caja blanca

Me dijeron que cualquier cosa que te permite expresarte y ser quien realmente sos, te llena el alma. Aprendi a expresarme mediante cada sonrisa que te regalaba cada dia, o al telefono. Como podria ser que un simple mensaje hiciera de mi dia un buen dia?. Si el sol no brillaba, aun asi seria un gran dia.
Tu risa detras del telefono resonando en mis oidos, llenan mi hueco corazon.
Pensar que un dia estuvo entero y virgen. Me toco enamorarme de la persona que pense que mas me amaria y cuidaria en el mundo. Abrio mi corazon como si se tratase de un cofre secreto, que necesitase de una llave,que solo el tenia en su poder. Crei cada palabra que salia de su boca. Su voz era paz en mi vida. Y su risa agitaban emociones en mi que nacian desde mi pacho e iban hasta mi estomago. Asi como fue el primero en abrir mi corazon tambien fue el unico que lo logro.
Años han pasado desde nuestra ruptura.
Crei que nunca mas experimentaría lo que seria el amor adolescente. Que la proxima persona que llegase a tocar mi corazon seria alguien maduro, adulto, tal cual yo lo seria.
Entonces llegaste a mi vida. Haciendome reir desde el primer comentario. Hasta la ultima llamada telefonica. Pase noches enteras imaginando nuestros abrazos. Me enamore de tu risa, y de cada estupida palabra que salia de tu boca solo para hacerme reir. De tus desafinados audios cantando, y de tus enojos repentinos cuando en broma nombraba a algun chico que no seas vos. Me enamore de tus ojos, pero ellos todavia no me conocen.
Entonces mi cabeza se lleno de tu voz. Ahora cada vez que salgo de mi casa para ir hacia la playa a caminar, o simplemente estar sola mirando un punto fijo perdido en el mar pensando en cientos de problemas, ahora tengo un solo pensamiento y ese sos vos. Quien diria que una voz a cientos de kilometros llenarian mi alma?.
Permitime pedirte perdon, por mis repentinos enojos, mis idas y vueltas, y mi indecicion. No es histeria. Nunca lo fue.
Ahora sabes que me lastimaron de la peor forma posible. Ni el peor dolor fisico del mundo se compara con el dolor del alma. Por esto no me estaba permitiendo amar. Me estaba perdiendo las mejores cosas de la vida,por algo del pasado. Decidi que es hora de dejar ir toda esa mierda de una vez. Dejar el miedo atras y afrontarlos, porque es una forma de crecer.
Miedo a que me pase de nuevo. Pero estoy segura, y nuevamente dejo mi corazon al descubierto por segunda vez en mi vida, diciendote que sos la persona que quiero que me recuerde lo que es querer a alguien.

Te entrego mi caja blanca, con mis flores verdes, y mi campera bordo, para llevarte a mi pequeño escondite para cuando estoy mal y necesito despejar mi mente. Ese parador en la playa que esta ahi, a la vista de todos, y nadie logra ver. Ese es mi lugar favorito que nadie conoce. Te lo cedo para que juntos hagamos un viaje. Ese viaje del que siempre hablamos, a traves del universo. Contando las estrellas, entre risas, humo y botellas.
No tengo practicamente nada que ofrecerte, solo todo esto que te propongo. Un alma, y un corazon ajeno. No te apresures, experimenta, descubri, por ahi algo o alguien mas te llene el alma de la misma manera que vos me lo haces a mi. Por si las dudas, te estoy y seguire esperando mañana, pasado, y lo que perdures en mi mente por el resto de los dias incontables.

PD: Es eterno, esto es Blanco & Negro.

5

Un conjunto de cabañas en un paisaje natural es la condición ideal para trabajar con el contraste, montando, como si flotaran, un conjunto dispar de cajas blancas y abstractas sobre el desnivel del terreno. El resultado es llamativo, potenciándose paisaje y edificación, ya que son lenguajes distintos. 

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Carolina se dirigía hacia su consultorio. Los fines de semana procuraba descansar, pero hoy había hecho la excepción, ya que tenía que atender a la esposa del Jefe del hospital. Al llegar a su oficina, encontró una caja blanca de cartón, con un listón muy elegante, y un logotipo de una repostería en el suelo. Frunció su frente y se inclinó para tomar la caja. – No tiene nombre, ni ninguna señal, pero si están en la puerta de mi oficina, supongo que es para mi. – Susurró. Abrió la caja y encontró unos pastelillos de chocolate que se veían suculentos. – Bueno pues una vez al año, no hace daño. Me pregunto quien me los habrá mandado. – Dijo antes de darle una mordida a su bocadillo.

50 Sombras De Luque ~ Adaptación

CAPÍTULO 18

La doctora Greene es alta y pelirroja y va impecable, vestida con un traje de chaqueta azul marino. Me recuerda a las mujeres que trabajan en la oficina de Samuel. Es como un modelo de retrato robot, otra pelirroja perfecta. Lleva la melena recogida en un elegante moño. Tendrá unos cuarenta y tantos.

