caja de zapatos

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If you have seen a couple of the official trailers in the Disney-Pixar YouTube channel, then you can recognize this characters and have enough to read this oneshot I wrote today. And it’s totally spoiler free.

Of course, only if you can read in Spanish or could use a translator because I’m a mess writing fanfiction in English. So here is it.

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LA BIKINA

Aprovechando que Karol Sevilla interpretó La Bikina para el soundtrack de Coco y ya que perdí la cuenta de las veces que la he reproducido en los últimos días, mi cabeza empezó a maquilar esto.

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Imelda despertó en medio de la noche dándose cuenta de que aún se encontraba en el taller de zapatos que había adaptado hacía un par de meses en un cuartito que antes usaba para guardar un montón de cosas que no sabía dónde más poner.

Se irguió estirando su espalda para quitarse lo tullida por haber pasado un par de horas recostada sobre la mesa en la que tenía un montón de bocetos de zapatos y botas. Sonrió satisfecha al recordar a su pequeña hija pidiéndole un par de botitas nuevas para ir a la escuela.

Buscó el reloj sobre la pared y se dio cuenta de que eran cerca de las dos de la mañana. Se puso de pie y salió perezosamente del taller envuelta con un reboso para enfrentar al frío de la noche.

Al entrar a casa pasó cerca de la habitación de Coco y le lanzó un beso a la distancia deseándole buenas noches. Después caminó hasta la propia y se puso su ropa de dormir. Para cuando amaneciera le prepararía un gran desayuno a Coco antes de ponerse a trabajar en el taller. Se recostó con una sonrisa que se borró en el instante en que vio la foto que posaba sobre su mesita de noche.

La que había sido su foto favorita ahora mostraba a una familia rota, al igual que su corazón.

En ella se encontraba una pareja con una pequeña niña. Eran ella, su adorada Coco y el patán que prefirió irse de casa para hacer música para el mundo en lugar de permanecer con su familia y ayudarla a criar a su pequeña.

Imelda frunció el entrecejo y colocó la fotografía boca abajo para que el tonto que había sido el amor de su vida dejara de perturbarle el sueño.

Un par de noches después terminó por guardarla en lo profundo de un cajón.

Imelda tenía que ir a entregar un par de elegantes zapatos que le habían pedido para una quinceañera que tendría su fiesta durante el fin de semana. Ella personalmente se sentía emocionada por la fiesta a la que ella y Coco habían sido invitadas, así que se puso un lindo vestido morado, arregló su cabello y tomó la caja de zapatos que era de un inmaculado color blanco y tenía un lindo decorado de flores moradas que Coco había pintado a mano con mucho cariño.

Salió a la calle con la caja entre manos. Sus vecinos la saludaban con amabilidad, pero conforme caminaba en dirección a la Plaza del Mariachi, frente a la cual se encontraba la dirección de entrega del pedido, los amables saludos se fueron convirtiendo en murmullos y cuchicheos que herían su orgullo, pero Imelda sólo levantaba la barbilla. Nunca nadie debía saber lo mucho que extrañaba a su marido.

La historia de amor de Imelda era bien conocida en el pueblo de Santa Cecilia.

Todos siempre habían hablado de ella como la hermosa muchacha que cantaba en la plaza y era la inspiración de muchos jóvenes que le dedicaban serenatas. Por ello no era de extrañar que ahora que ella se encontraba sola y con una hija que mantener, algunos hombres se acercaran a cortejarla sólo para terminar más que rechazados.

Ella ya no estaba para lidiar con asuntos del corazón.

Hizo la entrega de los zapatos y tanto la futura quinceañera como su familia estaban maravillados con la calidad del trabajo de Imelda.

Y así es que comenzó a hacerse de una reputación.

Un par de semanas después de que el pelmazo malagradecido de su marido cumpliera un año de su partida, llevó un pedido especial a un peluquero que vivía cerca de la Plaza del Mariachi. Al llegar se encontró el lugar lleno de gente que esperaba a ser atendida, le entregó sus zapatos nuevos al encargado y mientras él contaba el dinero de la caja para pagarle a Imelda, sucedió.

En la radio se escuchó el éxito del momento. “Un poco loco”, una canción que su marido había escrito para ella cuando comenzaban a salir.

