cuando el viento sopla

Dices que amas la lluvia, pero abres tu paraguas cuando llueve. Dices que amas el sol, pero buscas una esquina con sombra cuando el sol brilla. Dices que amas el viento, pero cierras tu ventana cuando una brisa sopla. Por eso temo cuando dices que tú también me amas.

When the wind blows is probably the most heartbreaking movie I’ve seen in my life. I was maybe 4 or 5 years old when I saw it and it made such a huge impact on me, I refused to remember the title for years, to a point where I almost forgot it even existed. It has stuck with me all these years, though, and I’m pretty convinced, in some way, it made me become the person I am today. I remember feeling deeply sad, lost and confused for days. Months. Years. I’ll always thank my parents for letting me watch it at such a young age, instead of just turning the TV off and sparing the trouble –for them and for me. They sat by my side as I witnessed how cruel the world could be. It made me stronger, more aware of things and more sensitive about other people’s pain. Which is a great first step to avoid becoming a selfish idiot.

Don’t keep your kids from seeing how things work: just guide them through the process, be there for them, let them know they can make a difference. Don’t lock them in a cage full of ponies, rainbows and glitter: take their hand and explore together. Let them hit the ground, swiftly. But let them fall, or they won’t ever understand how hard rising from the ground is.

Dilo todo; deja que emerja la frustración por completo, respira… Profundo!, después, solo silencio. Sé como las fuerzas de la naturaleza: Cuando sopla el viento, sólo hay viento, cuando llueve, sólo hay lluvia, cuando pasan las nubes, brilla el sol.
—  suicidelife-hope

Tu dices que amas la lluvia sin embargo usas un paraguas cuando llueve. Tu dices que amas el sol, pero siempre buscas una sombra cuando el sol brilla. Tu dices que amas el viento, pero cierras las ventanas cuando el viento sopla. Por eso es que tengo miedo cuando dices que me amas.

Bob Marley

Cap. 2017 pág. 162 de 365

Cuéntame cómo es la vida desde tus coordenadas, desde tu sur… dime hacia dónde sopla el viento cuando  digo te quiero hasta quedarme afónica. Enséñame tus cicatrices, las historias tras de ellas. Tus marcas de batalla, tus guerras perdidas. Enumera todas las veces que te sentiste vulnerable, débil, vacío… y luego haz una lista de todo lo que te hace feliz.  Invítame una esperanza y quítate los miedos uno a uno. Deshoja tu pasado frente a mí y cántame tu canción favorita diez veces.  Escribe una poesía sin rimas, sin métrica y luego inventa una metáfora en la que quepamos los dos abrazados.  Muéstrame qué guardas bajo la piel, qué tienes en la yema de los dedos… y de qué están hechos tus sueños. Cariño, cuéntame cómo es la vida desde tus ojos, desde tus volcanes y terremotos… dime qué lugar espera nuestro encuentro con ansias. Toma mis manos, mi alma y mis océanos y haz con ellos lo que desees. Dime qué te parecen mis mapas, mis orillas y palmeras. Provoca un suspiro y luego otro, convierte todo en música y vamos a bailar, toda la vida amor… siempre mi vida.

__

M. Sierra Villanueva

Me preguntaron si creía en los fantasmas, y pensé en las personas que me hirieron y se fueron, en aquellos quienes me hicieron sentir cada vez mas viva y perfecta, pero se fueron como aquellas hojas que llegan en primavera para florecer y traer vida pero cuando el viento de otoño se pone brusco y sopla mas fuerte, esas hojas se van. Es hermoso todo el verano, floreciendo juntos y tomando el sol, pensando que nunca acabaría y justo cuando te sientes la flor mas preciosa y completa, se acaba. Me preguntaron si creía en los fantasmas, si, claro que creo. Porque siempre que llega alguien y trae primavera a mi vida, vuelves a aparecer tu, y vuelves a marchitar mis flores

Para cuando vuelvas

No me acuerdo a que hora me dormí, solamente sé con seguridad que era un sábado después de haberme tomado cuatro cervezas con uno de esos primos que también saben funcionar como un amigo para compartir tragos, unos cigarrillos y alguna que otra anécdota que, si no involucra drogas sintéticas, seguramente tenga alguna torpeza mía de las que te hacen reír.
Sólo sé que en el sueño estabas vos, parada en el portón de casa. Golpeabas las manos y yo me enojaba porque hace poco hicimos instalar un timbre hermoso con forma de pájaro como para que sea ignorado de esa manera. Pero de todas formas, me reía, estás acostumbrada a ignorar cosas que pueden ser más lindas que vos aunque eso incluya a un puto timbre.

Te hice señas y pasaste. Tenías el mismo perfume de siempre. Mirabas el porche como buscando algún defecto. Tu mirada reparaba en el cartel que mamá tiene colgado cerca de un ventanal que da a la calle, ese cartel que tantas veces te conté que odio. Ese cartel de madera que dice “No envidies mi progreso sin antes conocer mi sacrificio”. Frase cliché de las familias que empezaron con una casa chiquita y hoy ya tienen más de tres baños y nueve habitaciones. 
Entraste por la puerta, inmediatamente elogiabas con cierto desgano el color del living. Yo siempre te dije que odio el rojo sangre de las paredes, pero que a mi mamá le encanta. Vos me decías que ese color te ponía nerviosa, que esa parte de la casa debía tener una energía especial, casi hiperquinética y llena de vibraciones que van de acá para allá como jugando al Pong.