—Señor De Luque.

Estrecha la mano que le tiende Samuel.

—Gracias por venir habiéndola avisado con tan poca antelación —dice Samuel.

—Gracias a usted por compensármelo sobradamente, señor De Luque. Señor Díaz.

Sonríe; su mirada es fría y observadora.

Nos damos la mano y enseguida sé que es una de esas mujeres que no soportan a la gente estúpida. Extrañamente al igual que Frank. Me cae bien de inmediato. Le dedica a Samuel una mirada significativa y, tras un instante incómodo, él capta la indirecta.

—Estaré abajo —murmura, y sale de lo que va a ser mi dormitorio.

—Bueno, señor Díaz. El señor De Luque me paga una pequeña fortuna para que le atienda. Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?


Tras un examen en profundidad, volvemos abajo, a la galería de arte que es el salón de Samuel. Está leyendo, sentado en el sofá. Un aria conmovedora suena en el equipo de música, flotando alrededor de Samuel, envolviéndolo con sus notas, llenando la estancia de una melodía dulce y vibrante. Por un momento, parece sereno. Se vuelve cuando entramos, nos mira y me sonríe cariñoso.

—¿Ya habéis terminado? —pregunta como si estuviera verdaderamente interesado.

Apunta el mando hacia la elegante caja blanca bajo la chimenea que alberga su iPod y la exquisita melodía se atenúa, pero sigue sonando de fondo. Se pone de pie y se acerca despacio.

—Sí, señor De Luque. Cuídelo; es un joven hermoso e inteligente.

¿Eh? Es como si un bebé acabara de nacer, “Felicidades, es un niño hermoso y sanito”. Samuel se queda tan pasmado como yo. Qué comentario tan inapropiado para una doctora. ¿Acaso le está lanzando una advertencia no del todo sutil? Samuel se recompone.

—Eso me propongo —masculla él, divertido.

Lo miro y me encojo de hombros, cortado.

—Le enviaré la factura —dice ella muy seca mientras le estrecha la mano.

Se vuelve hacia mí.

—Buenos días, y buena suerte, Guille.

Me sonríe mientras nos damos la mano, y se le forman unas arruguitas en torno a los ojos. Surge Higgins de la nada para conducirla por la puerta de doble hoja hasta el ascensor. ¿Cómo lo hace? ¿Dónde se esconde?

—¿Cómo ha ido? —pregunta Samuel.

—Bien, gracias. Estoy totalmente sano. Pero, me ha dicho que tengo que abstenerme de practicar cualquier tipo de actividad sexual durante las cuatro próximas semanas.

A Samuel se le descuelga la mandíbula y yo, que ya no puedo aguantarme más, le sonrío como un bobo.

—¡Has picado!

Entrecierra los ojos y dejo de reír de inmediato. De hecho, parece bastante enfadado. Oh, mierda. Mi subconsciente se esconde en un rincón y yo, blanco como el papel, me lo imagino tumbándome otra vez en sus rodillas.

—¡Has picado! —me dice, y sonríe satisfecho. Me agarra por la cintura y me estrecha contra su cuerpo—. Es usted incorregible, señor Díaz —murmura, mirándome a los ojos mientras me hunde los dedos en el pelo y me sostiene con firmeza.

Me besa, con fuerza, y yo me aferro a sus brazos musculosos para no caerme.

—Aunque me encantaría hacértelo aquí y ahora, tienes que comer, y yo también. No quiero que te me desmayes después —me dice a los labios.

—¿Solo me quieres por eso… por mi cuerpo? —susurro.

—Por eso y por tu lengua viperina —contesta.

Me besa apasionadamente, y luego me suelta de pronto, me coge de la mano y me lleva a la cocina. Estoy alucinando. Tan pronto estamos bromeando como…

Me abanico la cara encendida. Samuel es puro sexo ambulante, y ahora tengo que recobrar el equilibrio y comer algo. El aria aún suena de fondo.

—¿Qué música es esta?

—Es una pieza de Villa-Lobos, de sus Bachianas Brasileiras. Buena, ¿verdad?

—Sí —musito, completamente de acuerdo.

La barra del desayuno está preparada para dos. Samuel saca un cuenco de ensalada del frigorífico.

—¿Te va bien una ensalada César?

Uf, nada pesado, menos mal.

—Sí, perfecto, gracias.

Lo veo moverse con elegancia por la cocina. Parece que se siente muy a gusto con su cuerpo, pero luego no quiere que lo toquen, así que igual, en el fondo, no está tan a gusto. Todos necesitamos del prójimo… salvo, quizá, Samuel De Luque.

—¿En qué piensas? —dice, sacándome de mi ensimismamiento.

Me ruborizo.

—Observaba cómo te mueves.

Arquea una ceja, divertido.

—¿Y? —pregunta con sequedad.

