amenazador

Tipos de vampiros

Aries: ERETICA

El vampiro ruso, es típico que este vampiro sea un hereje que ha vuelto de la muerte. Se dice que era una mujer la cual vendió su alma en vida y después vuelve en la forma de una vieja mujer. En el anochecer el grupo de Ereticy se encuentran en un barranco y realizan una forma de sabbat. Dicho ser, es activo solamente en el otoño, era creencia que con solo mirar a los ojos de esta criatura se obtiene la muerte

Tauro: DANAG

Este Vampiro filipino es una de las especies más antiguas, responsable por plantar el “taro” a lo largo de las islas. El Danag trabajó con los seres humanos por muchos años, pero la sociedad terminó cuando un día una mujer le cortó un dedo a un Danag, él succionó su herida, viendo el placer que le produjo el sabor de la sangre y drenó completamente su cuerpo, por lo que ahora necesita beber la sangre de los demás.

Géminis: BAITAL

Baital es el vampiro indio, su forma natural es mitad hombre, mitad murciélago, mide medio metro. Ingiere vísceras y sangre de animales y humanos.

Cáncer: CIVATATEO

Esta bruja-vampiro se encontraba entre las leyendas Aztecas. Dicho ser es sirviente de varias deidades lunares, se asume que es una noble mujer quien ha muerto al dar a luz. Los niños son su alimento favorito, muriendo de una enfermedad poco después del ataque. Estos vampiros aparecen con las caras blancas, las manos cubiertas con tiza blanca, y los huesos dibujados en su ropa.

Leo: ADZE

Un espíritu del vampiro que mora en las tribus de hechiceros, de la gente que habita parte del sudeste de Ghana y del Togo meridional en Africa. La Adze vuela en forma de luciérnaga pero, si está cautiva, cambia y se convierte en un ser humano. Bebe sangre, el aceite de palma y el agua de coco y sus presas son niños, especialmente los que son hermosos.

Virgo: BAJANG

Un vampiro malayo, se asume que es hombre, aparece como un gato y normalmente como niños amenazadores. El Bajang se puede esclavizar y se obsequia de una generación. Se mantiene en un tabong (recipiente de bambú) el cuál es protegido por varios encantos. El enemigo generalmente muere tiempo después de una enfermedad misteriosa.

Libra: BAOBHAN-SITH

Este vampiro escocés normalmente se disfraza como una hermosa virgen, así engañando a sus víctimas y allí mismo dándoles muertes. Baobhan-Sith aparece vestido en verde.

Escorpio: ALP

Este vampiro alemán es asociado con el boogeyman y el incubus, normalmente ronda por las noches y en los sueños de las mujeres. Viola y succiona la sangre de las mujeres entrando en su alcoba a traves de sus sueños eróticos. Cuado ellas sueñan, él se materializa fisicamente

Sagitario: BRUXA

Un vampiro femenino de Portugal. El Bruxa es transformado en su forma vampírica por medio de la brujería. Ella sale de su hogar en la noche en forma de pájaro y su actividad más frecuente es atormentar viajeros perdidos y cansados. Dicen que generalmente aparece como una hermosa mujer y lleva una vida normal en el día, usando a los niños como su alimento predilecto.

Capricornio: BRAHMAPARUSH

Otro vampiro de la India que goza el consumir seres humanos. Esta criatura bebe la sangre de sus víctimas a través de su cráneo, luego come el cerebro y finalmente procede a envolver con intestinos el cuerpo de sus víctimas y realiza una danza ritual.

Acuario: ASWANG

Un vampiro de las Filipinas, se cree que de día es una hermosa mujer y por la noche un demonio alado. El Aswang puede vivir una vida normal durante el día. Pero en la noche es conducida por pájaros a las casas de sus víctimas. Su alimento es siempre sangre, y prefiere alimentarse de niños. Esta criatura se reconoce por su forma al terminar de alimentarse, ella parece hinchada, casi embarazada. Si el Aswang lame la sombra de las personas se cree que esta persona morirá pronto.

Piscis: EMPUSAS

Una criatura vampiro de la mitología griega, se dice que generalmente está a la orden de la diosa Hecate. Es descrita como un demonio que de cuando en cuando toma forma humana. La mayoría de las veces se parece a una mujer de Fenicia.

Duraznito-.

Hoy no puedo, hoy no me lo pidas. Hoy no te amo. Hoy siento mis vacíos más penetrantes, más amenazadores. Hoy no hay cabida para ti, hoy me estoy desmoronando. Hoy es para intentar salvarme a mí mismo.
—  J. Weitnauer
Hubo una vez dos presidentes de compañías que competían en la misma industria. Estos dos hombres decidieron ir de campamento para analizar una posible fusión de sus empresas, así que se internaron en el bosque. De pronto, se toparon con un oso gris que se paró sobre sus patas traseras y les gruñó de modo amenazador. En un abrir y cerrar de ojos,el primer presidente se quitó su mochila y sacó un par de zapatos para correr.El segundo presidente le dijo:“Oye, no puedes correr más rápido que ese oso”. El otro le respondió:“Quizá no pueda correr más rápido que el oso, ¡pero sí puedo correr más rápido que tú!”
Aportes de Melanie Klein al Psicoanálisis

“Solo si el objeto ha sido amado como un todo, su perdida puede ser sentida como total.”


Los aportes a la teoría psicoanalítica podrían resumirse de la siguiente manera:

1. La teoría del funcionamiento mental primitivo, que postula la existencia de un Yo desde el nacimiento, capaz de percibir angustia, desarrollar primarios mecanismos de defensa y establecer relaciones de objeto desde el comienzo de la vida misma.

2. La teoría de la función estructurante de los mecanismos de identificación proyectiva.

3. Una teoría de las relaciones objetales, que incluye la hipótesis de la fantasía inconsciente y de la que deriva en parte el concepto de mundo interno.

4. La teoría de las posiciones, que jerarquiza los conceptos de ansiedades psicóticas, paranoide y depresiva, en el funcionamiento mental.

5. Una concepción distinta del instinto de muerte y sus destinos, del que derivan otros conceptos kleinianos.


Modelo de Aparato Psíquico en Melanie Klein

Para Melanie Klein desde el nacimiento existe:

l. Dos pulsiones básicas, la de vida y la de muerte, que provocan ansiedades tempranas de diferentes cualidades.

