amenazador

Hubo una vez dos presidentes de compañías que competían en la misma industria. Estos dos hombres decidieron ir de campamento para analizar una posible fusión de sus empresas, así que se internaron en el bosque. De pronto, se toparon con un oso gris que se paró sobre sus patas traseras y les gruñó de modo amenazador. En un abrir y cerrar de ojos,el primer presidente se quitó su mochila y sacó un par de zapatos para correr.El segundo presidente le dijo:“Oye, no puedes correr más rápido que ese oso”. El otro le respondió:“Quizá no pueda correr más rápido que el oso, ¡pero sí puedo correr más rápido que tú!”
Lejos de cansarle, su rostro le fascinaba. Desde cada ángulo le producía una impresión diferente. Era un rostro cambiante y los experimentos frente al espejo le habían enseñado a controlar sus expresiones, a parecer ora amenazador, ora travieso, ora sentimental; una inclinación de la cabeza, una contracción de los labios y el gitano corrompido se convertía en un jovencito romántico.
—  Truman Capote, A sangre frIa.

Como era habitual, había escogido uno de los salones abandonados para instalarse en él. Era preferible encerrarse allí y así no tener que soportar a los demás imbéciles del castillo. Además, el aula se encontraba completamente oscura, pues la iluminación era nula, y aquello le pareció perfecto. Era lo más parecido a la noche que tendría por ese momento. Se sentó en una de las sillas que se encontraban en el rincón del salón, mientras que subía sus pies en el escritorio más cercando. Un cigarrillo se posicionó en sus labios, pero justo cuando se disponía a encenderlo, la puerta del aula se abrió. Amycus soltó un quejido, fastidiado por la luz que se filtraba por la puerta. Estaba de espaldas, así que sólo giró su cabeza para observar de quién se trataba, aunque aquello le importaba muy poco en realidad, sólo quería que la persona se esfumara de allí, fuese quien fuese. —Lárgate —ordenó con una voz áspera, en un tono amenazador. 

50 Sombras Más Oscuras (Wigetta)

CAPÍTULO FINAL

Me quedo totalmente pálido, se me hiela la sangre y el miedo invade mi cuerpo.  De forma instintiva me coloco entre él y Samuel.

—¿Qué es eso? —murmura Samuel, con recelo.

Yo le ignoro. No puedo creer que Frank esté haciendo esto.

—¡Frank! Esto no tiene nada que ver contigo.

Lo fulmino con una mirada ponzoñosa, la ira ha reemplazado al miedo. ¿Cómo se atreve a hacer esto? Ahora no, hoy no. En el cumpleaños de Samuel, no. Sorprendido ante mi respuesta, él abre de par en par sus ojos cafés y parpadea.

—¿Qué es eso, Guille? —dice Samuel otra vez, ahora en un tono más amenazador.

—¿Podrías marcharte, Samuel, por favor? —le pido.

—No. Enséñamelo.

Extiende la mano, y sé que no es momento de discutirle; habla con dureza y frialdad. Le entrego el e-mail de mala gana.

—¿Qué te ha hecho él? —pregunta Frank, sin hacer caso de Samuel, y parece muy preocupado.

En mi mente aparece una sucesión de multitud de imágenes eróticas, y me ruborizo.

—Eso no es asunto tuyo, Frank.

No puedo evitar el tono de exasperación que tiene mi voz.

—¿De dónde sacaste esto? —pregunta Samuel con la cabeza ladeada e inexpresivo, pero en un tono bajo muy… amenazador.

Frank se sonroja.

—Eso es irrelevante. —Pero, al ver su mirada glacial, prosigue enseguida—: Estaba en el bolsillo de una americana, que supongo que es tuya, y que encontré detrás de la puerta del dormitorio de Guille.

La firmeza de Frank se debilita un poco ante la abrasadora mirada café de Samuel, pero aparentemente se recupera y le clava la vista furioso.

Con su traje ceñido de un rojo vino tinto, parece la hostilidad personificada. Está impresionante. Pero ¿qué demonios hacía rebuscando en mi ropa? Normalmente es al revés.

—¿Se lo has contado a alguien?

Ahora la voz de Samuel es como un guante de seda.

—¡No! Claro que no —replica Frank, ofendido.

Samuel asiente y parece relajarse. Se da la vuelta y se encamina hacia la chimenea. Frank y yo permanecemos callados mientras vemos cómo coge un encendedor de la repisa, prende fuego al e-mail, lo suelta y deja que caiga flotando lentamente en llamas sobre el suelo del hogar hasta quedar reducido a cenizas. El silencio en la habitación es opresivo.

—¿Ni siquiera a Luzu? —le pregunto a Frank.

—A nadie —afirma enfáticamente él, que por primera vez parece dolido y desconcertado—. Yo solo quería saber si estabas bien, Guille —murmura.

—Estoy bien, Frank. Más que bien. Por favor, Samuel y yo estamos estupendamente, de verdad; eso es cosa del pasado. Por favor, ignóralo.

—¿Que lo ignore? —dice—. ¿Cómo voy a ignorar esto? ¿Qué te ha hecho él? —pregunta, y sus ojos están cargados de preocupación sincera.

—Él no me ha hecho nada, Frank. En serio… estoy bien.

Él me mira, vacilante.

—¿De verdad?

Samuel me pasa un brazo por la cintura y me estrecha contra él, sin apartar los ojos de Frank.

—Guille ha aceptado ser mi hombre, Frank —dice tranquilamente.

—¡Tu hombre! —chilla Frank, y abre mucho los ojos, sin dar crédito.

—Vamos a casarnos. Vamos a anunciar nuestro compromiso esta noche —afirma él.

—¡Oh! —Frank me mira con la boca abierta. Está atónito—. ¿Te dejo solo quince días y vas a casarte? Esto muy precipitado. Así que ayer, cuando dije… —Me mira, estupefacta—. ¿Y cómo encaja este e-mail en todo esto?

—No encaja, Frank. Olvídalo… por favor. Yo le quiero y él me quiere. No arruines su fiesta y. nuestra noche. No lo hagas —susurro.

Él pestañea y de pronto sus ojos están brillantes por las lágrimas.

—No. Claro que no. ¿Tú estás bien?

Quiere que se lo asegure para quedarse tranquilo.

—Soy más feliz que en toda mi vida —murmuro.

Él se acerca y me coge la mano, haciendo caso omiso del brazo de Samuel rodeando mi cintura.

—¿De verdad estás bien? —pregunta esperanzado.

—Sí.

Le sonrío de oreja a oreja, recuperando por fin mi alegría. Frank se relaja, y su sonrisa es un reflejo de mi felicidad. Me aparto de Samuel, y él me abraza de repente.