Me ruborizo aún más.

—Eres muy elegante.

—Vaya, gracias, señor Díaz —murmura. Se sienta a mi lado con una botella de vino en la mano—. ¿Chablis?

—Por favor.

—Sírvete ensalada —dice en voz baja—. Come.

La ensalada César está deliciosa. Para mi sorpresa, estoy muerto de hambre y, por primera vez desde que hemos comido juntos, termino antes que él. El vino tiene un sabor fresco, limpio y afrutado.

—¿Impaciente como de costumbre, señor Díaz? —sonríe mirando mi plato vacío.

Lo miro con los ojos entornados.

—Sí —susurro.

Se le entrecorta la respiración. Y, mientras me mira fijamente, noto que la atmósfera entre los dos va cambiando, evolucionando… se carga. Su mirada pasa de impenetrable a ardiente, y me arrastra consigo. Se levanta, reduciendo la distancia entre los dos, y me baja del taburete a sus brazos.

—¿Quieres hacerlo? —dice mirándome fijamente.

—No he firmado nada.

—Lo sé… pero últimamente te estás saltando todas las normas.

—¿Me vas a pegar?

—Sí, pero no para hacerte daño. Ahora mismo no quiero castigarte. Si te hubiera pillado anoche… bueno, eso habría sido otra historia.

Madre mía. Quiere hacerme daño… ¿y qué hago yo ahora? Me cuesta disimular el horror que me produce.

—Que nadie intente convencerte de otra cosa, Guillermo: una de las razones por las que la gente como yo hace esto es porque le gusta infligir o sentir dolor. Así de sencillo. A ti no, así que ayer dediqué un buen rato a pensar en todo esto.

Me arrima a su cuerpo y su erección me aprieta el vientre por ser un poco más bajito que él. Debería salir corriendo, pero no puedo. Me atrae a un nivel primario e insondable que no alcanzo a comprender.

—¿Llegaste a alguna conclusión? —susurro.

—No, y ahora mismo no quiero más que atarte y follarte hasta dejarte sin sentido. ¿Estás preparado para eso?

—Sí —digo mientras todo mi cuerpo se tensa al instante.

Wow…

—Bien. Vamos.

Me coge de la mano y, dejando todos los platos sucios en la barra de desayuno, nos dirigimos arriba. Se me empieza a acelerar el corazón. Ya está. Lo voy a hacer de verdad. El dios que llevo dentro da vueltas, encadenando piruetas. Samuel abre la puerta de su cuarto de juegos, se aparta para dejarme pasar y una vez más me encuentro en el cuarto rojo del dolor.

Sigue igual: huele a cuero, a pulimento de aroma cítrico y a madera noble, todo muy sensual. Me corre la sangre hirviendo por todo el organismo: adrenalina mezclada con lujuria y deseo. Un cóctel poderoso y embriagador. La actitud de Samuel ha cambiado por completo, ha ido variando paulatinamente, y ahora es más dura, más cruel. Me mira y veo sus ojos encendidos, lascivos… hipnóticos.

—Mientras estés aquí dentro, eres completamente mío —dice, despacio, midiendo cada palabra—. Harás lo que me apetezca. ¿Entendido?

Su mirada es tan intensa… Asiento, con la boca seca, con el corazón desbocado, como si se me fuera a salir del pecho.

—Quítate las DCs —me ordena en voz baja.

Trago saliva y, algo torpemente, me las quito. Se agacha, las coge y las deja junto a la puerta.

—Bien. No titubees cuando te pido que hagas algo. Ahora te voy a quitar el traje, algo que hace días que vengo queriendo hacer, si no me falla la memoria. Quiero que estés a gusto con tu cuerpo, Guillermo. Tienes un cuerpo que me gusta mirar. Es una gozada contemplarlo. De hecho, podría estar mirándolo todo el día, y quiero que te desinhibas y no te avergüences de tu desnudez. ¿Entendido?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

Se inclina hacia mí con mirada feroz.

—Sí, señor.

—¿Lo dices en serio? —espeta.

—Sí, señor.

Me quita la chaqueta.

—Bien. Levanta los brazos por encima de la cabeza.

Hago lo que me pide y él me desabrocha el primer botón de la camisa y me la sube por el vientre, el pecho, los hombros y la cabeza. Retrocede para examinarme y, con aire ausente, la dobla sin quitarme el ojo de encima. La deja sobre la gran cómoda que hay junto a la puerta. Alarga la mano y me coge por la barbilla, abrasándome con su tacto.

—Te estás mordiendo el labio —dice—. Sabes cómo me pone eso —añade con voz ronca—. Date la vuelta.

