cama hierro

50 Sombras De Luque ~ Adaptación

CAPÍTULO 2 (SEGUNDA PARTE)

Me meto en mi cama de hierro de color blanco, me envuelvo en la colcha de mi madre, cierro los ojos y me quedo dormido al instante. Sueño con lugares oscuros, sillones púrpuras, suelos blancos, inhóspitos y fríos, y ojos oscuros.

El resto de la semana me sumerjo en mis estudios y en mi trabajo en Clayton´s. Frank también está muy ocupado organizando su última edición de la revista de la facultad, antes de ceder su puesto al nuevo responsable, y estudiando para los exámenes finales. Hacia el miércoles se encuentra mucho mejor y ya no tengo que seguir soportando la visión de su pijama azul de franela lleno de carritos un tanto extraños. Llamo a mi madre, que vive en Georgia, para saber cómo está y para que me desee suerte en los exámenes. Empieza a contarme su última aventura: está aprendiendo a hacer velas. Mi madre se pasa la vida emprendiendo nuevos negocios. Básicamente se aburre y necesita hacer lo que sea para ocupar las horas, pero le es imposible centrarse en algo mucho tiempo. La semana que viene será otra cosa. Me preocupa. Espero que no haya hipotecado la casa para financiar este último proyecto. Y espero que Bob —su relativamente nuevo marido, aunque es mucho mayor que ella— la controle un poco ahora que yo ya no estoy en casa. Parece mucho más responsable que el anterior.

—¿Cómo te va todo, Guille?

Dudo un segundo, y mi madre centra toda su atención el mí.

—Muy bien.

—¿Willy? ¿Has conocido a algún chico?

Uff, ¿cómo se le ocurre? Es evidente que está entusiasmada.

—No, mamá, no pasa nada. Si conozco a un chico, serás la primera en saberlo.

—Guille, cariño, tienes que salir más. Me preocupas.

—Mamá, estoy bien. ¿Qué tal Bob?

Como siempre, la mejor táctica es la distracción.

Esa noche, más tarde, llamo a Mark, mi padrastro, el marido número dos de mi madre, el hombre al que considero mi padre y cuyo apellido llevo. La conversación es breve. En realidad, ni siquiera es una conversación, sino una serie de gruñidos en respuesta a mis discretos intentos. Mark no es muy hablador. Pero es muy activo, sigue viendo el fútbol en la tele (y cuando no está viendo fútbol, juega a los bolos, pesca o hace muebles). Mark es un buen carpintero, y gracias a él sé diferenciar una espátula de un serrucho. Parece que todo le va bien.

El viernes por la noche Frank y yo estamos comentando qué hacer —queremos descansar un poco del estudio, el trabajo y las revistas de la facultad— cuando llaman a la puerta. En los escalones de la entrada está mi buen amigo Alex con una botella de champán en las manos.

—¡Alex! ¡Qué alegría verte! —Lo abrazo—. Pasa.

Alex es la primera persona que conocí cuando llegué a la universidad, y parecía tan perdido y solo como yo. Aquel día nos dimos cuenta de que éramos almas gemelas, y desde entonces somos amigos. No solo compartimos el sentido del humor, sino que descubrimos que Mark y el padre de Alex estuvieron juntos en el ejército, y a partir de ahí nuestros padres se hicieron también muy amigos.

Alex estudia ingeniería. Es el primero de su familia que va a la universidad. Es un tipo brillante, pero su auténtica pasión es la fotografía. Tiene un ojo estupendo para hacer fotos.

—Tengo buenas noticias —dice sonriendo con sus brillantes ojos claros.

—No me lo digas: esta semana también te las has arreglado para que no te despidan… —bromeo.

Simula burlonamente ponerme mala cara.

—La Portland Gallery va a exponer mis fotos el mes que viene.

—Increíble… ¡Felicidades!

Me alegro mucho por él y vuelvo a abrazarlo. Frank también le sonríe.

—¡Buen trabajo, Alex! Tendré que incluirlo en la revista. Nada mejor para un viernes por la noche que hacer cambios editoriales de última hora —dice riéndose.

—Vamos a celebrarlo. Quiero que vengas a la inauguración.

Me mira fijamente y me ruborizo.

—Los dos, claro —añade mirando nervioso a Frank.

Alex y yo somos buenos amigos, pero en el fondo sé que le gustaría que fuéramos algo más. Es mono y divertido, pero no es mi tipo. Es más bien el hermano que nunca he tenido. Frank suele joderme diciéndome que me falta el gen de buscar novio, pero la verdad es que no he conocido a nadie que… bueno, alguien que me atraiga, aunque una parte de mí desea que me tiemblen las piernas, se me dispare el corazón y sienta mariposas en el estómago.

A veces me pregunto si me pasa algo. Quizá he dedicado demasiado tiempo a mis románticos héroes literarios, y por eso mis ideales y mis expectativas son excesivamente elevados. Pero en la vida real nadie me ha hecho sentir así.

Hasta hace muy poco, murmura la inoportuna voz de mi conciencia. ¡NO! Destierro la idea. No voy a planteármelo siquiera, no después de aquella dolorosa entrevista. “¿E-Es usted gay, señor De Luque?” Me estremezco al recordarlo. Sé que desde entonces he soñado con él casi todas las noches, pero seguramente es porque tengo que purgar de mi cabeza la espantosa experiencia.

Observo a Alex abriendo la botella de champán. Lleva vaqueros y una camiseta. Es algo bajito, de piel clara, pelo negro y brillantes ojos oscuros. Sí, Alex es muy lindo, pero creo que por fin está entendiendo el mensaje: solo somos amigos. El corcho sale disparado, y Alex alza la mirada y sonríe.

Los sábados son una pesadilla en la ferretería. Nos invaden los manitas que quieren acicalar su casa. El señor y la señora Clayton, John, Patrick —los empleados— y yo nos pasamos la jornada atendiendo a los clientes. Pero al mediodía la cosa se calma un poco, y mientras estoy sentado detrás del mostrador de la caja, comiéndome discretamente el bocadillo, la señora Clayton me pide que verifique unos pedidos. Me concentro en la tarea, compruebo que los números de catálogo de los artículos que necesitamos corresponden con los que hemos encargado y paso la mirada del libro de pedidos a la pantalla del ordenador, y viceversa, para asegurarme de que las entradas cuadran. De repente, no sé por qué, alzo la vista… y me quedo atrapado en la descarada mirada verde de Samuel De Luque, que me observa fijamente desde el otro lado del mostrador.

Casi me da un infarto.

—Señor Diaz, qué agradable sorpresa —me dice. Su mirada es firme y intensa.

Maldita sea. ¿Qué narices está haciendo aquí, despeinado y vestido con ese camisa negra, vaqueros ajustados? Creo que me he quedado boquiabierto, y no encuentro ni el cerebro ni la voz.

—Señor De Luque —murmuro, porque no puedo hacer otra cosa.

Sus labios esbozan una sonrisa y sus ojos parecen divertidos, como si estuviera disfrutando de alguna broma de la que no me entero.

—Pasaba por aquí —me dice a modo de explicación—. Necesito algunas cosas. Es un placer volver a verle, señor Diaz.

Su voz es cálida y ronca como un bombón de chocolate y caramelo… o algo así.