—Oh, Guille… me quedé tan preocupado cuando leí esto. No sabía qué pensar. ¿Me lo explicarás? —musita.

—Algún día, ahora no.

—Bien. Yo no se lo contaré a nadie. Te quiero mucho, Guille, como a un hermano. Es que pensé… no sabía qué pensar, perdona. Si tú eres feliz, yo también soy feliz.

Mira directamente a Samuel y se disculpa otra vez. Él asiente, pero su mirada es glacial y su expresión permanece imperturbable. Oh, no, sigue enfadado.

—De verdad que lo siento. Tienes razón, no es asunto mío —me dice al oído.

Llaman a la puerta, Frank se sobresalta y yo me aparto de él. Victoria asoma la cabeza.

—¿Todo bien, cariño? —le pregunta a Samuel.

—Todo bien, señora De Luque —salta Frank al instante.

—Estupendamente, mamá —dice Samuel.

—Bien. —Victoria entra—. Entonces no os importará que le dé a mi hijo un abrazo de cumpleaños.

Nos sonríe a ambos. Él la estrecha con fuerza entre sus brazos y su gesto inmediatamente se suaviza.

—Feliz cumpleaños, cariño —dice ella en voz baja, y cierra los ojos fundida en ese abrazo—. Estoy tan contenta de que no te haya pasado nada.

—Estoy bien, mamá. —Samuel le sonríe.

Ella se echa hacia atrás, le examina fijamente y sonríe radiante.

—Me alegro muchísimo por ti —dice, y le acaricia la cara.

Él le devuelve una sonrisa… su entrañable sonrisa capaz de derretir el corazón más duro.

¡Ella lo sabe! ¿Cuándo se lo ha dicho Samuel?

—Bueno, chicos, si ya habéis terminado vuestro tête-à-tête, aquí hay un montón de gente que quiere comprobar que realmente estás en una pieza, y desearte feliz cumpleaños, Samuel.

—Ahora mismo voy.

Victoria nos mira con cierta ansiedad a Frank y a mí, y al parecer nuestras sonrisas la tranquilizan. Me guiña el ojo y nos abre la puerta. Samuel me tiende una mano, y yo la acepto.

—Samuel, perdóname, de verdad —dice Frank humildemente.

Frank en plan humilde… es algo digno de ver. Samuel le mira, asiente y ambos salimos detrás de Frank.

Una vez en el pasillo, miro de reojo a Samuel.

—¿Tu madre sabe lo nuestro? —pregunto con inquietud.

—Sí.

—Ah.

Y pensar que el tenaz joven Garnes podría haber arruinado nuestra velada. Me estremezco al pensar en las consecuencias que podría tener que el estilo de vida de Samuel saliera a la luz.

—Bueno, ha sido una forma interesante de empezar la noche.

Le sonrío con dulzura. Él baja la mirada hacia mí, y aparece de nuevo su mirada irónica.

Gracias a Dios.

—Tiene usted el don de quedarse corto, joven Díaz. Como siempre. —Se lleva mi mano a los labios y me besa los nudillos, y entramos al salón, donde somos recibidos con un aplauso súbito, espontáneo, ensordecedor.

Oh, Dios. ¿Cuánta gente hay aquí?

Echo un rápido vistazo a la sala: están todos los De Luque, Luzu con Samantha, el doctor Atkin y su esposa, supongo. También está el tipo del barco; un afroamericano alto y guapo —recuerdo haberle visto la primera vez que estuve en la oficina de Samuel—; Lily, esa bruja amiga de Samantha, dos mujeres a las que no conozco de nada, y… oh, no. Se me cae el alma a los pies. Esa mujer… la señora Robinson.

Aparece Gretchen con una bandeja de champán. Lleva un vestido negro escotado, el pelo recogido en un moño alto en lugar de las coletas, y al ver a Samuel sus pestañas aletean y se sonroja. El aplauso va apagándose y todas las miradas se dirigen expectantes hacia Samuel, que me aprieta la mano.

—Gracias, a todos. Creo que necesitaré una de estas.

Coge dos copas de la bandeja de Gretchen y le dedica una sonrisa fugaz. Tengo la sensación de que miss Coletitas está a punto de desmayarse o de morirse. Samuel me ofrece una copa.

Alza la suya hacia el resto de la sala, e inmediatamente todos se acercan, encabezados por la diabólica mujer de negro. ¿Es que siempre viste del mismo color?

—Samuel, estaba preocupadísima.

Carla le da un pequeño abrazo y le besa en ambas mejillas. Yo intento soltarme de su mano, pero él no me deja.

—Estoy bien, Carla —musita Samuel con frialdad.

—¿Por qué no me has llamado? —inquiere ella desesperada, buscando su mirada.

—He estado muy ocupado.

—¿No recibiste mis mensajes?

Samuel se remueve, incómodo, me rodea con un brazo y me estrecha hacia él. Sigue mirando a Carla con gesto impasible. Ella ya no puede seguir ignorándome, y me saluda con un asentimiento cortés.

—Guille, querido —dice ronroneante—. Estás muy guapo.

—Carla —respondo en el mismo tono—. Gracias.

Capto una mirada de Victoria, que frunce el ceño al vernos a los tres juntos.

—Tengo que anunciar una cosa, Carla —le dice Samuel con indiferencia.

A ella se le enturbia la mirada.

—Por supuesto.

Finge una sonrisa y da un paso atrás.

—Escuchadme todos —dice Samuel.

Espera un momento hasta que cesa el rumor de la sala, y todos vuelven a centrar sus miradas en él.

—Gracias por haber venido. Debo decir que esperaba una tranquila cena familiar, de manera que esto es una sorpresa muy agradable.

Mira fijamente a Samantha, que sonríe radiante y le saluda discretamente. Samuel mueve la cabeza con simulada exasperación y prosigue.

—A Ros y a mí… —hace un gesto hacia la mujer pelirroja que está de pie junto a una rubia menuda y vivaz—… nos fue ayer de muy poco.

Ah, es Ros, la mujer que trabaja con él. Ella sonríe y alza la copa hacia él.

—Así que me hace especialmente feliz estar aquí hoy para compartir con todos vosotros una magnífica noticia. Este magnífico hombre —baja la mirada hacia mí—, el joven Guillermo Díaz, ha aceptado ser mi esposo, y quería que todos vosotros fuerais los primeros en saberlo.

¡Se produce una reacción de asombro general, vítores ocasionales, y luego una ronda de aplausos! Dios… esto está pasando realmente de verdad. Creo que me he puesto del color del traje de Frank. Samuel me coge la barbilla, alza mi boca hasta sus labios y me da un beso fugaz.

—Pronto serás mío.