2. Un yo temprano que implementa diferentes mecanismos defensivos para controlar las ansiedades mencionadas.

3. Relaciones de Objeto tempranas que cambian de cualidad según el grado de integración psíquica.

Estos tres aspectos de la vida psíquica se organizan en dos tipos de estructuras que son llamadas por Klein “posiciones”.

El concepto de posición para Melanie Klein es en primer término equiparable al de fases del desarrollo, puesto que pueden considerarse como subdivisiones de la Etapa Oral, la primera abarca los tres o cuatro primeros meses de vida y la segunda (Posición Depresiva) abarca la segunda mitad del primer año de vida.

Pero dicho concepto incluye para M. Klein una configuración específica de: relaciones objetales, ansiedades y defensas, persistentes a lo largo de la vida. Nunca una posición se reemplaza totalmente por la otra. Las dos posiciones son: Posición Esquizoparanoide y Posición Depresiva.


Posición Esquizoparanoide

Como se definió, hay suficiente yo al nacer como para:

  • Sentir ansiedad
  • Utilizar mecanismos defensivos
  • Establecer primitivas relaciones de objeto.

El yo es muy desorganizado en un principio pero de acuerdo a la orientación general del crecimiento fisiológico y psicológico tiene desde el comienzo una tendencia a integrarse.

El yo inmaduro del bebé está expuesto a la ansiedad provocada por:

  • El nacimiento, vivenciado como trauma
  • La innata polaridad de los instintos, el conflicto inmediato entre Instinto de Vida y de Muerte. La acción interna de la pulsión de muerte que es sentida como “temor al aniquilamiento” (sensación de desintegración)

  • El impacto de la realidad externa que le producen situaciones de ansiedad (vida post natal).

La función principal de este yo temprano es dominar la ansiedad surgida de estas tres fuentes. Para ello instrumenta mecanismos defensivos. Cuando se ve enfrentado a la ansiedad que le produce el instinto de muerte, parte de este instinto se proyecta (deflexiona) fuera en el objeto externo original: el pecho; atribuye aspectos destructivos al objeto externo, para librarse de la sensación de angustia, ya que resulta más fácil defenderse de “ataques externos” que de aquellos que provienen del interior. Así el objeto externo llega a experienciarse como Malo y amenazador para el yo, estas cualidades atribuidas al pecho se vehiculizan como fantasías propias de la etapa oral, Por lo tanto el yo teme ser devorado, succionado, etc. por el objeto, dando origen a un sentimiento de persecución: el miedo a un perseguidor, creándose el OBJETO PERSECUTORIO que genera ANSIEDAD PERSECUTORIA o temor por parte del yo a ser aniquilado por el objeto malo que en definitiva es temor por el yo no por el objeto.

Parte del impulso se conserva en el yo en forma de Agresión.

Así, las faltas de gratificaciones del mundo externo, las experiencias frustrantes del mundo son vivenciadas como provenientes de parte del objeto malo.

Como se advierte este objeto tiene sólo una cualidad, la maldad, o sea que es un objeto parcial, pero también lo es porque físicamente es una parte del todo que constituye la madre con la cual en esta temprana edad se relaciona predominantemente el bebé.

A la parcialidad del objeto se acompaña una parcialización del yo del lactante, porque es sólo una parte del yo el que odia y teme a ese objeto.  Como se proyecta fuera el instinto de muerte, para evitar la ansiedad que surge de contener el objeto malo, se proyecta la libido, a fin de crear un objeto que satisfaga el impulso instintivo del yo a conservar la vida. Esta se experimenta como fantasías de amor hacia el objeto externo, al que se le atribuyen características de cuidado, protección, de proveedor que satisface las necesidades internas del bebé. El objeto sobre el cual se proyectan estas fantasías no es reconocido por el yo como el mismo que frustra. Por lo tanto el objeto bueno también es un objeto parcial por las mismas razones.

El yo proyecta parte de la libido fuera y la restante la utiliza para establecer una relación libidinal con ese objeto ideal. Para poder dividir el mundo en objetos buenos y malos el yo debe dividirse, lo cual está posibilitado por la indiferenciación yo mundo externo. A esta división del yo le da el nombre metafórico de clivaje y constituye el primer mecanismo defensivo que utiliza el yo y que otorga una primera organización primitiva y rudimentaria de la realidad.

Estas características de la ansiedad y de las relaciones objetales experienciadas en esta fase del desarrollo la va a denominar POSICIÓN ESQUIZOPARANOIDE: ya que la ansiedad predominante es paranoide y el estado del yo y de los objetos se caracteriza por la escisión que es esquizoide.

El yo implementa el mecanismo de introyección en forma paralela al de proyección ya mencionado. Se introyectan imagos fantaseadas de los objetos externos modificados por las emociones proyectadas en los mismos, constituyéndose objetos internos malos y buenos.

La introyección de un objeto bueno estimula la proyección de sentimientos buenos hacia el exterior y esto a su vez, por introyección fortalece el sentimiento de poseer un objeto interno bueno.

Otros mecanismos defensivos utilizados en esta etapa con la finalidad de contrarrestar la ansiedad persecutoria y mantener a salvo de la misma a los objetos buenos internos y externos, son los siguientes:

  • Control omnipotente
  • La negación
  • La idealización
  • La identificación proyectiva

Posición Depresiva

Si el desarrollo se efectúa en condiciones favorables, el bebe siente cada vez más que su objeto ideal y sus propios impulsos libidinales son más fuertes que el objeto malo y se puede identificar cada vez más con su objeto ideal, y gracias a esta identificación y también al crecimiento y desarrollo fisiológico de su yo, siente que éste se va fortificando y capacitando para defenderse a sí mismo y al objeto ideal. Cuando el bebe siente que su yo es fuerte, teme menos al objeto persecutorio, lo que hace que la proyección disminuya como así también la escisión de su yo.

Tolera mejor el instinto de muerte dentro de sí y gradualmente predomina el impulso a la integración del yo y del objeto. Esta realidad hace que la madre sea percibida como un objeto total, al integrarse por la acción de procesos de síntesis, en un solo objeto los aspectos antes disociados.

El amor y el odio que el bebé antes separaba, ahora se dirigen hacia un mismo objeto, percibiéndose al mismo como uno solo con cualidades buenas y malas (ambivalencia).

