apeadero

El vuelo más caro del mundo

El vuelo más caro del mundo
El gran negocio de los vuelos chárter a Cuba, donde abundan los excesos
y los abusos
Rui Ferreira, La Habana | 01/02/2016 1:20 pm

A las 4 de la mañana de un día de semana, el aeropuerto de Miami surge
algo así como un apeadero aéreo con aires de terminal de ómnibus
interprovinciales de Cuba. Es una mezcla de soñolencia, olor de café
recién colado y no muchas ganas para atender el público. A esa hora, la
agilidad no es prioritaria.
Pero es la hora a la que hay que estar allí si se quiere viajar a Cuba
al amanecer. El viajero pasa más tiempo en los aeropuertos que en el
aire para hacer ese viaje, tanto en el de Miami como en el José Martí en
La Habana. El vuelo, en sí, son apenas 47 minutos y tiene sus momentos
agradables, pero también escalofriantes.
Como aquel instante en que el pasajero, sobrevolando el Estrecho de
Florida, durante un instante divisa la costa norte de Cuba y la costa
sur de Estados Unidos. Ante sus ojos tiene un espacio que le parece
fugaz y bello, pero que se vuelve tenebroso cuando piensa en la odisea
que miles han pasado solo para ir de una orilla a la otro y a la que
muchos no han sobrevivido.
“Mi vida, ¿un cafecito?”, pregunta uno de los primeros pasajeros en la
fila, que parece un cliente habitual de estos menesteres, por la
familiaridad con que trata a los empleados de la aerolínea, como si los
conociera de toda la vida. “Gracias, mi amor”. Y la colada va siendo
compartida entre despachadores y maleteros que interrumpen sus tareas.
Los trámites no parecen complicados pero, como éste no es un vuelo
normal, sino un “chárter”, como viene sucediendo desde el siglo pasado,
los pasajeros tienen que hacer tres filas para poder embarcar. Una
burocracia que no tiene nada que envidiar a la de las oficinas públicas
del otro lado del estrecho.
La primera fila suele ser la más rápida. El pasajero se presenta, enseña
sus documentos, los empleados miran si todo está en regla. Si el viajero
es conocido de la casa, lo que sucede a menudo, la cosa es casi
expedita. “Manolo, de nuevo por acá…”. “Así es mi socio, la vieja se ha
enfermado”, contesta el Manolo. “Vamos mi socio, que eso mismo dijiste
hace dos semanas. Buen viaje”.
El paso siguiente es el más engorroso, y enfrentado por los viajeros con
resignación porque de forma alguna pueden evitarlo, sean conocidos o no.
Es el momento de presentar los equipajes, pesarlos y para la mayoría es
un proceso lento porque estos vuelos de Miami a La Habana operan como
una especie de cordón umbilical, y en el fondo de las maletas hay
artículos para todo tipo de necesidades, destinados a hacerle la vida
más llevadera a la familia en la Isla.
Hay de todo, como en una feria, de lo imprescindible a lo superfluo,
hasta enormes televisores de pantalla plana que son un dolor de cabeza
para los maleteros, que tienen que cargarlos hacia las esteras que los
depositan en el avión. La madrugada de este viaje iban 18 televisores.
También se pesa todo lo que el pasajero quiere llevar, porque uno de los
negocios de los vuelos chárter es el exceso de equipaje y el costo no
tiene “perdón de Dios”: es uno de los más caros del mundo. No solo como
lo demuestra el precio del pasaje —$450 dólares por 45 minutos de vuelo,
a $10 dólares por minuto—, sino por la posibilidad, siempre presente, de
que el costo del vuelo termine por incrementarse a la llegada a La
Habana, si la Aduana de la República de Cuba entiende que hay que pesar
todo de nuevo y pagar más excesos.
Pasado este “pequeño” escollo se llega a la última fila, la de recibir
el pase a bordo, indicio de que todo marcha bien. Pequeño error, falta
un detalle. Es el momento de pagar el exceso de equipaje o la maleta
porque, inexplicablemente, en este caso la única que se despacha tiene
que pagar $20 aunque no tenga exceso de peso.
“Y me da el dinero al contado, me hace el favor. Yo no hago las reglas”,
ataja la cajera ante la protesta sin grandes contemplaciones y ya
espabilada. No se sabe muy bien si por los efectos del café tomado una
hora antes, porque entretanto han pasado casi 60 minutos, o por el
entusiasmo de ver la pequeña caja fuerte que tiene en frente sobre el
mostrador, irse llenando de fajos de billetes. Porque, no nos olvidemos,
esto es un negocio. Y grande.
El embarque se procesa en silencio. Es lento. Aunque algunos pasajeros
parecen saber ya hacia dónde dirigirse, a los demás las azafatas los
tratan literalmente como ganado, porque como la mayoría son ancianos, no
son muy duchos en el arte de viajar y los achaques de la edad tampoco
facilitan el acomodo.
“Me tienen que poner todo bajo el asiento, sino los mando a bajar”,
amenaza una de ellas. No se sabe si en serio o en broma. Pero la
advertencia queda en el aire y la gente la lleva en serio, posiblemente
quizá familiarizada con los pequeños abusos del otro lado del estrecho y
se aprestan rápidamente a desprenderse de carteras, pequeños maletines,
sacos de plásticos y todo lo que tienen sobre el regazo. “Y se me portan
bien”, agrega.
El despegue es rápido. Avión corto, con ciento y pico de pasajeros a
bordo, cuando en la cabina se siente que las ruedas ya están en el aire
y comienza la trepada, se escucha una voz ronca: “Dale que nos fuimos”.
Un desahogo que no define si es una alegría por volver a casa o irse de
ella. Más clara es una anciana toda vestida de blanco que se persigna y
exclama: “¡Gloria a Dios!”.
La misma plegaria habrá de escucharse al aterrizar tras el corto vuelo
sin novedad, durante el cual el viajero queda sabiendo que a abordo hay
de todo, como en la viña del señor. Un joven que llegó a Estados Unidos
hace año y medio y regresa a ver a su familia con un maletín lleno de
“cositas buenas”, como dice. Una adolescente, que nació en Miami, hace
dos meses viajó por primera vez a la Isla, allí encontró “el amor de su
vida” y va a verlo de nuevo. Se dejarán ver, ya fuera de la Terminal 2
del aeropuerto habanero pegados el uno al otro. Por algo ella aplaudió
efusivamente, como todos a bordo, cuando el aparato tocó tierra y la voz
ronca sonó de nuevo: “Frena, frena, que se acaba la pista”.
Una versión de este texto también aparece publicada en Diario las Américas.