—Ya lo soy —susurro.

—Legalmente —musita, y me sonríe con aire malicioso.

Lily, que está al lado de Samantha, parece alicaída; por la expresión que pone, Gretchen parece haberse tragado algo muy desagradable y amargo. Paseo la vista con cierta ansiedad entre la multitud congregada y localizo a Carla. Tiene la boca abierta. Está atónita… horrorizada incluso y al verla tan estupefacta, no puedo evitar una intensa satisfacción. Al fin y al cabo, ¿qué demonios estás haciendo aquí?

Diego y Victoria interrumpen mis malévolos pensamientos, e inmediatamente todos los De Luque empiezan a abrazarme y a besarme, uno detrás de otro.

—Oh, Guille… estoy tan encantada de que vayas a formar parte de la familia —dice Victoria muy emocionada—. El cambio que ha dado Samuel… Ahora es… feliz. Te lo agradezco tanto.

Incómodo ante tal efusividad, yo me sonrojo, pero en el fondo estoy muy contento.

—¿Dónde está el anillo? —exclama Samantha cuando me abraza.

—Eh…

¡El anillo! Vaya. Ni siquiera había pensado en el anillo. Miro de reojo a Samuel.

—Lo escogeremos juntos —dice Samuel, fulminando a su hermana con la mirada.

—¡Ay, no me mires así, De Luque! —le reprocha ella, y luego le abraza—. Estoy muy emocionada por ti, Samuel —dice.

Ella es la única persona a la que no intimida su expresión colérica. A mí me hace temblar… bueno, solía hacerlo.

—¿Cuándo os casaréis? ¿Habéis fijado la fecha? —le pregunta radiante a Samuel.

Él niega con la cabeza, con evidente exasperación.

—No tengo ni idea, y no lo hemos decidido. Todavía tenemos que hablarlo Guille y yo —dice, irritado.

—Espero que celebréis una gran boda… aquí.

Sonríe con entusiasmo, sin hacer el menor caso del tono cáustico de su hermano.

—Lo más probable es que mañana nos escapemos a Las Vegas —le replica él, y recibe a cambio un mohín lastimero, típico de Samantha De Luque. Samuel pone los ojos en blanco y se vuelve hacia Luzu, que le da su segundo gran abrazo en solo dos días.

—Así se hace, hermano —dice palmeándole la espalda.

La reacción de toda la sala es abrumadora, y pasan unos minutos hasta que consigo reunirme de nuevo con Samuel, que se acerca ahora al doctor Atkin. Por lo visto Carla ha desaparecido y Gretchen sigue sirviendo champán con gesto arisco.

Al lado del doctor Atkin hay una joven muy atractiva, con una melena larga y oscura, casi azabache, un escote muy llamativo y unos ojos almendrados preciosos.

—Samuel —dice Atkin tendiéndole la mano, y él la estrecha encantado.

—John. Rhian.

Besa a la mujer morena en la mejilla. Es menuda y muy linda.

—Estoy encantado de que sigas entre nosotros, Samuel. Mi mujer estaría muy apenada y aburrida, sin ti.

Samuel sonríe.

—¡John! —le reprocha Rhian, ante el regocijo de Samuel.

— Rhian, este es Guillermo, mi prometido. Guille, esta es la esposa de John.

—Encantado de conocer a la persona que finalmente ha conquistado el corazón de Samuel —dice Rhian con amabilidad.

—Gracias —musito yo, nuevamente apurado.

—Esta sí que ha sido una buena bolea, Samuel —comenta el doctor Atkin meneando la cabeza, como si no diera crédito. Samuel frunce el ceño.

—Tú y tus metáforas de críquet, John. — Rhian pone los ojos en blanco—. Felicidades a los dos, y feliz cumpleaños, Samuel. Qué regalo tan maravilloso —me dice con una gran sonrisa.

No tenía ni idea de que el doctor Atkin fuera a estar aquí, ni tampoco Carla. Me ha cogido desprevenido, y me devano los sesos pensando si tengo algo que preguntarle al doctor, aunque no creo que una fiesta de cumpleaños sea el lugar adecuado para una consulta psiquiátrica.

Charlamos durante unos minutos. Rhian es un ama de casa con dos hijos pequeños. Deduzco que ella es la razón de que el doctor Atkin ejerza en USA.

—Él está bien, Samuel, responde bien al tratamiento. Dentro de un par de semanas lo incorporaremos a un programa para pacientes externos.

El doctor Atkin y Samuel están hablando en voz baja, pero no puedo evitar escucharles y desatender a Rhian con cierta descortesía.

—Y ahora mismo vivo entre fiestas infantiles y pañales…

—Eso debe de robarte mucho tiempo.

Me sonrojo y me concentro nuevamente en Rhian, que ríe con amabilidad. Sé que Samuel y Atkin están hablando de Michael.

—Pídele una cosa de mi parte —murmura Samuel.

—¿Y tú a qué te dedicas, Guillermo?

—Guille, por favor. Trabajo en una editorial.

Samuel y el doctor Atkin bajan más la voz; es muy frustrante. Pero se callan en cuanto se les acercan las dos mujeres a las que no conocía de antes: Ros y Gwen, la vivaz rubita a la que Samuel presenta como la compañera de Ros.

Esta es encantadora, y no tardo en descubrir que vive prácticamente enfrente del Escala. Se dedica a elogiar la destreza de Samuel como piloto. Era la primera vez que volaba en el Charlie Tango, y dice que no dudaría en volver a hacerlo. Es una de las pocas personas que he conocido que no está fascinada por él… bueno, el motivo es obvio.

Gwen es risueña y tiene un sentido del humor irónico, y Samuel parece extraordinariamente cómodo con ambas. Las conoce bien. No hablan de trabajo, pero me doy cuenta de que Ros es una mujer inteligente que no tiene problemas para seguirle el ritmo. También posee una fantástica risa ronca de fumadora empedernida.

Victoria interrumpe nuestra placentera conversación para informar a todo el mundo de que en la cocina de los De Luque están sirviendo el bufet en que consistirá la cena. Los invitados empiezan a dirigirse hacia la parte de atrás de la casa.

Samantha me para en el pasillo. Con su vestido de encaje rosa pálido y sus altísimos tacones, se planta frente a mí como un fantástico árbol navideño. Sostiene dos copas de cóctel.

—Guille —sisea con complicidad.

Yo miro de reojo a Samuel, que me deja como diciendo «Que tengas suerte, yo no puedo con ella», y entramos juntos en el salón.

—Toma —dice con aire travieso—. Es un martini de limón, especialidad de mi padre…  mucho más bueno que el champán.

Me ofrece una copa y me observa con ansiedad mientras doy un sorbo para probarlo.

