo pida Rory, ¿De acuerdo?
––¡Pero papá! ¡Así no conoceré a las hadas!
–Mary, necesito que hagas esto por mí, necesito que me prometas que no vas a hacerlo.
Conozco esa expresión en su cara, el brillo opaco de sus ojos, las comisuras de sus labios rosados se arquean hacia abajo y su mirada salta de mis ojos en picada.
Está enfadada pero al menos lo entiende.
––Lo prometo, papi.
––Esa es mi niña, ya puedes irte.
La veo saltar de la silla y alejarse en sus pantuflas violetas hacia la sala.
Tengo una idea, el esbozo de una idea mejor dicho, de lo que voy a hacer a continuación.

––Déjeme ver si entiendo–– el detective Calhum se inclina sobre su escritorio, la silla de madera rechina bajo su peso––. Usted encontró esta fotografía bajo la ventana de su hija hoy por la mañana…
Se interrumpe como si buscara las palabras correctas para proseguir, tardé unos segundos en darme cuenta de que en realidad estaba esperando que yo me explayara en mi hallazgo.
Al llegar a la jefatura me puse a discutir con el imbécil de recepción, si Calhum no hubiese intervenido probablemente hubiera hecho que me lancen a una celda. Ahora espera que lo que tengo que decir sea realmente más importante de lo que parece.
––Así es.
––¿Y qué?
––¿Cómo que “¿Y qué?”? ¿No escuchó lo que le dije? Alguien golpeó la ventana de mi hija de seis años desde el jardín a las tres de la mañana, dos veces, lo oí claramente.
Calhum asiente y se rasca la frente con un dedo, cuidando de no despeinarse el poco cabello cano que le queda, peinado hacia atrás para disimular su coronilla despoblada.
––También dijo usted que salió a investigar y no encontró nada.
––Eso solo quiere decir que si había algo o alguien allí afuera, huyó ¿Acaso no pueden enviar un equipo que recoja pruebas? Ya sabe, rastros, huellas, lo que sea.
––Ve usted demasiada televisión, en mi opinión. Mire, lo que verdaderamente puedo hacer es enviar una patrulla.
––¿De qué serviría eso ahora?
––Generalmente las luces azules rondando por una zona de interés, hacen desistir a los ladrones de sus planes.
––¿Usted cree que se trata de un intento de robo?
––Suele ser lo más común, marcan una casa bonita, con un jardín cuidado y si tienen la oportunidad, están atentos a las cortinas a ver que hay en el interior… ¿Tiene usted televisores grandes, equipos de sonido caros o algo así?
La cabeza me va a explotar. Lo que siento en mis oídos ¿Es un zumbido ensordecedor o el sonido del oleaje que se alza?
De alguna manera, rebaño los últimos restos de paciencia que me quedan.
––No… ¿Sabe qué? Olvídelo, no importa. Pero sí hay algo que puede hacer por mí.
Calhum me mira y entre nosotros levanta una sonrisa, plástica, como las que yo suelo dar a veces. Supone que estoy a punto de decirle que se vaya a la mierda y por el filo de esa sonrisa puedo adivinar que es algo que escucha con frecuencia.
––¿Tiene idea de quién es el niño de la fotografía?
Su risita se entorpece y toma unos segundos para repetirse mentalmente mi pregunta.
––Ahora que lo dice, su rostro me resulta familiar, pero no tengo idea de dónde, quizás lo he visto por ahí, no estoy seguro.
––Está bien, haga una cosa ––tomo un bolígrafo del lapicero verde de su escritorio y un cupón de comida rápida que saco de mi bolsillo, garrapateo mi celular con números rápidos pero bien legibles.
––¿Tiene hijos, detective?
––Dos, un niño y una niña.
––Hágame un favor entonces, de un padre a otro ––deslizo el cupón con mi número por el escritorio hacia él––. Si recuerda algo, cualquier cosa sobre este niño, no importa lo que sea, llámeme.
Calhum asiente y arquea ambas cejas.
Justo cuando sus dedos regordetes rozan el papel, lo retiro hacia atrás con los míos.
––No lo acepte solo para que me vaya, sino piensa llamar solo dígamelo y no le haré perder más el tiempo.
