cancermental

Me dijo que no éramos novias, que yo solo le ayudaba a quitarse la “comezón” de vez en cuando.

No pude soportar que alguien por quien siento algo tan fuerte tuviera en tan poca estima mis sentimientos.

Esa misma noche, tarde, tan tarde que ya ni pasaban micros, me fui de su departamento con algo parecido a un corazón roto… pero más que eso, eran las esperanzas que se me salían líquidas por los ojos.

En menos de una semana me he metido con dos personas, una mujer (con la que ya me había involucrado con anterioridad) y un hombre (que apenas y recuerdo su nombre).

Pero no se me pasa ni la rabia ni la pena ni las ganas de ella. Y es que en verdad es estúpido de mi parte buscar consuelo de esa manera… Pero es que no se cómo hacerlo.

Ahora ella me recordará como una “etapa”, o como una locura de adolescencia, quizás como una mujer interesante que le arrancó unos cuantos suspiros y respiraciones agitadas, o peor aun, quizás ni pensará en mí… Pero yo la recordaré como la mujer más divertida e inteligente con la que me he topado en esta vida. La de las sonrisas más bonitas y de ojos más luminosos.

Quizás le hayan llegado rumores de las cosas que hice, y aunque sea egoísta de mi parte, quiero que le duela aunque sea un poquito. Que una parte de ella se sienta mal por no haber hecho nada por retenerme a su lado.

Que estúpida y mezquina me he vuelto.

Hubo un tiempo en que me decía a mí misma: “No, no es que me gusten las mujeres, solo me gustan las pelirojas”. Luego me dije: “lo que me gustan son las tetas, no puedo evitar fijarme en una chica con tetas grandes”. Después decía: “Me gustan las chicas con actitud, pero no es que sea lesbiana”. E incluso me dije “Bueno, puede que me gusten las pelirojas, alguna que otra rubia y las morenas con piel reluciente, pero eso no me hace lesbiana”.

Hoy en día puedo decir que me gustan planas o tetonas, flacas o rellenitas, de pelo largo o corto, rockeras, punk o bailarinas de ballet… el punto es que me gustan de todo tipo porque amo el ñoqui, choro, empaná, sopaipa o como le digan.

Me gustan las mujeres, no lo puedo evitar. Sé que los hombres me entienden, ¿cómo no me van a gustar las mujeres si son tan hermosas? (la única excepción es Pati Maldonado, y más que nada por facha)

Debo ser la única persona que aunque no cree en las relaciones sentimentales exclusivas, se ve atrapada una y otra vez en la monogamia.

Odio encontrarme con hombres tan cerrados de mente. 

Y odio que yo, por no hacerles daño, acepto involucrarme en algo en lo que no creo.

Ahora salgo con un compañero de trabajo, y cuando me pidió pololeo le dije que no, que no quería ser su novia, pero que aceptaba mantener una relación monogamica con él por lo que queda de verano… es decir tengo una semana más de “noviazgo”. Él me dijo que soy escurridiza, dijo que incluso cuando me tiene entre los brazos bien agarrada, no está muy seguro de tenerme.

Después dicen que las mujeres somos las que buscamos de manera desesperada el compromiso.

Algún Día...

Algún día te mostraré cada escrito que has inspirado.

Solo espero que no te horroricen todas las cosas que imagino, que anhelo, que pienso, que temo, que recuerdo y que sueño.

Que mi mente no te parezca un mal lugar para visitar. Que mi corazón no te resulte un sitio incómodo para vivir. Que en mis fantasías veas un hermoso destino al que aspirar.

Nunca he podido definir que tipo de mujeres me gustan más, si pelirrojas, rubias o morenas… 

Creo que lo único cierto es que me gustan todas y mucho.

Y últimamente creo que me están gustando demasiado las mujeres, me fijo mucho en ellas, en sus piernas, en sus labios, en su piel.

Creo que si mi madre me vuelve a ver con alguna mujer le dará un infarto.

Lástima que sea algo en lo que pienso mucho cada vez que me gusta alguna chica… Aun no puedo sacarme todos los miedos.

La primera vez que me besé con una chica tenía 16 años. En ese momento aun no aceptaba que siempre me habían gustado las mujeres por lo que enfrenté lo que hice como si solo hubiera sido una tontera que pasó en una fiesta. Se lo conté a mi mejor amiga, aunque ahora que lo pienso no se con qué intención lo hice… Aun recuerdo su respuesta:

-“Javi, prométeme que antes de que te sigan gustando las mujeres vas a perder tu virginidad”.

En ese momento no le di mucha importancia, pero con el tiempo analicé su consejo y me parece que fue una verdadera mierda.

Me lo dijo como si la santa cura del lesbianismo fuera un pene. Fue como si me dijera:

-“Javi, prueba el falo y verás que nunca más vas a querer estar con una mujer.”