Muevo la cabeza intentando bajar de las nubes. El corazón me aporrea el pecho a un ritmo frenético, y por alguna razón me arden las mejillas ante su firme mirada escrutadora. Verlo delante de mí me ha dejado totalmente desconcertado. Mis recuerdos de él no le han hecho justicia. No es solo guapo, no. Es la belleza masculina personificada, arrebatador, y está aquí, en la ferretería Clayton’s. Quién lo iba a imaginar. Recupero por fin mis funciones cognitivas y vuelvo a conectarlas con el resto de mi cuerpo.

—Guillermo. Me llamo Guillermo —murmuro—. ¿En qué puedo ayudarle, señor De Luque?

Sonríe, y de nuevo es como si tuviera conocimiento de algún gran secreto. Es muy desconcertante. Respiro hondo y pongo mi cara de llevar cuatro años trabajando en la tienda y ser un profesional. Yo puedo.

—Necesito un par de cosas. Para empezar, bridas para cables —murmura con expresión fría y divertida a la vez.

¿Bridas para cables?

—Tenemos varias medidas. ¿Quiere que se las muestre? —susurro con voz titubeante.

Cálmate, Diaz.

Un ligero fruncimiento estropea las cejas de De Luque, que son bastante bonitas.

—Sí, por favor. Lo acompaño, señor Diaz —me dice.

Salgo de detrás del mostrador fingiendo despreocupación, pero lo cierto es que me concentro al máximo en no desplomarme. De repente mis piernas parecen de plastilina. Me alegro mucho de haber decidido ponerme mis mejores pantalones esta mañana.

—Están con los artículos de electricidad, en el pasillo número ocho —le digo en un tono de voz demasiado elevado.

Lo miro y me arrepiento casi de inmediato. ¡Qué guapo es!

—Le sigo —murmura haciendo un gesto con su mano de largos dedos y uñas perfectamente arregladas.

Con el corazón casi estrangulándome —porque me ha subido hasta la garganta e intenta salírseme por la boca— enfilo un pasillo en dirección a la sección de electricidad. ¿Por qué está en Portland? ¿Por qué ha venido a Clayton’s? Y de una diminuta parte de mi cerebro que apenas utilizo —seguramente por debajo del bulbo raquídeo, cerca de donde habita la voz de mi conciencia— surge una idea: ha venido a verte. ¡Imposible! La descarto de inmediato. ¿Por qué iba a querer verme este hombre guapo, poderoso y sofisticado? Es una idea absurda, así que me la quito de la cabeza.

—¿Ha venido a Portland por negocios? —le pregunto.

Mi voz suena demasiado aguda, como si me hubiera pillado un dedo con una puerta. ¡Basta! ¡Intenta calmarte, Guillermo!

—He venido a visitar el departamento de agricultura de la universidad, que está en Vancouver. En estos momentos financio una investigación sobre rotación de cultivos y ciencias del suelo —me contesta con total naturalidad.

¿Lo ves? Ni por asomo ha venido a verte, me dice, orgullosa y burlona, mi conciencia. Me ruborizo solo de pensar en las tonterías que se me pasan por la cabeza.

—¿Forma parte de su plan para alimentar al mundo? —lo provoco.

—Algo así —admite esbozando una media sonrisa.

Echa un vistazo a nuestra sección de bridas para cables. ¿Para qué querrá eso? No me lo imagino haciendo bricolaje. Desliza los dedos por las cajas de la estantería, y por alguna inexplicable razón tengo que apartar la mirada. Se inclina y coge una caja.

—Estas me irán bien —me dice con una sonrisa de estar guardando un secreto.

—¿Algo más?

—Quisiera cinta adhesiva.

¿Cinta adhesiva?

—¿Está decorando su casa?

Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas. Seguro que contrata a trabajadores o tiene personal que se la decora.

—No, no estoy decorándola —me contesta rápidamente.

Sonríe, y me da la extraña sensación de que está riéndose de mí.

¿Tan divertido soy? ¿Por qué le hago tanta gracia?

—Por aquí —murmuro incómodo—. La cinta está en es pasillo de la decoración.

Miro hacia atrás y veo que me sigue-

—¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí? —me pregunta en voz baja, mirándome fijamente.

Me ruborizo. ¿Por qué demonios tiene ese efecto sobre mí? Me siento torpe y fuera de lugar. ¡Mirada al frente, soldado Diaz!

—Cuatro años —murmuro mientras llegamos a nuestro destino.

Por hacer algo, me agacho y cojo las dos medidas de cinta adhesiva que tenemos.

—Me llevaré esta —dice golpeando suavemente el rollo de cinta que le tiendo.

Nuestros dedos se rozan un segundo, y ahí está de nuevo la corriente, que me recorre como si hubiera tocado un cable suelto. Jadeo involuntariamente al sentirla desplazándose hasta algún lugar oscuro e inexplorado en lo más profundo de mi vientre. Intento serenarme desesperadamente.

—¿Algo más? —le pregunto con voz ronca y entrecortada.

Abre ligeramente los ojos.

—Un poco de cuerda.

Su voz también ronca, replica la mía.

—Por aquí.

Agacho la cabeza para ocultar mi rubor y me dirijo al pasillo.

—¿Qué tipo de cuerda busca? Tenemos de fibra sintética, de fibra natural, de cáñamo, de cable…

—Cinco metros de la de fibra natural, por favor.

Me detengo al ver su expresión impenetrable. Sus ojos parecen más oscuros. Madre mía…

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HOLAH ;-; espero que aún recuerden esta adaptación xD es que siento que hace años no actualizo :’c pero bueeh, SALSEO IN COMING, creo que con este capítulo quedó más que claro que Willy es gay 7u7. ¡Solo falta aceptar que se muere por ese empresario tan sexy que tiene en sus narices! XDD buenoo, me voy rapido, tengo que ir al médico, desearme suerte DD: CORAZONCITO Y REBLOG SI TE GUSTO Y SU QUIERES QUE ACTUALIZE MÁS SEGUIDO Z4 

50 Sombras de Luque ~ Adaptación

CAPÍTULO 2

El corazón me late muy deprisa. El ascensor llega a la planta baja y salgo en cuanto se abren las puertas. Doy un traspié, pero por suerte no me doy de bruces contra el inmaculado suelo de piedra. Corro hacia las grandes puertas de vidrio y por fin salgo al tonificante, limpio y húmedo aire de Seattle. Levanto la cara y agradezco la lluvia, que me refresca. Cierro los ojos y respiro hondo, dejo que el aire me purifique e intento recuperar la poca serenidad que me queda.

Ningún hombre me había impactado como Samuel de Luque, y no entiendo por qué. ¿Por que es guapo? ¿Educado? ¿Rico? ¿Poderoso? No entiendo mi reacción tan irracional. Suspiro profundamente aliviado. ¿De qué diablos va esta historia? Me apoyo en una columna de acero del edificio y hago un gran esfuerzo por tranquilizarme y ordenar mis pensamientos. Muevo ligeramente la cabeza. ¿Qué ha pasado? Mi corazón recupera su ritmo habitual y puedo volver a respirar normalmente. Me dirijo al coche.

Dejo atrás la ciudad repasando mentalmente la entrevista y empiezo a sentirme idiota y avergonzado. Seguro que estoy reaccionando desproporcionadamente a algo que solo existe en mi cabeza. De acuerdo, es muy atractivo, seguro de sí mismo, dominante y se siente cómodo consigo mismo, pero por otra parte es arrogante y, por impecables que sean sus modales, es autoritario y frío. Bueno, a primera vista. Un escalofrío me recorre la espina dorsal. Puede ser arrogante, pero tiene derecho a serlo, porque ha conseguido grandes cosas y es todavía muy joven. No soporta a los imbéciles, pero ¿por qué iba a hacerlo? Vuelvo a enfadarme al pensar que el tonto de Frank no me proporcionó una breve biografía.