Me doy la vuelta al momento, sin titubear. Me desabrocha el pantalón y tira de él hacia abajo, rozándome la piel con los dedos y con las uñas de los pulgares mientras me lo quita. El contacto me produce escalofríos y despierta todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Está detrás de mí, tan cerca que noto el calor que irradia de él, y me calienta, me calienta entero. Me ladea la cabeza. Recorre con la nariz mi cuello descubierto, inhalando todo el tiempo, y luego asciende de nuevo a la oreja. Los músculos de mi miembro se contraen, impulsados por el deseo. Maldita sea, apenas me ha tocado y ya lo deseo.

—Hueles tan divinamente como siempre, Guillermo —susurra al tiempo que me besa con suavidad debajo de la oreja.

Gimo.

—Calla —me dice—. No hagas ni un solo ruido. Date la vuelta —me ordena.

Hago lo que me manda, con la respiración agitada por una mezcla de miedo y deseo. Una mezcla embriagadora.

—Cuando te pida que entres aquí, vendrás así. Solo en bóxers. ¿Entendido?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

Me mira furibundo.

—Sí, señor.

Se dibuja una sonrisa en sus labios.

—Buen chico. —Sus ojos ardientes atraviesan los míos—. Cuando te pida que entres aquí, espero que te arrodilles allí. —Señala un punto junto a la puerta—. Hazlo.

Extrañado, proceso sus palabras, me doy la vuelta y, con torpeza, me arrodillo como me ha dicho.

—Te puedes sentar sobre los talones.

Me siento.

—Las manos y los brazos pegados a los muslos. Bien. Separa las rodillas. Más. Más. Perfecto. Mira al suelo.

Se acerca a mí y, en mi campo de visión, le veo los pies y las espinillas. Los pies descalzos. Si quiere que me acuerde de todo, debería dejarme tomar apuntes. Se agacha y me coge del pelo, luego me echa la cabeza hacia atrás para que lo mire. No duele por muy poco.

—¿Podrás recordar esta posición, Guillermo?

—Sí, señor.

—Bien. Quédate ahí, no te muevas.

Sale del cuarto.

Estoy de rodillas, esperando. ¿Adónde habrá ido? ¿Qué me va a hacer? Pasa el tiempo. No tengo ni idea de cuánto tiempo me deja así… ¿unos minutos, cinco, diez? La respiración se me acelera cada vez más; la impaciencia me devora de dentro afuera.
De pronto vuelve, y súbitamente me noto más tranquilo y más excitado, todo a la vez. ¿Podría estar más excitado? Le veo los pies. Se ha cambiado de vaqueros. Estos son más viejos, están rasgados, gastados, demasiado lavados. Madre mía, cómo me ponen estos vaqueros. Cierra la puerta y cuelga algo en ella.

—Buen chico, Guillermo. Estás precioso así. Bien hecho. Ponte de pie.

Me levanto, pero sigo mirando al suelo.

—Me puedes mirar.

Alzo la vista tímidamente y veo que él me está mirando fijamente, evaluándome, pero con una expresión tierna. Se ha quitado la camisa. Dios mío, quiero tocarlo. Lleva desabrochado el botón superior de los vaqueros.

—Ahora voy a encadenarte, Guillermo. Dame la mano derecha.

Le doy la mano. Me vuelve la palma hacia arriba y, antes de que pueda darme cuenta, me golpea en el centro con una fusta que ni siquiera le había visto en la mano derecha.
Sucede tan deprisa que apenas me sorprendo. Y lo que es más asombroso, no me duele. Bueno, no mucho, solo me escuece un poco.

—¿Cómo te ha sentado eso?

Lo miro confundido.

—Respóndeme.

—Bien.

Frunzo el ceño.

—No frunzas el ceño.

Extrañado, pruebo a mostrarme impasible. Funciona.

—¿Te ha dolido?

—No.

—Esto te va a doler. ¿Entendido?

—Sí —digo vacilante.

¿De verdad me va a doler?

—Va en serio —me dice.

Maldita sea. Apenas puedo respirar. ¿Acaso sabe lo que pienso? Me enseña la fusta. Marrón, de cuero trenzado. Lo miro de pronto y veo deseo en sus ojos brillantes, deseo y una pizca de diversión.

—Nos proponemos complacer, señor Díaz —murmura—. Ven.

Me coge del codo y me coloca debajo de la rejilla. Alarga la mano y baja unos grilletes con muñequeras de cuero negro.

—Esta rejilla está pensada para que los grilletes se muevan a través de ella.

Levanto la vista. Madre mía, es como un plano del metro.

—Vamos a empezar aquí, pero quiero follarte de pie, así que terminaremos en aquella pared.

Señala con la fusta la gran X de madera de la pared.

—Ponte las manos por encima de la cabeza.

Lo complazco inmediatamente, con la sensación de que abandono mi cuerpo y me convierto en un observador ocasional de los acontecimientos que se desarrollan a mi alrededor. Esto es mucho más que fascinante, mucho más que erótico. Es con mucho lo más excitante y espeluznante que he hecho nunca. Me estoy poniendo en manos de un hombre hermoso que, según él mismo me ha confesado, está jodido de cincuenta mil formas. Trato de contener el momentáneo espasmo de miedo. Frank y Luzu saben que estoy aquí.