Esto da origen a un tipo de ansiedad, llamada ansiedad depresiva, es decir, aparece el temor a perder al objeto amado a causa de la fantasía de haberlo dañado (recuérdese las intensas proyecciones sádicas infligidas al objeto). Surge la culpa y el deseo ferviente de repararlo.

En este punto se puede ver la génesis de la formación de símbolos. Para proteger al objeto, el bebé inhibe en parte sus impulsos y en parte los desplaza sobre sustitutos; aquí comienza la formación de símbolos.

En la reparación se busca rehacer, juntar lo que se ha roto y se empiezan a crear los distintos símbolos. Pero nunca la reparación es total por lo que se produce un proceso de duelo y se recrea al objeto en el propio interior. Todo duelo posterior remite a este sentimiento y de acuerdo a cómo se elabore este se elaboran los posteriores.

La exitosa elaboración de esta etapa traza la línea que diferencia las Neurosis de las Psicosis.

Si la posición depresiva no es adecuadamente elaborada puede producirse una regresión a la posición esquizoparanoide afectando gravemente el desarrollo ulterior.


Delimitación del concepto de defensa en la teoría Kleiniana

Si el concepto de posición, como unidad, tiene una razón de ser, los procesos defensivos no se pueden entender aisladamente sin el conjunto psíquico que les confiere sentido.

El concepto de defensa en la teoría kleiniana cobra sentido y significado dentro de una configuración específica de relación objetal.

Las defensas son parte de procesos dinámicos en los que siempre están implicados vínculos con los objetos.

Según M. Klein “hay suficiente yo al nacer como para sentir ansiedad, utilizar mecanismos de defensa y establecer primitivas relaciones de objeto en la realidad y en la fantasía.”

Como parte de procesos dinámicos, las defensas son vivenciadas como fantasías inconscientes acerca de aspectos del yo y/o del objeto con el objetivo de disminuir la ansiedad existente en los vínculos objetales y preservar el equilibrio.

Las fantasías se traducen en modos de conducirse frente a los objetos internos y externos creyendo así satisfacer las necesidades y evitar los peligros que son fantaseados.

El uso de una defensa responde siempre a fantasías referidas al vínculo objetal.

Estas fantasías hacen referencia a diferentes aspectos de la relación:

  • Fantasías acerca del estado del yo (fuerte, roto, constructivo) y de su grado de bondad o maldad,
  • Fantasías referidas al estado del objeto (dañado, roto, entero, frágil) y de su grado de bondad o maldad.
  • Fantasías referidas al vínculo posible (actitud bondadosa o persecutoria del objeto hacia el yo.
  • Fantasías referidas al tipo de respuesta temida y referidas a cómo controlar, neutralizar, arreglar, preservar al yo y al objeto para evitar la reiteración del vínculo temido.

Y una vez estructurada la defensa:

  • Fantasías acerca de los beneficios, limitaciones o modificaciones internas resultantes de ellas.

Las defensas son siempre la “mejor solución” lograda por el sujeto en relación con los objetos y están enraizadas en la personalidad y a su vez modifican la percepción y conexión con la realidad externa e interna.

Durante la evolución se privilegian determinadas fantasías sobre otras y se estabilizan como modos comunes de manejar el vínculo con los objetos.

A los modos estables de preservar el equilibrio de los vínculos con los objetos, apoyados en fantasías y expresados en la conducta manifiesta por modos de percibir y valorizar algunos aspectos de la realidad y del yo y neutralizar otros para evitar el sufrimiento psíquico los denominamos mecanismos defensivos.

Es imprescindible diferenciar una defensa tal como es vivida por el sujeto, de la abstracción que el observador puede realizar como modo habitual con que la persona maneja su ansiedad, sus temores o sus deseos en los vínculos con los objetos.

Así, es necesario comprender el concepto teórico y los indicadores clínicos de cada mecanismo defensivo, pero a su vez comprender su dinámica interna.

Lograr una comprensión dinámica de los procesos defensivos supone comprender las fantasías subyacentes, el por qué, el para qué de las defensas, su monto, su calidad, su grado de rigidez o variabilidad y su efectividad y por qué el yo ha optado por ella y no por otra defensa. Es necesario además conocer a qué nivel evolutivo corresponde la modalidad defensiva. Con respecto a esto último existen defensas primitivas frente a ansiedades también primitivas y defensas más adaptativas o evolucionadas. Su utilización, ya sea en cuanto a la oportunidad, la intensidad y las consecuencias, dará la delimitación entre lo normal y lo patológico.


Beastars
  • Título original: Beastars
  • Título traducido: Bestrellas
  • Obra original: Manga (2016)
  • Adaptaciones: No.
  • Calificación personal: Excelente (9/10)
  • Calificación de usuarios: 8.4/10
  • Público efectivo: Shounen (aunque quizás debería ser seinen)
  • Géneros: Drama, vida escolar, psicológico.

Sinopsis

El mundo está habitado por animales antropomorfos, donde carnívoros y herbívoros coexisten en armonía. La serie se desarrolla en la Escuela Cherryton, concretamente alrededor del lobo Legosi, quien por su aspecto amenazador y personalidad reservada suele ser malinterpretado por sus compañeros herbívoros.

Crítica

Keep reading

Cuando las luces se apagan.

No solía tenerle miedo a la oscuridad pero ahora, cada vez que las luces se apagan, mi cerebro comienza a crear sombras y ruidos amenazadores.
Dentro de las cuatro paredes que me rodean, mis peores pesadillas cobran vida, se adueña de mi mente y me trasladan a un lugar donde mis demonios puedan torturarme como quieren.
Una vez dormida, es mi inconsciente el que toma el control y el puede hacer que me convierta en una niña otra vez, paralizada por el miedo, sin poder moverme, sin poder gritar, totalmente indefensa frente a ese mundo que se esconde en mi cabeza, donde el poder de mi imaginación se demuestra con cada segundo que me hace su prisionera.

saurianbutcher  asked:

Símbolo de flecha

Send ➺to find my muse badly wounded and bleeding after a battle.        

Un miasma oscuro recubría las arenas enegreciendo aún más el paisaje oscuro, el suelo se vestía de extrañas flores carmesí que brotaban entre los restos casi irreconocibles de criaturas que no parecían ser de este mundo, del arena no había rastro pues parecía que el manto rojo había copado toda superficie y poco a poco se apoderaba de los cuerpos que allí descabezaban.