Un tipo de cuidado ese Calhum, su mirada me dice que lo he ofendido y el rubor de sus mofletes, que he descubierto sus intenciones.
––Le llamaré si recuerdo algo ––dice, con sinceridad auténtica y un tono de voz más suave de lo que esperaba.
––Muchas gracias, oficial ––acerco el papel a sus dedos que lo toman doblándolo cuidadosamente y lo llevan hasta el bolsillo de su uniforme.

Las noches posteriores las paso en vela, vigilando, atento al más pequeño ruido. Durante una semana, Mary no abre su cajita musical de noche por lo que las hadas no vienen. Ahora solo escucho esa melodía en sueños, cuando logro dormir.
Le he evitado ciertos detalles de la historia a mí esposa, no sabe que he hablado con la policía, no sabe lo de los golpes en la ventana, más bien respecto a eso le he dicho que “creí oir algo” pero ella intuye la mentira. Uno no monta semejante escándalo como el de aquella noche solo porque “cree oir algo.”
En cuanto a la fotografía, no le he dicho nada en concreto. Cada vez que surge el tema procuro hablar restándole importancia. No sé que tanto bien hago en esconderle todo esto, no quiero asustarla antes de… de… ¿De que verdaderamente haya algo por lo que asustarse?
No lo sé.
Sus ojos azules como los de Mary me miran con recelo cada vez que me sorprenden abandonado a mis pensamientos, me increpan sin piedad.
Comparado al mar lóbrego que se agita dentro de mí, el océano azul de sus mirada es mil veces más amenazador. Me conoce de memoria ese océano; a mi cuerpo, a mi alma. Me conoce como las aguas del Pacífico al Pequod y sabe que escondo algo.
No puede dilucidar de qué se trata, el trabajo se ha vuelto exasperante y mi mujer no tiene tiempo para acertijos. Sí apenas para trabajar, ser madre, ama de casa, esposa y dormir al mismo tiempo.
Todas las noches que paso despierto la contemplo soñar y le prometo para mis adentros que las cosas mejorarán.
Y entonces, de un día para el otro así ocurre.
Han pasado casi dos meses desde la última vez que Mary habló de Rory, aunque abra su cajita musical, las hadas ya no vienen, no han vuelto desde aquella última vez.
Estuvo muy triste al principio, pero poco a poco ha ido recuperando la alegría.
Mis pesadillas no han remitido del todo, pero hay cada vez más noches en las que duermo de un tirón, sin perturbaciones. De hecho, la situación ha dado un giro tan drástico que ayer durante el almuerzo, mi jefe me ha dado una buena noticia. El viernes de esa semana, él y otros directivos de la compañía cenarán con unos empresarios japoneses, quiere que yo y mi mujer estemos ahí.
“Les gustan los hombres de familia.”, dice mi jefe, “causarles una buena impresión sería un gran paso para ti dentro de la empresa.”, dice mi jefe.
Ahora es aquella próxima cena la que no me deja conciliar el sueño, pero qué bien se siente. Nunca había pensado que el estrés laboral fuese algo que extrañara. Mejor infierno conocido, dicen por ahí.
Los días siguientes pasan con tal velocidad como si yo los arrancara del almanaque, uno a uno, viendo pasar ante mí el sol y las estrellas.
Mary continua amando las hadas, sigue dibujándolas y la señora Barre nos cita nuevamente a ambos, solo para decirnos lo mucho que ha mejorado su desempeño y nos muestra esta vez, un exámen de matemáticas del cual destaca una excelente calificación subrayada en rojo y galardonada con una pegatina amarilla de una carita felíz.
Somos felíces.

––Amor, ya son casi las ocho ––comento a mi esposa y deslizo hacia arriba la manga de mi traje para comprobar mi reloj––. Tenemos que estar en el restaurante a las y media.
––Sí, sí, sí ––asiente ella y sin mirarme continua hablando con la niñera––. Puedes comer lo que quieras pero si nada te gusta, te he dejado dinero sobre la mesa de la sala, ordena comida rápida. Mary debe estar en la cama a las diez después de cenar, puede comer postre si quiere.
La muchacha asiente muy seria cada vez que mi mujer hace una pausa entre indicación e indicación para clavar sus brillantes ojos en ella, “¿Entiendes lo que digo?” parecen murmurar.