Bueno, la verdad es que no funcionó porque hasta el da de hoy me siguen encantando las mujeres, el pene no es la cura de ninguna weá porque la homosexualidad o, en mi caso, la bisexualidad no es una enfermedad.

Hasta el día de hoy esta muchacha sigue siendo una gran amiga, pero aprendí que el hecho de que alguien me quiera no es garante de que sus consejos sean buenos.

Mi piel contra su piel, sin nada entre medio.

El sabor de su sudor, su pelo como una cortina sobre mi cuerpo, su vida fluyendo por mi boca, sus manos dándome forma, sus infinitas piernas sujetándome, acercándome, alzándome.

Esa noche fue como nunca antes, algo especial y único. Pero entre medio de los besos, caricias, humedad y jadeos, de pronto sus lágrimas, su tristeza devastadora, su angustia paralizante, sus miedos. Supe en ese instante que era la última vez. Nuestra última vez.

De nada me servía quererla tanto, intentar sorprenderla cada día, sacarle sonrisas, mis ganas idiotas de hacerla feliz… Sus fantasmas estaban lejos de mi alcance. Y quizás del suyo también.

Era la última vez. Ambas nos dimos cuenta, y fue así como hicimos el amor. Como locas, idiotas, salvajes, enamoradas y despreocupadas. Como si no hubiera límite de tiempo, ni lágrimas entre medio de los besos. Sin preocuparnos de hacerlo en silencio, si el edificio o la ciudad entera despertaba con el sonido de nuestra carne desintegrándose. Si destruíamos la habitación o nos quedábamos sin aire.

Da igual, porque mil veces te pueden decir “te amo”, pero siempre habrá una vez que será la última.

No me defino.

Me visto demasiado femenina para ser hombre.

Pienso muy masculinamente para ser una dama.

Pero no me acomodan ninguna de las dos formas.

Quiero un punto medio.

No tener que definirme ni elegir.

¿Por qué eso parece molestarle a las personas?

He decido no decidir. 

Tenía apenas 9 años cuando vi esta imagen en una revista de mi madre. Era una de esas típicas publicaciones hechas por mujeres para otras mujeres “modernas e independientes” en donde salen recetas para cocinar y los secretos de la última moda para impresionar a los varones.

Era un artículo que enumeraba a las 10 mejores cintas cinematográficas en blanco y negro y salía Marlene Dietrich, por la película “Marruecos”, con toda su arrolladora belleza exportada directamente desde la década de los 30’; vistiendo un smoking y fumando un cigarrillo posaba en una actitud tan ambigua que me cautivó, aunque en ese entonces no entendía bien el porqué. Se veía excesivamente ruda y masculina, pero a la vez poseía una elegancia y sensualidad impresionante. Su rostro, de indiscutibles facciones delicadas, contrastaba con la actitud y la ropa que intentaba ocultar sus gracias femeninas.

En mi más tierna y dulce infancia me obsesioné con esta imagen, busqué infructuosamente el film en decenas de video club, le pregunté a mis amigos, familiares y profesores… y nadie la tenía. Es más, muchos ni siquiera habían escuchado el nombre de la película… Ahora que medito sobre el tema creo que la dificultad para encontrarla solo ayudó a aumentar mi fascinación y mi curiosidad. ¿De qué podía tratar una película en la que una mujer vestía así?

Y es que antes de ver esta imagen ni siquiera me imaginaba que las mujeres podían ocupar ropa de hombres.

Mis padres, y mi entorno en general, siempre se habían encargado de dejarme claro los roles de género, lo que una mujer, por el mero hecho de ser una, podía hacer y lo que no. Cuando yo no cumplía con ese dichoso estereotipo la censura y las burlas eran inmediatas; marimacha siempre fue un calificativo recurrente para describirme y cuando era pequeña eso me avergonzaba.

Recuerdo que a lo largo de los años pasé tantas horas admirando la foto, que llegó el punto en que podía describir hasta el más mínimo detalle sin necesidad de echarle una ojeada. Me cautivó el asomo de sonrisa coqueta que el cigarrillo ayudaba a disimular, la mirada directa y altiva. El sombrero que ocultaba su cabello (legendario símbolo de la femineidad) y su suave masculinidad.

Dietrich se veía hermosa vestida con su traje. Eso me descolocó y sembró la semilla de cientos de dudas que me han marcado hasta hoy. ¿Qué significa ser mujer? ¿Si visto como hombre pierdo la femineidad? ¿Basta con que me guste el rosado, las barbies y usar vestidos para ser una dama? ¿Está mal que me parezca guapa una mujer? ¿Y que me guste? ¿Y que me enamore de ella?