Sólo uno se mantenía, figura familiar que sobre el colchón de flores yacía . Inmovilizada por las lanzas al suelo la mantenían anclada, una en el hombro y la otra en el estómago, luchaba inútilmente para retirarlas pero sus dañadas extremidades no la dejaban. De entre las grietas se escurría un espeso líquido oscuro que luego de unos segundos desaparecía en forma de humo negro. Alertada por el sonido de pasos comenzó a gruñir entre silbidos amenazadores - Si valoras tu vida será mejor que mantengas la distancia-

50 Sombras Más Oscuras (Wigetta)

CAPÍTULO FINAL

Me quedo totalmente pálido, se me hiela la sangre y el miedo invade mi cuerpo.  De forma instintiva me coloco entre él y Samuel.

—¿Qué es eso? —murmura Samuel, con recelo.

Yo le ignoro. No puedo creer que Frank esté haciendo esto.

—¡Frank! Esto no tiene nada que ver contigo.

Lo fulmino con una mirada ponzoñosa, la ira ha reemplazado al miedo. ¿Cómo se atreve a hacer esto? Ahora no, hoy no. En el cumpleaños de Samuel, no. Sorprendido ante mi respuesta, él abre de par en par sus ojos cafés y parpadea.

—¿Qué es eso, Guille? —dice Samuel otra vez, ahora en un tono más amenazador.

—¿Podrías marcharte, Samuel, por favor? —le pido.

—No. Enséñamelo.

Extiende la mano, y sé que no es momento de discutirle; habla con dureza y frialdad. Le entrego el e-mail de mala gana.

—¿Qué te ha hecho él? —pregunta Frank, sin hacer caso de Samuel, y parece muy preocupado.

En mi mente aparece una sucesión de multitud de imágenes eróticas, y me ruborizo.

—Eso no es asunto tuyo, Frank.

No puedo evitar el tono de exasperación que tiene mi voz.

—¿De dónde sacaste esto? —pregunta Samuel con la cabeza ladeada e inexpresivo, pero en un tono bajo muy… amenazador.

Frank se sonroja.

—Eso es irrelevante. —Pero, al ver su mirada glacial, prosigue enseguida—: Estaba en el bolsillo de una americana, que supongo que es tuya, y que encontré detrás de la puerta del dormitorio de Guille.

La firmeza de Frank se debilita un poco ante la abrasadora mirada café de Samuel, pero aparentemente se recupera y le clava la vista furioso.

Con su traje ceñido de un rojo vino tinto, parece la hostilidad personificada. Está impresionante. Pero ¿qué demonios hacía rebuscando en mi ropa? Normalmente es al revés.

—¿Se lo has contado a alguien?

Ahora la voz de Samuel es como un guante de seda.

—¡No! Claro que no —replica Frank, ofendido.

Samuel asiente y parece relajarse. Se da la vuelta y se encamina hacia la chimenea. Frank y yo permanecemos callados mientras vemos cómo coge un encendedor de la repisa, prende fuego al e-mail, lo suelta y deja que caiga flotando lentamente en llamas sobre el suelo del hogar hasta quedar reducido a cenizas. El silencio en la habitación es opresivo.

—¿Ni siquiera a Luzu? —le pregunto a Frank.

—A nadie —afirma enfáticamente él, que por primera vez parece dolido y desconcertado—. Yo solo quería saber si estabas bien, Guille —murmura.

—Estoy bien, Frank. Más que bien. Por favor, Samuel y yo estamos estupendamente, de verdad; eso es cosa del pasado. Por favor, ignóralo.

—¿Que lo ignore? —dice—. ¿Cómo voy a ignorar esto? ¿Qué te ha hecho él? —pregunta, y sus ojos están cargados de preocupación sincera.

—Él no me ha hecho nada, Frank. En serio… estoy bien.

Él me mira, vacilante.

—¿De verdad?

Samuel me pasa un brazo por la cintura y me estrecha contra él, sin apartar los ojos de Frank.

—Guille ha aceptado ser mi hombre, Frank —dice tranquilamente.

—¡Tu hombre! —chilla Frank, y abre mucho los ojos, sin dar crédito.

—Vamos a casarnos. Vamos a anunciar nuestro compromiso esta noche —afirma él.

—¡Oh! —Frank me mira con la boca abierta. Está atónito—. ¿Te dejo solo quince días y vas a casarte? Esto muy precipitado. Así que ayer, cuando dije… —Me mira, estupefacta—. ¿Y cómo encaja este e-mail en todo esto?

—No encaja, Frank. Olvídalo… por favor. Yo le quiero y él me quiere. No arruines su fiesta y. nuestra noche. No lo hagas —susurro.

Él pestañea y de pronto sus ojos están brillantes por las lágrimas.

—No. Claro que no. ¿Tú estás bien?

Quiere que se lo asegure para quedarse tranquilo.

—Soy más feliz que en toda mi vida —murmuro.

Él se acerca y me coge la mano, haciendo caso omiso del brazo de Samuel rodeando mi cintura.

—¿De verdad estás bien? —pregunta esperanzado.

—Sí.

Le sonrío de oreja a oreja, recuperando por fin mi alegría. Frank se relaja, y su sonrisa es un reflejo de mi felicidad. Me aparto de Samuel, y él me abraza de repente.

—Oh, Guille… me quedé tan preocupado cuando leí esto. No sabía qué pensar. ¿Me lo explicarás? —musita.

—Algún día, ahora no.

—Bien. Yo no se lo contaré a nadie. Te quiero mucho, Guille, como a un hermano. Es que pensé… no sabía qué pensar, perdona. Si tú eres feliz, yo también soy feliz.

Mira directamente a Samuel y se disculpa otra vez. Él asiente, pero su mirada es glacial y su expresión permanece imperturbable. Oh, no, sigue enfadado.

—De verdad que lo siento. Tienes razón, no es asunto mío —me dice al oído.

Llaman a la puerta, Frank se sobresalta y yo me aparto de él. Victoria asoma la cabeza.

—¿Todo bien, cariño? —le pregunta a Samuel.

—Todo bien, señora De Luque —salta Frank al instante.

—Estupendamente, mamá —dice Samuel.

—Bien. —Victoria entra—. Entonces no os importará que le dé a mi hijo un abrazo de cumpleaños.

Nos sonríe a ambos. Él la estrecha con fuerza entre sus brazos y su gesto inmediatamente se suaviza.