Mientras me ata las muñequeras, se sitúa muy cerca. Tengo su pecho pegado a la cara. Su proximidad es deliciosa. Huele a gel corporal y a Samuel, una mezcla embriagadora, y eso me vuelve a traer al presente. Quiero pasear la nariz y la lengua por su torso. Bastaría con que me inclinara hacia delante…

Retrocede y me mira, con ojos entornados, lascivos, carnales, y yo me siento impotente, con las manos atadas, pero al contemplar su hermoso rostro y percibir lo mucho que me desea, noto que se me endurece la entrepierna. Camina despacio a mi alrededor.

—Está fabuloso atado así, señor Díaz. Y con esa lengua viperina quieta de momento. Me gusta.

De pie delante de mí, me mete los dedos por los bóxers y, sin ninguna prisa, me los baja por las piernas, quitándomelos angustiosamente despacio, hasta que termina arrodillado delante de mí. Sin quitarme los ojos de encima, estruja mis bóxers en su mano, se los lleva a la nariz e inhala hondo. Dios mío, ¿en serio ha hecho eso? Me sonríe perversamente y se los mete en el bolsillo de los vaqueros.

Se levanta despacio, como un guepardo, me apunta al ombligo con el extremo de la fusta y va describiendo círculos, provocándome. Al contacto con el cuero, me estremezco y gimo.

Vuelve a caminar a mi alrededor, arrastrando la fusta por mi cintura. En la segunda vuelta, de pronto la sacude y me azota el trasero. Grito de sorpresa y todas mis terminaciones nerviosas se ponen alerta. Tiro de las ataduras. La conmoción me recorre entero, y es una sensación de lo más dulce, extraña y placentera.

—Cállate —me susurra mientras camina a mi alrededor otra vez, con la fusta algo más alta recorriendo mi cintura.

Esta vez, cuando me atiza en el mismo sitio, lo espero. Todo mi cuerpo se sacude por el azote dolorosamente dulce.

Mientras da vueltas a mi alrededor, me atiza de nuevo, esta vez en el pezón, y yo echo la cabeza hacia atrás ante el zumbido de mis terminaciones nerviosas. Me da en el otro: un castigo breve, rápido y dulce. Su ataque me endurece, y gimo ruidosamente, tirando de las muñequeras de cuero.

—¿Te gusta esto? —me dice.

—Sí.

Me vuelve a azotar en el culo. Esta vez me duele.

—Sí, ¿qué?

—Sí, señor —gimoteo.

Se detiene, pero ya no lo veo. Tengo los ojos cerrados, intentando digerir la multitud de sensaciones que recorren mi cuerpo. Muy despacio, me rocía de pequeños picotazos con la fusta por el vientre, hacia abajo. Sé adónde se dirige y trato de mentalizarme, pero cuando me recorre el miembro, grito con fuerza.

—¡Por favor! —gruño.

—Cállate —me ordena, y me vuelve a dar en el trasero.

No esperaba que esto fuera así… Estoy perdido. Perdido en un mar de sensaciones. De nuevo arrastra la fusta por mi miembro, desde abajo hasta la punta.

—Líquido preseminal, Guillermo. Abre los ojos y la boca.

Hago lo que me dice, completamente seducido. Me mete la punta de la fusta en la boca, como en mi sueño. Madre mía.

—Mira cómo sabes. Chupa. Chupa fuerte, cariño.

Cierro la boca alrededor de la fusta y lo miro fijamente. Noto el fuerte sabor del cuero y el sabor salado de mi fluido. Le centellean los ojos. Está en su elemento.

Me saca la fusta de la boca, se inclina hacia delante, me agarra y me besa con fuerza, invadiéndome la boca con su lengua. Me rodea con los brazos y me estrecha contra su cuerpo. Su pecho aprisiona el mío y yo me muero de ganas por tocar, pero con las manos atadas por encima de la cabeza, no puedo.

—Oh, Guillermo, sabes fenomenal —me dice—. ¿Hago que te corras?

—Por favor —le suplico.

La fusta me sacude el trasero. ¡Au!

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, señor —gimoteo.

Me sonríe, triunfante.

—¿Con esto?

Se apunta la boca entreabierta con el dedo índice.

—Sí, señor.

—¿Estás seguro?

Me mira muy serio.

—Sí, por favor, señor.

—Cierra los ojos.

Cierro los ojos. Empieza a besarme el cuerpo mientras desciende. Cuando llega a mi miembro se lo mete de golpe en la boca, una, dos, tres veces, una y otra vez, hasta que al final… ya, no aguanto más, y me corro, de forma espectacular, escandalosa, encorvándome debilitado. Las piernas me flaquean y él me rodea con sus brazos. Me disuelvo en ellos, apoyando la cabeza en su pecho, maullando y gimoteando mientras las réplicas del orgasmo me consumen. Me levanta, y de pronto nos movemos, mis brazos aún atados por encima de la cabeza, y entonces noto la fría madera de la cruz barnizada contra mi espalda, y él se está desabrochando los botones de los vaqueros. 

