cancermental

Siendo honesta lo primero que noté en ella fue su belleza. Podría, perfectamente, mentir: decir que me maravilló su personalidad, ingenio y risa contagiosa, pero eso lo vine a conocer después de muchas charlas y almuerzos, de conversaciones mañaneras o posteriores al fornicio. El punto es que es bonita, no saco nada con negarlo. Pero es bonita más allá de lo racional o justo. Tiene esa belleza que deja sin aliento y que se entromete en los sueños, que hace que su rostro ronde todos mis pensamientos. Tan bonita que me hacía sentir absolutamente consciente de todos mis defectos, de todos mis fallos: de mi pelo que nunca se queda como lo peino, de mis labios agrietados y mis ramplones ojos café. Me hacía tan consciente de mi propia vulgaridad, que no podía evitar anhelarla, buscarla, mirarla. Intentar guardar un poco de ella en mí.

Mi piel contra su piel, sin nada entre medio.

El sabor de su sudor, su pelo como una cortina sobre mi cuerpo, su vida fluyendo por mi boca, sus manos dándome forma, sus infinitas piernas sujetándome, acercándome, alzándome.

Esa noche fue como nunca antes, algo especial y único. Pero entre medio de los besos, caricias, humedad y jadeos, de pronto sus lágrimas, su tristeza devastadora, su angustia paralizante, sus miedos. Supe en ese instante que era la última vez. Nuestra última vez.

De nada me servía quererla tanto, intentar sorprenderla cada día, sacarle sonrisas, mis ganas idiotas de hacerla feliz… Sus fantasmas estaban lejos de mi alcance. Y quizás del suyo también.

Era la última vez. Ambas nos dimos cuenta, y fue así como hicimos el amor. Como locas, idiotas, salvajes, enamoradas y despreocupadas. Como si no hubiera límite de tiempo, ni lágrimas entre medio de los besos. Sin preocuparnos de hacerlo en silencio, si el edificio o la ciudad entera despertaba con el sonido de nuestra carne desintegrándose. Si destruíamos la habitación o nos quedábamos sin aire.

Da igual, porque mil veces te pueden decir “te amo”, pero siempre habrá una vez que será la última.

Conversación

Mientras intimábamos (imposible decir que hicimos el amor, tener sexo me parece siútico y culear se me antoja vulgar), me pregunta:

-¿Estás pololeando?

-No- Le contesto siendo honesta.

-Pero ¿terminaste hace poco?- Parece negarse a dejar ir el tema

-No- Le vuelvo a decir pensando que cuatro meses no es poco.

-Y ¿hace cuánto que no pololeas con una chica?- Me mira, con una mezcla única de ternura y picardía, incluso con la luz tenue no puedo dejar de pensar en lo guapa que es.

-Uffff, hace años.- Y es que sea lo que sea que haya pasado entre nosotras, si lo miro en retrospectiva no puedo pensarlo como una relación. Para que haya una tiene que haber un mínimo de compromiso mutuo entre las partes involucradas. Eso nunca fue así.