––Toma–– le entrega un papel en sus manos––. No lo pierdas, el de arriba es el celular de mi marido ––indica con la uña del índice vestida de blanco––. El de abajo es el número del restaurante por si la batería de su teléfono se acaba o ha tenido que apagarlo, llámanos por lo que sea y vendremos enseguida, ¿De acuerdo?
––Cariño…
––¡Lo sé! ¡Vámonos!
Nos despedimos de la niñera y mi mujer se adelanta hacia la puerta de entrada, atravesando la sala en medio del rítmico y sensual sonido de sus tacones, se detiene y abraza a Mary quien está entretenida dibujando con sus crayones.
––Volveremos en dos o tres horas, mi ángel ––la besa en una de sus mejillas, dejándole grabada la impresión de sus labios en un carmesí ardiente.
––Adios mami.
Mi esposa atraviesa la puerta y ahora me toca a mí despedirme.
––Hey ––le susurro––. Cuando estemos regresando del restaurante veré de traerte algo que te guste.
Ella me sonríe con una complicidad de dientes de leche.
––¿Papas fritas?
––Papas fritas serán, entonces ––la abrazo con fuerza, es como sostener el mundo entero entre los brazos––. Ya lo sabes, estaremos de vuelta en dos o tres horas.
Me incorporo pero siento sus manos agarrando la mía.
––Espera papá ––me suelta un segundo para voltearse hacia el suelo y tomar algo, enseguida vuelve a agarrarse de mí como si temiera que de un momento a otro fuese a desaparecer.
––Llévate a Chloe ––dice entregándome su mayor tesoro––. Ella te cuidará y te dará buena suerte.
––Oh, princesa, ¿No prefieres que te haga compañía mientras no estamos?
––No, estaré bien, pero cuida que no se le enriede el cabello ––hace girar sus dedos en su cabello dorado causando un remolino.
––Está bien, gracias Mary, volveremos pronto.
––Adios papi.

El viaje al restaurante es agradable, la pasamos hablando de lo rápido que está creciendo nuestra pequeña, mi esposa casi se emociona hasta las lágrimas cuando le cuento que ha enviado a Chloe para que me cuide y luego se abstiene, bromeando sobre no arruinarse el maquillaje.
La noche ha recobrado ese frescor místico que me serena el alma, cada vez que inspiro siento que mi espíritu se sosiega con los aromas de las flores y el pasto húmedo de rocío.
Cuando llegamos, no me atrevo a dejar a Chloe en el auto, es ridículo para alguien de mi edad decirlo, pero siento que no le gustaría que la abandone allí. ¿Qué mas da lo que piense mi jefe o esos empresarios? Sin que mi mujer se de cuenta, la acomodo adentro del bolsillo de mi traje con tal cuidado como si manipulara un poderoso talismán y ambos entramos al restaurante.
Llegamos justo a tiempo. Ubicados en una larga mesa está mi jefe, tres directivos de la compañía y sus respectivas esposas.
Él se levanta y me presenta a los empresarios nipones. Me inclino en una reverencia respetuosa y mi esposa me imita casi al instante. Al hacerlo, uno de los japoneses le preguna en su idioma a mi jefe por qué tengo una muñeca en el bolsillo del traje y él tiene que voltear a comprobarlo con sus propios ojos incrédulos antes de traducirme la pregunta.
––Mi hija pequeña ha insistido en que la traiga ––le explico directamente al japonés. Un hombre de edad avanzada y cabello gris que responde al nombre de Tatsumura––. Es su muñeca favorita, y cree que me dará buena suerte.
Escucho a mi jefe repitir mis palabras en su idioma, atisbo como traga saliva.
El rostro del japonés aparenta la dureza del algarrobo, pero súbitamente se ablanda en una sonrisa de amabilidad.
––Muy bien, muy bien.

La cena no podría transcurrir de mejor forma, Tatsumura no habla muy bien el idioma pero tanto mi jefe como los hombres de su comitiva se encargan de traducir para él. Es un hombre muy amable, de fuertes principios por lo que oigo.
Están encantados con nosotros y de pronto caigo en la cuenta de que sigo sintiéndome ansioso, apenas he podido comer.