Mientras conduzco por la interestatal 5, mi mente sigue divagando. Me deja de verdad perplejo que haya gente tan empeñada en triunfar. Algunas respuestas suyas han sido muy crípticas, como si tuviera una agenda oculta. Y las preguntas de Frank… ¡Uff! La adopción y que si era gay… Se me ponen los pelos de punta. No puedo creer que le haya preguntado algo así. ¡Tierra, trágame! De ahora en adelante, cada vez que recuerde esta pregunta me moriré de vergüenza. ¡Maldito sea Frank Garnes!

Echo un vistazo al velocímetro. Conduzco con más preocupación de la habitual, y sé que es porque tengo en mente esos penetrantes ojos marrones que me miran y una voz seria que me dice que conduzca con cuidado. Muevo la cabeza y me doy cuenta de que De Luque parece tener el doble de edad de la que tiene.

Olvídalo, Willy, me regaño a mi mismo. Llego a la conclusión de que, en el fondo, ha sido una experiencia muy interesante, pero que no debería de darle más vueltas. Déjalo correr. No tengo que volver a verlo. La idea me reconforta. Enciendo la radio, subo el volumen, me reclino hacia atrás y escucho el ritmo de Olly Murs mientras piso el acelerador. Al surcar la interestatal 5 me doy cuenta de que puedo conducir todo lo deprisa que quiera.

Vivimos en una pequeña comunidad de casas pareadas cerca del campus de la Universidad Estatal de Washington, en Vancouver. Tengo suerte. Los padres de Frank le compraron la casa, así que pago una miseria de alquiler. Llevamos cuatro años viviendo aquí. Aparco el coche sabiendo que Frank va a querer que se lo cuente con pelos y señales, y es obstinado. Bueno, al menos tiene la grabadora. Espero no tener que añadir mucho más a lo dicho en la entrevista.

—¡Willy! Ya estás aquí.

Está sentado en el salón, rodeado de libros. Es evidente que ha estado estudiando para los exámenes finales, aunque todavía llevaba puesto el pijama azul de franela de carritos del mismo color, el que reserva para cuando ha roto con alguna pareja, para todo tipo de enfermedades y para cuando está deprimido en general, se parece a una chica. Se levanta de un salto y corre a abrazarme.

—Empezaba a preocuparme. Pensaba que volverías antes.

—Pues yo creo que es pronto teniendo en cuenta que la entrevista se ha alargado…

Le doy la grabadora.

—Willy…, muchísimas gracias. Te debo una, lo sé. ¿Cómo ha ido?

Oh, no, ya estamos con el interrogatorio del detective Garnes.

Me cuesta contestarle. ¿Qué puedo decir?

—Me alegro de que haya acabado y de no tener que volver a verlo. Ha estado bastante intimidante, la verdad. —Me encojo de hombros—. Es muy centrado, incluso intenso…. Y joven. Muy, muy joven.

Me mira con expresión cándida. Frunzo el ceño.

—No te hagas el inocente. ¿Por qué no me pasaste una biografía? Me ha hecho sentir como un idiota por no tener idea de nada.

Frank se lleva una mano a la boca.

—Vaya, Guille, lo siento… No lo pensé.

Resoplo.

—En general ha sido amable, formal y un poco estirado, como un viejo precoz. No habla como un tipo de veintitantos años. Por cierto, ¿cuántos años tiene? —le pregunté para cambiar de tema.

—Veinticuatro, Willy. Lo siento. Tendría que haberte contado un poco, pero estaba muy nervioso. Bueno, me llevo la grabadora y empezaré a transcribir la entrevista.

—Parece que estás mejor. ¿Te has tomado la sopa? —le pregunto para cambiar de tema.

—Sí, estaba riquísima, como siempre. Me encuentro mucho mejor.

Me sonríe agradecido. Miro el reloj.

—Salgo pitando. Creo que llego a mi turno en Clayton’s.

—Willy, estarás agotado…

—Estoy bien. Nos vemos luego.

Trabajo en Clayton’s desde que empecé en la universidad, hace cuatro años. Como es la ferretería más grande de la zona de Portland, he llegado a saber bastante sobre los artículos que vendemos, aunque, paradójicamente, soy un desastre para el bricolaje. Eso se lo dejo a mi padre.

Me alegra llegar a tiempo, porque así tendré algo en lo que pensar que no sea Samuel de Luque. Tenemos mucho trabajo. Como acaba de empezar la temporada de verano, todo el mundo anda redecorando su casa. La señora Clayton parece aliviada al verme.

—¡Willy! Pensaba que hoy no vendrías.

—La cita ha durado menos de lo que pensaba. Puedo hacer un par de horas.

—Me alegro mucho de verte.

Me manda al almacén a reponer género en las estanterías, y no tardo en centrarme en mi trabajo.

Más tarde, cuando vuelvo a casa, Frank lleva puestos unos auriculares y trabaja en su portátil. Todavía tiene la nariz roja, pero está metido de lleno en su artículo, muy concentrado y tecleando frenéticamente. Yo estoy agotado, rendido por el largo viaje en coche, por la dura entrevista y por no haber parado de aquí para allá en Clayton’s. Me dejo caer en el sofá pensando en el trabajo de la facultad que tengo que terminar y en que no he podido estudiar nada porque estaba con… él.

—Lo que me has traído está genial, Guille. Lo has hecho muy bien. No puedo creer que no aceptaras su oferta de enseñarte el edificio. Está claro que quería pasar más rato contigo.

Me lanza una mirada burlona.

Me ruborizo e inexplicablemente mis pulsaciones se aceleran. Seguro que no era por eso. Solo quería mostrarme el edificio para que viera que era amo y señor de todo aquello. Soy consciente de que estoy mordiéndome el labio y confío en que el atento de Frank no se dé cuenta, pero mi amigo parece estar concentrado en la transcripción.

—Ya entiendo lo que querías decir con eso de formal. ¿Tomaste notas? —me pregunta.

—Mmm… No.

—No pasa nada. Con lo que hay me basta para un buen artículo. Lástima que no tengamos fotos. El hijo de puta está bueno, ¿no?

Me ruborizo.

—Supongo.

Intento dar a entender que me da igual, y creo que lo consigo.

—Vamos, Willy… Ni siquiera tú puedes ser inmune a su atractivo.

Me mira y alza sus pobladas cejas..

¡Mierda! Siento que me arden las mejillas, así que la distraigo haciéndole la pelota, que siempre funciona.

—Seguramente tú le habrías sacado mucho más.

—Lo dudo, Willy. Vamos… casi te ha ofrecido trabajo. Teniendo en cuenta que te lo endosé en el último minuto, lo has hecho muy bien.

Maldita sea, no para de preguntar. ¿Por qué no lo deja de una vez? Piensa algo, rápido.

—Es muy tenaz, controlador y arrogante… Da miedo, pero es muy carismático. Entiendo que pueda fascinar —le digo sinceramente con la esperanza de que se calle de una vez por todas.

—¿Tú, fascinado por un hombre? Qué novedad —me dice riéndose.

Como estoy preparándome un bocadillo, no puede verme la cara.

—¿Por qué querías saber si era gay? Por cierto, ha sido la pregunta más incómoda. Casi me muero de vergüenza, y a él le ha molestado que se lo preguntara.

Frunzo el ceño al recordarlo.

—Cuando aparece en la prensa, siempre va solo. Pero… solo habría que fijarse en como te ha tratado para saberlo.