Source: El vuelo más caro del mundo - Artículos - Cuba - Cuba Encuentro
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🏠 Garajea salgai Tolosan / Venta de garaje en Tolosa

Montesku auzoan garaje itxia salgai, Tolosako apeadero gaineko etxeetan, zentrotik 3 minutura oinez. 30metro karratukoa. Furgoneta bat ondo kabitzen da eta estanterientzat lekua geratuko zen nahi izan ez gero.Vendo garaje cerrado en el barrio de Montesku. Situado en los bajos de las casas situadas encima del apeadero de Tolosa. A 3 minutos a pie del cetro de Tolosa. 30 metros cuadrados. Entra una furgoneta y queda espacio para colocar baldas si se quiere.Prezioa / Precio 36.000€ WhatsApp-ak atenditzen dira / Se atiende WhatsApp en Guipúzcoa clickalo en https://guipuzcoa.segundamano.click/es-es/garajea_salgai_tolosan__venta_de_garaje_en_tolosa/MjA3Njk=
El gran negocio de los chárteres a Cuba

El gran negocio de los chárteres a Cuba
Además de un pasaje de $450 por un viaje de 45 minutos, el cobro a los
pasajeros por exceso de equipaje alcanza cifras abusivas
LA HABANA.-RUI FERREIRA
@ruiefe
Especial

A las 4 de la mañana de un día de semana, el aeropuerto de Miami surge
algo así como un apeadero aéreo con aires de terminal de ómnibus
interprovinciales. Es una mezcla de soñolencia, el olor de café recién
colado y
no muchas ganas para atender el público. A esa hora, la agilidad no es
prioritaria.

Pero es la hora a la que hay que estar allí si se quiere viajar a Cuba
al amanecer. El pasajero pasa más tiempo en los aeropuertos que en el
aire para hacer ese viaje, tanto en el de Miami como en el José Martí en
La Habana. El vuelo, en sí, son apenas 47 minutos y tiene sus momentos
agradables pero también escalofriantes.

Como aquel instante en que el pasajero, sobrevolando el Estrecho de
Florida, durante un instante divisa la costa norte de Cuba y la costa
sur de Estados Unidos. Ante sus ojos tiene un espacio que le parece
fugaz y bello, pero que se vuelve tenebroso cuando piensa en la odisea
que miles han pasado solo para ir de una orilla a la otro y a la que
muchos no han sobrevivido.

“Mi vida, ¿un cafecito?”, pregunta uno de los primeros pasajeros en la
fila, que parece un cliente habitual de estos menesteres, por la
familiaridad con que trata a los empleados de la aerolínea, como si los
conociera de toda la vida. “Gracias, mi amor”. Y la colada va siendo
compartida entre despachadores y maleteros que interrumpen sus tareas.
Los trámites no parecen complicados pero, como éste no es un vuelo
normal, sino un ‘charter’ como viene sucediendo desde el siglo pasado,
los pasajeros tienen que hacer tres filas para poder embarcar. Una
burocracia que no tiene nada que envidiar a la de las oficinas públicas
del otro lado del estrecho.