Esa ansiedad que me ha acompañado desde que me notificaron de la cena hasta el mismo momento en que me estaba poniendo el traje no ha mermado ni un poco. No logro entender por qué, estoy seguro de que les estoy causando una buena impresión, mi jefe me dedica sonrisas cómplices cada tanto, he intercambiado varias palabras y hasta un par de chistes con el señor Tatsumura, soy el único de nosotros además de él por el que se muestra interesado, entonces ¿Por qué me siento así? Como si mis pies tambalearan de puntillas sobre un banquillo mientras de mi cuello pende una soga.
De pronto oigo una campanilla. Es el timbre de mi celular, el aparato vibra en mi bolsillo.
––Discúlpenme, caballeros, podría ser la niñera y…
Tatsumura me interrumpe con una sonrisa y palabras que suenan comprensivas.
Miro la pantalla del teléfono:

“Número desconocido…”
––¿Hola?
Escucho cierto ajetreo del otro lado de la línea, múltiples voces, un teléfono que suena, pasos y oigo una voz masculina preguntar mi nombre.
––¿Quién habla?
––Soy el detective Calhum ––dice la voz––. Hace un tiempo me pidio usted que le llamara si recordaba algo sobre el niño de la fotografía que encontró en su jardín. Verá, Sullivan, soy un hombre de palabra.
Me tomó un tiempo procesar aquella información, durante el último tiempo casi que había olvidado por completo la conversación que había tenido con él y los sucesos que me habían conducido a ella.
––¿Señor Sullivan? ¿Está usted ahí?
––¿Quién es? ––inquiere mi mujer, ha visto ese destello de desazón en mis ojos de nuevo y puedo saber por su expresión que no le gusta en lo absoluto.
––Sí, aquí estoy ––respondo a Calhum mientras le despacho a ella una sonrisa que dice “Todo está bien.” y pongo el índice izquierdo casi a la altura de su rostro.––Vaya, ya casi me había olvidado de nuestra charla.
––Bueno, no voy a mentirle ––dice Calhum––. Yo también, de verdad que intenté recordar dónde había visto antes a ese niño, por la ciudad, en la escuela de mis hijos, en el vecindario, pero nada. Ya me había dado por vencido con el asunto hasta hace menos de diez minutos que estaba cambiando de lugar un archivero con viejos expedientes y sin querer lo volqué regándolos por el piso. ¿Me creerá si le digo que el único que cayó abierto fue uno cuya primera página mostraba exactamente la misma foto que usted me trajo hace meses?
La breve carcajada del detective pretende resaltar la gracia de las coincidencias, pero en cambio suena ominosa. Algo enorme dentro de mi se revuelve, como un basilisco dormido.
––Su nombre es Rory Anderson ––prosigue––. Me resultaba familiar porque tomé parte en su búsqueda, chico hace tiempo de eso, tenía más cabello y menos kilos.
––¿Búsqueda? ¿Qué búsqueda?
––Quizás oyó hablar de aquello pero no lo recuerda, fue la más grande que haya visto esta ciudad, más de cuatrocientos agentes en colaboración con el Centro Nacional Para Menores Desaparecidos y Explotados, bomberos, guardabosques, todos estaban buscando a Rory Anderson. Al principio se creía que huyó pero más tarde se supo que fue un secuestro. Rastrillamos toda la ciudad, miramos debajo de cada piedra, incluso se organizaron grupos de búsqueda en las ciudades aledañas, pero nunca hallamos al crío… Dios, hace casi doce años de eso. Siempre resentí el hecho de que no lo hubiésemos encontrado, cada vez que dábamos con una pista, cada vez que pensábamos que lo teníamos, llegábamos a un callejón sin salida. Hombre, el rostro de sus padres cuando tuvimos que dejar de buscarlo… nunca hablé con ellos en persona pero los vi una vez en la vieja jefatura, antes de que me transfieran. La expresión en sus ojos… no he vuelto a ver jamás algo así ––carraspea––. Pero en fin, he cumplido con mi palabra ¿Verdad?
Mi esposa me toca la pierna por debajo de la mesa, oigo a Calhum del otro lado de la línea preguntar si sigo allí.
De pronto me doy cuenta que todos me observan, siento la cara bañada en un sudor fino, helado, casi como… agua de mar.
––¿Malas noticias?–– pregunta mi jefe con una sonrisa nerviosa, su voz se une al murmullo de los demás comensales del restaurante.