Imelda permaneció tan estoica como pudo y al recibir el dinero se retiró directo a casa caminando a paso apresurado, faltándole poco para comenzar a correr.

Al entrar a casa vio a Coco sentada en el comedor dibujando zapatos con flores de colores. Esa imagen le dio la fuerza que necesitaba.

Entró a su habitación, sacó del cajón la fotografía que había decidido ignorar todo ese tiempo. Caminó con el marco entre sus manos hacia el comedor y la dejó ahí mientras iba a buscar otro marco para fotografía.

Coco se acercó a ver la foto, reconociendo a su padre al instante. Ella estaba por decirle a su madre que estaba un poco preocupada porque tenía un par de meses que no recibía ninguna carta de él, cuando su madre entró con un lindo marco que era más angosto que el anterior. Coco la miró con auténtica curiosidad cuando Imelda sacó la fotografía familiar y ahí, frente a sus ojos, arrancó la cabeza de su padre, cayendo el pedazo sobre el suelo, pero apenas tuvo tiempo de volver la mirada hacia su madre cuando la vio doblar la fotografía para desaparecer a la guitarra de su vista mientras la acomodaba en su nuevo marco. El cual colocó con orgullo sobre la repisa principal de la sala donde su madre tenía sus dibujos de botas y zapatos con flores. Era más que obvio que mamá ya no quería saber nada de papá.

—La música ha roto a nuestra familia— dijo Imelda mientras posaba ambas manos sobre los hombros de Coco —él está muerto para mí, porque él se ha olvidado de nosotras para vivir su música.

Coco llevó una de sus manos hacia su hombro para tocar a su madre.

Ellas saldrían juntas de esto. Así Imelda tuviera que prohibir la música para evitar escuchar las canciones de su marido en la radio, aquellas canciones que él escribió pensando en ella y en su pequeña, mientras el ingrato no les enviaba ni una carta y las dejaba en el olvido.

Por ello, si había alguien que sería olvidado en su familia, ese sería él. El amor de su vida.

Estoy muy aburrida y quiero hacer algo. Publicaré algunos estados de whatsapp que he puesto y ustedes asocien un signo a cada uno de ellos. O si quieren, digan con cual se sienten identificados y digan su signo.

1. En realidad no me importa nada y lo culpo en que soy joven.

2. La persona de mis sueños soy yo, pero con más dinero.

3. No sabemos la religión de nuestro gato, así que no podemos obligarlo a celebrar navidad.

4. Seguro tienes menos vida social que los gases nobles.

5. Sólo porque no pueda vivir de fideos, no significa que no viviré de fideos.

6. Quiero estar contigo en una cama de rosas. Todas las rosas tienen espinas. Te odio.

7. Si tus panes se enojan, ponles mantequilla para que se calmen.

8. Pedirme que me ponga un pantalón talla 12 es como pedirle a un dinosaurio meterse a una caja de zapatos.

9. Okay, pero es raro ver a la gente ponerse “filosófica” y que cometan errores de ortografía. Como que lo arruinan todo.

10. Dormir es uno de mis mejores talentos. O sea, lo puedo hacer con los ojos cerrados.

11. No, no te prestaré mi lápiz. Porque luego querrás mi calculadora, Austria, Checoslovaquia y terminarás invadiendo Polonia y no quiero eso.

12. Amo las weas románticas, pero luego recuerdo que mi vida amorosa es como un unicornio rosa que vomita arcoiris. Inexistente.

13. Quiero publicar un estado… OMAIGA MI SUEÑO SE ESTÁ CUMPLIENDO. ES BEIO. HOLA MAMI.

14. Todo lo que podría desear lo encuentro en las profundidades de mi corazón… Excepto el dinero.

15. Las pruebas de lenguaje son como la ruleta rusa: no sabes si saldrás vivo o morirás.

16. No me molestaría conocer a un alíen y que me diseccionaran. Al menos contribuiría a la ciencia extraterrestre.

17. Las papas me hablan a un nivel espiritual.

18. (҂⌣̀_⌣́) “Ki ti pa con la Brittani” Grandes pensadores contemporáneos - El Brayatan.