La primera fila suele ser la más rápida. El pasajero se presenta, enseña
sus documentos, los empleados miran si todo está en regla. Si el viajero
es conocido de la casa, lo que sucede a menudo, la cosa es casi
expedita. “Manolo, de nuevo por acá…”. “Así es mi socio, la vieja se ha
enfermado”, contesta el Manolo. “Vamos mi socio que eso mismo dijiste
hace dos semanas. Buen viaje”.

El paso siguiente es el más engorroso y enfrentado por los viajantes con
resignación porque de forma alguna pueden evitarlo, sean conocidos o no.
Esta es la etapa de presentar los equipajes, pesarlos y para la mayoría
es un proceso lento porque estos vuelos de Miami a La Habana operan
como una especie de cordón umbilical y en el fondo de las maletas viajan
artículos para todo tipo de necesidades para hacer la vida más llevadera
a la familia en la isla. Hay de todo, como en una feria, de lo
imprescindible a lo superfluo, como los enormes televisores de pantalla
plana que son un dolor de cabeza para los maleteros que tienen que
cargarlos hacia las esteras que los depositan en el avión. La madrugada
de este viaje iban 18 televisores.

También se pesa todo lo que el pasajero quiere llevar, porque uno de los
negocios de los vuelos 'charter’ es el exceso de equipaje y el costo no
tiene 'perdón de Dios’, es uno de los más caros del mundo, como lo es de
hecho el precio del pasaje – 450 dólares por 45 minutos de vuelo, a 10
dólares por minuto –, que termina incrementándose si, a la llegada a La
Habana, la Aduana de la República entiende que hay que pesar todo de
nuevo y pagar más excesos.

Pasado este 'pequeño’ escollo toca la última fila, la de recibir el pase
a bordo, indicio de que todo marcha bien. Pequeño error, falta un
detalle. Es el momento de pagar el exceso de equipaje o la maleta
porque, inexplicablemente, en este caso la única que se despacha tiene
que pagar 20 dólares aunque no tenga exceso de peso. “Y me da el dinero
al contado, me hace el favor. Yo no hago las reglas”, ataja la cajera
ante la protesta sin grandes contemplaciones y ya espabilada. No se sabe
muy bien si por los efectos del café tomado una hora antes, porque
entretanto han pasado casi 60 minutos, o por el entusiasmo de ver la
pequeña caja fuerte que tiene en frente sobre el mostrador, irse
llenando de fajos de billetes. Porque, no nos olvidemos, esto es un
negocio. Y grande.

El embarque se procesa en silencio, es lento. Aunque algunos pasajeros
parecen saber ya hacia dónde dirigirse, a los demás las azafatas los
tratan literalmente como ganado, porque como la mayoría son ancianos, no
son muy duchos en el arte de viajar y los achaques de la edad tampoco
facilitan el acomodo.

“Me tienen que poner todo bajo el asiento, sino los mando a bajar”,
amenaza una de ellas. No se sabe si en serio o en broma. Pero la
advertencia queda en el aire y la gente la lleva en serio, posiblemente
quizá familiarizada con los pequeños abusos del otro lado del estrecho y
se aprestan rápidamente a desprenderse de carteras, pequeños maletines,
sacos de plásticos y todo lo que tienen sobre el regazo. “Y se me portan
bien”, agrega.

El despegue es rápido. Avión corto, con ciento y pico de pasajeros a
bordo, cuando en la cabina se siente que las ruedas ya están en el aire
y comienza la trepada, se escucha una voz ronca: “Dale que nos fuimos”.
Un desahogo que no define si es una alegría por volver a casa o irse de
ella. Más clara es una anciana toda vestida de blanco que se persigna y
exclama: “¡Gloria a Dios!”.

La misma plegaria habrá de escucharse al aterrizar tras el corto vuelo
sin novedad, durante el cual el viajante queda sabiendo que a abordo hay
de todo como en la viña del señor. Un joven que llegó a Estados Unidos
hace año y medio y regresa a ver a su familia con un maletín lleno de
'cositas buenas’, como dice. Una adolescente que nació en Miami, hace
dos meses viajó por primera vez a la isla, allí encontró 'el amor de su
vida’ y va a verlo de nuevo. Se dejarán ver ya fuera de la Terminal 2
del aeropuerto habanero pegados el uno al otro. Por algo ella aplaudió
efusivamente, como todos a bordo, cuando el aparato tocó tierra y la voz
ronca sonó de nuevo: “Frena, frena, que se acaba la pista”.

Source: El gran negocio de los chárteres a Cuba :: Diario las Americas
:: Cuba -
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