––¿Cariño, estás bien?
Me levanto tan fuerte de la silla que esta cae hacia atrás, ahora a las miradas desconcertadas de la comitiva del señor Tatsumura, se les unen casi todas las del restaurante.
Veo muchos pares de ojos, me paralizo y siento como la camisa se me pega al cuerpo, estoy empapado en sudor.
Entonces finalmente sucede, todo de una vez, sin previo aviso.
Siento la ola, es un muro de agua negra, tan alto que lo cubre todo.
Mi esposa dice mi nombre con vehemencia y cuando siento su mano aferrarse a la mía, escucho el susurro de esa ola.
“Corre…”
Y eso hago, me doy media vuelta y corro, siento las miradas sobre mi espalda, la voz de mi esposa, la voz de mi jefe.
Afuera del restaurante la noche esta tan tranquila que me aterra, el mundo seguirá adelante así yo me ahogue en las aguas que se desbordan en mis entrañas.
Subo al carro, lo enciendo y salgo a toda velocidad.
Perdóname por abandonarte así, cariño, perdóname por no haberte explicado nada, no hay tiempo para eso, ya no nos queda tiempo, es la hora de las hadas.

Voy demasiado rápido, las luminarias de la autopista pasan sobre mí una tras otra como luciérnagas gigantes que huyen de un incendio forestal. Apenas logro doblar y aplastar el pedal del freno en la calle detrás de nuestra casa, oigo el chirrido de las ruedas y solo puedo pensar “Dios, no dejes que muera ahora, no permitas que muera ahora.”
El auto se detiene, o más bien es detenido, no por Dios ni por un ángel o quizás, tal vez sí.
El impacto me arroja la cabeza hacia adelante y me rompo la nariz contra el volante, solo veo una gama de colores rojos que parecen bailotear serpenteando, ocupando toda mi vista y siento que floto en el dolor.
No me doy cuenta de que me he estrellado contra la señalización de la calle hasta que veo el frente de mi auto hundido, como intentando abrazar el poste metálico que ahora se inclina sobre él.
Echo a correr, reconozco la cerca de nuestro patio.
Siento la cara caliente y miro brevemente hacia abajo, el pecho de mi camisa ostenta una gran mancha borravino. También siento un dolor punzante en el costado pero no tengo tiempo de pensar en eso.
Trepo la cerca de madera y me arrojo al patio de la casa, corro hacia la puerta y giro la perilla.
Está cerrada, por supuesto. Entonces comienzo a aporrearla, la tiraría abajo si no me doliera tanto el brazo, grito el nombre de la niñera y grito el mío, oigo pasos apresurados y cuando la puerta se abre dejando entre nosotros solo el mosquitero, su rostro adolescente se llena de terror.
––¡¡Señor Sullivan está sangrando!! –– dice ella pero no la escucho, me abro paso quitando el mosquitero de mi camino y entro en la cocina.
––¿Dónde está Mary? ––dice mi voz, tan suave que me sorprendo.
––¡L-la acosté hace cosa de una hora! ––gimotea–– ¡¿Qué está pasando?!
Oigo esa pregunta repetirse varias veces mientras corro por el pasillo, percibo algo más por debajo de sus chillidos y mi voz que grita el nombre de mi hija.
Al llegar a la puerta de Mary, la empujo esperándola cerrada, pero no es necesario, estaba entornada. Ahora el fulgor amarillento de su lámpara cubre un gran rectángulo de la pared a mis espaldas que adentro contiene mi sombra saltarina que remeda mis movimientos.
La caja de música va por la mitad de su horrenda melodía y entonces la veo.
La ventana está completamente abierta, las cortinas flamean con la brisa y las hadas bordadas en ellas parecen revolotear. Siento que ya he vivido esto.
Inmediatamente me arrojo a través de ella.
––¡¡Mary!!–– me oigo gritar, mi voz ya no porta calma alguna, suena como un grito en falsete.
Mis pies aterrizan sobre algo duro, miro hacia abajo y el miedo, la desesperación son tan grandes que siento que me arrastran a la locura.
Hay dos pequeñas linternas tiradas en el cesped cuya luz amarillenta se proyecta estirada sobre la hierba.