19. Yo sobreviviré a lo que sea con tal de cumplir mi meta de la dominación mundial.

20. Le he declarado la guerra al pollo congelado.

21. Yo me sentiría sexy si usara un disfraz de calamar.

22. Debo inventar una frase creativa para esta tontera, pero ni modo con esta flojera.

23. Malditos mayas, arruinaron a los mayas.

24. Si me pagaran por cada vez que me dijeron que soy genial, le debería dinero al mundo.

25. ¿Cómo sería si los hongos tuvieran patas y conquistaran el mundo?

26. Cuando termine de dar un consejo, siempre diré “Pero no sé”, porque yo no me haré cargo de la cagada que te mandaste por escucharme.

27. La única forma en que pueden sacar romance de mi, es si me piden escribir un poema sobre mi comida favorita.

28. Mi forma de comunicarme se resume en dar discursos sobre cómo ayer comí un choripan.

29. Sabes que la humanidad está jodida, cuando “otubre” es una palabra en la RAE.

30. Eres 68 kilos de ira. Utilízalos bien.

31. Tratar de entender la teoría de cuerdas es como explicarle a una planta el sentido de la vida.

Me acuerdo que de niño adoptaba estas cosas,” le comentó a su acompañante, enseñándole el gusano gordo y viscoso que envolvía su dedo índice. En la otra mano sostenía una de las varillas de su carpa, agitándola descuidadamente y sin ganas de seguir encargándose de la misma porque… No tenía de cómo hacerlo. “Les tenía casitas en cajas de zapatos, una vez traté de ponerles camas y un televisor. ¿Debería hacer lo mismo ahora?

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!

Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. Es más ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. Tiramos absolutamente todo. Ya no hay zapatero que remiende un zapatero, ni colchonero que sacuda un colchón y lo deje como nuevo, ni afiladores por la calle para los cuchillos. De “por ahí” vengo yo, de cuando todo eso existía y nada se tiraba. Y no es que haya sido mejor, es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo”, pasarse al “compre y bote que ya se viene el modelo nuevo”. Hay que cambiar el auto cada tres años porque si no, eres un arruinado. Aunque el coche esté en buen estado. ¡Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo! Pero por Dios.

Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre. Me educaron para guardar todo. Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso a las tradiciones) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes, el primer cabello que le cortaron en la peluquería… ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los trapos de cocina, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos…  ¡¡Guardábamos hasta las tapas de los refrescos!! Los corchos de las botellas, las llavecitas que traían las latas de sardinas.  ¡Y las pilas! Las pilas pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil en un par de usos.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡Los diarios! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia, para limpiar vidrios, para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne o desenvolviendo los huevos que meticulosamente había envuelto en un periódico el tendero del barrio! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer adornos de navidad y las páginas de los calendarios para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos reutilizarlos estando encendida otra vela, y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Con el tiempo, aparecía algún pedazo derecho que esperaba a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. Nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Y hoy, sin embargo, deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir.

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de duraznos se volvieron macetas, portalápices y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza y los corchos esperaban pacientemente en un cajón hasta encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.

Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. De la moral que se desecha si de ganar dinero se trata. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.

No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte en cuanto confunden el nombre de dos de sus nietos, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos en cuanto a uno de ellos se le cae la barriga, o le sale alguna arruga.  Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a mi señora como parte de pago de otra con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que ella me gane de mano y sea yo el entregado.

—  Eduardo Galeano (”Me caí del mundo y no sé por dónde se entra”)

Antes que nada, perdona si huele un poco a cerrado, hacía mucho tiempo que nadie se alojaba aquí, y menos aún con la intención de quedarse.

Ábreme bien de puertas y ventanas. Que corra el aire, que entre tu luz, que pinten algo los colores, que a este azul se le suba el rojo, que hoy nos vamos a poner morados.

Y hablando de ponerse, vete poniendo cómoda, que estás en tu casa. Yo, por mi parte, lo he dejado todo dispuesto para que no quieras mudarte ya más.

Puedes dejar tus cosas aquí, entre los años que te busqué y los que te pienso seguir encontrando. Los primeros están llenos de errores, los segundos, teñidos de ganas de no equivocarme otra vez.