—Ha sido muy incómodo. Todo ha sido incómodo. Me alegro de no tener que volver a verlo.

—Vamos, Guille, no puede haber ido tan mal. Creo que le has caído muy bien.

¿Qué le he caído bien? Alucinas, pringao’.

—¿Quieres un bocadillo?

—Sí, por favor.

Para mi tranquilidad, esta noche no seguimos hablando de Samuel de Luque. Después de comer puedo sentarme a la mesa del comedor con Frank y, mientras él trabaja en su artículo, yo sigo con mi trabajo sobre ‘Tess, la de los d’Urdeville’. Maldita sea. Esta mujer estuvo en el lugar equivocado y en el momento equivocado del siglo equivocado. Cuando termino son las doce de la noche y ya hace mucho rato que Frank se ha ido a dormir. Me voy a mi habitación agotado, pero contento de haber trabajado tanto para ser un lunes.

Me meto en mi cama de hierro de color blanco, me envuelvo en la colcha de mi madre, cierro los ojos y me quedo dormido al instante. Sueño con lugares oscuros, sillones púrpuras, suelos blancos, inhóspitos y fríos, y ojos oscuros.

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¡¿HABRÁ ALGÚN VEZ QUE PUEDA SUBIR LOS CAPÍTULOS EL DÍA QUE CORRESPONDE?! :‘v No pudimos subir ayer, ninguna de las dos, por cuestiones de trabajo o familiares, hola soy Kiara y estas sólo son tontas excusas pero verdaderas (?? Corazoncito si les gustó y reblog si queréis que mas gente bonita conozca esta historia 7u7. Cualquier cosita a nuestro ASK y diez mil y un abrazos para vosotros :'33 ADIÓH.

50 Sombras de Luque ~ Adaptación

CAPÍTULO 12

Por primera vez en mi vida salgo a correr voluntariamente. Busco mis asquerosas zapatillas, que nunca uso, unos pantalones de chándal y una camiseta. Enciendo el iPod. No puedo sentarme frente a esa maravilla de la tecnología y seguir viendo o leyendo más material inquietante. Necesito quemar parte de esta excesiva y enervante energía. La verdad es que me apetece correr hasta el hotel Heathman y pedirle al obseso del control que me eche un polvo. Pero está a ocho kilómetros, y dudo que pueda llegar a correr dos, no digamos ya ocho, y por supuesto podría rechazarme, lo que sería muy humillante.

Cuando abro la puerta, Frank está saliendo de su coche. Casi se le caen las bolsas al verme. Guillermo Díaz con zapatillas de deporte. Lo saludo con la mano y no me paro para que no me pregunte. De verdad necesito estar un rato solo. Con Take That sonando en mis oídos, me introduzco en el anochecer ópalo y aguamarina.

Cruzo el parque. ¿Qué voy a hacer? Lo deseo, pero ¿en esos términos? La verdad es que no lo sé. Quizá debería negociar lo que quiero. Revisar ese ridículo contrato línea a línea y decir lo que me parece aceptable y lo que no. He descubierto en Internet que legalmente no tiene ningún valor. Seguro que él lo sabe. Supongo que solo sirve para sentar las bases de la relación. Detalla lo que puedo esperar de él y lo que él espera de mí: mi sumisión total. ¿Estoy preparado para ofrecérsela? ¿Y estoy capacitado?

Una pregunta me reconcome: ¿por qué es él así? ¿Porque lo sedujeron cuando era muy joven? No lo sé. Sigue siendo todo un misterio.

Me paro junto a un gran abeto, apoyo las manos en las rodillas y respiro hondo, me lleno de aire los pulmones. Me siento bien, es catártico. Siento que mi determinación se fortalece. Sí. Tengo que decirle lo que me parece bien y lo que no. Tengo que mandarle por e-mail lo que pienso y ya lo discutiremos el miércoles. Respiro hondo, como para limpiarme por dentro, y doy la vuelta hacia casa.

Frank ha ido a comprar ropa, cómo no, para sus vacaciones en Barbados. Sobre todo gafas de sol y gorras. Estará fantástico con todos, pero aun así se los prueba todos y me obliga a sentarme y a comentarle qué me parecen. No hay muchas maneras de decir: «Sigues viéndote completamente igual, Frank». Aunque está delgado, tiene triceps. No lo hace a propósito, lo sé, pero al final arrastro mi penoso culo cubierto de sudor hasta la habitación con la excusa de ir a empaquetar más cajas. ¿Podría sentirme menos a la altura? Me llevo conmigo la alucinante tecnología inalámbrica, enciendo el portátil y escribo a Samuel.

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De: Guillermo Díaz
Fecha: 23 de mayo de 2013 20:33
Para: Samuel De Luque
Asunto: Universitario escandalizado

Bien, ya he visto bastante.
Ha sido agradable conocerte.

Guille.
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Pulso «Enviar» riéndome de mi travesura. ¿Le va a parecer a él tan divertida? Oh, mierda… seguramente no. Samuel De Luque no es famoso por su sentido del humor. Aunque sé que lo tiene, porque lo he vivido. Quizá me he pasado. Espero su respuesta.

Espero y espero. Miro el despertador. Han pasado diez minutos.

Para olvidarme de la angustia que se abre camino en mi estómago, me pongo a hacer lo que le he dicho a Frank que haría: empaquetar las cosas de mi habitación. Empiezo metiendo mis libros en una caja. Hacia las nueve sigo sin noticias. Quizá ha salido.
Malhumorado, hago un puchero, me pongo los auriculares del iPod, escucho a Nickelback y me siento a mi mesa a releer el contrato y a anotar mis observaciones y comentarios.

No sé por qué levanto la mirada, quizá capto de reojo un ligero movimiento, no lo sé, pero cuando la levanto, Samuel está en la puerta de mi habitación mirándome fijamente. Lleva sus pantalones grises de franela y una camisa blanca de lino, y agita suavemente las llaves del coche. Me quito los auriculares y me quedo helado.
¡Joder!

—Buenas noches, Guillermo —me dice en tono frío y expresión cauta e impenetrable.

La capacidad de hablar me abandona. Maldito Frank, lo ha dejado entrar sin avisarme. Por un segundo soy consciente de que yo estoy hecho un asco, todo sudado y sin duchar, y él está guapísimo, con los pantalones un poco caídos, y para colmo, en mi habitación.

—He pensado que tu e-mail merecía una respuesta en persona —me explica en tono seco.

Abro la boca y vuelvo a cerrarla, dos veces. Esto sí que es una broma. Por nada del mundo se me había ocurrido que pudiera dejarlo todo para pasarse por aquí.

—¿Puedo sentarme? —me pregunta, ahora con ojos divertidos.

Gracias, Dios mío… Quizá la broma le ha parecido graciosa.

Asiento. Mi capacidad de hablar sigue sin hacer acto de presencia. Samuel De Luque está sentado en mi cama…

—Me preguntaba cómo sería tu habitación —me dice.

Miro a mi alrededor pensando por dónde escapar. No, sigue sin haber nada más que la puerta y la ventana. Mi habitación es funcional, pero acogedora: pocos muebles blancos de mimbre y una cama doble blanca, de hierro, con una colcha de patchwork que hizo mi madre cuando estaba en su etapa de labores hogareñas. Es azul cielo y crema.

—Es muy serena y tranquila —murmura.

No en este momento… no contigo aquí.

Al final mi bulbo raquídeo recupera la determinación. Respiro.

—¿Cómo…?

