camino de la plaza

A principios de año me quedaba todos los días sentada en las bancas de la plaza en frente de mi colegio esperando a que llegaran por mí, mi madre siempre llegaba 20 ó 30 minutos tardes. En medio de la plaza había una improvisado camino y muchos chicos pasaban por ahí, incluido él. En algún momento se detuvo a hablarme, obligándome a dejar mis audífonos en el bolsillo. Esto se hizo frecuente y ya hacía falta guardar mis audífonos porque ni siquiera llegaba a sacarlos, su voz era mucho mejor. Hablábamos de todo y nada, era decir sin palabras, al menos así lo veía yo. Él movía sus la labios y yo no apartaba la vista, yo hablaba y él reía desviando la mirada. Decía cosas linda que llegaban a ser bobas. Era una rutina que me fascinaba, el tiempo se hacía más corto estando con él... Me di cuenta que no había vuelta a tras cuando necesitaba que se alejara de mí y sin embargo no era capaz de decirlo, no podía pedírselo, pensaba que le haría daño, tanto como me lo hacia a mí el decirlo. Un día tomé valor y le dije que no podía con aquello, que estábamos mejor cada quien por su lado. Derramé lágrimas, me ahogué en suspiro eternos, me hundí en un lugar sin fondo. Pero, muy por el otro extremo, esta él, feliz, y una semana después caminaba de la mano de una chica... Su mano, aquella que nunca llegué siquiera a rozar. No me hablaba, y asumí que se debía a que su nueva novia era demasiado celosa, pero ella no era de nuestro curso. Los meses pasaron, de vez en cuando mi amiga se quedaba conmigo esperando a mi madre, a veces me reencontraba con mis audífonos. Un día vi a su novia a la salida del colegio, pero él no estaba con ella, pensé que quizá se había tardado un poco más de lo normal y seguí mi camino a la plaza. Cuando ya me había instalado en la misma banca vieja de todos los días él apareció, me preguntó por mi amiga y yo le pregunté por su novia, me respondió que ella lo había engañado y yo sin saber qué decir me quedé mirándolo con los labios fruncidos, en ese momento sonó la bocina del auto de mamá y agradecí que así fuera. Hablamos un poco los días siguientes, sin querer soltaba bromas sobre la chica que lo engañó sin la intención de herirlo, pero mi espíritu, mis secretor y mi confianza también se habían sentido engañados cuando dejaron de oír su voz y de alguna forma intentaban comenzar su sufrimiento. Dos semanas después, mi dolor nuevamente se hacía presente cuando vi su mano entrelazada con una chica de melena rizada. Él sigue con su vida, sonríe, ama. Yo, por mi parte, aún espero oír su voz, sentir su aroma de cerca y escuchar que era yo... que siempre fui yo...