—Mmm… delicioso. Aunque un poco fuerte.

¿Qué pretende? ¿Intenta emborracharme?

—Guille, necesito un consejo. Y no se lo puedo pedir a Lily: ella es muy crítica con todo —Samantha pone los ojos en blanco y luego me sonríe—. Tiene muchos celos de ti. Creo que esperaba que un día Samuel y ella acabaran juntos, no entiende que mi hermano prefiere hombres.

Samantha se echa a reír ante lo dicho, y yo tiemblo por dentro. Eso es algo con lo que tendré que lidiar durante mucho tiempo: que otras personas deseen a mi hombre. Aparto esa idea inoportuna de mi mente, y me evado centrándome en el tema que ahora nos ocupa. Bebo otro sorbo del martini.

—Intentaré ayudarte. Adelante.

—Ya sabes que Rubén y yo nos conocimos hace poco, gracias a ti.

Me sonríe radiante.

—Sí.

¿Adónde demonios quiere ir a parar?

—Guille… él no quiere salir conmigo —confiesa con un mohín.

—Oh.

Parpadeo extrañado, y pienso: A lo mejor él no está tan encaprichado contigo.

—Mira, no es exactamente así. Él no quiere salir conmigo porque su hermano está saliendo con mi hermano. ¿Sabes?, Rubén considera que todo esto es un poco… incestuoso. Pero yo sé que le gusto. ¿Qué puedo hacer?

—Ah, ya entiendo —musito, intentando ganar algo de tiempo. ¿Qué puedo decir?—. ¿No podéis plantearos ser amigos y daros un poco de tiempo? Quiero decir que acabas de conocerle.

Ella arquea una ceja.

—Mira, ya sé que yo acabo de conocer a Samuel, pero… —Frunzo el ceño sin saber qué decir—. Samantha, esto tenéis que solucionarlo Rubén y tú, juntos. Yo lo intentaría por la vía de la amistad.

Samantha esboza una amplia sonrisa.

—Esa mirada la has aprendido de Samuel.

Me ruborizo.

—Si quieres un consejo, pregúntale a Frank. Él debe de saber algo más sobre los sentimientos de su hermano.

—¿Tú crees?

—Sí —digo con una sonrisa alentadora.

—Fantástico. Gracias, Guille.

Me da otro abrazo y sale corriendo hacia la puerta con aire excitado —e impresionante, dados los tacones que lleva—, sin duda para ir a incordiar a Frank. Bebo otro sorbo de martini, y me dispongo a seguirla, cuando me paro en seco.

Carla entra en la sala con paso muy decidido y expresión tensa y colérica. Cierra la puerta con cuidado y me dirige una mirada amenazadora.

Oh, no.

—Guille —dice con una sonrisa desdeñosa.

Ligeramente mareada después de dos copas de champán y del cóctel letal que llevo en la mano, hago acopio de toda la serenidad de que dispongo. Tengo la sensación de que la sangre ha dejado de circular por mis venas, pero recurro tanto a mi subconsciente como a el dios que llevo dentro para aparentar tanta tranquilidad e indiferencia como puedo.

—Carla —digo con un hilo de voz, firme pese a la sequedad de mi boca.

¿Por qué me trastorna tanto esta mujer? ¿Y ahora qué quiere?

—Te daría mis felicitaciones más sinceras, pero me parece que no sería apropiado.

Y clava en mí sus penetrantes ojos azules, fríos y llenos de odio.

—Yo no necesito ni deseo tus felicitaciones, Carla. Me sorprende y me decepciona que estés aquí.

Ella arquea una ceja. Creo que parece impresionada.

—No había pensado en ti como en una adversario digno, Guillermo. Pero siempre me sorprendes.

—Yo no he pensado en ti en absoluto —miento fríamente. Samuel estaría orgulloso—. Y ahora, si me disculpas, tengo cosas mucho mejores que hacer en lugar de perder el tiempo contigo.

—No tan deprisa, niñito —sisea, y se apoya en la puerta para bloquearme el paso—. ¿Qué demonios te crees que haces aceptando casarte con Samuel? Si has pensado durante un minuto siquiera que puedes hacerle feliz, estás muy equivocado.

—Lo que yo haya consentido hacer o no con Samuel no es problema tuyo.

Sonrío dulcemente con sarcasmo. Ella me ignora.

—Él tiene necesidades… necesidades que tú no puedes satisfacer en lo más mínimo—replica con arrogancia.

—¿Qué sabes tú de sus necesidades? —replico. Una sensación de indignación arde en mis entrañas y una descarga de adrenalina recorre mi cuerpo. ¿Cómo se atreve esta bruja asquerosa a sermonearme?—. No eres más que una pederasta enfermiza, y si de mí dependiera te arrojaría al séptimo círculo del infierno y me marcharía tranquilamente. Ahora apártate… ¿o voy a tener que obligarte?

—Estás cometiendo un grave error en este asunto. —Agita frente a mí un largo y esbelto dedo con una manicura perfecta—. ¿Cómo te atreves a juzgar nuestro estilo de vida? Tú no sabes nada, y no tienes ni idea de dónde te estás metiendo. Y si crees que él será feliz con un insulso caza-fortunas como tú…

¡Ya basta! Le tiro a la cara el resto del martini de limón, dejándola empapada.

—¡No te atrevas a decirme tú dónde me estoy metiendo! —le grito—. ¿Cuándo aprenderás que eso no es asunto tuyo?

Me mira horrorizada con la boca abierta y se limpia la bebida pegajosa de la cara. Creo que está a punto de abalanzarse sobre mí, pero de pronto se queda paralizada cuando se abre la puerta.

Samuel aparece en el umbral. Tarda una fracción de segundo en hacerse cargo de la situación: yo, pálido y tembloroso; ella, empapada y lívida. Su hermoso rostro se ensombrece, crispado por la rabia, y se coloca entre ambos.

—¿Qué coño estás haciendo, Carla? —dice en un tono glacial y amenazador.

Ella levanta la vista hacia él y parpadea.

—Él no es bueno para ti, Samuel —susurra.

—¿Qué? —grita él, y ambos nos sobresaltamos.

No le veo la cara, pero todo su cuerpo está tenso e irradia animosidad.

—¿Tú cómo coño sabes lo que es bueno para mí?

—Tú tienes necesidades, Samuel —dice ella en un tono más suave.

—Ya te lo he dicho: esto no es asunto tuyo, joder —ruge.

Oh, no… El furioso Samuel ha asomado su no tan espantoso rostro. Va a oírle todo el mundo.