Mi mamá aparecía, totalmente convocada por mi psiquis enferma y he aquí el instante menos planeado y más incómodo de mi vida: presentarlas. La mujer que me trajo a la vida frente a la mujer que me genera ganas de crear vida. Juntas, en la misma habitación con las paredes rojo sangre.
—Mamá, bueno… Ella es…—los nervios me crispaban, sentía calor.
—Ya sé quien es… me decía mi mamá sin sacarte la vista de encima e inmediatamente fruncía los labios como cuando era más chico y le decía una mentira de las que nunca una madre va a creer.  —Hola, decile a Mati que te muestre la casa. Sentite cómoda. Yo voy a seguir pintando en mi atellier. Un gusto. 

El calor que recorría mi cuerpo y las mil agujas que pinchaban en cada filamento volátil de esta pesadilla se hicieron presentes. Subimos las escaleras y te llevé a la otra planta. Me costaba pensar, pero trataba de ponerle onda. Es eso lo que siempre vas a producir en mí: un volcán de alegría, lo mismo que pasa cuando el viento sopla un árbol lleno de hojas y logra moverlas una por una, una tormenta eléctrica de sensaciones enfocadas en hacerte sentir de la mejor manera. Y estaba sucediendo, incluso en un sueño.
Ya en la parte de arriba, te adelantaste y me dijiste que querías ir al cuarto de mi hermana, la menor. Morías de ganas de conocerla. Te hablé tanto de su dulzura perlada, de su inocencia angelical. Te volví loca con las anécdotas que compartía con esa pendejita.

Y fuiste, como si ya conocieras la ubicación. Con tu gracia al moverte, dejando todo tu perfume en cada paso. Incluso a mi me costó poder encontrar el cuarto, de no haber sido por tu rastro dulzón, en esa casa onírica tan parecida y tan distinta a la mía. Entramos en la habitación turquesa llena de peluches que mi mamá fue confeccionando conforme pasaron los años. Abejas, mariposas, conejos nostálgicos con los ojos caídos y enteritos de jean que miraban a la nada. Y ahí estaba ella con sus 10 años y sus juegos de computadora, escuchando “Tomorrow comes today” de Gorillaz (hace poco le presté el disco y sigue fascinada con esa banda).

 La saludaste, porque quieras o no, te hablé tanto de ella y los medios virtuales se encargaron de que la conozcas y no solamente por fotos. La tecnología de hoy en día, viste como es esto.
—Naomi, hermanita… ella es…—sus ojos no se despegaban del monitor y sus dedos frenéticos sobre el teclado.
—Ahora no, después. Estoy ocupada. Estoy por ganar en un campo de guerra de World Of Warcraft. En un ratito voy a tu cuarto y charlamos los tres. —nos dijo eso sin mirarnos. Y ahí comprendí que la decepción en los sueños pesa mucho, demasiado.


Me miraste y pusiste una de mis caras favoritas, de todas las que tenés. Esa expresión de “¿qué mierda le pasa?”. Esa cara que hacíamos siempre cuando alguien nos empujaba y no nos dejaba bailar el techno que nos encaminó y arrastró al mambo que era parte de los dos.
Mi hermanita no despegaba los ojos del monitor. Me frustré junto con vos, te abracé y te dije que no le dieras importancia. Que ella estaba celosa, cosa que entiendo. Las hermanitas son así cuando sos el más grande y muchas veces cuando además del hermano sos el primer amigo que tienen.

Entramos en mi cuarto, verde y plateado… como los colores que representan a la casa de Slytherin. Ambos coincidimos entre muchas cosas por el fanatismo irrevocable al mundo de Harry Potter. Ahí sonreíste, estábamos en mi zona de confort. Respiraste hondo. Te sentaste en el piso y yo me senté con vos. Hablaste:
—Yo sé, ya entendí. No quería que esto fuera así, tan de repente. Entiendo que cada acción mía conllevaba a que vos tuvieras una reacción. Pero no lo hacía por placer. No quiero que pienses que en cierto modo te manipulé. Estoy cansada y aburrida de poder manejar todo a mi antojo. Necesito a alguien que me de vuelta el mundo, que me haga sufrir. Vos me regalaste las mejores risas de mi vida, pero yo soy así y no voy a cambiar. —dijiste.

—No queda otra que esperar. Yo espero por lo mismo y sé que en algún momento quizás la situación cambie. Pero yo también hasta que llegué. Dejame solo un tiempo, quiero pensar qué hacer y cómo actuar. Nunca pensé que iba a poder decírtelo. Yo también me cansé aunque eso no signifique que seas la persona por la cual empecé a creer en un futuro mucho mejor del que imaginaba antes de conocerte. —te lo dije sin mirarte a los ojos. Había una fuerza que no me dejaba mirarte a los ojos.

