Eres a mí.

Vendras, estoy seguro de que lo harás porque eres a mí como el alba al sol, como las estrellas al cielo pues sin tu quererlo me adornas los defectos.

Vendras, y te morderé hasta las muñecas, esas que no encontraron un par de manos que supieran sostenerlas en tiempos de tu demencia.

Yo estaré cosido al teléfono, adherido al sofá esperando a que llames de vuelta para decirme que no prefieres vivir sin mí, que a tu vida le falta mi nombre.

Y encenderé el movil y pondré tu dirección, y me marcará una ruta tan errante como tu decisión de irte de mi y como la mía de permitirtelo.

Al traerte de vuelta a casa aseguraré las ventanas, puertas y chimenea con tantas historias de amor que no harás el minimo intento por volverte a ir.

Sé que vendras, aunque apenas hayas cruzado la puerta, porque eres a mí como el sol al alba, como la luna a las olas, y como el pecado al perdón.

El estilo de todo este período está de acuerdo con el cuadro que he bosquejado.
La inmensidad de las ciudades, en las que el individuo se pierde, los edificios altos como montañas, el incesante bombardeo acústico de la radio, los grandes títulos periodísticos, que cambian tres veces al día y dejan en la incertidumbre acerca de lo que debe considerarse realmente importante, los espectáculos en que cien muchachas exhiben su habilidad con precisión cronométrica, borrando al individuo y actuando como una máquina poderosa y al mismo tiempo suave, el rítmico martilleo del jazz…, todos estos y muchos otros detalles expresan una peculiar constelación en la que el individuo se ve enfrentado por un mundo de dimensiones que escapan a su fiscalización, y en comparación al cual él no constituye sino una pequeña partícula.
Todo lo que puede hacer es ajustar su paso al ritmo que se le impone, como lo haría un soldado en marcha o el obrero frente a la correa sinfín. Puede actuar, pero su sentimiento de independencia, de significar algo, eso ha desaparecido.
—  Erich Fromm, en El Miedo a la Libertad