“…flotan fuera de mi ventana como… como… ¡dos luciérnagas!“
––¡¡¡Mary!!!
Corro hacia la calle y me percato de que la imagen que perciben mis ojos se tambalea, se difumina.
Estoy mareado pero si me permito desmayarme ahora será mejor que no vuelva a despertar jamás.
––¡¡¡Mary!!!
––¿Papáaa? ––oigo a la distancia.
Mis ojos la buscan, su vocecita suena a un puñado de metros de mí.
Llego hacia la acera corriendo, y por fin la encuentro.
Está en la calle a unos quince metros de donde estoy, en sus pantuflas violetas, en su pijama rosa.
Al principio no veo lo que tiene en frente, solo puedo verla a ella, devolviéndome una mirada que es la viva imagen de la inocencia. Su sonrisa se trastorna ligeramente, quizás cuando se percata de mi aspecto.
Allí es cuando consigo ver todo el cuadro.
Mary gira la cabeza como si alguien le hablara, alguien en el interior de la furgoneta gris que tiene una de las puertas traseras abierta, sobre la cual ahora pone ambos pies y la atraviesa.
Mis piernas se mueven solas, corren con una fuerza que nunca he sentido antes y entre mis gritos que claman su nombre, la oigo decir:
––¡Voy a conocer a las hadas, papá! ¡Voy a conocer a las hadas!
––¡¡¡Mary!!! ¡¡¡No subas!!!
La puerta se cierra tras ella y para mí, es la mismísima puerta del Tártaro.
Veo cómo se acerca, a medida que yo me acerco, entonces el caño de escape de la furgoneta tose una nube de humo y se pone en marcha, se aleja por la calle y no importa cuanto grite, no se detiene.
En algún momento mientras corro, tropiezo. No caigo pero pierdo un zapato y rápidamente me deshago del otro.
Corro tras la furgoneta gris que se aleja cada vez más rápido.
Intento memorizar los números de la patente pero cuando me concentro en ella, solo veo un gran rectángulo de cinta aislante negra. Siento un dolor de cabeza punzante. Oigo mis propios jadeos, no puedo respirar bien porque tengo la nariz destrozada.
No me detengo a pesar del mareo que me nubla la vista. Las luces de la calle, las estrellas del cielo se ven desenfocadas, borrosas. Es como… un sueño.
Lentamente la furgoneta aumenta su distancia, el corazón exhausto me ruega que me detenga pero mis piernas siguen corriendo y corriendo y ella se aleja cada vez más y más hasta que por fin, toda fuerza me abandona o bien el vehículo ha adquirido una velocidad a la cual no puedo equipararme, veo las dos ventanillas traseras hacerse más y más pequeñas. Las piernas se me aflojan y me voy de rodillas sobre el asfalto, la muñeca de Mary salta de mi bolsillo y cae entre mis manos que se apoyan en el cemento tibio.
Siento el rostro empapado de sangre y también de lágrimas.
Grito, no quiero oir nada más, no quiero oir el sonido de la furgoneta alejándose calle abajo, no quiero oir mis pensamientos, no quiero oir la melodía de esa maldita caja la cual no para de repetirse en mi cabeza. No quiero oir sonido alguno de este mundo pues ahora es tan oscuro como el cristal de esas ventanillas y todo lastima en lo oscuro.
Solo grito y grito y grito hasta que finalmente mi visión se cubre de tinieblas y me desvanezco en la nada absoluta.

Recuerdo despertar en el hospital, estuve en coma durante tres semanas. Según me dirían los médicos más tarde, me las arreglé para salir caminando de un accidente automovilístico con el tabique roto, tres costillas y el húmero derecho fracturados más una contusión en la cabeza.
Mi mente procesa rápidamente lo último que viví antes desmayarme y solo puedo gritar de nuevo, hay dos policías en la habitación, uno de ellos es Calhum y tiene los ojos desbordados de lágrimas.
Siento que alguien me empuja contra la cama, un rápido pinchazo en el brazo y vuelvo a caer en el sueño.

Ahora han pasado ya ocho años desde que la furgoneta gris se llevo a mi Mary. Fue como si luego de esa noche se hubiese desvanecido en la nada. Jamás la encontraron ni a la persona que la conducía… ni tampoco a mi hija.
