La gente no tolera las muestras de amor propio, es como si les aventaras un puñado de sal en la cara.
Son tan egoístas que al no poder amarse ni aceptarse tal y como son, buscan a toda costa tratar de herir, son como aguafiestas sentimentales.  No es vanidad, no es exceso de confianza, no es sentimiento de superioridad, es decir “¡Coño! que esta mañana he amanecido radiante” Y nada tiene que ver el físico, sino la manera en que te vez en el espejo y encuentras que eres algo más que huesos y pelo, eres el universo mismo.
Entonces sonríes, entonces te vale un cacahuate lo que la gente diga de ti. Y no, ellos no lo entienden, porque no saben lo que es despertarse un día y darse cuenta que el amor de nuestra vida, somos nosotros mismos.
Una vez cometí un crimen, asesinato supongo. Fue aquella vez que puse mis ojos en alguien que, y yo sabia muy bien, nunca me amaría. Día a día me torturaba, ilusionandome, aun a consciencia, con mis propias fantasías. Me rompía poco a poco, supongo. Y, como era de esperarse, el ultimo pedacito de mi corazón al final ya no resistió y se deshizo. Desde entonces no me he fijado en nadie, y no, no es ninguna obsesión extraña ni un capricho. Todos, incluyéndole, se volvieron insípidos. Y así fue, así asesine mi propio corazón, supongo.