arte del siglo xxi

Perdidos en el arte

No te vayas aún, me falta mucho que decirte. Creo que tus ojos son los más verdes que he visto. Esperaba tener un momento contigo antes de tu última hora antes de salir de aquí. Me ha tocado hablarte en este coma arrugado y rasgado por el tiempo. ¿Recuerdas aquella carta que te escribí un lunes de Mayo? Bueno, espero aun que le conserves contigo. He logrado sentirme equilibrada, es extraño sentirme libre de amor cuando me siento atada. No olvidaré las lágrimas que derramé susurrándole a mi almohada tu nombre, David. Eres como una pintura de Picasso, notándose sin gracias y simple en lo abstracto, ya que sólo el ojo de una persona digna es capaz de ver la belleza en ti, mi pesca nocturna en Antibes. Sigo teniendo sueños recurrentes a un futuro que me encadena a nuestro pasado. Te quiere, por ello te hará llorar. Fue dulce, mi eterna condena de un año, tus labios junto a los míos en aquella pintura de Gustav Klimt volviéndose una con una sencilla noche rebosante de estrellas. Caminamos cerca de una terraza de café por la noche, y me dijiste que sabías que aquella droga era mi debilidad. En aquella estación de Sandro Botticelli tocaste a mi ventana, deseando pasar juntos una tarde de domingo en la isla de Grande Jatte. Junto a nosotros aquellos los tres músicos que lograban una salida de la realidad completamente fascinante. Va contra mis principios, y la teoría de la relatividad nuestro encuentro poco lúcido en mi subconsciente. Como el sueño de Dante representados en un vívido cuadro. La persistencia de la memoria me condena, David. Mi madre junto a mi esperando, como si hubiese sido pintada por James McNeill, un ilustre despertar. Y antes de despedirnos en frente a un lago colmado de lirios en el agua se hace una versión improvisada del baile en el Moulin de la Galette conformada por ti, mi David de Miguel Ángel, y una Camille Claudel del siglo XXI.


—Soley Guerra