—¿De qué va esto? —Samuel se queda callado un momento, fulminándola con la mirada—. ¿Piensas que eres tú? ¿Tú? ¿Crees que tú eres la persona adecuada para mí? —dice en un tono más bajo, pero impregnado de desdén, y de pronto siento deseos de marcharme de aquí.

No quiero presenciar este enfrentamiento íntimo. Pero estoy paralizado: mis extremidades se niegan a moverse.

Carla traga saliva y parece como si se obligara a erguirse. Su postura cambia de forma sutil y se convierte en autoritaria. Da un paso hacia él.

—Yo fui lo mejor que te pasó en la vida —masculla con arrogancia—. Mírate ahora. Uno de los empresarios más ricos y triunfadores de Estados Unidos, equilibrado, emprendedor… Tú no necesitas nada. Eres el amo de tu mundo.

Él retrocede como si le hubieran golpeado, y la mira atónito y enfurecido.

—Aquello te encantaba, Samuel, no intentes engañarte a ti mismo. Tenías una tendencia autodestructiva de la cual te salvé yo, te salvé de acabar en la cárcel. Créeme, nene, hubieras acabado allí. Yo te enseñé todo lo que sabes, todo lo que necesitas.

Samuel se pone pálido, mirándola horrorizado, y cuando habla lo hace con voz queda y escéptica.

—Tú me enseñaste a follar, Carla. Pero eso es algo vacío, como tú. No me extraña que Linc te dejara.

Yo siento cómo la bilis me sube por la garganta. No debería estar aquí. Pero estoy petrificado, morbosamente fascinado, mientras ellos se destrozan el uno al otro.

—Tú nunca me abrazaste —susurra Samuel—. No me dijiste que me querías, ni una sola vez.

Ella entorna los ojos.

—El amor es para los idiotas, Samuel.

—Fuera de mi casa.

La voz furiosa e implacable de Victoria nos sobresalta a todos. Los tres volvemos rápidamente la cabeza hacia ella, de pie en el umbral de la sala. Está mirando fijamente a Carla, que palidece bajo su bronceado de Saint-Tropez.

El tiempo se detiene mientras todos contenemos la respiración. Victoria irrumpe muy decidida en la habitación, sin apartar su ardiente y colérica mirada de Carla, hasta plantarse frente a ella.

Carla abre los ojos, alarmada, y Victoria le propina un fuerte bofetón en la cara, cuyo impacto resuena en las paredes del comedor.

—¡Quita tus asquerosas zarpas de mi hijo, puta, y sal de mi casa… ahora! —masculla con los dientes apretados.

Carla se toca la mejilla enrojecida, y parpadea horrorizada y atónita mirando a Victoria. Luego abandona corriendo la sala, sin molestarse siquiera en cerrar la puerta.

Victoria se vuelve despacio hacia Samuel, y un tenso silencio cae como un manto de espesa niebla sobre la habitación mientras madre e hijo se miran fijamente. Al cabo de un momento, Victoria dice:

—Guille, antes de entregarte a mi hijo, ¿te importaría dejarme unos minutos a solas con él? —articula en voz baja y ronca, pero llena de fuerza.

—Por supuesto —susurro, y me apresuro a salir observando de reojo por encima del hombro.

Pero ninguno de los dos se vuelve hacia mí cuando abandono la sala. Siguen mirándose fijamente, comunicándose sin palabras de un modo atronador.

Llego al pasillo y me siento perdido un momento. Mi corazón retumba y la sangre hierve en mis venas… Me siento aterrado y débil. Dios santo, eso es algo realmente grave, y ahora Victoria lo sabe. No me imagino qué le dirá a Samuel, y aunque sé que no está bien, me apoyo en la puerta para intentar oírles.

—¿Cuánto duró, Samuel?

Victoria habla en voz baja. Apenas la oigo.

No oigo lo que responde él.

—¿Cuántos años tenías? —Ahora el tono es más insistente—. Dime. ¿Cuántos años tenías cuando empezó todo esto?

Tampoco ahora oigo a Samuel.

—¿Va todo bien, Guille? —me interrumpe Ros.

—Sí. Bien. Gracias, yo…

Ros sonríe.

—Yo estoy buscando mi bolso. Necesito un cigarrillo.

Y, por un instante, contemplo la posibilidad de ir a fumar con ella.

—Yo voy al baño.

Necesito aclararme la mente y las ideas, procesar lo que acabo de presenciar y oír. Creo que el piso de arriba es el sitio donde es más probable que pueda estar solo. Veo que Ros entra en la salita, y entonces subo las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso, y luego hasta el tercero.

Es el único sitio donde quiero estar.

Abro la puerta del dormitorio de infancia de Samuel, entro y cierro tragando saliva. Me acerco a su cama y me dejo caer, tumbado mirando el blanco techo.

Santo cielo. Este debe ser, sin ninguna duda, uno de los enfrentamientos más terribles de los que he sido testigo, y ahora estoy aturdido. Mi prometido y su ex amante… algo que ningún futuro esposo debería presenciar. Eso está claro, pero en parte me alegra que ella haya mostrado su auténtico yo, y de haber sido testigo de ello.

Mis pensamientos se dirigen hacia Victoria. Pobre mujer, tener que escuchar todo eso de su hijo. Me abrazo a una de las almohadas de Samuel. Ella ha oído que Samuel y Carla tuvieron una aventura… pero no la naturaleza de la misma. Gracias a Dios. Suelto un gemido.

¿Qué estoy haciendo? Quizá esa bruja diabólica tuviera parte de razón.

No, me niego a creer eso. Ella es tan fría y cruel. Sacudo la cabeza. Se equivoca. Yo soy bueno para Samuel. Yo soy lo que necesita. Y, en un momento de extraordinaria clarividencia, no me planteo «cómo» ha vivido él su vida hasta hace poco… sino «por qué». Sus motivos para hacer lo que les ha hecho a innumerables chicos… ni siquiera quiero saber cuántos. El cómo no es el problema. Todos eran adultos. Todos fueron —¿Cómo lo expresó el doctor Atkin?— relaciones seguras y consentidas de mutuo acuerdo. Es el porqué. El porqué es lo que está mal.

El porqué surge de la profunda oscuridad de sus orígenes. Cierro los ojos y me los cubro con el brazo. Pero ahora él ha superado eso, lo ha dejado atrás y ambos hemos salido a la luz. Yo estoy deslumbrado con él, y él conmigo. Podemos guiarnos mutuamente. Y en ese momento se me ocurre una idea. ¡Maldita sea! Una idea insidiosa y persistente, y estoy justo en el sitio donde puedo enterrar para siempre ese fantasma. Me siento en la cama. Sí, debo hacerlo.

