buitre

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Canción para acompañar. The parting glass.


Cuando la tierra reclame por nuestros huesos, renaceremos en flores”

l. Carencia de soles y esperanzas.


Nuestra casa sufrió un derrumbe colateral,
La cama que tibios nos mantuvo,
Sufrió de soledad,
Y la sala donde te espere desde que partiste,
Se convirtió en una escena de crimen.

El piso pulido,
esta manchado de líquidos ennegrecidos…
Hay plumeros sacudiendo el polvo de mi cuerpo…
Y manos recorriendo con un gis la silueta de mi cadáver frío…

Tu miras desde la ventana de nuestro desolado hogar,
En negación de entrar a ver los restos de la mujer a quien alguna vez amaste.

Te darán en una bolsa el anillo de nuestra unión
que proclamaba todo un mapa de vida…

Lo tomarás y el oro blanco entre tus dedos arderá de dolor.

Sentirás entonces como mi cuerpo e ilusiones fueron apuñaladas por miles de mentiras que tu educada boca prometía.

A pesar de eso…
no correrán lágrimas en tu rostro,
Regresaras la mirada a tu decisión más acertada
y ahí estara ella,
esperando en el auto.

Entonces te marcharas con el pecho llorando en perdones que mis oídos no escucharán más…

Te irás al consuelo de tu verdadera
amada,
Y no volverás a verme,
Hasta que llegue el día
En que tengamos nuestra última cita
Dónde el padre me dedique sus plegarias,
Y mis hombros ya no gobiernen en tus alas …

Entonces los buitres cantarán en nuestra despedida.

Haciéndonos partir libres en nuestros propios caminos,
Separados como en el inicio…

Cuando no nos conocíamos,
Cuando no nos pertenecíamos.

ll. Donde viene a morir el amor.

Hay lluvia quebrantando la calma

La tierra comienza a cubrir el féretro,
Siluetas vestidas de negro,
Y ojos que lloran mares. “ 

El padre dicta su última plegaria citando a Mahatma Gandhi:

Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente seria una burla cruel”

Al terminar cada persona deposita sus ofrendas…

Mis pasos me llevan al punto de reunión,
Acerco la mirada con nostalgia
a la madera que brilla entre la tierra…
Y recuerdo como aquella chica que conocí adornada de arena en una playa también brillaba por la purpurina que llevaba en la cara…

Entonces comienzo mis propias plegarias,
Separando todas las flores que aquella chica nunca entendió que se marchitarian al cortarlas de la tierra para plantarlas en agua.


Primera Flor para Eddie:

Existen almas destinadas a compartir flores,
  pero nunca a crear un jardín ”

Segunda Flor para Eddie:

Solo Dios sabe por qué algunos destinos deben ser interrumpidos por el tacto de casualidades que vienen envueltos de estrellas y deseos”

Tercera Flor para Eddie:

“"El desamor crea tempestades, 

más liberar a quien ya no se ama 

 es abrirle el universo que nunca estuvo en tu galaxia”

Cuarta Flor para Eddie:

Las espinas que se disfrazan de rosas,

No son las que causan dolor al herir,

Sino aquel que cree que de las espinas pueden brotar pétalos ”

Quinta Flor para Eddie:

Cuando el odio entra como luz en un corazón roto,
  Se puede comenzar a velar el alma de un individuo vivo”

Sexta Flor para Eddie:

El amor esculpe las formas de los enamorados 

pero no es el que ocasiona las grietas 

que se crean en las estatuas abandonadas ”

Séptima Flor para Eddie:

Dios pone raíces de diferentes flores en un camino de girasoles para que al plantar el girasol más brillante se sepa
como regarlo y cuidarlo, a pesar de venir de la misma semilla”

Octava Flor para Eddie:

Las estrellas en colisión con otra 

nunca morirán, 

siempre dejarán sus fantasmas de luz en el cosmos

Debemos aprender a apreciar los restos y no querer arrancarlos 

al final solo adornanaran nuestra comarca”

Novena Flor para Eddie:

Bajo la tormenta nos puede parecer correcto compartir nuestro paraguas con quien está a nuestro lado… 

pero cuando esa persona le ofrece nuestro paraguas a alguien más, 

Es tiempo de tomarlo y continuar nuestro camino…”

                      _Décima y última Flor para Eddie:_

             “ El adiós dicho con amor y sin resentimiento, 

                        Es el agua que puedes regarle a 

                la sequía que esta marchitado tus campos ”.

