carretera de la muerte


Si 11 personas al día murieran por cualquier epidemia tendríamos programas en la tele, especiales en los medios y miedo mucho miedo, pero  la epidemia son suicidios y el virus es el sistema pues lo convierten en tabú.

4.000 personas se suicidan al año en España. 11 al dia. El doble de muertes que en carreteras.

La crisis/estafa que montaron desde el lobby del Bilderberg ha aumentado un 20% los suicidios.

Ojos de árbol

Sepulté tus ojos bajo siete capas de mares con sus respectivas mitologías y metodologías. Construí sobre ellos carreteras de hielo. Reí a carcajada abierta después. La muerte quedó preciosa y azul tendida al fondo mis manos. A veces soy descaradamente cruel, lo sé. Desterré de mis venas la desesperación y el viento que contenía tu voz se largó triste. Reí estrellas con nombres de acantilados y crié profetas como cuervos que prometían ojos felices. No volverías a ser alas y espinas nunca más. Sencillamente no volverías. Reí truenos y demonios bajo la tarde fluorescente del olvido. Reí truenos, amor, como llantos invertidos. Me coroné maga del punto final. Y empecé a construir sobre la ausencia palacios de calma. Me dormí en lontananzas de mesura. Soñé pantomimas de otro cuerpo. ¡Ah qué tremenda ingenuidad la mía! ¡Olvidarte! Olvidarte es una entelequia entre las fronteras de mi piel. Debió reírse de mí todo un ejército de bosques. Pero yo, ciega y loca, imprudente como paloma en autopista, enajenada y suicida como mosquito ante el candil me acerqué de nuevo a ti creyendo que ya nada volvería a quemarme. Qué dulce locura la mía, qué dulce locura aleteo de naipes. Río y lloro consciente de que siempre seré una niña que no sabe hacerse mayor. ¡Qué maldición! Quererte como una niña artista que se sale del recuadro, anárquica, mironiana, con vértices vertiginosos y curiosos, con aristas traicioneras como aristoloquias.

En lo prohibido es donde duermen tus ojos. Y allá voy presurosa girando con el viento por donde pestañean los atardeceres. Y allí es donde despunto y me desmayo. A los brazos heliotrópicos del duende.  Al mar inmenso de tu abrazo. Y de allí es de donde vuelo luego en bandadas de miedo, ya sabes, a un rincón ínfimo de gatos. Y así es todo el rato. ¿Qué triste eh? ¿Alguien lo entiende? A todo el mundo parece salirle medianamente bien el asunto, a mí no me sale ni medio mal. Se me da bien la soledad hasta tus ojos. Se me da bien respirar hasta que hablas, después ya no sé ni cómo llamar a las cosas. Se me da bien existir pero tú existes. Y esto es un pero como el coloso de Rodas con piernas de mariposa,  una guerra a la paz de la vida en miniatura. Una exigencia subcutánea que te arrastra a la muerte. En definitiva, se me da mal el amor. ¿Qué voy a hacer con este esqueleto de pájaro que me sostiene? ¿Qué voy a hacer con este amor de volutas en el aire? Tus ojos son mágicos porque hacen llorar a mis castillos de hielo. Aunque eso es sólo una milésima parte de tu poder. No voy a ser yo quien te infravalore pero dime ¿qué voy a hacer con este corazón chiflado? Dime qué voy a hacer con él. Estoy aquí vestida de llamas, sentada en mi magno trono de hielo viendo como mi imperio mengua con cada latido que doy. Mis propios latidos son marchas al campo de guerra. La guerra mana de tus ojos de árbol. No necesitas traicionarme más, yo misma ya me traiciono sola. Dime qué voy a hacer ahora. No sabes decírmelo nunca. Tendré que hacer nuevamente como si nada, salir ahí fuera y buscarme una coartada.