Me sonríe.

—Todavía estoy en el Heathman.

Eso ya lo sabía.

—¿Quieres tomar algo?

Tengo que decir que la educación siempre se impone.

—No, gracias, Guillermo.

Esboza una deslumbrante media sonrisa con la cabeza ligeramente ladeada.

Bueno, seguramente sea yo quien necesita una copa.

—Así que ha sido agradable conocerme…

Maldita sea, ¿se ha ofendido? Me miro los dedos. A ver cómo salgo de esta. Si le digo que solo era una broma, no creo que le guste mucho.

—Pensaba que me contestarías por e-mail —le digo en voz muy baja, patético.

—¿Estás mordiéndote el labio a propósito? —me pregunta muy serio.

Pestañeo, abro la boca y suelto el labio.

—No era consciente de que me lo estaba mordiendo —murmuro.

El corazón me late muy deprisa. Siento la tensión, esa exquisita electricidad estática que invade el espacio. Está sentado muy cerca de mí, con sus ojos café impenetrables, los codos apoyados en las rodillas y las piernas separadas. Se inclina y me acaricia el pelo. Se me corta la respiración y no puedo moverme. Observo hipnotizado su mano.

—Veo que has decidido hacer un poco de ejercicio —me dice en voz baja y melodiosa, peinandome bien la cresta—. ¿Por qué, Guillermo?

Me rodea la oreja con los dedos y muy suavemente, rítmicamente, tira del lóbulo. Es muy excitante.

—Necesitaba tiempo para pensar —susurro.

Me siento como un ciervo ante los faros de un coche, como una polilla junto a una llama, como un pájaro frente a una serpiente… y él sabe exactamente lo que está haciendo.

—¿Pensar en qué, Guillermo?

—En ti.

—¿Y has decidido que ha sido agradable conocerme? ¿Te refieres a conocerme en sentido bíblico?

Mierda. Me ruborizo.

—No pensaba que fueras un experto en la Biblia.

—Iba a catequesis los domingos, Guillermo. Aprendí mucho.

—No recuerdo haber leído nada sobre pinzas para pezones en la Biblia. Quizá te dieron la catequesis con una traducción moderna.

Sus labios se arquean dibujando una ligera sonrisa y dirijo la mirada a su boca.

—Bueno, he pensado que debía venir a recordarte lo agradable que ha sido conocerme.

Dios mío. Lo miro boquiabierto, y sus dedos se desplazan de mi oreja a mi barbilla.

—¿Qué le parece, señor Díaz?

Sus ojos brillantes destilan una expresión de desafío. Tiene los labios entreabiertos. Está esperando, alerta para atacar. El deseo —agudo, líquido y provocativo— arde en lo más profundo de mi vientre. Me adelanto y me lanzo hacia él. De repente se mueve, no tengo ni idea de cómo, y en un abrir y cerrar de ojos estoy en la cama, inmovilizado debajo de él, con las manos extendidas y sujetas por encima de la cabeza, con su mano libre agarrándome la cara y su boca buscando la mía.

Me mete la lengua, me reclama y me posee, y yo me deleito en su fuerza. Lo siento por todo mi cuerpo. Me desea, y eso provoca extrañas y exquisitas sensaciones dentro de mí. No a Frank, con sus trajes de baño ceñidos al cuerpo, ni a uno de los quince, ni a la malvada señora Robinson. A mí. Este hermoso hombre me desea a mí. El dios que llevo dentro brilla tanto que podría iluminar todo Portland. Deja de besarme. Abro los ojos y lo veo mirándome fijamente.

—¿Confías en mí? —me pregunta.

Asiento con los ojos muy abiertos, con el corazón rebotándome en las costillas y la sangre tronando por todo mi cuerpo.

Estira el brazo y del bolsillo del pantalón saca su corbata de seda gris… la corbata gris que deja pequeñas marcas del tejido en mi piel. Se sienta rápidamente a horcajadas sobre mí y me ata las muñecas, pero esta vez anuda el otro extremo de la corbata a un barrote del cabezal blanco de hierro. Tira del nudo para comprobar que es seguro. No voy a ir a ninguna parte. Estoy atado a mi cama, y muy excitado.

Se levanta y se queda de pie junto a la cama, mirándome con ojos turbios de deseo. Su mirada es de triunfo y a la vez de alivio.

—Mejor así —murmura.

Esboza una maliciosa sonrisa de superioridad. Se inclina y empieza a desatarme una zapatilla. Oh, no… no… los pies no.

Acabo de correr.

—No —protesto y doy patadas para que me suelte.

Se detiene.

—Si forcejeas, te ataré también los pies, Guillermo. Si haces el menor ruido, te amordazaré. No abras la boca. Seguramente ahora mismo Frank está ahí fuera escuchando.

¡Amordazarme! ¡Frank! Me callo.

Me quita las zapatillas y me baja muy despacio el pantalón de chándal. Oh… ¿qué calzoncillos llevo? Me levanta, retira la colcha y el edredón de debajo de mí y me coloca boca arriba sobre las sábanas.

—Veamos. —Se pasa la lengua lentamente por el labio inferior —. Estás mordiéndote el labio, Guillermo. Sabes el efecto que tiene sobre mí.

Me presiona la boca con su largo dedo índice a modo de advertencia.

Dios mío. Apenas puedo contenerme, estoy indefenso, tumbado, viendo cómo se mueve tranquilamente por mi habitación. Es un afrodisíaco embriagador. Se quita sin prisas los zapatos y los calcetines, se desabrocha los pantalones y se quita la camisa.

—Creo que has visto demasiado.

Se ríe maliciosamente. Vuelve a sentarse encima de mí, a horcajadas, y me levanta la camiseta. Creo que va a quitármela, pero la enrolla a la altura del cuello y luego la sube de manera que me deja al descubierto la boca y la nariz, pero me cubre los ojos. Y como está tan bien enrollada, no veo nada.

—Mmm —susurra satisfecho—. Esto va cada vez mejor. Voy a tomar una copa.

Se inclina, me besa suavemente en los labios y dejo de sentir su peso. Oigo el leve chirrido de la puerta de la habitación. Tomar una copa. ¿Dónde? ¿Aquí? ¿En Portland? ¿En Seattle? Aguzo el oído. Distingo ruidos sordos y sé que está hablando con Frank… Oh, no… Está prácticamente desnudo. ¿Qué va a decir Frank? Oigo un golpe seco. ¿Qué es eso? Regresa, la puerta vuelve a chirriar, oigo sus pasos por la habitación y el sonido de hielo tintineando en un vaso. ¿Qué está bebiendo? Cierra la puerta y oigo cómo se acerca quitándose los pantalones, que caen al suelo. Sé que está desnudo.
Y vuelve a sentarse a horcajadas sobre mí.

—¿Tienes sed, Guillermo? —me pregunta en tono burlón.

—Sí —le digo, porque de repente se me ha quedado la boca seca.

Oigo el tintineo del hielo en el vaso. Se inclina y, al besarme, me derrama en la boca un líquido delicioso y vigorizante. Es vino blanco. No lo esperaba y es muy excitante, aunque está helado, y los labios de Samuel también están fríos.

—¿Más? —me pregunta en un susurro.

Asiento. Sabe todavía mejor porque viene de su boca. Se inclina y bebo otro trago de sus labios… Madre mía.

—No nos pasemos. Sabemos que tu tolerancia al alcohol es limitada, Guillermo.

No puedo evitar reírme, y él se inclina y suelta otra deliciosa bocanada. Se mueve, se coloca a mi lado y siento su erección en la cadera. Oh, lo quiero dentro de mí.

