chichilianne

Sur la route: Boulc (II)

Ese día marcó un antes y un después. Nos pasamos el resto del viaje dándonos cabezazos. Cada vez que las cosas se torcían pensábamos: “ahora estaríamos cantando, ahora estaríamos bailando, ahora estaríamos…”.

Respondimos demasiado rápido, no nos paramos a pensar en la posibilidad que nos acababa de caer del cielo, y teníamos miedo de no llegar a la siguiente granja antes de que oscureciera.

La cosa estaba clara: o nos íbamos con ellos de concierto a Gap y pasábamos la noche quién sabe dónde, o seguíamos con nuestro plan establecido (llegar a Terre Rouge en Boulc). Todas estas cábalas las hacíamos en una esquina, haciendo autostop a menos de veinte metros, mientras ellos se comían un kebab. 

Teníamos veinte minutos para decidir si éramos idiotas y volvíamos, o súper idiotas y nos quedábamos en ese cachito de acera. Entre la risa del momento y el “venga, va, vamos!”, nos pasaron por delante saludando sonrientes: -bon courage!- desde la furgo…Dios, vaya dos lelas. Juramos nunca más traicionar de esa manera a nuestra buena suerte.

Desde ahora, nos dijimos, cada tren que pase, pa-pam!, y eso hicimos: eran las 16h, y seguíamos en Grenoble: “y si vamos a la estación…?”

Nos montamos en un tren que nos llevó a un sitio que se llama Clelles (y porque no iba más lejos…), que resulta que forma parte del parque natural del Vercors: las vistas muy à couper le souffle.

Nos bajamos en la última parada y fue ahí cuando nos dimos cuenta de que la señora que nos dijo ¡estáis locas! -cuando le contamos nuestro plan de llegar a Boulc antes de la noche-, tenía razón: estábamos en la nada, no había ni pueblo, sólo un andén.

Visto el éxito de nadie, decidimos ponernos a andar carretera abajo. No sabíamos hacia donde ir hasta que un cartel nos marcó la dirección; Chichiland no se encuentra todo los días.

Seguimos caminando y de pronto entre los árboles se reflejaba un azul plateado- No…no…No!!! No nos podíamos creer que allí en medio hubiese un pequeño hotel con una puta piscina, llevábamos días soñando con un bañito. Nos tomamos unas birras, tanteando el terreno, y el camarero nos dio permiso para darnos un chapuzón -o los que quisiéramos…– Por lo visto no hay muchas titis por aquí y estaba bastante emocionado. ¡Ay, pobre, con la peste que echábamos!

Ya una vez fresquitas al sol, birra en mano, pensamos que no hay mal que por bien por venga: cambiamos músicos por piscina. Pas mal, ma belle!

Una volkswagen antigua aparcó y dijimos mira, montar en una de esas está en nuestra lista. Se bajó una mami molona, rubia, guapísima, con sus tres hijas, a darse un baño: «Hey, girls, where are you going with those bags? are you walking?». Nos explicamos nuestras aventuras respectivas y nos propuso compartir camino.

Con la tontería se nos habían hecho las siete de la tarde y teníamos a todo el bar implicado, mirando mapas, creando debate, comparando rutas, etc; pero nadie apostaba a que íbamos a llegar. Eran solo 50km, pero cruzando montañas. Nos ofrecieron dormir en una caravana con cena-barbacoa inlcuida, nos ofrecieron una casa cerca de allí, nos ofrecieron dormir en el jardín…Pero si por la mañana dejamos pasar la mejor oportunidad por llegar a nuestro destino, por nuestros huevos que llegaríamos.

Entonces llegó él: Papi. Y su cerveza.

Este hombre de unos taitantos, y su mujer, se sentaron con nosotras y nos hablaron de la región. Nos explicaron que, casualmente, estábamos a dos días de la mejor fiesta del año en Chatillon en Dios, un pueblo de al lado dedicado a la viña conocido por su vino blanco. Les prometimos que intentaríamos ir y que nos encontraríamos allí, quién sabe!