                           _____________________________ 

                                               F I N … 

El corazón delator. (Cuento completo) de Edgar Allan Poe.

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN

La parábola de la flecha envenenada

“Hubo una vez un hombre que fue herido por una flecha envenenada.
Sus familiares y amigos querían procurarle un médico, pero el enfermo se negaba, diciendo que antes quería saber el nombre del hombre que lo había herido, la casta a la que pertenecía y su lugar de origen.

Quería saber también si ese hombre era alto, fuerte, tenía la tez clara u oscura y también deseaba conocer con qué tipo de arco le había disparado, y si la cuerda del arco estaba hecha de bambú, de cáñamo o de seda.

Decía que quería saber si la pluma de la flecha provenía de un halcón, de un buitre o de un pavo real.

Y preguntándose si el arco que había sido usado para dispararle era un arco común, uno curvo o uno de adelfa y todo tipo de información similar, el hombre murió sin saber las respuestas”.

Al leer la parábola la primera idea que nos viene a la mente es que la actitud del hombre herido es absurda y necia. Sin embargo, Buda nos está diciendo que todos nos comportamos de la misma manera sin darnos cuenta.

De cierta forma, todos estamos heridos con esa flecha envenenada ya que, antes o después, moriremos. Sin embargo, vivimos sin ser plenamente conscientes de nuestra mortalidad, por lo que a menudo le damos una importancia excesiva a cosas intrascendentes que nos impiden disfrutar del presente sumiéndonos en un estado de preocupación innecesario.

Parábola Budista

El buitre

Un buitre me picoteaba los pies. Ya me había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos amenazadores alrededor y luego continuaba su obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba al buitre.

–Estoy indefenso –le dije–, vino y empezó a picotearme; lo quise espantar y hasta proyecté torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos pedazos.

–No se debe atormentar –dijo el señor–, un tiro y es el final del buitre.

–¿De verdad? – pregunté –, ¿haría usted eso?

–Encantado –dijo el señor–, no tengo más que ir a casa a buscar mi fusil, ¿puede aguantar media hora más?

–No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después agregué–: por favor, pruebe de todos modos.

–Bueno –dijo el señor–, seré tan rápido como pueda.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado vagar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco más lejos, retrocedió para alcanzar el impulso óptimo, y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó su pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre, irremediablemente, se ahogaba.

Franz Kafka

Hay personas que me ha utilizado tanto, han recibido lo mejor de mi, personas con las que alguna vez fui demasiado buena y que jamas valoraron nada, que esperaban que yo haga todo para que ellos estén tranquilos, mientras yo me amanecía y pasaba días pensando en soluciones. Y cuando un día no pude, cuando un día dije “no” me devoraron viva. Me humillaron, me lastimaron, me destruyeron y mataron de a pocos a la buena persona que era. Y me di cuenta que todo este tiempo había sido carnada de buitres, que me mantenían con vida mientras haga las cosas que querían para cuando ya no pudiera, me destruyeran.

Soporte que hablen de mi, que murmuren, que mientan y digan cosas que no eran ciertas, que haga que me miren mal, los deje decir que yo era el problema, que ellos eran los buenos. Y no me defendí, ya no podía mas.