—¿Te parece esto agradable? —me pregunta, y noto cierto tono amenazante en su voz.

Me pongo tenso. Vuelve a mover el vaso, me besa y, junto con el vino, me suelta un trocito de hielo en la boca. Muy despacio empieza a descender con los labios desde mi cuello, pasando por mi pecho, hasta mi torso y mi vientre. Me mete un trozo de hielo en el ombligo, donde se forma un pequeño charco de vino muy frío que provoca un incendio que se propaga hasta lo más profundo de mi vientre. Wow.

—Ahora tienes que quedarte quieto —susurra—. Si te mueves, llenarás la cama de vino, Guillermo.

Mis caderas se flexionan automáticamente.

—Oh, no. Si derrama el vino, le castigaré, señor Díaz.

Gimo, intento controlarme y lucho desesperadamente contra la necesidad de mover las caderas. Oh, no… por favor.

Se inclina, besa y tira de mis pezones con los labios fríos, helados. Lucho contra mi cuerpo, que intenta responder arqueándose.

—¿Te gusta esto? —me pregunta tirándome de un pezón.

Vuelvo a oír el tintineo del hielo, y luego lo siento alrededor de mi pezón derecho, mientras tira a la vez del izquierdo con los labios.

Gimo y lucho por no moverme. Una desesperante y dulce tortura.

—Si derramas el vino, no dejaré que te corras.

—Oh… por favor… Samuel… señor… por favor.

Está volviéndome loco. Puedo oírlo sonreír.

El hielo de mi pezón está derritiéndose. Estoy muy caliente… caliente, helado y muerto de deseo. Lo quiero dentro de mí. Ahora.

Me desliza muy despacio los dedos helados por el vientre. Como tengo la piel hipersensible, mis caderas se flexionan y el líquido del ombligo, ahora menos frío, me gotea por la barriga.

Samuel se mueve rápidamente y lo lame, me besa, me muerde suavemente, me chupa.

—Querido Guillermo, te has movido. ¿Qué voy a hacer contigo?

Jadeo en voz alta. En lo único que puedo concentrarme es en su voz y su tacto. Nada más es real. Nada más importa. Mi radar no registra nada más. Desliza los dedos por dentro de mis calzoncillos y me alivia oír que se le escapa un profundo suspiro.

—Oh, cariño —murmura.

Y me introduce dos dedos.

Sofoco un grito.

—Estarás listo para mí pronto… —me dice.

Mueve sus tentadores dedos despacio, dentro y fuera, y yo empujo hacia él alzando las caderas.

—Eres un glotón —me regaña suavemente.

Con la mano libre me envuelve el miembro.

Jadeo y mi cuerpo da sacudidas bajo sus expertos dedos. Estira un brazo y me retira la camiseta de los ojos para que pueda verlo.

La tenue luz de la lámpara me hace parpadear. Deseo tocarlo.

—Quiero tocarte —le digo.

—Lo sé —murmura.

Se inclina y me besa sin dejar de mover los dedos rítmicamente dentro de mi cuerpo, trazando círculos y presionando.

Con la otra mano me recoge el pelo hacia arriba y me sujeta la cabeza para que no la mueva. Replica con la lengua el movimiento de sus dedos. Saca los dedos de mí y comienza a masturbarme. Empiezo a sentir las piernas rígidas. Aparta la mano, y yo vuelvo al borde del abismo. Lo repite una y otra vez. Es tan frustrante… Oh, por favor, Samuel, grito por dentro.

—Este es tu castigo, tan cerca y de pronto tan lejos. ¿Te parece esto agradable? —me susurra al oído.

Agotado, gimoteo y tiro de mis brazos atados. Estoy indefenso, perdido en una tortura erótica.

—Por favor —le suplico.

Al final se apiada de mí.

—¿Cómo quieres que te folle, Guillermo?

Oh… mi cuerpo empieza a temblar y vuelve a quedarse inmóvil.

—Por favor.

—¿Qué quieres, Guillermo?

—A ti… ahora —grito.

—Dime cómo quieres que te folle. Hay una variedad infinita de maneras —me susurra al oído.

Alarga la mano hacia el paquetito plateado de la mesita de noche. Se arrodilla entre mis piernas y, muy despacio, me quita los calzoncillos sin dejar de mirarme con ojos brillantes. Se pone el condón.

Lo miro fascinado, anonadado.

—¿Te parece esto agradable? —me dice acariciándose.

—Era una broma —gimoteo.

Por favor, fóllame, Samuel.

Alza las cejas deslizando la mano arriba y abajo por su impresionante miembro.

—¿Una broma? —me pregunta en voz amenazadoramente baja.

—Sí. Por favor, Samuel —le ruego.

—¿Y ahora te ríes?

—No —gimoteo.

La tensión sexual está a punto de hacerme estallar. Me mira un momento, evaluando mi deseo, y de pronto me agarra y me da la vuelta. Me pilla por sorpresa, y como tengo las manos atadas, tengo que apoyarme en los codos. Me empuja las rodillas para alzarme el trasero y me da un fuerte azote. Antes de que pueda reaccionar, me penetra. Grito, por el azote y por su repentina embestida, y me corro inmediatamente, me desmorono debajo de él, que sigue embistiéndome exquisitamente. No se detiene. Estoy destrozado. No puedo más… y él empuja una y otra vez… y siento que vuelve a inundarme otra vez… no puede ser… no…

—Vamos, Guillermo, otra vez —ruge entre dientes.

Y por increíble que parezca, mi cuerpo responde, se convulsiona y vuelvo a alcanzar el clímax gritando su nombre. Me rompo de nuevo en mil pedazos y Samuel se para, se deja ir por fin y se libera en silencio. Cae encima de mí jadeando. Joder, ¿cómo me he corrido tan seguido? 

—¿Te ha gustado? —me pregunta con los dientes apretados.

Madre mía.

Estoy tumbado en la cama, devastado, jadeando y con los ojos cerrados cuando se aparta de mí muy despacio. Se levanta y empieza a vestirse. Cuando ha acabado, vuelve a la cama, me desata y me quita la camiseta. Flexiono los dedos y me froto las muñecas, sonriendo al ver que se me ha marcado el dibujo del tejido. Me ajusto los calzoncillos mientras él tira de la colcha y del edredón para taparme. Lo miro aturdido y él me devuelve la sonrisa.

—Ha sido realmente agradable —susurro sonriendo tímidamente.

—Ya estamos otra vez con la palabrita.

—¿No te gusta que lo diga?

—No, no tiene nada que ver conmigo.

—Vaya… No sé… parece tener un efecto beneficioso sobre ti.

—¿Soy un efecto beneficioso? ¿Eso es lo que soy ahora? ¿Podría herir más mi amor propio, señor Díaz?

—No creo que tengas ningún problema de amor propio.

Pero soy consciente de que lo digo sin convicción. Algo se me pasa rápidamente por la cabeza, una idea fugaz, pero se me escapa antes de que pueda atraparla.

—¿Tú crees? —me pregunta en tono amable.

Está tumbado a mi lado, vestido, con la cabeza apoyada en el codo, y yo solo llevo puestos los calzoncillos.

—¿Por qué no te gusta que te toquen?

—Porque no. —Se inclina sobre mí y me besa suavemente en la frente—. Así que ese e-mail era lo que tú llamas una broma.

Sonrío a modo de disculpa y me encojo de hombros.