—Feliz cumpleaños, cariño —dice ella en voz baja, y cierra los ojos fundida en ese abrazo—. Estoy tan contenta de que no te haya pasado nada.

—Estoy bien, mamá. —Samuel le sonríe.

Ella se echa hacia atrás, le examina fijamente y sonríe radiante.

—Me alegro muchísimo por ti —dice, y le acaricia la cara.

Él le devuelve una sonrisa… su entrañable sonrisa capaz de derretir el corazón más duro.

¡Ella lo sabe! ¿Cuándo se lo ha dicho Samuel?

—Bueno, chicos, si ya habéis terminado vuestro tête-à-tête, aquí hay un montón de gente que quiere comprobar que realmente estás en una pieza, y desearte feliz cumpleaños, Samuel.

—Ahora mismo voy.

Victoria nos mira con cierta ansiedad a Frank y a mí, y al parecer nuestras sonrisas la tranquilizan. Me guiña el ojo y nos abre la puerta. Samuel me tiende una mano, y yo la acepto.

—Samuel, perdóname, de verdad —dice Frank humildemente.

Frank en plan humilde… es algo digno de ver. Samuel le mira, asiente y ambos salimos detrás de Frank.

Una vez en el pasillo, miro de reojo a Samuel.

—¿Tu madre sabe lo nuestro? —pregunto con inquietud.

—Sí.

—Ah.

Y pensar que el tenaz joven Garnes podría haber arruinado nuestra velada. Me estremezco al pensar en las consecuencias que podría tener que el estilo de vida de Samuel saliera a la luz.

—Bueno, ha sido una forma interesante de empezar la noche.

Le sonrío con dulzura. Él baja la mirada hacia mí, y aparece de nuevo su mirada irónica.

Gracias a Dios.

—Tiene usted el don de quedarse corto, joven Díaz. Como siempre. —Se lleva mi mano a los labios y me besa los nudillos, y entramos al salón, donde somos recibidos con un aplauso súbito, espontáneo, ensordecedor.

Oh, Dios. ¿Cuánta gente hay aquí?

Echo un rápido vistazo a la sala: están todos los De Luque, Luzu con Samantha, el doctor Atkin y su esposa, supongo. También está el tipo del barco; un afroamericano alto y guapo —recuerdo haberle visto la primera vez que estuve en la oficina de Samuel—; Lily, esa bruja amiga de Samantha, dos mujeres a las que no conozco de nada, y… oh, no. Se me cae el alma a los pies. Esa mujer… la señora Robinson.

Aparece Gretchen con una bandeja de champán. Lleva un vestido negro escotado, el pelo recogido en un moño alto en lugar de las coletas, y al ver a Samuel sus pestañas aletean y se sonroja. El aplauso va apagándose y todas las miradas se dirigen expectantes hacia Samuel, que me aprieta la mano.

—Gracias, a todos. Creo que necesitaré una de estas.

Coge dos copas de la bandeja de Gretchen y le dedica una sonrisa fugaz. Tengo la sensación de que miss Coletitas está a punto de desmayarse o de morirse. Samuel me ofrece una copa.

Alza la suya hacia el resto de la sala, e inmediatamente todos se acercan, encabezados por la diabólica mujer de negro. ¿Es que siempre viste del mismo color?

—Samuel, estaba preocupadísima.

Carla le da un pequeño abrazo y le besa en ambas mejillas. Yo intento soltarme de su mano, pero él no me deja.

—Estoy bien, Carla —musita Samuel con frialdad.

—¿Por qué no me has llamado? —inquiere ella desesperada, buscando su mirada.

—He estado muy ocupado.

—¿No recibiste mis mensajes?

Samuel se remueve, incómodo, me rodea con un brazo y me estrecha hacia él. Sigue mirando a Carla con gesto impasible. Ella ya no puede seguir ignorándome, y me saluda con un asentimiento cortés.

—Guille, querido —dice ronroneante—. Estás muy guapo.

—Carla —respondo en el mismo tono—. Gracias.

Capto una mirada de Victoria, que frunce el ceño al vernos a los tres juntos.

—Tengo que anunciar una cosa, Carla —le dice Samuel con indiferencia.

A ella se le enturbia la mirada.

—Por supuesto.

Finge una sonrisa y da un paso atrás.

—Escuchadme todos —dice Samuel.

Espera un momento hasta que cesa el rumor de la sala, y todos vuelven a centrar sus miradas en él.

—Gracias por haber venido. Debo decir que esperaba una tranquila cena familiar, de manera que esto es una sorpresa muy agradable.

Mira fijamente a Samantha, que sonríe radiante y le saluda discretamente. Samuel mueve la cabeza con simulada exasperación y prosigue.

—A Ros y a mí… —hace un gesto hacia la mujer pelirroja que está de pie junto a una rubia menuda y vivaz—… nos fue ayer de muy poco.

Ah, es Ros, la mujer que trabaja con él. Ella sonríe y alza la copa hacia él.

—Así que me hace especialmente feliz estar aquí hoy para compartir con todos vosotros una magnífica noticia. Este magnífico hombre —baja la mirada hacia mí—, el joven Guillermo Díaz, ha aceptado ser mi esposo, y quería que todos vosotros fuerais los primeros en saberlo.

¡Se produce una reacción de asombro general, vítores ocasionales, y luego una ronda de aplausos! Dios… esto está pasando realmente de verdad. Creo que me he puesto del color del traje de Frank. Samuel me coge la barbilla, alza mi boca hasta sus labios y me da un beso fugaz.

—Pronto serás mío.

—Ya lo soy —susurro.

—Legalmente —musita, y me sonríe con aire malicioso.

Lily, que está al lado de Samantha, parece alicaída; por la expresión que pone, Gretchen parece haberse tragado algo muy desagradable y amargo. Paseo la vista con cierta ansiedad entre la multitud congregada y localizo a Carla. Tiene la boca abierta. Está atónita… horrorizada incluso y al verla tan estupefacta, no puedo evitar una intensa satisfacción. Al fin y al cabo, ¿qué demonios estás haciendo aquí?

Diego y Victoria interrumpen mis malévolos pensamientos, e inmediatamente todos los De Luque empiezan a abrazarme y a besarme, uno detrás de otro.

—Oh, Guille… estoy tan encantada de que vayas a formar parte de la familia —dice Victoria muy emocionada—. El cambio que ha dado Samuel… Ahora es… feliz. Te lo agradezco tanto.