El espacio es tan acogedor como me permite mi honestidad. Ni muy pequeño como para sentirse incómodo, ni demasiado grande como para meter mentiras. Mis recuerdos, los dejé todos esparcidos por ahí, en cajas de zapatos gastados y cansados de merodear por vidas ajenas. No pises aún, que está fregado con lágrimas recientes, y podrías resbalar. Yo te aviso.

El interruptor general de corriente está conectado a cada una de tus sonrisas. Intenta administrarlas bien y no reírte demasiado a carcajadas, no vayas a fundirlo de sopetón.

No sé si te lo había comentado antes, pero la estufa la pones tú.

Y hablando del tema, he intentado que la temperatura del agua siempre estuviera a tu gusto, pero si de vez en cuando notas un jarro de agua fría, eso es que se me ha ido la mano con el calentador. Sal y vuelve a entrar pasados unos minutos. Discúlpame si es la única solución, es lo que tenemos los de la vieja escuela, que a estas alturas ya no nos fabrican ni los recambios.

Tampoco acaba de funcionarme bien la lavadora. Hay cosas del pasado que necesitarán más de un lavado, es inevitable. Y hay cosas del futuro que, como es normal, se acabarán gastando de tanto lavarlas. La recomendación, ensuciarse a su ritmo y en su grado justo. Eso sí, no te preocupes por lo que pase con las sábanas, que las mías lo aguantan todo.

Para acabar, te he dejado un baño de princesa, una cama de bella durmiente, un sofá de puta de lujo y algo de pollo hecho en la nevera. Para que los disfrutes a tu gusto, eso sí, siempre que sigas reservando el derecho de admisión.

Aquí no vienes a rendir cuentas, sino a rendirte tú. Aquí no vienes a competir con nadie, sino a compartirte a mí. 

El resto, no sé, supongo que está todo por hacer. Encontrarás que sobra algún tabique emocional, que falta alguna neurona por amueblar, y que echas de menos, sobre todo al principio, alguna reforma en fachada y estructura.

Dime que tienes toda la vida, y voy pidiendo presupuestos.

Dime que intentaremos toda una vida e iré encofrando mis nunca más.

—  Risto Mejide

anonymous asked:

A ver, a ver, ya que todos los confesadores(?) Están muy hornys y la cosa, yo quiero pedir que nos digan más frases como "si hay pelito, no hay delito"😂😂😏 se lo digo a los admis, si otra persona quiere colaborar al asunto no hay problema

Aquí te muestro una recopilación que me sé:

  • Si hay feto, se la meto.
  • Si ha hecho la comunión, se la meto del tirón.
  • No hay mujer fea por donde mea.
  • Para dar una vuelta cualquier bicicleta es buena.
  • En tiempos de guerra, cualquier agujero es trinchera.
  • Si ha hecho la primera comunión, al cañón. 
  • Hoy follo, mañana juicio.
  • 13 y con consentimiento, se la meto sin miramiento.
  • Si sube a una caja de zapatos sin aplastarla, esperar un año para empalarla.
  • Si fuma, la chupa. 

Originally posted by yourreactiongifs

Pablo.-

Cartas de papá| Fanfic| WIGETTA

Prólogo

Yo sólo tenía 7 años cuando falleció mi padre y aunque me dolió mucho, nada fue peor que escuchar a papá llorar de noche en su habitación por el recién fallecido. A tan corta edad entendí que mi papá me amaba tanto como para permanecer fuerte para mí y no llorar aunque él fuera el más destrozado.

Los primeros días fueron terribles, mi papá despertaba cada día con unas ojeras increíblemente grandes y que lo hacían parecer más viejo de lo que era con sus tan sólo 35 años. Hacía todo con un deje de dolor, hasta sus sonrisas rebelaban ese dolor que tanto lo consumía.

Hubo mucha gente que cometió la idiotez de decirme frases como “Oh, que suerte que eres adoptado, esto no te dolerá tanto” o ”Pasaste muy poco tiempo con él como para sufrir tanto” cuando nunca fue así. Sí, si fui adoptado y a los 2 años, pero los 5 años que pasé junto a mi querido “Papi Guillermo” fueron de lo mejor, él era el ”policia bueno” y mi compañero de juegos, el que se encargaba de convencer a papá de que jugar en el patio con barro no era tan mala idea aunque si lo era. Él siempre fue muy alegre y me demostraba lo simple que es sonreír y siempre agradecer lo que se tiene y que te ha dado la vida, aunque esas dos tan simples tareas se volvieron muy difíciles después de su partida.