—Ya veo. Entonces todavía estás planteándote mi proposición…

—Tu proposición indecente… Sí, me la estoy planteando. Pero tengo cosas que comentar.

Me sonríe aliviado.

—Me decepcionarías si no tuvieras cosas que comentar.

—Iba a mandártelas por correo, pero me has interrumpido.

—Coitus interruptus.

—¿Lo ves? Sabía que tenías algo de sentido del humor escondido por ahí —le digo sonriendo.

—No es tan divertido, Guillermo. He pensado que estabas diciéndome que no, que ni siquiera querías comentarlo.

Se queda en silencio.

—Todavía no lo sé. No he decidido nada. ¿Vas a ponerme un collar?

Alza las cejas.

—Has estado investigando. No lo sé, Guillermo. Nunca le he puesto un collar a nadie.

Oh… ¿Debería sorprenderme? Sé tan poco sobre las sesiones… No sé.

—¿A ti te han puesto un collar? —le pregunto en un susurro.

—Sí.

—¿La señora Robinson?

—¡La señora Robinson!

Se ríe a carcajadas, y parece joven y despreocupado, con la cabeza echada hacia atrás. Su risa es contagiosa.

Le sonrío.

—Le diré cómo la llamas. Le encantará.

—¿Sigues en contacto con ella? —le pregunto sin poder disimular mi temor.

—Sí —me contesta muy serio.

Oh… De pronto una parte de mí se vuelve loca de celos. El sentimiento es tan fuerte que me perturba.

—Ya veo —le digo en tono tenso—. Así que tienes a alguien con quien comentar tu alternativo estilo de vida, pero yo no puedo.

Frunce el ceño.

—Creo que nunca lo he pensado desde ese punto de vista. La señora Robinson formaba parte de este estilo de vida. Te dije que ahora es una buena amiga. Si quieres, puedo presentarte a uno de mis ex sumisos. Podrías hablar con él.

¿Qué? ¿Lo dice a propósito para que me enfade?

—¿Esto es lo que tú llamas una broma?

—No, Guillermo —me contesta perplejo.

—No… me las arreglaré yo solo, muchas gracias —le contesto bruscamente, tirando de la colcha hasta mi barbilla.

Me observa perdido, sorprendido.

—Guillermo, no… —No sabe qué decir. Una novedad, creo—. No quería ofenderte.

—No estoy ofendido. Estoy consternado.

—¿Consternado?

—No quiero hablar con ningún ex novio tuyo… o esclavo… o sumiso… como los llames.

—Guillermo Díaz, ¿estás celoso?

Me pongo colorado.

—¿Vas a quedarte?

—Mañana a primera hora tengo una reunión en el Heathman. Además ya te dije que no duermo con mis novios, o esclavos, o sumisos, ni con nadie. El viernes y el sábado fueron una excepción. No volverá a pasar.

Oigo la firme determinación detrás de su dulce voz ronca.

Frunzo los labios.

—Bueno, estoy cansado.

—¿Estás echándome?

Alza las cejas perplejo y algo afligido.

—Sí.

—Bueno, otra novedad. —Me mira interrogante—. ¿No quieres que comentemos nada? Sobre el contrato.

—No —le contesto de mal humor.

—Ay, cuánto me gustaría darte una buena tunda. Te sentirías mucho mejor, y yo también.

—No puedes decir esas cosas… Todavía no he firmado nada.

—Pero soñar es humano, Guillermo. —Se inclina y me agarra de la barbilla—. ¿Hasta el miércoles? —murmura.

Me besa rápidamente en los labios.

—Hasta el miércoles —le contesto—. Espera, salgo contigo. Dame un minuto.

Me siento, cojo la camiseta y lo empujo para que se levante de la cama. Lo hace de mala gana.

—Pásame los pantalones de chándal, por favor.

Los recoge del suelo y me los tiende.

—Sí, señor.

Intenta ocultar su sonrisa, pero no lo consigue.

Lo miro con mala cara mientras me pongo los pantalones. Tengo el pelo hecho un desastre y sé que después de que se marche voy a tener que enfrentarme al santo inquisidor Frank Garnes. Me dirijo a la puerta y la abro para ver si está Frank. No está en el comedor. Creo que lo oigo hablando por teléfono en su habitación. Samuel me sigue. Durante el breve recorrido entre mi habitación y la puerta de la calle mis pensamientos y mis sentimientos fluyen y se transforman. Ya no estoy enfadado con él. De pronto me siento insoportablemente tímido. No quiero que se marche. Por primera vez me gustaría que fuera normal, me gustaría mantener una relación normal que no exigiera un acuerdo de diez páginas, azotes y mosquetones en el techo de su cuarto de juegos.

Le abro la puerta y me miro las manos. Es la primera vez que me traigo un chico a mi casa, y creo que ha estado genial. Pero ahora me siento como un recipiente, como un vaso vacío que se llena a su antojo. Mi subconsciente mueve la cabeza. Querías correr al Heathman en busca de sexo… y te lo han traído a casa. Cruza los brazos y golpea el suelo con el pie, como preguntándose de qué me quejo. Samuel se detiene junto a la puerta, me agarra de la barbilla y me obliga a mirarlo. Arruga la frente.

—¿Estás bien? —me pregunta acariciándome la barbilla con el pulgar.

—Sí —le contesto, aunque la verdad es que no estoy tan seguro.

Siento un cambio de paradigma. Sé que si acepto, me hará daño. Él no puede, no le interesa o no quiere ofrecerme nada más… pero yo quiero más. Mucho más. El ataque de celos que he sentido hace un momento me dice que mis sentimientos por él son más profundos de lo que me he reconocido a mí mismo.

—Nos vemos el miércoles —me dice.

Se inclina y me besa con ternura. Pero mientras está besándome, algo cambia. Sus labios me presionan imperiosamente. Sube una mano desde la barbilla hasta un lado de la cara, y con la otra me sujeta la otra mejilla. Su respiración se acelera. Se inclina hacia mí y me besa más profundamente. Le cojo de los brazos. Quiero deslizar las manos por su pelo, pero me resisto porque sé que no le gustaría. Pega su frente a la mía con los ojos cerrados.

—Guillermo —susurra con voz quebrada—, ¿qué estás haciendo conmigo?

—Lo mismo podría decirte yo —le susurro a mi vez.

Respira hondo, me besa en la frente y se marcha. Avanza con paso decidido hacia el coche pasándose la mano por el pelo. Mientras abre la puerta, levanta la mirada y me lanza una sonrisa arrebatadora. Totalmente deslumbrado, le devuelvo una leve sonrisa y vuelvo a pensar en Ícaro acercándose demasiado al sol. Cierro la puerta de la calle mientras se mete en su coche deportivo. Siento una irresistible necesidad de llorar. Una triste y solitaria melancolía me oprime el corazón. Vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y me apoyo en ella intentando racionalizar mis sentimientos, pero no puedo. Me dejo caer al suelo, me cubro la cara con las manos y empiezan a saltárseme las lágrimas.

Frank llama a la puerta suavemente.

—¿Guille? —susurra.

Abro la puerta. Me mira y me abraza.

—¿Qué pasa? ¿Qué te ha hecho ese repulsivo cabrón guaperas?

—Nada que no quisiera que me hiciera, Frank.

Me lleva hasta la cama y nos sentamos.

—Tienes el pelo de haber echado un polvo espantoso.

Aunque estoy desconsolado, me río.

—Ha sido un buen polvo, para nada espantoso.

Frank sonríe.

—Mejor. ¿Por qué lloras? Tú nunca lloras.