Me pongo de pie tambaleante, me quito los zapatos, y observo el panel de corcho de encima del escritorio. Todas las fotos de Samuel de niño siguen ahí; y, al pensar en el espectáculo que acabo de presenciar entre él y la señora Robinson, me conmueven más que nunca. Y ahí en una esquina está esa pequeña foto en blanco y negro: la de su madre, la puta adicta al crack.

Enciendo la lámpara de la mesilla y enfoco la luz hacia esa fotografía. Ni siquiera sé cómo se llamaba. Se parece mucho a él, pero más joven y más triste, y lo único que siento al ver su afligida expresión es lástima. Intento encontrar similitudes entre su cara y la mía. Observo la foto con los ojos entornados y me acerco mucho, muchísimo, pero no veo ninguna. Excepto el pelo quizá, aunque creo que ella lo tenía más claro. No me parezco a ella en absoluto. Y es un alivio.

Mi subconsciente chasquea la lengua y me mira por encima de sus gafas de media luna con los brazos cruzados. ¿Por qué te torturas a ti mismo? Ya has dicho que sí. Ya has decidido tu destino. Yo le respondo frunciendo los labios: Sí, lo he hecho, y estoy encantado. Quiero pasar el resto de mi vida tumbado en esta cama con Samuel. El dios que llevo dentro, sentado en posición de loto, sonríe sereno. Sí, he tomado la decisión adecuada.

Tengo que ir a buscar a Samuel; estará preocupado. No tengo ni idea de cuánto rato he estado en esta habitación; creerá que he huido. Al pensar en su reacción exagerada, pongo los ojos en blanco. Espero que Victoria y él hayan terminado de hablar. Me estremezco al pensar qué más debe de haberle dicho ella.

Me encuentro a Samuel subiendo las escaleras del segundo piso, buscándome. Su rostro refleja tensión y cansancio; no es el Samuel feliz y despreocupado con el que llegué. Me quedo en el rellano y él se para en el último escalón, de manera que quedamos al mismo nivel.

—Hola —dice con cautela.

—Hola —contesto en idéntico tono.

—Estaba preocupado…

—Lo sé —le interrumpo—. Perdona… no era capaz de sumarme a la fiesta. Necesitaba apartarme, ¿sabes? Para pensar.

Alargo la mano y le acaricio la cara. Él cierra los ojos y la apoya contra mi palma.

—¿Y se te ocurrió hacerlo en mi dormitorio?

—Sí.

Me coge la mano, me atrae hacia él y yo me dejo caer en sus brazos, mi lugar preferido en todo el mundo. Huele a ropa limpia, a gel de baño y a Samuel, el aroma más tranquilizador y excitante que existe. Él inspira, pegado a mi cabello.

—Lamento que hayas tenido que pasar por todo eso.

—No es culpa tuya, Samuel. ¿Por qué ha venido ella?

Baja la vista hacia mí y sus labios se curvan en un gesto de disculpa.

—Es amiga de la familia.

Yo intento mantenerme impasible.

—Ya no. ¿Cómo está tu madre?

—Ahora mismo está bastante enfadada conmigo. Sinceramente, estoy encantado de que tú estés aquí y de que esto sea una fiesta. De no ser así, puede que me hubiera matado.

—¿Tan enojada está?

Él asiente muy serio, y me doy cuenta de que está desconcertado por la reacción de ella.

—¿Y la culpas por eso? —digo en tono suave y cariñoso.

Él me abraza fuerte y parece indeciso, como si tratara de ordenar sus pensamientos.

Finalmente responde:

—No.

¡Wow! Menudo avance.

—¿Nos sentamos? —pregunto.

—Claro. ¿Aquí?

Asiento y nos acomodamos en lo alto de la escalera.

—¿Y tú qué sientes? —pregunto ansioso, apretándole la mano y observando su cara triste y seria.

Él suspira.

—Me siento liberado.

Se encoge de hombros, y luego sonríe radiante, con una sonrisa gloriosa y despreocupada al más puro estilo Samuel, y el cansancio y la tensión presentes hace un momento se desvanecen.

—¿De verdad?

Yo le devuelvo la sonrisa. Wow, bajaría a los infiernos por esa sonrisa.

—Nuestra relación de negocios ha terminado.

Le miro con el ceño fruncido.

—¿Vas a cerrar la cadena de salones de belleza?

Suelta un pequeño resoplido.

—No soy tan vengativo, Guillermo —me reprende—. No, le regalaré el negocio. Se lo debo.

El lunes hablaré con mi abogado.

Yo arqueo una ceja.

—¿Se acabó la señora Robinson?

Adopta una expresión irónica y menea la cabeza.

—Para siempre.

Yo sonrío radiante.

—Siento que hayas perdido una amiga.

Se encoge de hombros y luego esboza un amago de sonrisa.

—¿De verdad lo sientes?

—No —confieso, ruborizado.

—Ven. —Se levanta y me ofrece una mano—. Unámonos a esa fiesta en nuestro honor. Incluso puede que me emborrache.

—¿Tú te emborrachas? —le pregunto, y le doy la mano.

—No, desde mis tiempos de adolescente salvaje.

Bajamos la escalera.

—¿Has comido? —pregunta.

Oh, Dios.

—No.

—Pues deberías. A juzgar por el olor y el aspecto que tenía Carla, lo que le tiraste era uno de esos combinados mortales de mi padre.

Me observa e intenta sin éxito disimular su gesto risueño.

—Samuel, yo…

Levanta una mano.

—No discutamos, Guillermo. Si vas a beber, y a tirarles copas encima a mis ex, antes tienes que comer. Es la norma número uno. Creo que ya tuvimos esta conversación después de la primera noche que pasamos juntos.

Oh, sí. El Heathman.

Cuando llegamos al pasillo, se detiene y me acaricia la cara, deslizando los dedos por mi mandíbula.

—Estuve despierto durante horas, contemplando cómo dormías —murmura—. Puede que ya te amara entonces.

Oh.

Se inclina y me besa con dulzura, y yo me derrito por dentro, y toda la tensión de la última hora se disipa lánguidamente de mi cuerpo.

—Come —susurra.

—Vale —accedo, porque en este momento haría cualquier cosa por él.

Me da la mano y me conduce hacia la cocina, donde la fiesta está en pleno auge.

* * *

—Buenas noches, John, Rhian.

—Felicidades otra vez, Guille. Seréis muy felices juntos.

El doctor Atkin nos sonríe con afecto cuando, cogidos del brazo, nos despedimos de él y de Rhian en el vestíbulo.

—Buenas noches.

Samuel cierra la puerta, sacude la cabeza, y me mira de repente con unos ojos brillantes por la emoción.

¿Qué se propone?

—Solo queda la familia. Me parece que mi madre ha bebido demasiado.

