cuentos que yo cuento

El viaje de un soñador sin remedio.

Hoy el destino sopló hacia el norte, cambiando súbitamente el rumbo de mi nave y dejando un suspiro a la distancia, el cual está anclado en un recuerdo, a un lugar, a una bella nebulosa con perfume de flores silvestres y aroma a hogar.  Y mientras navego entre las estrellas y toco con mi mano el mar de posibilidades en el cual yo viajo, un gran celeste susurra a mi oído:

— “Un sueño, eso es todo lo que se necesita para seguir, para sentirse vivo.” — 

Al escuchar esto mi mente se llena de colores y sensaciones ajenas a mi propia voluntad, pues me encuentro envuelto entre una bruma refrescante, llena de letras y melodías, las cuales al unísono, tal cual sirena embrujan mi alma, enloquecen mi razón y trastornan mi cosmovisión, devolviéndome lo que se había extraviado en esa odisea con nombre de musa y cuerpo de diosa. Y allí, con el mañana de frente, camino a la proa y me sujeto de mis sueños para seguir avanzando, para seguir siendo yo, un bardo trotamundos, un errante y vagabundo, un ser que nació en el lado oscuro de una luna desconocida, una que se encuentra oculta en la poesía y los versos de un soñador sin remedio.

Historia de amor en un anden.

Aun recuerdo esa tarde naranja de octubre, el anden solitario y tu andar cansado. El día que te vi por primera vez en aquella estación de tren pensé que solo podías ser un montón de pensamientos corrosivos, y supe que no me equivocaba cuando te vi sentarte a mi lado en aquel banco, la forma en que tus ojos ámbar me miraron con ese brillo tuyo tan particular-tu ojos son más como un eclipse solar, luz llena de sombras-; la forma en que me pediste fuego con tu voz ahogada, y la sonrisa que me diste al decirme gracias, igual de cansada que tus ojos.

La primera vez que te vi, me pregunte, “¿Como alguien tan joven puede parecer tan exhausto en la vida?”  pero es que , cariño, tu me has demostrado que la edad es solo un numero, y que la vejez o la juventud son constructos en nuestro inconsciente.

 La segunda vez que te vi, y tu me viste, y nos vimos, fue en aquella víspera de navidad. La estación de tren tan solitaria como siempre-creo que por eso siempre fue nuestro lugar favorito- recuerdo que yo no tenía a donde ir y tu tampoco, así que decidimos albergarnos aquella noche fría de diciembre en las comisuras de los labios del otro, en los suspiros, en los ojos-y en el alma también, eso nunca lo admitimos-; en aquel suspiro nocturno. 

 La tercera vez que te vi sonreías un poco más y con una delicada sutileza, me llamaste “amor” y yo sentí morir, ¿O vivir? Aun no tengo claro el concepto. 

 La cuarta vez que nos vimos, morimos, vivimos, vimos el infierno, yo me volví blasfema y luego católica, y que tu con tus experiencias, tus marcas y vivencias me hiciste irrumpir la tranquilidad de dios y el diablo muchas veces. 

 Recuerdo que de ahí en adelante, el café en el anden se volvió rutina, así como  nuestra tradición muda de observar el universo en la mirada del otro, recuerdo que de ahí en adelante eramos; solo eramos… Los dos juntos como un mismo cielo, a veces lluvioso, a veces nocturno, a veces demasiado iluminado que nos dejaba cegados como animales indefensos frente a un farol. 

Recuerdo aquella noche calurosa de junio, cuando empece a notar que estabas distante. Tenías proyectos grandes y cuando la libertad vino junto con la llamada de lo que tu llamabas tu “dios” dejaste el nido, para ser grande y ver el jardín del mal desde el firmamento. 

Recuerdo como eso degenero en lo que soy ahora, un cuerpo joven pero que ha envejecido como si los años hubieran corrido sanguinarios e inevitables, recuerdo aquella madrugada en la que te marchaste. En blanco y negro me temo, y con algunos arranques de estática, recuerdo la puerta cerradonse y como con una sonrisa me dijiste “Adiós, flaca” y como eso genero en mi una ruptura de todo aquello que llamaba mió, y vi mis sueños y las noches brillantes y las tarde oscuras rompiéndose de manera opulenta en una oscuridad infinita.

 Hoy te he visto de nuevo, y la verdad no me he hecho preguntas, he volteado hacía otro lado, no te he dirigido una sonrisa, no te he silbado para llamar tu atención, porque estoy cansada de imaginarte en un bucle desesperado de ideas platónicas, cariño, porque soy yo ahora quien está cansada, ahora soy yo quien pide fuego con una voz ahogada y sonrió sin ganas al dar las gracias.

-Indomita.