Habían pasado solo dos semanas de su funeral cuando noté que algo no iba bien. Mi xbox no encendía. Me levanté y caminé hacia el mar de cables que había tras el pequeño mueble que según papi, habían demorado meses en construir pero decía made in china en uno de los cajones. Seguí el cable entre la marejada hasta notar que estaba desconectado y atorado dentro de una caja de zapatos con una pequeña nota sobre esta. La tomé y conecté la consola y salí de entre los cables.

Al colocar la caja sobre la cama saqué la nota y la leí con dificultad, ya que a tan corta edad con suerte y sabía leer.

“Hijo, te he dejado estas cartas porque sé que no me queda mucho tiempo. Hace más de un mes me han detectado una enfermedad terminal y me he dedicado ha escribir esto para ti, para que no te sientas falto de apoyo.
PD: A Samuel no le he dejado nada, ya le dejé ser el de arriba mucho tiempo. Por favor nunca olvides recordarle cuanto le amo.”

Autorretrato de un escudo

I.
Sentimientos guardados
en una caja de zapatos,
perdidos entre cartas y recuerdos
que hablan sobre ellos.

II.
Pensamientos embotellados
de quien se niegan al luto
y llora en silencio, sin lágrimas,
los jueves por la noche.

III.
No hay faro,
ni boya, ni puente,
ni barco, ni salvavidas
en la isla de su mente.

IV.
Inhala.
Se enciende el cigarro
que ya tenía cuando estaban juntos.
Exhala.
Se apaga el cigarro
de después del fin.

V.
Shhh.

—  Denise Márquez
Sinopsis Oficial "Beautiful Sacrifice"

Falyn Fairchild puede caminar lejos de cualquier cosa. Después de haber dejado su coche, su educación, e incluso a sus padres, la hija del próximo gobernador de Colorado está de vuelta en su ciudad natal, limpiando mesas de espera para la Bucksaw Café. Después de cada turno, Falyn añade a su caja de zapatos dinero en efectivo, con la esperanza de que algún día ahorrará lo suficiente para comprarse un billete de avión para el único lugar donde se puede encontrar el perdón: Eakins, Illinois. En el momento en que Taylor Maddox se sienta en la sección de Falyn al Bucksaw, ella sabe que significa problemas. Taylor es encantador, rompe promesas, y precioso, incluso cuando está cubierto de inmundicia en sus decisiones, es todo lo que Falyn cree que un bombero pez gordo sea. Falyn no está interesada en convertirse en otra estadística, y para un niño Maddox, una chica desinteresada es el último desafío. Una vez cuando Falyn aprende donde es a donde Taylor llama casa todo cambia. Al final, la persistencia Maddox se reunirá con el talento de Falyn para dejarlo, y por primera vez, Taylor podría ser el que se quemé.

–Es que… No lo entiendo.– murmuró, sacando una de las tantas cajas de zapatos que tenía en sus enormes maletas. No había traído ni un cuarto de su ropa pero tenía más de una decena de valijas, aunque eso no era extraño para alguien que utilizó todo su dinero universitario para ir de compras.

Se sentó, agobiada, pero al ver que alguien pasaba frente a la puerta de su habitación, se apuró en llamarlo. –¡Oye!– gritó para detener a la persona, –Sí, tú, necesito tu ayuda.– agregó mientras abría el cartón, que tenía dos zapatos de distinto par.

Caja de zapatos.

Como si de una contradicción se tratara, Alexander disfrutaba del trayecto en metro aunque fuera un sinónimo de ‘pequeña caja de zapatos con más personas por metro cuadrado de lo que podía permitirse’. Pero siempre que el hombre gozara de un lugar en uno de los extremos, podía relajarse y trazar líneas en su libreta hasta que llegara a su parada, como hacía ahora. Hasta que una voz cercana le hizo alzar la cabeza, topándose con otra persona que parecía reclamar su atención. Mira detrás de sí, aunque supiera que tras de sí no había más que metal, actuando por puto instinto, comprobando que efectivamente hablaba con él. —¿Ocurre algo?