Victoria está cantando con una consola de karaoke en la sala familiar. Frank y Samantha no paran de animarla.

—¿Y la culpas por ello?

Le sonrío con complicidad, intentando mantener el buen ambiente entre ambos. Con éxito.

—¿Se está riendo de mí, joven Díaz?

—Así es.

—Un día memorable.

—Samuel, últimamente todos los días que paso contigo son memorables —digo en tono mordaz.

—Buena puntualización,  joven Díaz. Ven, quiero enseñarte una cosa.

Me da la mano y me conduce a través de la casa hasta la cocina, donde Diego,  Rubén y Luzu hablan de los Mariners, beben los últimos cócteles y comen los restos del festín.

—¿Vais a dar un paseo? —insinúa Luzu burlón cuando cruzamos las puertas acristaladas.

Diego le pone mala cara a Luzu, moviendo la cabeza con un mudo reproche.

Mientras subimos los escalones hasta el jardín, me quito los zapatos. La media luna brilla resplandeciente sobre la bahía. Reluce intensamente, proyectando infinitas sombras y matices de gris a nuestro alrededor, mientras las luces de Seattle centellean a lo lejos. La casita del embarcadero está iluminada, como un faro que refulge suavemente bajo el frío halo de la noche.

—Samuel, mañana me gustaría ir a la iglesia.

—¿Ah?

—Recé para que volvieras a casa con vida, y así ha sido. Es lo mínimo que puedo hacer.

—De acuerdo.

Deambulamos de la mano durante un rato, envueltos en un silencio relajante. Y entonces se me ocurre preguntarle:

—¿Dónde vas a poner las fotos que me hizo Alex?

—Pensé que podríamos colgarlas en la casa nueva.

—¿La has comprado?

Se detiene para mirarme fijamente, y dice en un tono lleno de preocupación:

—Sí, creí que te gustaba.

—Me gusta. ¿Cuándo la has comprado?

—Ayer por la mañana. Ahora tenemos que decidir qué hacer con ella —murmura aliviado.

—No la eches abajo. Por favor. Es una casa preciosa. Solo necesita que la cuiden con amor y cariño.

Samuel me mira y sonríe.

—De acuerdo. Hablaré con Luzu. Él conoce a una arquitecta muy buena que me hizo unas obras en Aspen. Él puede encargarse de la reforma.

De pronto me quedo sin aliento, recordando la última vez que cruzamos el jardín bajo la luz de la luna en dirección a la casita del embarcadero. Oh, quizá sea allí a donde vamos ahora.

Sonrío.

—¿Qué pasa?

—Me estaba acordando de la última vez que me llevaste a la casita del embarcadero.

A Samuel se le escapa la risa.

—Oh, aquello fue muy divertido. De hecho…

Y de repente se me carga al hombro, y yo chillo, aunque no creo que vayamos demasiado lejos.

—Estabas muy enfadado, si no recuerdo mal —digo jadeante.

—Guillermo, yo siempre estoy muy enfadado.

—No, no es verdad.

Él me da un cachete en el trasero y se detiene frente a la puerta de madera. Me baja deslizándome por su cuerpo hasta dejarme en el suelo, y me coge la cabeza entre las manos.

—No, ya no.

Se inclina y me besa con fuerza. Cuando se aparta, me falta el aire y el deseo domina mi cuerpo.

Baja los ojos hacia mí, y el resplandor luminoso que sale de la casita del embarcadero me permite ver que está ansioso. Mi hombre ansioso, no un caballero blanco ni oscuro, sino un hombre: un hombre hermoso y ya no tan destrozado al que amo. Levanto la mano y le acaricio la cara. Deslizo los dedos sobre sus patillas y por la mandíbula hasta el mentón, y dejo que mi dedo índice le acaricie los labios. Él se relaja.

—Tengo que enseñarte una cosa aquí dentro —murmura, y abre la puerta.

La cruda luz de los fluorescentes ilumina la impresionante lancha motora, que se mece suavemente en las aguas oscuras del muelle. A su lado se ve un pequeño bote de remos.

—Ven.

Samuel toma mi mano y me conduce por los escalones de madera. Al llegar arriba, abre la puerta y se aparta para dejarme entrar.

Me quedo con la boca abierta. La buhardilla está irreconocible. La habitación está llena de flores… hay flores por todas partes. Alguien ha creado un maravilloso emparrado de preciosas flores silvestres, entremezcladas con centelleantes luces navideñas y farolillos que inundan la habitación de un fulgor pálido y tenue.

Vuelvo la cara para mirarle, y él me está observando con una expresión inescrutable. Se encoge de hombros.

—Querías flores y corazones —murmura.

Apenas puedo creer lo que estoy viendo.

—Mi corazón ya lo tienes. —Y hace un gesto abarcando la habitación.

—Y aquí están las flores —susurro, terminando la frase por él—. Samuel, es precioso.

No se me ocurre qué más decir. Tengo un nudo en la garganta y las lágrimas inundan mis ojos.

Tirando suavemente de mi mano me hace entrar y, antes de que pueda darme cuenta, le tengo frente a mí con una rodilla hincada en el suelo. ¡Dios santo… esto sí que no me lo esperaba! Me quedo sin respiración.

Él saca un anillo del bolsillo interior de la chaqueta y levanta sus ojos cafés hacia mí, brillantes, sinceros y cargados de emoción.

—Guillermo Díaz. Te quiero. Quiero amarte, honrarte y protegerte durante el resto de mi vida. Sé mío. Para siempre. Comparte tu vida conmigo. Cásate conmigo.

Le miro parpadeando, y las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas. Mi Cincuenta, mi hombre. Le quiero tanto. Me invade una inmensa oleada de emoción, y lo único que soy capaz de decir es:

—Sí.

Él sonríe, aliviado, y desliza lentamente el anillo en mi dedo. Es un precioso anillo con un diamante ovalado incrustrado sobre un aro de platino. Wow, es grande… Grande, pero simple, deslumbrante en su simplicidad.

—Oh, Samuel —sollozo, abrumado de pronto por tanta felicidad.

Me arrodillo a su lado, hundo las manos en su cabello y le beso. Le beso con todo mi corazón y mi alma. Beso a este hombre hermoso que me quiere tanto como yo le quiero a él; y él me envuelve en sus brazos, y pone las manos sobre mi pelo y la boca sobre mis labios. Y en el fondo de mi ser sé que siempre seré suyo, y que él siempre será mío. Juntos hemos llegado muy lejos, y tenemos que llegar aún más lejos, pero estamos hechos el uno para el otro. Estamos predestinados.