Incómodo ante tal efusividad, yo me sonrojo, pero en el fondo estoy muy contento.

—¿Dónde está el anillo? —exclama Samantha cuando me abraza.

—Eh…

¡El anillo! Vaya. Ni siquiera había pensado en el anillo. Miro de reojo a Samuel.

—Lo escogeremos juntos —dice Samuel, fulminando a su hermana con la mirada.

—¡Ay, no me mires así, De Luque! —le reprocha ella, y luego le abraza—. Estoy muy emocionada por ti, Samuel —dice.

Ella es la única persona a la que no intimida su expresión colérica. A mí me hace temblar… bueno, solía hacerlo.

—¿Cuándo os casaréis? ¿Habéis fijado la fecha? —le pregunta radiante a Samuel.

Él niega con la cabeza, con evidente exasperación.

—No tengo ni idea, y no lo hemos decidido. Todavía tenemos que hablarlo Guille y yo —dice, irritado.

—Espero que celebréis una gran boda… aquí.

Sonríe con entusiasmo, sin hacer el menor caso del tono cáustico de su hermano.

—Lo más probable es que mañana nos escapemos a Las Vegas —le replica él, y recibe a cambio un mohín lastimero, típico de Samantha De Luque. Samuel pone los ojos en blanco y se vuelve hacia Luzu, que le da su segundo gran abrazo en solo dos días.

—Así se hace, hermano —dice palmeándole la espalda.

La reacción de toda la sala es abrumadora, y pasan unos minutos hasta que consigo reunirme de nuevo con Samuel, que se acerca ahora al doctor Atkin. Por lo visto Carla ha desaparecido y Gretchen sigue sirviendo champán con gesto arisco.

Al lado del doctor Atkin hay una joven muy atractiva, con una melena larga y oscura, casi azabache, un escote muy llamativo y unos ojos almendrados preciosos.

—Samuel —dice Atkin tendiéndole la mano, y él la estrecha encantado.

—John. Rhian.

Besa a la mujer morena en la mejilla. Es menuda y muy linda.

—Estoy encantado de que sigas entre nosotros, Samuel. Mi mujer estaría muy apenada y aburrida, sin ti.

Samuel sonríe.

—¡John! —le reprocha Rhian, ante el regocijo de Samuel.

— Rhian, este es Guillermo, mi prometido. Guille, esta es la esposa de John.

—Encantado de conocer a la persona que finalmente ha conquistado el corazón de Samuel —dice Rhian con amabilidad.

—Gracias —musito yo, nuevamente apurado.

—Esta sí que ha sido una buena bolea, Samuel —comenta el doctor Atkin meneando la cabeza, como si no diera crédito. Samuel frunce el ceño.

—Tú y tus metáforas de críquet, John. — Rhian pone los ojos en blanco—. Felicidades a los dos, y feliz cumpleaños, Samuel. Qué regalo tan maravilloso —me dice con una gran sonrisa.

No tenía ni idea de que el doctor Atkin fuera a estar aquí, ni tampoco Carla. Me ha cogido desprevenido, y me devano los sesos pensando si tengo algo que preguntarle al doctor, aunque no creo que una fiesta de cumpleaños sea el lugar adecuado para una consulta psiquiátrica.

Charlamos durante unos minutos. Rhian es un ama de casa con dos hijos pequeños. Deduzco que ella es la razón de que el doctor Atkin ejerza en USA.

—Él está bien, Samuel, responde bien al tratamiento. Dentro de un par de semanas lo incorporaremos a un programa para pacientes externos.

El doctor Atkin y Samuel están hablando en voz baja, pero no puedo evitar escucharles y desatender a Rhian con cierta descortesía.

—Y ahora mismo vivo entre fiestas infantiles y pañales…

—Eso debe de robarte mucho tiempo.

Me sonrojo y me concentro nuevamente en Rhian, que ríe con amabilidad. Sé que Samuel y Atkin están hablando de Michael.

—Pídele una cosa de mi parte —murmura Samuel.

—¿Y tú a qué te dedicas, Guillermo?

—Guille, por favor. Trabajo en una editorial.

Samuel y el doctor Atkin bajan más la voz; es muy frustrante. Pero se callan en cuanto se les acercan las dos mujeres a las que no conocía de antes: Ros y Gwen, la vivaz rubita a la que Samuel presenta como la compañera de Ros.

Esta es encantadora, y no tardo en descubrir que vive prácticamente enfrente del Escala. Se dedica a elogiar la destreza de Samuel como piloto. Era la primera vez que volaba en el Charlie Tango, y dice que no dudaría en volver a hacerlo. Es una de las pocas personas que he conocido que no está fascinada por él… bueno, el motivo es obvio.

Gwen es risueña y tiene un sentido del humor irónico, y Samuel parece extraordinariamente cómodo con ambas. Las conoce bien. No hablan de trabajo, pero me doy cuenta de que Ros es una mujer inteligente que no tiene problemas para seguirle el ritmo. También posee una fantástica risa ronca de fumadora empedernida.

Victoria interrumpe nuestra placentera conversación para informar a todo el mundo de que en la cocina de los De Luque están sirviendo el bufet en que consistirá la cena. Los invitados empiezan a dirigirse hacia la parte de atrás de la casa.

Samantha me para en el pasillo. Con su vestido de encaje rosa pálido y sus altísimos tacones, se planta frente a mí como un fantástico árbol navideño. Sostiene dos copas de cóctel.

—Guille —sisea con complicidad.

Yo miro de reojo a Samuel, que me deja como diciendo «Que tengas suerte, yo no puedo con ella», y entramos juntos en el salón.

—Toma —dice con aire travieso—. Es un martini de limón, especialidad de mi padre…  mucho más bueno que el champán.

Me ofrece una copa y me observa con ansiedad mientras doy un sorbo para probarlo.

—Mmm… delicioso. Aunque un poco fuerte.

¿Qué pretende? ¿Intenta emborracharme?

—Guille, necesito un consejo. Y no se lo puedo pedir a Lily: ella es muy crítica con todo —Samantha pone los ojos en blanco y luego me sonríe—. Tiene muchos celos de ti. Creo que esperaba que un día Samuel y ella acabaran juntos, no entiende que mi hermano prefiere hombres.