Me apoya un instante en la cruz mientras me prepara con los dedos. Se pone un condón, luego me coge por los muslos y me levanta otra vez.

—Levanta las piernas, cariño, enróscamelas en la cintura.

Me siento muy débil, pero hago lo que me dice mientras él me engancha las piernas a sus caderas y se sitúa debajo de mí. Con una fuerte embestida me penetra, y vuelvo a gritar y él suelta un gemido ahogado en mi oído. Mis brazos descansan en sus hombros mientras entra y sale. Dios, llega mucho más adentro de esta forma.

Noto que vuelvo a acercarme al clímax. Maldita sea, no… otra vez, no… no creo que mi cuerpo soporte otro orgasmo de esa magnitud. Pero no tengo elección… y con una inevitabilidad que empieza a resultarme familiar, me dejo llevar y vuelvo a correrme, y resulta placentero, agonizante, intenso. Pierdo por completo la conciencia de mí mismo. Samuel me sigue y, mientras se corre, grita con los dientes apretados y se abraza a mí con fuerza.

Me la saca rápidamente y me apoya contra la cruz, su cuerpo sosteniendo el mío. Desabrocha las muñequeras, me suelta las manos y los dos nos desplomamos en el suelo. Me atrae a su regazo, meciéndome, y apoyo la cabeza en su pecho. Si tuviera fuerzas lo acariciaría, pero no las tengo. Solo ahora me doy cuenta de que aún lleva los vaqueros puestos.

—Muy bien, cariño —murmura—. ¿Te ha dolido?

—No —digo.

Apenas puedo mantener los ojos abiertos. ¿Por qué estoy tan cansado?

—¿Esperabas que te doliera? —susurra mientras me estrecha en sus brazos, apartándome de la cara unos mechones de flequillo sueltos.

—Sí.

—¿Lo ves? Casi todo tu miedo está solo en tu cabeza. —Hace una pausa—. ¿Lo harías otra vez?

Medito un instante, la fatiga nublándome el pensamiento… ¿Otra vez?

—Sí —le digo en voz baja.

Me abraza con fuerza.

—Bien. Yo también —musita, luego se inclina y me besa con ternura en la nuca—. Y aún no he terminado contigo.

Que aún no ha terminado conmigo. Madre mía. Yo no aguanto más. Me encuentro agotado y hago un esfuerzo sobrehumano por no dormirme. Descanso en su pecho con los ojos cerrados, y él me envuelve todo, con brazos y piernas, y me siento… seguro, y a gusto. ¿Me dejará dormir, acaso soñar? Tuerzo la boca ante semejante idea y, volviendo la cara hacia el pecho de Samuel, inhalo su aroma único y lo acaricio con la nariz, pero él se tensa de inmediato… oh, mierda. Abro los ojos y lo miro. Él me está mirando fijamente.

—No hagas eso —me advierte.

Me sonrojo y vuelvo a mirarle el pecho con anhelo. Quiero pasarle la lengua por ese torso, besarlo  y, por primera vez, me doy cuenta de que tiene algunas tenues cicatrices pequeñas y redondas, esparcidas por el pecho. ¿Varicela? ¿Sarampión?, pienso distraídamente.

—Arrodíllate junto a la puerta —me ordena mientras se incorpora, apoyando las manos en mis rodillas y liberándome del todo.

Siento frío de pronto; la temperatura de su voz ha descendido varios grados.

Me levanto torpemente, me escabullo hacia la puerta y me arrodillo como me ha ordenado. Me noto flojo, exhausto y tremendamente confundido. ¿Quién iba a pensar que encontraría semejante gratificación en este cuarto? ¿Quién iba a pensar que resultaría tan agotador? Siento todo mi cuerpo saciado, deliciosamente pesado. El dios que llevo dentro tiene puesto un cartel de NO MOLESTAR en la puerta de su cuarto.

Samuel se mueve por la periferia de mi campo de visión. Se me empiezan a cerrar los ojos.

—Le aburro, ¿verdad, señor Díaz?

Me despierto de golpe y tengo a Samuel delante, de brazos cruzados, mirándome furioso. Mierda, me ha pillado echando una cabezadita; esto no va a terminar bien. Su mirada se suaviza cuando lo miro.

—Levántate —me ordena.

Me pongo en pie con cautela. Me mira y esboza una sonrisa.

—Estás destrozado, ¿verdad?

Asiento tímidamente, ruborizándome.

—Aguante, señor Díaz. —Frunce los ojos—. Yo aún no he tenido bastante de ti. Pon las manos al frente como si estuvieras rezando.