* * *

Da una calada y la punta del cigarrillo brilla en la oscuridad. Expulsa una gran bocanada de humo, que termina en dos anillos que se disipan ante él, pálidos y espectrales bajo la luz de la luna. Se remueve en el asiento, aburrido, y bebe un pequeño sorbo de bourbon barato de una botella envuelta en un papel marrón arrugado, que luego vuelve a colocarse entre los muslos.

Es increíble que aún le siga la pista. Tuerce la boca en una mueca sardónica. Lo del helicóptero ha sido una acción temeraria y precipitada. Una de las cosas más excitantes que ha hecho en toda su vida. Pero ha sido en vano. Pone los ojos en blanco con expresión irónica.

¿Quién habría pensado que ese hijo de puta sabría pilotar tan bien, el muy cabrón?

Suelta un gruñido.

Le han infravalorado. Si De Luque creyó por un momento que se retiraría gimoteante y con el rabo entre las piernas, es que ese capullo no se entera de nada.

Le ha pasado lo mismo durante toda la vida. La gente le ha infravalorado constantemente: no es más que un hombre que lee libros. ¡Y una mierda! Es un hombre que lee libros, y que además tiene una memoria fotográfica. Ah, las cosas de las que se ha enterado, las cosas que sabe. Gruñe otra vez. Sí, sobre ti, De Luque. Las cosas que sé sobre ti.

No está mal para ser un chico de los bajos fondos de Detroit. No está mal para ser un chico que obtuvo una beca para Princeton. No está mal para ser un chico que se deslomó trabajando durante la universidad y al final consiguió entrar en el mundo editorial.

Y ahora todo eso se ha jodido, se ha ido al garete por culpa de De Luque y su putito. Frunce el ceño mientras observa la casa, como si representara todo lo que él desprecia. Pero no ha pasado nada. El único acontecimiento destacable ha sido esa mujer de la melenita pelirroja corta que ha bajado por el sendero hecha un mar de lágrimas, se ha subido al CLK blanco y se ha marchado.

Suelta una risita amarga y hace una mueca de dolor. Joder, las costillas. Todavía le duelen por culpa de las patadas que le dio el esbirro de De Luque.

Revive la escena en su mente. «Si vuelves a tocar al joven Díaz, te mato.»

Ese hijo de perra también recibirá lo suyo. Sí, no sabe lo que le espera. Se reclina otra vez en el asiento. Parece que la noche va a ser larga. Se quedará, vigilando y esperando. Da otra calada al Marlboro. Ya llegará su oportunidad. Llegará muy pronto.

 -FIN-

PURE HUMAN [English+Spanish]


English:

The young Mizuki awakens in her room after one horrible nightmare. But it was really a nightmare? While she walks in a odd and menacing ambient, our protagonist starts to think that the reality maybe is more dangerous than the visions in her head…





Español:

La joven Mizuki despierta en su habitación tras una horrible pesadilla. Pero, ¿se trata realmente de una pesadilla? Poco a poco, mientras deambula por un ambiente cada vez más extraño y amenazador, nuestra protagonista comienza a temer que la realidad sea más peligrosa que las visiones de su cabeza…




Julia levantó los ojos hacia los suyos. No eran tan amenazadores como el tono de su voz podía hacer creer, pero sí la miraban con mucha intensidad.
—Nunca, y cuando digo nunca quiero decir nunca, te follaría. ¿Está claro? Uno no se folla a un ángel.
—Entonces, ¿qué hace alguien como tú con un ángel? —preguntó con voz temblorosa.
—Alguien como yo la valoraría, la apreciaría. Trataría de conocerla y comprenderla. Empezaría tal vez por ser su amigo.
—  El infierno de Gabriel.
Esta es la recreación más precisa jamás lograda de un dinosaurio

Cuando en los años ’90 el célebre director Steven Spielberg presentó la película Parque Jurásico una de las premisas que anunciaron a bombo y platillo era que las recreaciones habían sido supervisadas por científicos expertos en el tema. Si recordáis, los dinosaurios de aquellos tiempos tenían el aspecto, amenazador e imponente, de lagartos o cocodrilos. 

Sin embargo, veinte años después de aquella saga, la Paleontología ha avanzado con nuevos estudios y hallazgos, y si hoy tuviésemos que representar los mismos dinosaurios lo haríamos con un aspecto muy diferente, sobre todo desde el reciente descubrimiento de que muchos de ellos poseían algo similar a las plumas. (En la imagen superior e inferior podéis ver las grandes diferencias de recreaciones de velociraptor en tan solo dos décadas)

Recrear una especie extinta hace más de 65 millones de años no es tarea fácil. Desde sus inicios los pioneros naturalistas como Cuvier, Owen o el propio Darwin, se preguntaron cómo ensamblar correctamente los restos fósiles, muchas veces pertenecientes a especies diferentes. Los resultados, como podéis observar, no siempre eran muy precisos:

Sin embargo, las técnicas han avanzado y hace unos días un equipo del departamento de Biología de la Universidad de Bristol ha presentado la que muchos consideran como “la recreación más exacta de un dinosaurio”, al menos hasta ahora.

Se trata de un coqueto Psittacosaurus, también conocido como dinosaurio loro por su característica boca en forma de pico y sus curiosas plumas en la cola. La reconstrucción de esta especie, muy común en los bosques de Asia nos muestra un herbívoro de pequeño tamaño:

Por supuesto, el equipo de Jakob Vinther, responsable de la publicación en Current Biology, lo ha tenido mucho más fácil que otros investigadores a la hora de recrear este dinosaurio. En primer lugar por la abundancia de fósiles: Se han encontrado más de 400 individuos diferentes de esta especie, por lo que realizar una imagen precisa del Psittacosaurus ha resultado más sencillo que con otros dinosaurios de los que apenas se conservan unos cuantos huesos.

Además, su exactitud en la recreación también es el resultado de la suerte… Hace unos años se encontró en China algo inesperado y muy poco frecuente: Los restos de la cubierta y la piel de un ejemplar perfectamente conservados, que han servido para analizar los colores correctos de este dinosaurio que le servían como un perfecto camuflaje contra depredadores indeseados.

Para terminar el trabajo, Vinther ha presentado una recreación del Psittacosaurus a tamaño real y con todo lujo de detalles, con el que podemos adivinar sus movimientos, e intuir sus costumbres y hábitats más frecuentes en las actuales zonas de China, Rusia o Mongolia.

Referencias científicas y más información:

Elsa Panciroli “Scientists reveal most accurate depiction of a dinosaur ever created

Jakob Vinther, Robert Nicholls, et al. “3D Camouflage in an Ornithischian Dinosaur” Current Biology DOI: http://dx.doi.org/10.1016/j.cub.2016.06.065

Jenny Shang “Researchers use 3D models to define the habitat of Psittacosaurus