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Merchandising de Independiente

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La técnica de diseño para indumentaria y objetos comunmente llamada merchandising abarca los equipos de fútbol

El CAI sito en la localidad bonaerense de Avellaneda es apodado en el imaginario colectivo como el Rey de copas, por la cantidad proporcional de títulos internacionales que tiene el club.

Para homenajear al club los marketineros desarrollaron un merchandising de independiente que insta a la pasión a aferrarse a los objetos más diversos, como por ejemplo, cubre cama, cortinas, mate, remeras (lógicamente) llaveros, vinchas, muñequeras, zapatillas y hasta ropa interior.

Han logrado traspasar las fronteras del país y llegaron a vender el merchandise en cada país donde fu;e a competir en competencias internacionales.

El rojo sangre de la camiseta, es el color publicitario por excelencia porque despierta los instintos y es el color de la pasión. De este modo es tan notoria y atrayente la indumentaria y los objetos brandeados con la gráfica del club.

Todo publicista conoce el poder del rojo por sobre los demás colores en materia publicitaria. Y si no observá a coca cola, nike, mastercard, toshiba, ferrari o marlboro.

Por cualquier consulta sobre el merchandising del rojo de avellaneda dejanos un comentario en el formulario aquí abajo.

¿Nunca os habéis puesto boca arriba, sobre vuestra cama, a mirar el techo por segundos, minutos o incluso horas, recostados sobre el suave cubrecama? A pensar, en medio de esa oscuridad mezclada a la soledad. Pensando en el presente, ofuscado por los fantasmas de un pasado lejano y de un futuro cercano. Pensando en cualquier cosa, en el significado de una simple palabra, tal vez. ¿Sabéis que es una palabra? El mundo es palabra. El mundo es simple como una palabra, hiriente como una palabrota y frágil como una palabra de aliento.
Samuel pensaba en todo esto mientras llovía a mares y el viento soplaba con fuerza contra su ventana. Estaba tranquilamente recostado sobre su cama, moviendo la cabeza a ritmo de la canción que en ese momento pasaban por la radio. Observaba, con los ojos brillantes, el techo de su viejo cuarto. Parecía un niño bastante relajado: Sonriendo, con el corazón roto.
Se sentía tan estúpido, preguntándose mil cosas sin importancia.
“ Vamos Vegettoide, ellos aún no lo comprenden.” Había soltado Luzu por teléfono, tras un largo suspiro.
“ Ánimo Vegettita, yo también lo he pasado, ya se les pasará.” Le animaba Mangel, sonriendo por Skype.
“ Ya verás que todo irá bien. Ellos solo se preocupan.” Rubius y sus lindas palabras en whatsapp.
Fragiles como palabras de aliento…
“ Bueno Samuel ¿No crees que ya sería hora de buscarte un trabajo serio y verdadero?” Sirviéndole su plato de ensalada, su madre lo observaba esperando una respuesta.
“ Por favor hijo, no quiero morir sin nietos. Es el momento que te hagas un hombre de verdad y dejes toda esa tontería en la que estás metido.” Su padre y su manera sutil de decir las cosas.
“ ¡Joder que ya tiene 26 años! ¿No creéis que ya está un poco grande para eso de los juegos? ¡Por las noches no deja dormir a mis hijos!” Sus respetables vecinos y sus buenos modales.
Hirientes como una palabrota.
Pero entonces, en medio de ese remolino de tristeza que intenta ahogarlo, su teléfono suena y el sonido de sus pensamientos se calla. Todo a su alrededor toma asiento y lo deja en paz.
“- Estoy conectado a Skype ¿Tienes ganas de charlar?.”
Solo entonces Samuel se levanta y prende la computadora. Para hablarle, para verle, pero sobre todo, para escucharle.
Guillermo le llama, Guillermo le habla, Guillermo se cae y le hace reír.
Samuel ríe, Samuel ríe, Samuel se quiebra y Samuel llora.
Entonces Guillermo se preocupa, Guillermo le pregunta que pasa y Guillermo le pide que le hable.
Samuel le explica que todo va mal, que todo es una mierda y que ya no puede más.
Guillermo solo lo escucha, Guillermo llora con él, Guillermo está con él y Samuel esto lo sabe.
Solo después Samuel seca sus lágrimas y Guillermo le cuenta un chiste tan malo que hace reír a Samuel.
Samuel es feliz y Guillermo sonríe. Todo a su alrededor es una mierda, pero ellos no.
Entonces se acaba la noche, el sol brilla y ambos se saludan desde sus respectivos lugares.
Samuel vuelve a acostarse y su techo tiene otro color, otros pensamientos abruman su mente.
El mundo es palabra, si. Pero no es todo. No importa si en el no se logra encajar. El mundo NO es un suficiente para vivir.
“ Soy socorrista”- Lo salva.
“ ¡Que no soy chino!”- Lo hace reír.
“ Te extraño”- Lo comprende.
“ Soy tu complemento”- Le dice la verdad.
“ Te amo.”- Hace lo imposible.
Guillermo si lo es, al menos…Para Samuel.
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Estoy loca, si. Pero con todo lo que ha pasado solo quería escribir esta historia ( Para nada verdadera, pero buenoooh, es lo que hay. Okay okay.) que llevo en mi cabeza desde hace mucho. Es la primera vez que escribo algo así y lo publico, así que espero os haya gustado, aunque sea solo un poquitín. Por favor nada de bullying T.T ¡Un abrazaso!

