bermeja

The Lost Island

The isle of Bermeja was mapped in the Gulf of Mexico as early as the 17th century. It wasn’t inhabited, but it’s location was known with a high degree of precision, especially with regard to its location relative to other islands.

Somewhere in the 20th century, folks noticed Bermeja had “disappeared.”

The conspiracy theory is that the CIA blew up Bermeja because the island acted as Mexico’s border in the Gulf with regard to oil rights. Without the island, the theory goes, those oil rights and trillions of dollars go to the US of A.

So, I get why the conspiracy theory exists. Trillions of dollars is a pretty good motive for crazy shit.

But who’s stupid enough to play, “Uh, what island?” and think it’ll work?

Bermeja’s precise location appears on many maps of the Gulf for three hundred years. Moreover, there’s an island-ish sized mound 40 meters below the ocean surface where Bermeja ought to be. I mean, okay, the “island” as “a rocky formation sticking out the ocean” isn’t there, but it’s not like we don’t know where it was.

The parties negotiating the oil rights weren’t talking about The Hoary Mists of Sleeping Bermeja Where'er It May Be. They were talking about a specific point of longitude and latitude.

This is the Trillion Dollar Oil Deal version of changing the numbers on your street address so the bank can’t find you when you stop making payments.

It don’t work like that!

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Esta canción debería de ser un puto himno, pero Granada, es una ciudad mayoritariamente de izquierda de Septiembre a Junio, aunque si contamos a esa peñita que posturea en el alternativismo de la vida y solo trabaja para su propio ego, lo mismo la cosa queda centro.

Panormica Mirador de Salvador Guerrero at Los Reales de Sierra Bermeja #Estepona When it gets boring at the sea level
By akatava

The past will receive his revenge [Memoria perdida 5]

Me erigí de la cama en cuanto advertí el mermado sonido de las puertas dobles.

El silencio, el cual había imperado mi habitación, se quebró con el murmullo ahogado pero constante de voces en la distancia. Los diálogos, circunscritos a un tema en común que no comprendía, saturaban el extenso pasillo únicamente manifiesto gracias al espacio libre entre las afiladas placas de metal. Titubeé en acercarme, empero, obligué a mis piernas a que avanzaran.

Las blancas paredes repercutían las ininteligibles palabras de un crío regordete —cuya edad no superaba la mía—, que caminaba de manera presurosa hacia el corredor principal. Las luces, de una tonalidad bermeja que lograba enfermarme, ofrecían un incierto escenario no sólo inquietante sino también desconfiado que remitían, de alguna manera, a un hospital. Ésos ambientes sosiegos y límpidos en cuyas entrañas ocultaban desasosiego e incertidumbre. Observé los semblantes de los niños: seriedad, abatimiento, nostalgia. ¿Era consecuencia de la pérdida de sus padres? ¿O algo más los impulsaba a sumirse en ése deplorable estado?

Me aferré a la idea que mi hermana estaría aguardándome al otro lado de la sede.

«Mi hermana. Sophie. ¿Dónde estaba Sophie?»

¿Isaac Newton? — aquéllas palabras me devolvieron a la realidad. Recordé al hombre del Berg, cuyo apellido era Jefferson, que había escogido ése nombre para referirse a mí aún cuando no comprendía el motivo por el cual lo había hecho—. Mocoso, responde cuando te llamo…

«¿Qué había de malo con Demian?».

Lo veo. Está allí, junto a Michael— respondió, en cambio, el otro agente de seguridad.  

El niño que estaba erigido a mi lado realizó una mueca y dilucidé que ése tampoco era su nombre. ¿Ninguno aquí resguardaba su apellido real?

No es tan listo si apenas es capaz de reconocer su propio nombre… — se mofó el hombre del Lanzador. Fruncí el ceño. ¿Qué cojones le ocurría a ése tipo? Su compañero, de ademanes más pacientes, negó con la cabeza.

Ése crío, así como lo ves, ha cruzado Londres en búsqueda del campo de refugiados— sentí el rubor en mis mejillas y descendí la mirada cuando advertí el murmullo de los demás niños de la sección—. Y llevaba a su hermana de cuatro años consigo.

Sí, gran mérito…—exclamó el hombre del Lanzador si bien advertí en su semblante cierto ademán incómodo que me llenó de orgullo al punto en que volví a alzar la mirada—.Ya veremos si ése intelecto acompaña la elección de un nuevo nombre… ¿Cómo te llamas, niño?

Demian— respondí, por inercia. El tipo del Lanzador me envió una mirada exasperada.

El nombre que te hemos asignado, crío.

«¿Qué hay de malo con Demian?»

¿Isaac Newton?— titubeé al pronunciarlo. No era mi nombre. No me correspondía. No significaba nada.

Ahora sin titubear— insistió el agente y apuntó el Lanzador sobre su espalda, descorriendo las oscuras correas que sujetaban el arma.

Demian.

Demian Christopher.

Isaac Newton— mencioné, mi voz adquirió cierta certeza si bien mi mente aún refutaba aquél nombre. Pensé que, quizás, si cumplía aquéllas inauditas normativas, ésos tipos me dejarían ver a mi hermana. Sophie. Nunca me había alejado de ella. Si quiera en el centro de refugiados donde solíamos compartir la litera dentro del hangar. Yo la acunaba mientras ella dormitaba sobre mi pecho. A veces tenía pesadillas acerca de lo ocurrido en casa pero, a fin de cuentas, lograba calmarla si traía al estúpido señor bigotes… ése jodido peluche regordete con forma de conejo.

Recordé que Sophie aún cargaba al muñeco al momento de abordar el Berg empero y, de alguna manera, éste había acabado en mi habitación. Sólo una nota, garabateada con lápiz negro y caligrafía imprenta casi infantil, lo acompañaba. Su único mensaje «para que te proteja» aún resonaba en mi mente a manera de despiadado recordatorio que ella no estaba conmigo. Una punzada de culpa azotó mi pecho.

Isaac Newton —afirmé. La voz resuelta e imponente, mi postura firme.

«Demian Christopher Hawksworth.», pensé al momento en que atravesé las puertas dobles en dirección a las primeras clases. Estaba claro que, mi objetivo allí, era buscar a Sophie.