by magali

Charlemont:  Magalie, you cannot kill the maid because she was unable to get the wine stain out of your blouse.
Magalie:  Yes I can, she’s my maid.
Charlemont:  No… no.  You can fire her, you can’t kill her.
Magalie:  Why not?  You’re done with her.
Charlemont:  …How very dare you.

(Actual headcanon conversation that happened last night between myself and @housealderscorn. XD Oh, and guest appearances by @quills-and-curiousities, @wardensgaze, and @rinrin-rinalys there in the background!)

Ya estamos en edad de enamorarnos de verdad, de llorar por decepciones y también, de la risa; ya no estamos para llorar por amores de uno o dos meses, mucho menos para estar con una persona que no sepa, ni quiera saber como hacernos reír.
—  Aprendiendo de la vida, Magaly R.G. (vía juntos-en-secreto

Vas a descubrir que perdonar es la única manera de soltar. 

Y una mañana, de verdad, una mañana vas a abrir los ojos y te vas a sentir rara. Te vas a tocar el pecho, tu corazón va a estar latiendo, tranquilo. Quedate escuchándolo. Esta diciendo: Gracias. Ya pasó. Estoy listo, cuando quieras, para que quieras otra vez.

Intercambió

Te fuiste. Yo te creí cuando me prometiste que te ibas a quedar, igual te fuiste. Me quedaron algunas cosas sin decirte, y ya no tiene sentido que te las diga, porque no estás. Debería escribirlas en un papel, y después prenderlo fuego. Una vez escuché que las palabras que se queman, ya no duelen tanto. Lástima, cuando te fuiste, te llevaste mis ganas de escribir.
Cosa curiosa, yo escribo más y mejor cuando estoy triste. Pero esta vez no. Creo que fuiste la primera persona que amé. En un futuro le voy a decir a alguien: Una vez quise tanto a una persona que me robó las ganas de escribir y no la denuncié en ningún lado.
Me hubiera gustado que me robaras el desorden, sin ofender. Mi casa es cada día más una cosa que una casa. No duermo mucho pero cuando lo hago no me quiero despertar. No tengo ganas de levantarme y esquivar esos infinitos montones de objetos, papeles y ropa, que desparramó alguna parte de mí que yo no considero mi persona. ¿Alguna vez te pasó de no reconocerte?
Mi mamá dice que tengo los ojos tristes, y que no le gusta verme con los ojos así. A mí tampoco me gustan mis ojos tristes, mamá. Tampoco me gustan mis rodillas, que no están tristes, por suerte (o eso creo). No me gustan porque se ahuecan, pero las tengo así y no me quejo. Y así tengo los ojos, tristes, y me los banco. Yo no te sé mentir la mirada. Mi mamá sí sabe mentir y yo sospecho que en parte por eso me reta los ojos. Como si sus palabras escondieran: ¡Ay, nena! Todos estamos tristes, pero hay que aprender a disimular.
Te fuiste. Yo te creí cuando me prometiste que te ibas a quedar, igual te fuiste. Te envidio en el fondo. ¿Sabés la cantidad de veces que me quise ir de mí? Ojalá pudiera. Ojalá pudiera ahora.
Mi profesor de guitarra dice que soy buena con la música, y todas las semanas me pregunta ¿practicaste? y yo le digo que obvio, y omito el “para no pensar en otra cosa, para no pensar”. Me duelen los dedos de practicar guitarra, me duelen casi tanto como escuchar el único audio que guardé tuyo. Yo sé que tengo que borrarlo, pero no puedo, porque tiene tu risa y seis palabras que juntas forman una oración tan hermosa que me dan ganas de irte a buscar corriendo para gritarte en la cara que nunca te las voy a devolver, así no se las podés decir a nadie nunca más. Vos también tenés palabras mías que no le voy a poder decir a nadie nunca más, y me parece injusto, pero te perdono. Te perdono, también, que no te importe.
Te fuiste. Yo te creí cuando me prometiste que te ibas a quedar, igual te fuiste. Mi analista dice que está de acuerdo con que te hayas ido. Él siempre está de acuerdo con las decisiones que otros toman, y me cuestiona las mías. Creo que debería empezar a decirle a todos los que conozco: Le debés plata a mi analista, en mis sesiones te da la razón a vos.

Te extraño.
Y me extraño un montón a mí, antes de vos.
Devolveme las ganas de escribir, mi amor.
Te doy a cambio tu risa y las seis palabras.
Devolveme las ganas de vivir, mi amor.
Tomá tu risa, usala un montón.
Las seis palabras guardalas para cuando conozcas a alguien que te dé unas ganas de quedarte que no entren en el mundo:
“Te quiero, idiota, me hacés feliz”.

Y quedamos a mano.