incomodidad placentera.

Día húmedo. Calor opresivo. Respiración fuerte.  Persiana entreabierta. Cuarto en penumbra azul. Cama angosta, rígida y baja. Cubrecama de invierno, mitad en el piso, mitad en el pie de la cama. Persiana entreabierta. Puerta entornada. Fotos. Por todos lados. Con su mamá. Con  sus tíos y primos.  Con su perro, negro y ya muerto.  Sobre la cómoda un crucifijo. Justo al lado, un poster de Hendrix. Las pieles, rasposas y suaves de a tramos. Húmedas y secas. Los pelos enrulados y negros de las piernas que se enganchan y hacen tracción. Un codo mal ubicado. Mi mano que busca alcanzar un horizonte imaginario. Los dedos estirados, en una mala imitación de la creación de Adán. Las articulaciones que no dan más, el cuerpo que ya no se estira, y las ganas que habilitan la consecución. Todavía no está adentro. Pero lo siento cerca. Siento un calor distinto. Fluye desde mí, y me sofoca, como si se me saliera la piel. Me gusta. Es una incomodidad placentera. Me cae una gota de transpiración por la sien, corre por el cachete caliente, y  se me cuela en la boca. Tiene un sabor más salado y ácido de lo normal. Está tibia, además. Me relamo el labio de abajo, está agrietado y me duele. Justo ahí, como si supiera que estoy demasiado en mi cabeza, me muerde. Me mira con sus ojos chinos y me regala esa dichosa sonrisa que hace que se pare mi reloj interno. Me falta el aire y tengo ganas de llorar y quedarnos ahí, abrazados. Ahí, entra. La calculó justa. Se dejó el pelo larguísimo y, cuando lo agarro, puedo estirar mis manos hasta casi la extensión de sus hombros. Le toco la espalda, le acaricio los omoplatos y dejo caer mi mano hasta su cintura, justo arriba del culo. Tiene la piel tersa y dorada como un guerrero griego, o un surfista californiano. Acelera el paso, y lo acompaña con un movimiento circular, llegando cada vez más adentro. Puedo sentir la cabeza de su pito abriéndose paso entre las fibras del músculo y hurgar adentro mío, en búsqueda desesperada de conclusión. Aprieta la pelvis contra mí. Arquea la espalda como un gato exaltado y yo con los dedos trazo los surcos de sus vértebras.  Hacemos fuerza, y mis dedos del pie se hunden en el colchón. Siento como me ruedan los ojos mientras un frío me sube por las piernas y llega hasta la punta de mi cabeza. Temblamos alunísono y nos pegamos todavía más, en un segundo que parece no terminar nunca. Ábro los ojos. Me mira y sonríe de nuevo, aliviado y feliz. Me da un beso con sopapa y ruido. Le brillan las pupilas. Unos segundos después,  se desploma arriba mio, exhausto. Me da otro beso. Esta vez en el hueco entre el cuello y la mandíbula. Su barba de un día me hace cosquillas. Siempre se afeita el bigote para chapar mejor pero esa barba es tan suya como mía.