Samantha se echa a reír ante lo dicho, y yo tiemblo por dentro. Eso es algo con lo que tendré que lidiar durante mucho tiempo: que otras personas deseen a mi hombre. Aparto esa idea inoportuna de mi mente, y me evado centrándome en el tema que ahora nos ocupa. Bebo otro sorbo del martini.

—Intentaré ayudarte. Adelante.

—Ya sabes que Rubén y yo nos conocimos hace poco, gracias a ti.

Me sonríe radiante.

—Sí.

¿Adónde demonios quiere ir a parar?

—Guille… él no quiere salir conmigo —confiesa con un mohín.

—Oh.

Parpadeo extrañado, y pienso: A lo mejor él no está tan encaprichado contigo.

—Mira, no es exactamente así. Él no quiere salir conmigo porque su hermano está saliendo con mi hermano. ¿Sabes?, Rubén considera que todo esto es un poco… incestuoso. Pero yo sé que le gusto. ¿Qué puedo hacer?

—Ah, ya entiendo —musito, intentando ganar algo de tiempo. ¿Qué puedo decir?—. ¿No podéis plantearos ser amigos y daros un poco de tiempo? Quiero decir que acabas de conocerle.

Ella arquea una ceja.

—Mira, ya sé que yo acabo de conocer a Samuel, pero… —Frunzo el ceño sin saber qué decir—. Samantha, esto tenéis que solucionarlo Rubén y tú, juntos. Yo lo intentaría por la vía de la amistad.

Samantha esboza una amplia sonrisa.

—Esa mirada la has aprendido de Samuel.

Me ruborizo.

—Si quieres un consejo, pregúntale a Frank. Él debe de saber algo más sobre los sentimientos de su hermano.

—¿Tú crees?

—Sí —digo con una sonrisa alentadora.

—Fantástico. Gracias, Guille.

Me da otro abrazo y sale corriendo hacia la puerta con aire excitado —e impresionante, dados los tacones que lleva—, sin duda para ir a incordiar a Frank. Bebo otro sorbo de martini, y me dispongo a seguirla, cuando me paro en seco.

Carla entra en la sala con paso muy decidido y expresión tensa y colérica. Cierra la puerta con cuidado y me dirige una mirada amenazadora.

Oh, no.

—Guille —dice con una sonrisa desdeñosa.

Ligeramente mareada después de dos copas de champán y del cóctel letal que llevo en la mano, hago acopio de toda la serenidad de que dispongo. Tengo la sensación de que la sangre ha dejado de circular por mis venas, pero recurro tanto a mi subconsciente como a el dios que llevo dentro para aparentar tanta tranquilidad e indiferencia como puedo.

—Carla —digo con un hilo de voz, firme pese a la sequedad de mi boca.

¿Por qué me trastorna tanto esta mujer? ¿Y ahora qué quiere?

—Te daría mis felicitaciones más sinceras, pero me parece que no sería apropiado.

Y clava en mí sus penetrantes ojos azules, fríos y llenos de odio.

—Yo no necesito ni deseo tus felicitaciones, Carla. Me sorprende y me decepciona que estés aquí.

Ella arquea una ceja. Creo que parece impresionada.

—No había pensado en ti como en una adversario digno, Guillermo. Pero siempre me sorprendes.

—Yo no he pensado en ti en absoluto —miento fríamente. Samuel estaría orgulloso—. Y ahora, si me disculpas, tengo cosas mucho mejores que hacer en lugar de perder el tiempo contigo.

—No tan deprisa, niñito —sisea, y se apoya en la puerta para bloquearme el paso—. ¿Qué demonios te crees que haces aceptando casarte con Samuel? Si has pensado durante un minuto siquiera que puedes hacerle feliz, estás muy equivocado.

—Lo que yo haya consentido hacer o no con Samuel no es problema tuyo.

Sonrío dulcemente con sarcasmo. Ella me ignora.

—Él tiene necesidades… necesidades que tú no puedes satisfacer en lo más mínimo—replica con arrogancia.

—¿Qué sabes tú de sus necesidades? —replico. Una sensación de indignación arde en mis entrañas y una descarga de adrenalina recorre mi cuerpo. ¿Cómo se atreve esta bruja asquerosa a sermonearme?—. No eres más que una pederasta enfermiza, y si de mí dependiera te arrojaría al séptimo círculo del infierno y me marcharía tranquilamente. Ahora apártate… ¿o voy a tener que obligarte?

—Estás cometiendo un grave error en este asunto. —Agita frente a mí un largo y esbelto dedo con una manicura perfecta—. ¿Cómo te atreves a juzgar nuestro estilo de vida? Tú no sabes nada, y no tienes ni idea de dónde te estás metiendo. Y si crees que él será feliz con un insulso caza-fortunas como tú…

¡Ya basta! Le tiro a la cara el resto del martini de limón, dejándola empapada.

—¡No te atrevas a decirme tú dónde me estoy metiendo! —le grito—. ¿Cuándo aprenderás que eso no es asunto tuyo?

Me mira horrorizada con la boca abierta y se limpia la bebida pegajosa de la cara. Creo que está a punto de abalanzarse sobre mí, pero de pronto se queda paralizada cuando se abre la puerta.

Samuel aparece en el umbral. Tarda una fracción de segundo en hacerse cargo de la situación: yo, pálido y tembloroso; ella, empapada y lívida. Su hermoso rostro se ensombrece, crispado por la rabia, y se coloca entre ambos.

—¿Qué coño estás haciendo, Carla? —dice en un tono glacial y amenazador.

Ella levanta la vista hacia él y parpadea.

—Él no es bueno para ti, Samuel —susurra.

—¿Qué? —grita él, y ambos nos sobresaltamos.

No le veo la cara, pero todo su cuerpo está tenso e irradia animosidad.

—¿Tú cómo coño sabes lo que es bueno para mí?

—Tú tienes necesidades, Samuel —dice ella en un tono más suave.

—Ya te lo he dicho: esto no es asunto tuyo, joder —ruge.

Oh, no… El furioso Samuel ha asomado su no tan espantoso rostro. Va a oírle todo el mundo.

—¿De qué va esto? —Samuel se queda callado un momento, fulminándola con la mirada—. ¿Piensas que eres tú? ¿Tú? ¿Crees que tú eres la persona adecuada para mí? —dice en un tono más bajo, pero impregnado de desdén, y de pronto siento deseos de marcharme de aquí.

No quiero presenciar este enfrentamiento íntimo. Pero estoy paralizado: mis extremidades se niegan a moverse.