Lo miro extrañado. ¡Rezando! Rezando para que tengas compasión de mí. Hago lo que me pide. Coge una brida para cables y me sujeta las muñecas con ella, apretando el plástico.

Madre mía. Lo miro de pronto.

—¿Te resulta familiar? —pregunta sin poder ocultar la sonrisa.

Dios… las bridas de plástico para cables. ¡Aprovisionándose en Clayton’s! Ahogo un gemido y la adrenalina me recorre de nuevo el cuerpo entero; ha conseguido llamar mi atención, ya estoy despierto.

—Tengo unas tijeras aquí. —Las sostiene en alto para que yo las vea—. Te las puedo cortar en un segundo.

Intento separar las muñecas, poniendo a prueba la atadura y, al hacerlo, se me clava el plástico en la piel. Resulta doloroso, pero si me relajo mis muñecas están bien; la atadura no me corta la piel.

—Ven.

Me coge de las manos y me lleva a la cama de cuatro postes. Me doy cuenta ahora de que tiene puestas sábanas de un rojo oscuro y un grillete en cada esquina.

—Quiero más… muchísimo más —me susurra al oído.

Y el corazón se me vuelve a acelerar. Madre mía.

—Pero seré rápido. Estás cansado. Agárrate al poste —dice.

Frunzo el ceño. ¿No va a ser en la cama entonces? Al agarrarme al poste de madera labrado, descubro que puedo separar las manos.

—Más abajo —me ordena—. Bien. No te sueltes. Si lo haces, te azotaré. ¿Entendido?

—Sí, señor.

—Bien.

Se sitúa detrás de mí y me agarra por las caderas, y entonces, rápidamente, me levanta hacia atrás, de modo que me encuentro inclinado hacia delante, agarrado al poste.

—No te sueltes, Guillermo —me advierte—. Te voy a follar duro por detrás. Sujétate bien al poste para no perder el equilibrio. ¿Entendido?

—Sí.

Me azota en el culo con la mano abierta. Au… Duele.

—Sí, señor —musito enseguida.

—Separa las piernas. —Me mete una pierna entre las mías y, agarrándome de las caderas, empuja mi pierna derecha a un lado—. Eso está mejor. Después de esto, te dejaré dormir.

¿Dormir? Estoy jadeando. No pienso en dormir ahora. Levanta la mano y me acaricia suavemente la espalda.

—Tienes una piel preciosa, Guillermo —susurra e, inclinándose, me riega de suaves y ligerísimos besos la columna.

Al mismo tiempo, pasa las manos por delante, me palpa el miembro suavemente.
Contengo un gemido y noto que mi cuerpo entero reacciona, revive una vez más para él.

Me mordisquea y me chupa la cintura, sin dejar de recorrerme el miembro, y mis manos aprietan con fuerza el poste exquisitamente tallado. Aparta las manos y lo oigo rasgar una vez más el envoltorio del condón y quitarse los vaqueros de una patada.

—Tienes un culo muy sexy y cautivador, Guillermo Díaz. La de cosas que me gustaría hacerle. —Acaricia y moldea cada una de mis nalgas, luego sus manos se deslizan hacia abajo y me mete dos dedos—. Qué dilatado… Nunca me decepciona, señor Díaz —susurra, y percibo fascinación en su voz—. Agárrate fuerte… esto va a ser rápido, cariño.

Me sujeta las caderas y se sitúa, y yo me preparo para la embestida, pero entonces alarga la mano y me agarra del pelo, sosteniéndome la cabeza. Muy despacio, me penetra, tirándome a la vez del pelo… Ay, hasta el fondo. La saca muy despacio, y con la otra mano me agarra por la cadera, sujetando fuerte, y luego entra de golpe, empujándome hacia delante.

—¡Aguanta, Guillermo! —me grita con los dientes apretados.

Me agarro más fuerte al poste y me pego a su cuerpo todo lo que puedo mientras continúa su despiadada arremetida, una y otra vez, clavándome los dedos en la cadera. Me duelen los brazos, me tiemblan las piernas, me escuece el cuero cabelludo de los tirones… y noto que nace de nuevo esa sensación en lo más hondo de mi ser. Oh, no… y por primera vez, temo el orgasmo… si me corro… me voy a desplomar. Samuel sigue embistiendo contra mí, dentro de mí, con la respiración entrecortada, gimiendo, gruñendo. Mi cuerpo responde… ¿cómo? Noto que se acelera.

Pero, de pronto, tras metérmela hasta el fondo, Samuel se detiene.

—Vamos, Guille, dámelo —gruñe y, al oírlo decir mi nombre, pierdo el control y me vuelvo todo cuerpo y torbellino de sensaciones y dulce, muy dulce liberación, y después pierdo total y absolutamente la conciencia.

Cuando recupero el sentido, estoy tumbado encima de él. Él está en el suelo y yo encima de él, con la espalda pegada a su pecho, y miro al techo, en un estado de glorioso poscoito, espléndido, destrozado. Ah, los mosquetones, pienso distraído; me había olvidado de ellos.