Los noticiarios hablaron durante mucho tiempo de la búsqueda más grande realizada en todo el estado desde aquella dirigida a encontrar a un niño de casi la misma edad de Mary llamado Rory Anderson. Su caso fue reabierto ya que la justicia se inclinó a pensar que ambas abducciones estaban conectadas, pero aquello no llegó a ningún lado y los expedientes de ambos casos fueron lanzados al olvido metálico de un archivero.
Mi esposa y yo no nos hablamos desde esa noche, no hemos vuelto a cruzar ni una palabra en ocho años, ni siquiera durante el tiempo que buscábamos a nuestra hija.
Cuando Mary se fue, se llevó todo cuanto había entre nosotros, ahora solo somos dos extraños con demasiado pasado en común como para que exista algún presente, algún futuro.
El año pasado supe por su ex jefe que se mudó a Pasadena, California, a quinientos kilómetros de aquí, no la culpo por irse.
Me volví muy cercano al detective Calhum y su familia, nunca dejó de buscar hasta mucho tiempo después de que todos los demás lo hicieran.
Eran los únicos amigos que tenía hasta que falleció hace unos meses, un problema del corazón.
Un día estaba, y al otro ya no, tal como nos pasa a todos. Luego de eso su mujer y sus niños, ya no tan niños, se mudaron de la ciudad. Demasiados malos recuerdos, supongo.
Hace poco me llamaron para invitarme a pasar Navidad con ellos y si quiero, también un tiempo más largo.
Me mostré autéticamente conmovido, pero he rechazado su oferta, ya no recuerdo como es celebrar la Navidad y esa familia ha hecho ya demasiado por mí.
Ahora vivo en un apartamento junto a las oficinas de la compañía. Resulta que ahora soy jefe del jefe de mi jefe. “Vicepresidente ejecutivo” lo llaman ellos. Cada vez que digo esas dos palabras siento que mi estómago se revuelve nauseoso, pero el trabajo es lo único que me impide pensar y a veces, si llego muy muy cansado a la cama, casi que no tengo sueños.
Ahora ya no hay buenos o malos, solo sueños. En algunos de ellos corro tras la furgoneta y vuelvo a perderla, en otros la alcanzo, arranco las puertas traseras con la fuerza de Superman y me llevo a Mary quien me rodea el cuello con sus pequeños brazos. En mi mente siempre tendrá seis años.
––¡¡Papi!! ¡¡Te quiero papi!!
Entonces despierto de nuevo en el mundo en el cual jamás alcance la furgoneta gris y me pregunto: “¿Eso acaba de ser un buen sueño o una pesadilla?”
Son escasas las noches en las que no veo esas ventanillas negras alejándose de mí, o hadas que gritan envueltas en llamas mientras se queman vivas.
Hoy es el aniversario de la última vez que vi a Mary, del último abrazo que le di.
Hoy estoy sentado en la sala vacía de nuestra… de mí vieja casa. No se ha vendido una sola vez en casi diez años, aún puedo ver los rayones que Mary hizo en la pared. Recuerdo que la regañamos por eso… si tan solo pudiera verla una vez más, la dejaría pintar la casa entera con sus hadas de crayón si eso quisiera.
Mi sombra tiembla alargada en la pared,el fuego amarillo de la chimena chisporrotea violento.
Chloe me mira desde él mientras su cabello arde y sus alas de mariposa se derriten, llenando poco a poco la habitación con el hedor a plástico quemado.
Nunca se ha separado de mí hasta ahora y es justo que nos vayamos juntos.
En mi regazo pesan dos cosas: la primera, una cajita de madera con forma de cofre que al abrirla aún reproduce una melodía.
La otra, una pistola. Estoy nervioso pero solo un poco porque pronto volveré a ver a Mary.
Siento el frío indiferente del metal entre mis dedos. El corazón me late con fuerza pero a la vez está sereno.
Al dejar la cajita musical en el suelo y abrirla, cierro los ojos y casi por un instante puedo verla, allí está Mary, por fin conoció a las hadas y ellas la rodean y revolotean a su alrededor jugueteando con mechones de su cabello.
Siento miedo pero instantaneamete escucho esa melodía tan familiar que esta vez me tranquiliza, puedo respirar hondo, terminar lo que he empezado ahora sin temor…

porque es la hora de las hadas.