Y cuando comencé a darme cuenta de todo y tratarlos como se debían, se quejaron. Me dijeron que no era quién para que los trate mal, para que les responda o para que me queje, pero nadie les dijo a ellos que no eran quiénes para destruirme, para hacerme sentir mal después de todo lo que les ayude, nadie les hizo tomar consciencia de todo lo que dijeron.

Y se pasaron la vida quejándose de como los trataba, pero jamás volví a ser la que algún día fui con ellos. No lo merecían.

—  Era una gran estúpida.
Ascendentes y características físicas.

♈️ ASCENDENTE ARIES

Son personas de constitución fuerte, cabeza ancha a la altura de las sienes, cejas pobladas, cejas levantadas que tienden a juntarse, pelo grueso. Caras de carnero, oveja o lobos. Caras traviesas.

♉️ ASCENDENTE TAURO 

Son personas con tendencia a ser rechonchas, cuello corto y fuerte, caras redondas y lentas, labios carnosos, pelo rizado, a veces, moreno, un rasgo muy típico es que cuando se enfadan abren la nariz como cuando un toro va a embestir, expresión bóvida. Caras de toro, búfalo, buey, bisonte. Caras calmadas.

♊️ ASCENDENTE GÉMINIS 

Estrechos, finos, desnivelados, ojos desiguales, orejas distintas, mueven mucho las manos cuando mienten, las esconden, brazos y dedos largos. Caras de pajaritos, ardillas, zorro. Caras aniñadas.

♋️ ASCENDENTE CÁNCER 

Cuerpo grande, brazos fuertes, carnes blandas, caras aplastadas, redondas, mejillas rellenas, cuando son mayores los estómagos se ponen blandos. Caras de Bulldog, foca, elefantes, lechuza, cangrejo, rana. Caras de bebé.

♌️ ASCENDENTE LEO 

Buena presencia, cabeza grande, pómulos anchos, mirada felina, brillo en la mirada. Pueden ser anchos de hombros y más estrechos de cadera, paso erguido. Caras de león, gato, tigre, pavo real, mastín, puma. Caras felinas.

♍️ ASCENDENTE VIRGO 

Facciones menudas, gente mona, no se dan mucho, correctos, les falta sexy, facciones dominantes, caras de medallita. Caras de fox terrier, mono titi, abeja, colibrí, ratón. Caras de pequeñas facciones.

♎️ ASCENDENTE LIBRA 

Facciones armónicas, mofletes largos abultados, bolsas debajo de los ojos, sobre todo, cuando tienen problemas emocionales. Altos, cuerpo bien formado. Caras de paloma, ciervo, mariposa, gacela. Caras pacíficas.

♏️ ASCENDENTE ESCORPIO 

Facciones De águila, tienen la mirada recta y profunda, mirada oscura, cejas arqueadas, ojos hundidos, labios redondos y carnosos, pelo grueso y oscuro. Caras de águila, gallo, escorpión, buitre. Caras diabólicas.

♐️ ASCENCENTE SAGITARIO

 Tienen aire deportivo, predominan sus nalgas y pantorrillas, cara de conejos, paletas grandes, miradas rectas, no parpadean demasiado, altos, esbeltos y bien formados. Caras de caballo, hipopótamos. Caras hípicas.

♑️ ASCENDENTE CAPRICORNIO

Son como las ramas de los olivos, restringidos, frente baja y pequeña, la piel la tienen mate, reseca y cuarteada, aire apagado, entristecido, son personas que aparentan mas edad. Caras de dromedario, cabra, camello. Caras de ancianos.

♒️ ASCENDENTE ACUARIO 

Son personas atractivas sin ser guapas, aire extraño, piel muy fina, tienen rasgos cuadrados, constitución bien formada. Caras de mono, perro. Caras humanas.

♓️ ASCENDENTE PISCIS 

Ojos acuáticos, mirada flotante, caras agradables, pequeñas, un rasgo típico es que tienen la boca muy pequeña pero cuando la abren es enorme, tienen una imagen un tanto extraña. Caras de pez, pato, pulpo. Caras sensuales.