—Levanta las manos —me dice en voz baja.

Me pesan los brazos como si fueran de plomo, pero los levanto. Abre las tijeras y pasa una hoja por debajo del plástico.

—Declaro inaugurado este Willy —dice, y corta el plástico.

Río como un bobo y me froto las muñecas al fin libres. Noto que sonríe.

—Qué sonido tan hermoso —dice melancólico.

Se incorpora levantándome con él, de forma que una vez más me encuentro sentado en su regazo.

—Eso es culpa mía —dice, y me empuja suavemente para poder masajearme los hombros y los brazos.

Con delicadeza, me ayuda a recuperar un poco la movilidad.

—¿El qué?

Me vuelvo a mirarlo, intentando entender a qué se refiere.

—Que no rías más a menudo.

—No soy muy risueño —susurro adormecido.

—Oh, pero cuando ocurre, señor Díaz, es una maravilla y un deleite contemplarlo.

—Muy florido, señor De Luque —murmuro, procurando mantener los ojos abiertos.

Su mirada se hace más tierna, y sonríe.

—Parece que te han follado bien y te hace falta dormir.

—Eso no es nada florido —protesto en broma.

Sonríe y, con cuidado, me levanta de encima de él y se pone de pie, espléndidamente desnudo. Por un instante, deseo estar más despierto para apreciarlo de verdad. Coge los vaqueros y se los pone a pelo.

—No quiero asustar a Higgins, ni tampoco a la señora Jones —masculla.

Mmm… ya deben de saber que es un cabrón pervertido. La idea me preocupa.

Se agacha para ayudarme a ponerme en pie y me lleva hasta la puerta, de la que cuelga una bata de suave acolchado gris. Me viste pacientemente como si fuera un niño. No tengo fuerzas para levantar los brazos. Cuando estoy tapado y decente, se inclina y me da un suave beso, y en sus labios se dibuja una sonrisa.

—A la cama —dice.

Oh… no…

—Para dormir —añade tranquilizador al ver mi expresión.

De repente, me sube a su espalda y, acurrucado contra su hombro, me lleva a la habitación del pasillo donde esta mañana me ha examinado la doctora Greene. La cabeza me cuelga lánguidamente contra su torso. Estoy agotado. No recuerdo haber estado nunca tan cansado. Retira el edredón y me tumba y, lo que es aún más asombroso, se mete en la cama conmigo y me estrecha entre sus brazos.

—Duerme, precioso —me susurra, y me besa el pelo.

Y, antes de que me dé tiempo a hacer algún comentario ingenioso, estoy dormido.

La caja de la primera pelea (wigetta drable)

Entro furiosamente al cuarto, mientras intentaba quitarse el anillo de su dedo. Esta pelea había sido quizás la mas fuerte de todas y la mas tonta. Y es que no podía creer que Vegetta le hubiera hecho una escena por haber ido a tomar un café con Frank. Es que es tonto el tío. Tomo una maleta mientras oía los golpes en la puerta y los gritos de Vegetta tras ella pero esto se había acabado. Estaba fastidiado por sus celos. Justo cuando abrio la maleta encontro aquella caja blanca, la misma que sellaron en su luna de miel. La caja de la primera pelea. Sin mas demora tomo su anillo que enbonana en la chapa de aquella caja y la abrió, ahi habia dos copas finas y una botella de vino y dos sobres uno pegado a cada copa. Willy recordando aquel día tomó el vino y sirvió en la copa morada, asi mismo tomó la copa verde y se sirvió vino. Vegeta aun insistía. Abrio la puerta y Vegetta casi cae dentro por la premura y ve las copas servidas. No dijo nada, el sabía lo que aquello significaba, tomo su copa con el sobre verde y salio de la habitación dejando a Willy a solas quien tomo asiento en la cama y abrió el sobre morado. “Querido Willy: Hoy que juntamos nuestras vidas pensé en darte este regalo de bodas, sé que no tuviste tiempo de pensar en que escribirme, pero estamos igual por que yo también no se como demostrarte con palabras lo que siento, lo que sufro cuando sé que estás con alguien más o cuando la estas pasando mal. No sé como demostrarte lo feliz que me hace verte sonreir y lo mucho que amo ver esos ojitos achinados cerrarse por tus risas. Cuando pensé en este regalo, guardando celosamente una botella de vino, el mismo de nuestra boda, pensé que quizás nunca lo usaríamos. Pero si estas leyendo esto solo quiero decirte que perdones a este cabezon celoso que siempre ha temido perderte. Willy tu haz sido y siempre serás la persona por la cual deje todo para obtener todo contigo, sin ti no soy nada. Ahora termina este vino y ven a verme que cuando menos merezco que me ames es cuando mas lo necesito. Z4.” Si es que es tonto… pero es mi tonto. ——- Cortito, especial para ashleygm n.n 🎵