bioy-casares

—¿Cómo te fue ayer a la noche?
—Muy bien. Trabajé poco. Ensayaron algunas escenas del primer acto. La que les dio más trabajo fue cuando Ballested habla de la sirena.
—¿De qué sirena?
—Una sirena moribunda que se perdió y no supo encontrar otra vez el camino del mar. Es un cuadro de Ballested.
Gauna la miró algo perplejo; después, como tomando una resolución, inquirió:
—¿Me querés?
Ella sonrió.
—¿Cómo no te voy a querer con esos ojos verdes?
—¿Con quién estuviste?
—Con todos —repuso Clara.
—¿Quién te acompañó a tu casa?
—Nadie. Figurate que ese muchacho alto, ése que va a hacer la notita en Don Goyo quería llevarme a casa. Pero era temprano. Yo no sabía todavía si tenía que ensayar. Se cansó de esperarme y se fue.
Gauna la miró con una expresión cándida y solemne.
—Lo más importante —declaró, tomándole las manos e inclinando la cabeza— es decir la verdad.
—No te comprendo —contestó ella.
—Mirá —afirmó Gauna—, voy a tratar de explicártelo. Uno se acerca a otra persona para divertirse o para quererla; no hay nada de malo en eso. De pronto uno, para no hacer sufrir, oculta algo. El otro descubre que le han ocultado algo, pero no sabe qué. Trata de averiguar, acepta las explicaciones, disimula que no las cree del todo. Así empieza el desastre. Quisiera que nunca nos hiciéramos mal.
—  Adolfo Bioy Casares (1954), El sueño de los héroes.
Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro.
Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades.
—  Adolfo Bioy Casares
Carta de Adolfo Bioy Casares a Elena Garro

Mi querida: 

Aquí estoy recorriendo desorientado las tristes galerías del barco y no volví a Víctor Hugo. Sin embargo, te quiero más que a nadie… Desconsolado canto, fuera de tono, Juan Charrasqueado (pensando que no merezco esa letra, que no soy buen gallo, ni siquiera parrandero y jugador) y visito de vez en vez tu fotografía y tu firma en el pasaporte. Extraño las tardes de Víctor Hugo, el té de las seis y con adoración a Helena. Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiendo todo….

Te digo esto y en seguida me asusto: en los últimos días estuviste no solamente muy tierna conmigo sino también benévola e indulgente, pero no debo irritarte con melancolía; de todos modos cuando abra el sobre de tu carta (espero, por favor que me escribas) temblaré un poco. Ojalá que no me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia… Tú sabes que hay muchas cosas que no hicimos y que nos gustaría hacer juntos. Además, recuerda lo bien que nos entendemos cuando estamos juntos… recuerda cómo nos hemos divertido, cómo nos queremos. Y si a veces me pongo un poco sentimental, no te enojes demasiado…  Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro.  Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades.


Adolfo.

Sentí repudio, casi asco, por esa gente y su incansable actividad repetida. Aparecieron muchas veces, arriba, en los bordes. Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma (tal vez siempre hemos querido que la persona amada tenga una existencia de fantasma).
—  Adolfo Bioy Casares. La invención de Morel (fragmento).

(Spoiler a continuación)

Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma (tal vez siempre hemos querido que la persona amada tenga una existencia de fantasma).

—  De “La invención de Morel”, por Bioy Casares

Ireneo y yo estábamos alejados por una mutua y consciente antipatía. Ahora, cuando nos encontramos, sentimos una gran dicha, una floración de nostalgias y de cordialidades, repetimos un breve diálogo con fervientes alusiones a una amistad y a un pasado imaginarios, y en seguida no sabemos qué decirnos…”

La Trama Celeste - Adolfo Bioy Casares

Oswalt Henry, Viajero

El viaje había resultado agotador para el hombre (Oswalt Henry) y para la máquina. Por una falla del mecanismo o por un error del astronauta, entraron en una órbita indebida, de la que ya no podrían salir. Entonces el astronauta oyó que lo llamaban para el desayuno, se encontró en su casa, comprendió que la situación en la que se había visto era solamente un sueño angustioso. Reflexionó: Había soñado con su próximo viaje, para el que estaba preparándose. Tenía que librarse cuanto antes de esas imágenes que aún volvían a su mente y de la angustia en que lo habían sumido, porque si no le traerían mala suerte. Esa mañana, tal vez por la terrorífica experiencia del sueño, valoró como es debido el calor del hogar que le ofrecía su casa. Realmente le pareció que su casa era el hogar por antonomasia, el hogar original, o quizá la suma de cuanto tuvieron de hogareño las casas en que vivió a lo largo de su vida. Su vieja niñera le preguntó si algo le preocupaba y lo estrechó contra el regazo. En ese momento de supremo bienestar, Henry, el astronauta, entrevió una duda especulativa que muy pronto se convirtió en un desconcertante recuerdo; su vieja niñera, es claro, había muerto. “Si esto es así, pensó, "estoy soñando”. Despertó asustado. Se vio en la cápsula y comprendió que volaba en una órbita de la que ya no podría salir. 

Adolfo Bioy Caceres.

Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades.
—  Adolfo Bioy Casares, carta a Elena Garro