Finalmente nos subimos con nuestra mami inglesa y su adorable familia, entre bikinis, faldas, pareos, y aventuras; esa furgo, aunque no pasaba de 60, olía a vida: «I bought it ten years ago, but it is from the eigthies, I have travelled a lot with it, people say I’m crazy». Se echaba a sus tres hijas adolescentes detrás y carretera y manta: «Still they don’t realize how cool her mother is, but soon they’ll understand». Oh, Jess, de mayor también queremos ser como tú. Hablaba de todas las historias que le habían pasado con esto del improvisar, y de lo importante que es que las mujeres tomemos el mando.

Nos dejó en un desvío, por allí pasó una tipa que nos acercó hasta Glandage. Tenía el coche lleno de mierda, literal, mierda. No era un coche, era un vertedero con ruedas, las doscientas moscas no se íban ni con las ventanas abiertas. Al llegar a su casa empezaron a salir sus veinte hijos a lo niños perdidos, -y sus veinte perros- y su pareja, y se nos vino una imagen a la cabeza:

Aunque la tía era muy maja, deseábamos salir pitander de ahí, así que caminamos apenas dos minutos y pulgares arriba. Poco duró lo del autostop a la que vimos que tráfico, lo que se dice tráfico, no había. Nos tiramos en la carretera a pensar qué hacer y, visto lo visto, decidimos llamar a la granja para ver si tenían el detalle de venir a buscarnos -estábamos a menos de 10km y andando por esos caminos era casi imposible-. 

Nos cogió el teléfono un tal Michel, que decía que no pintaba mucho allí, como escurriendo el bulto, y que ni de coña podía venir a por nosotras y dejar la casa sola, que el dueño no estaba. Nos sugirió que esperáramos más tiempo a ver si pasaba alguien.

Otro piti, y otro piti, y el sol sigue bajando, y no pasa ni perris…Hay que hacer algo, joder, volvemos a llamar: «Oye, que te damos pasta si vienes» y dijo: «Venga, va, en diez minutos estoy ahí». Hijo puta, pagant, Sant Pere canta…

Efectivamente al rato apareció un personajillo mayor con un mini coche, con sus pantalones hippies y su camisa de lino a rayas, y nos abrazó como si a nosotras se nos hubiese olvidado que venía por el dinero.

Por el camino nos fue explicando porqué estaba en esa casa aislada en la montaña. Era un hombre de unos sesenta años que había encontrado, en ese lugar, el sitio perfecto para reflexionar antes de tomar decisiones. Aparcó al lado de su tienda (pues él no dormía en la casa) y nos enseñó las inmediaciones, no sin antes deleitarnos con sus fantásticas habilidades:

-¿Que tocas el piano, Michel?

-No, yo canto. ¿Queréis verlo?

-Guau, sí!

-Dadme vuestras manos, voy a transformar vuestra energía en un canto.

Vaya momentazo, los tres en corro, cogidos, y el notas que empieza a hacer aaaaaaaaaaah, todo concentrado, nosotras aguantado la risa y él con los ojos cerrados en pleno trance. A pesar de lo cutre que fue, nos robó un cachito de corazón.

Justo después pusimos cara al que iba a ser nuestro anfitrión durante los próximos días, pero fue de lejos, ya que el tío ni se dignó a bajar a saludarnos.

Conocimos a un par de wwoofers que estaban allí, una italiana y un andaluz; hasta que por último apareció el dueño -un tipo con aspecto de hobbit y carácter de troll- para enseñarnos dónde íbamos a dormir. Aunque el sitio no estaba mal, había algo negativo en el ambiente.

Enseguida en la cena nos dimos cuenta, éramos ocho personas calladas mirando el plato esperando acabar cuanto antes para irse cada uno a su cuarto. ¿Qué mierda pasaba ahí?

Antes de ir a la cama, hicimos un resumen de este día tan largo: por fin habíamos llegado a Terre Rouge y vaya mierda más gorda. Como solemos decir, tenía que pasarnos. Lo siguiente fue el ataque de risa.

Músicos…


Viene de aquí.