Coge el cepillo de la mesita de noche, se sienta a mi lado y empieza a cepillarme muy despacio.

—¿No me dijiste que habías quedado con él el miércoles?

—Sí, en eso habíamos quedado.

—¿Y por qué se ha pasado hoy por aquí?

—Porque le he mandado un e-mail.

—¿Pidiéndole que se pasara?

—No, diciéndole que no quería volver a verlo.

—¿Y se presenta aquí? Guille, es genial.

—La verdad es que era una broma.

—Vaya, ahora sí que no entiendo nada.

Me armo de paciencia y le explico de qué iba mi e-mail sin entrar en detalles.

—Pensaste que te respondería por correo.

—Sí.

—Pero lo que ha hecho ha sido presentarse aquí.

—Sí.

—Te habrá dicho que está loco por ti.

Frunzo el ceño. ¿Samuel loco por mí? Difícilmente. Solo está buscando un nuevo juguete, un nuevo y adecuado juguete con el que acostarse y al que hacerle cosas indescriptibles. Se me encoge el corazón y me duele. Esa es la verdad.

—Ha venido a follarme, eso es todo.

—¿Quién dijo que el romanticismo había muerto? —murmura horrorizado.

He dejado impresionado a Frank. No pensaba que eso fuera posible. Me encojo de hombros a modo de disculpa.

—Utiliza el sexo como un arma.

—¿Te echa un polvo para someterte?

Mueve la cabeza contrariado. Pestañeo y siento que estoy poniéndome colorado. Oh… has dado en el clavo, Frank Garnes, vas a ganar el Pulitzer.

—Guille, no lo entiendo. ¿Y le dejas que te haga el amor?

—No, Frank, no hacemos el amor… follamos… como dice Samuel. No le interesa el amor.

—Sabía que había algo raro en él. Tiene problemas con el compromiso.

Asiento, como si estuviera de acuerdo, pero por dentro suspiro. Ay, Frank… Ojalá pudiera contártelo todo sobre este tipo extraño, triste y perverso, y ojalá tú pudieras decirme que lo olvidara, que dejara de ser un idiota.

—Me temo que la situación es bastante abrumadora —murmuro.

Me quedo muy, muy corto.

Como no quiero seguir hablando de Samuel, le pregunto por Luzu. Con solo mencionar su nombre, la actitud de Frank cambia radicalmente. Se le ilumina la cara y me sonríe.

—El sábado vendrá temprano para ayudarnos a cargar.

Estrecha el cepillo con fuerza contra su pecho —vaya, le ha pillado fuerte—, y siento una vaga y familiar punzada de envidia.

Frank ha encontrado a un chico normal y parece muy feliz.

Me giro hacia él y lo abrazo.

—Ah, casi me olvido. Tu padre ha llamado cuando estabas… bueno, ocupado. Parece que Bob ha tenido un pequeño accidente, así que tu madre y él no podrán venir a la entrega de títulos. Pero tu padre estará aquí el jueves. Quiere que lo llames.

—Vaya… Mi madre no me ha llamado para decírmelo. ¿Está bien Bob?

—Sí. Llámala mañana. Ahora es tarde.

—Gracias, Frank. Ya estoy bien. Mañana llamaré también a Mark. Creo que me voy a acostar.

Sonríe, pero arruga los ojos preocupada.

Cuando ya se ha marchado, me siento, vuelvo a leer el contrato y voy tomando notas. Una vez que he terminado, enciendo el ordenador dispuesto a responderle.

En mi bandeja de entrada hay un e-mail de Samuel.

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De: Samuel De Luque
Fecha: 23 de mayo de 2013 23:16
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Esta noche

Señor Díaz:
Espero impaciente sus notas sobre el contrato.
Entretanto, que duermas bien, cariño.

Samuel De Luque
Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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De: Guillermo Díaz
Fecha: 24 de mayo de 2013 00:02
Para: Samuel De Luque
Asunto: Objeciones

Querido señor De Luque:
Aquí está mi lista de objeciones. Espero que el miércoles las discutamos con calma en nuestra cena.
Los números remiten a las cláusulas:
2: No tengo nada claro que sea exclusivamente en MI beneficio, es decir, para que explore mi sensualidad y mis límites. Estoy seguro de que para eso no necesitaría un contrato de diez páginas. Seguramente es para TU beneficio.

4: Como sabes, solo he practicado sexo contigo. No tomo drogas y nunca me han hecho una transfusión. Seguramente estoy más que sano. ¿Qué pasa contigo?

8: Puedo dejarlo en cualquier momento si creo que no te ciñes a los límites acordados. De acuerdo, eso me parece muy bien.

9: ¿Obedecerte en todo? ¿Aceptar tu disciplina sin dudar? Tenemos que hablarlo.

11: Periodo de prueba de un mes, no de tres.

12: No puedo comprometerme todos los fines de semana. Tengo vida propia, y seguiré teniéndola. ¿Quizá tres de cada cuatro?

15.2: Utilizar mi cuerpo de la manera que consideres oportuna, en el sexo o en cualquier otro ámbito… Por favor, define «en cualquier otro ámbito».

15.5: Toda la cláusula sobre la disciplina en general. No estoy seguro de que quiera ser azotado, zurrado o castigado físicamente. Estoy seguro de que esto infringe las cláusulas 2-5. Y además eso de «por cualquier otra razón» es sencillamente mezquino… y me dijiste que no eras un sádico.

15.10: Como si prestarme a alguien pudiera ser una opción. Pero me alegro de que lo dejes tan claro.

15.14: Sobre las normas comento más adelante.

15.19: ¿Qué problema hay en que me toque sin tu permiso? En cualquier caso, sabes que no lo haré.

15.21: Disciplina: véase arriba cláusula 15.5.

15.22: ¿No puedo mirarte a los ojos? ¿Por qué?

15.24: ¿Por qué no puedo tocarte?

Normas:
Dormir: aceptaré seis horas.
Comida: no voy a comer lo que ponga en una lista. O la lista de los alimentos se elimina, o rompo el contrato.
Ropa: de acuerdo, siempre y cuando solo tenga que llevar tu ropa cuando esté contigo.
Ejercicio: habíamos quedado en tres horas, pero sigue poniendo cuatro.

Límites tolerables:
¿Tenemos que pasar por todo esto? No quiero fisting de ningún tipo. ¿Qué es la suspensión? Pinzas genitales… debes de estar de broma.

¿Podrías decirme cuáles son tus planes para el miércoles? Yo trabajo hasta las cinco de la tarde.

Buenas noches.
Guille.
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De: Samuel De Luque
Fecha: 24 de mayo de 2013 00:07
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Objeciones

Señor Díaz:
Es una lista muy larga. ¿Por qué está todavía despierto?

Samuel De Luque
Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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De: Guillermo Díaz
Fecha: 24 de mayo de 2013 00:10
Para: Samuel De Luque
Asunto: Quemándome las cejas

Señor:
Si no recuerdo mal, estaba con esta lista cuando un obseso del control me interrumpió y me llevó a la cama.

Buenas noches.
Guille.
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De: Samuel De Luque
Fecha: 24 de mayo de 2013 00:12
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Deja de quemarte las cejas

Guillermo, VETE A LA CAMA.

Samuel De Luque
Obseso del control y presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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Vaya… en mayúsculas, como si me gritara. Apago el ordenador. ¿Cómo puede intimidarme estando a ocho kilómetros? Todavía triste, me meto en la cama e inmediatamente caigo en un sueño profundo, aunque intranquilo.