Cuando mi madre terminó de leer la revista la tomé y la recorté. Guardé, o mejor dicho escondí la imagen durante años en una carpeta junto a otros papeles, dibujos, documentos y escritos de incalculable valor emocional. Era mi secreto, secreto tan escondido que ni yo misma entendí durante mucho tiempo por qué realmente la guardaba. ¿Qué tenía que me cautivaba? ¿Por qué era tan importante? ¿Y por que lo manejaba como si fuera un secreto? ¿Qué tenía que me parecía prohibida?

Este recorte me acompañó estoicamente a través de 3 mudanzas, de un cambio de región y de un viaje a otro país. No podía desprenderme de el.

A los 17 encontré un poster de Dietrich en una feria, lo enmarqué y lo colgué en mi pieza. Gracias a esta imagen me di cuenta que lo mejor de la vida no podría nunca ser definido, que delimitar era uno de los más pobres actos humanos, que lo mejor en la vida es transitar y no encerrarse en estereotipos. Decidí que nadie nunca me diría como debo ser, como debo vestirme, lo que me debe gustar, lo que puedo amar, como debo actuar y menos lo que puedo o no pensar.

Esta imagen fue la primera que me hizo pensar: “No importa, que se jodan todos. Soy lo que soy, ni más ni menos, ni mejor ni peor.”

Con la masificación del internet logré dar con el dichoso film y en un acto completamente ilegal lo descargué. Fue como matar el mito, vi la película y no me quedó más remedio que enamorarme de la actriz que había rondado mi cabeza durante tantos años. Inevitablemente se transformó en uno de mis largometrajes favoritos y dio el puntapié inicial a mi prolongada y ardiente historia de amor con el cine en blanco y negro.

Es, por decirlo menos, interesante, el modo en que está actriz influyó en mi vida a través de una película que se estrenó cuando yo no era más que un pobre destello de luz en el fondo de los ojos de Él creador. Y no puedo creer que una simple imagen haya sido el principal engranaje que hizo mover mi personalidad en tan clara y desviada dirección.

A veces pienso ¿sería muy diferente mi vida si no hubiera visto nunca esta imagen? ¿A caso mi forma de ser quedó marcada para siempre por la mujer del smoking de tal forma que ni yo me doy cuenta? ¿Tanto poder tiene una fotografía? ¿Tanta es su influencia? ¿Qué hubiera sido de mí si nunca hubiera sabido de una tal Marlene Dietrich que en una película se vistió como hombre y besó a una mujer en sus labios?

Hace un par de años dí con una distribuidora especializada y allí finalmente encontré la tan ansiada película. Decir que me costó un ojo de la cara sería poco, me costó tres y gracias a Dios tengo cuatro.

Pero valió la pena, ahora es una de mis posesiones más sagradas, puedo prestar la versión pirata pero la original nunca.

Y el recorte permanece hasta el día de hoy en una caja de zapatos. Simplemente no me puedo desprender de el. No puedo botarlo, no puedo dejarlo ir.

Así fue como a mis 9 años Dietrich se convirtió en mi primer amor platónico tortillero. 

Que cada “hasta luego” que me dedicas me deje ésta melancolía absurda revestida de esperanza. La duda, la incertidumbre de si volverás, si me dedicarás otras sonrisas, si me volverás a robar un beso cuando pienses que nadie nos observa.

O te irás para siempre.

He aprendido a quererte a tu modo. No de la manera en que yo deseo, que es puro fuego y tierra abriéndose bajo mis pies, no como este volcán que quiere hacer erupción cada vez que te toca.

Tu quieres agua, tranquilidad que te cubra y te cobije, mecerte suavemente, en un ritmo que yo no tengo, con una calma que yo no poseo. Yo no lo soy… pero por ti… Por ti, te juro, que lo intento.

¿Será suficiente?

Siempre nos arrepentimos, siempre dudamos, siempre nos miramos.

Como cuando estamos en la facultad, en el patio o en el casino, y me muero por besarte, por oler más de cerca la línea de tu cuello, por sentir la suavidad de tus dedos sobre mí… Cuando muero una y mil veces por juguetear con las ondas de tu cabello y ver como libera destellos rojos al sol o quedarme observando infinitamente los lunares que se asoman por tu blusa…

Todas esas veces solo debo conformarme con estar a tu lado, porque la intimidad que alcanzamos se queda ahí, entre las paredes asfixiantes de una habitación demasiado pequeña para ocultar el amor. Y el espacio que nos separa, esos pocos centímetros me parecen ahora más inalcanzables, de algún modo insalvables. Porque eres tu la que decide la distancia.

Porque si antes nos separaba la incertidumbre y las dudas, en este momento la que me aleja eres tú. La que teme lo que diga el resto de las personas, que la señalen, que la juzguen o no se qué mierda, eres tú.

Preciosa ¿Por qué te importa?

Te lo juro, tú eres infinitamente mejor que todos ellos. Me sorprendes cada día, me quitas las palabras de la boca, me quitas tantos besos, me arrancas suspiros. Tú me quitas el aliento.

¿Por qué hay que esconderlo?