Te levantaste muy rápido. Supe que querías irte. No sé como lo supe, solamente sé que era lo que sentías. De todas formas esa magia era la que más brillaba cuando estábamos ahí, existiendo y sabiendo lo que el otro quiere o no quiere sin mover los labios. ¿Vos entendiste que tenemos los pensamientos conectados y que esas cosas suelen ser para siempre?.
Bajamos, mi papá y mi hermana te vieron pero no te quisieron saludar.
Fuimos al portón y el timbre ya no estaba. Se venía la tormenta. 
Nos saludamos con un beso frío, mejilla con mejilla. Ninguno de los dos hizo ni siquiera el miserable “chuick” que uno hace por cortesía, muchas veces por falsedad.

Me desperté completamente decidido entender lo que pasó en esa pesadilla que después fue un sueño y después una pesadilla de nuevo.
 Mi casa, era yo. Y cada integrante de mi familia no era ni más ni menos que yo mismo, dividido, intentando entender en cuatro formas distintas que ya, o por el momento, no sos bienvenida y que mi cabeza, mi cuerpo y mis ganas de querer de verdad hoy ya se reservan el derecho de admisión.
Me tomé un vaso de agua, iba a seguir con mi ritual diario de chequear tu conexión en Whatsapp y mirar si actualizaste tu perfil en Facebook. Pero me encontré con la sorpresa de que no pude ver ninguna de las dos cosas. Si hace días te borré de todos los medios virtuales que nos mantuvieron e hicieron posible que nos conociéramos.


Si estás leyendo esto, cada vez que sueño con vos siempre trato de alcanzarte una copia de las llaves de mi casa. Ahora no, pero voy a necesitar que vuelvas a entrar. Cuando todo se haya llenado de manchas de humedad, olores viejos y agrios. Cuando las paredes ya no sean rojo sangre y las pueda pintar de un color más tranquilo.
Dejé una copia de las llaves en esa maceta de la que ya te hablé y vos conocés muy bien. Porque tengo la sensación de que vas a volver cuando yo esté en la terraza, con la psiquis enferma gritando tu nombre. Gritando y pidiendo que vuelvas, la puta que te parió.

Tú dices que amas la lluvia, sin embargo usas un paraguas cuando llueve. Tú dices que amas el sol, pero siempre buscas una sombra cuando el sol brilla. Tú dices que amas el viento, pero cierras las ventanas cuando el viento sopla. Por eso tengo miedo, cuando dices que me amas.
Tú dices que amas la lluvia, sin embargo usas un paraguas cuando llueve. Tú dices que amas el sol, pero siempre buscas una sombra cuando el sol brilla. Tú dices que amas el viento, pero cierras las ventanas cuando el viento sopla, por eso tengo miedo cuando dices que me quieres
—  Bob Marley

No te oigo pero ya no necesito esconderme de la nostalgia que llena los rincones que un día ocupamos juntos, e incluso encuentro alivio en las canciones que compartimos en algunos de nuestros mejores instantes. Eso sí, sigo herida porque olvidé que no debía recordarte en cada vivencia. Y hoy sé que tu ausencia me dolerá siempre.

No te oigo, pero creo que he vuelto a poner en marcha el sentido común, o al menos disimulo la locura cuando me mira la gente. Tampoco puedo negarme que mi corazón sigue latiendo al ritmo de tu recuerdo, que para volar evoco tus palabras porque yo no sé bailar con mi silencio y me cuesta mucho pintar colores sin tu luz. Pero lo intento.

No te oigo, y seguramente por eso no espero nada, aunque tampoco he renunciado a soñar y a ilusionarme. Porque sigo viva, porque ya no me vuelvo tan diminuta cuando pienso que no estarás, que sigo teniendo un hogar pero no tus abrazos. Y menos mal que de nuevo recuerdo el camino de vuelta, que ya no busco atajos ni esquivo el regreso.

Pero sigues siendo la paz en mi memoria y si te busco bien entre mis recovecos, aún consigo que seas mi escudo y mi mejor consejero.

No te oigo, pero ya no me pesa el pasado porque ahora sé muy bien que tu luz vino para quedarse más allá de tu presencia, que cuando abro las ventanas y las puertas, el futuro no me da ningún miedo, aunque siguen faltándome tu voz, tus manos, tu mirada, tus besos.

No te oigo, y me pesa porque recuerdo bien que tú hablabas un idioma sin reproches, que tus frases no necesitaban un orden ni una rima para ser mi poesía. Y hoy sigues siendo en mi mente calor, pasión, alegría, hasta locura, pero jamás ausencia.

No te oigo, ni siquiera cuando sopla fuerte el viento. Pero no consigo alejarme, creo que tampoco quiero, aunque a veces camino más deprisa como si supiera a dónde voy, como si el camino no pudiera distraerme o bifurcarse más.

No te oigo porque ahora yo soy silencio que me quema por dentro mientras sigue haciendo frío fuera y he corrido el peligro de arder y convertirme en ceniza. Pero aún puedo elegir…

Y creo que aprobarías mi decisión: prefiero evaporarme y ser agua que se eleva.

—  Marián Fraile Basanta