Carla traga saliva y parece como si se obligara a erguirse. Su postura cambia de forma sutil y se convierte en autoritaria. Da un paso hacia él.

—Yo fui lo mejor que te pasó en la vida —masculla con arrogancia—. Mírate ahora. Uno de los empresarios más ricos y triunfadores de Estados Unidos, equilibrado, emprendedor… Tú no necesitas nada. Eres el amo de tu mundo.

Él retrocede como si le hubieran golpeado, y la mira atónito y enfurecido.

—Aquello te encantaba, Samuel, no intentes engañarte a ti mismo. Tenías una tendencia autodestructiva de la cual te salvé yo, te salvé de acabar en la cárcel. Créeme, nene, hubieras acabado allí. Yo te enseñé todo lo que sabes, todo lo que necesitas.

Samuel se pone pálido, mirándola horrorizado, y cuando habla lo hace con voz queda y escéptica.

—Tú me enseñaste a follar, Carla. Pero eso es algo vacío, como tú. No me extraña que Linc te dejara.

Yo siento cómo la bilis me sube por la garganta. No debería estar aquí. Pero estoy petrificado, morbosamente fascinado, mientras ellos se destrozan el uno al otro.

—Tú nunca me abrazaste —susurra Samuel—. No me dijiste que me querías, ni una sola vez.

Ella entorna los ojos.

—El amor es para los idiotas, Samuel.

—Fuera de mi casa.

La voz furiosa e implacable de Victoria nos sobresalta a todos. Los tres volvemos rápidamente la cabeza hacia ella, de pie en el umbral de la sala. Está mirando fijamente a Carla, que palidece bajo su bronceado de Saint-Tropez.

El tiempo se detiene mientras todos contenemos la respiración. Victoria irrumpe muy decidida en la habitación, sin apartar su ardiente y colérica mirada de Carla, hasta plantarse frente a ella.

Carla abre los ojos, alarmada, y Victoria le propina un fuerte bofetón en la cara, cuyo impacto resuena en las paredes del comedor.

—¡Quita tus asquerosas zarpas de mi hijo, puta, y sal de mi casa… ahora! —masculla con los dientes apretados.

Carla se toca la mejilla enrojecida, y parpadea horrorizada y atónita mirando a Victoria. Luego abandona corriendo la sala, sin molestarse siquiera en cerrar la puerta.

Victoria se vuelve despacio hacia Samuel, y un tenso silencio cae como un manto de espesa niebla sobre la habitación mientras madre e hijo se miran fijamente. Al cabo de un momento, Victoria dice:

—Guille, antes de entregarte a mi hijo, ¿te importaría dejarme unos minutos a solas con él? —articula en voz baja y ronca, pero llena de fuerza.

—Por supuesto —susurro, y me apresuro a salir observando de reojo por encima del hombro.

Pero ninguno de los dos se vuelve hacia mí cuando abandono la sala. Siguen mirándose fijamente, comunicándose sin palabras de un modo atronador.

Llego al pasillo y me siento perdido un momento. Mi corazón retumba y la sangre hierve en mis venas… Me siento aterrado y débil. Dios santo, eso es algo realmente grave, y ahora Victoria lo sabe. No me imagino qué le dirá a Samuel, y aunque sé que no está bien, me apoyo en la puerta para intentar oírles.

—¿Cuánto duró, Samuel?

Victoria habla en voz baja. Apenas la oigo.

No oigo lo que responde él.

—¿Cuántos años tenías? —Ahora el tono es más insistente—. Dime. ¿Cuántos años tenías cuando empezó todo esto?

Tampoco ahora oigo a Samuel.

—¿Va todo bien, Guille? —me interrumpe Ros.

—Sí. Bien. Gracias, yo…

Ros sonríe.

—Yo estoy buscando mi bolso. Necesito un cigarrillo.

Y, por un instante, contemplo la posibilidad de ir a fumar con ella.

—Yo voy al baño.

Necesito aclararme la mente y las ideas, procesar lo que acabo de presenciar y oír. Creo que el piso de arriba es el sitio donde es más probable que pueda estar solo. Veo que Ros entra en la salita, y entonces subo las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso, y luego hasta el tercero.

Es el único sitio donde quiero estar.

Abro la puerta del dormitorio de infancia de Samuel, entro y cierro tragando saliva. Me acerco a su cama y me dejo caer, tumbado mirando el blanco techo.

Santo cielo. Este debe ser, sin ninguna duda, uno de los enfrentamientos más terribles de los que he sido testigo, y ahora estoy aturdido. Mi prometido y su ex amante… algo que ningún futuro esposo debería presenciar. Eso está claro, pero en parte me alegra que ella haya mostrado su auténtico yo, y de haber sido testigo de ello.

Mis pensamientos se dirigen hacia Victoria. Pobre mujer, tener que escuchar todo eso de su hijo. Me abrazo a una de las almohadas de Samuel. Ella ha oído que Samuel y Carla tuvieron una aventura… pero no la naturaleza de la misma. Gracias a Dios. Suelto un gemido.

¿Qué estoy haciendo? Quizá esa bruja diabólica tuviera parte de razón.

No, me niego a creer eso. Ella es tan fría y cruel. Sacudo la cabeza. Se equivoca. Yo soy bueno para Samuel. Yo soy lo que necesita. Y, en un momento de extraordinaria clarividencia, no me planteo «cómo» ha vivido él su vida hasta hace poco… sino «por qué». Sus motivos para hacer lo que les ha hecho a innumerables chicos… ni siquiera quiero saber cuántos. El cómo no es el problema. Todos eran adultos. Todos fueron —¿Cómo lo expresó el doctor Atkin?— relaciones seguras y consentidas de mutuo acuerdo. Es el porqué. El porqué es lo que está mal.

El porqué surge de la profunda oscuridad de sus orígenes. Cierro los ojos y me los cubro con el brazo. Pero ahora él ha superado eso, lo ha dejado atrás y ambos hemos salido a la luz. Yo estoy deslumbrado con él, y él conmigo. Podemos guiarnos mutuamente. Y en ese momento se me ocurre una idea. ¡Maldita sea! Una idea insidiosa y persistente, y estoy justo en el sitio donde puedo enterrar para siempre ese fantasma. Me siento en la cama. Sí, debo hacerlo.

Me pongo de pie tambaleante, me quito los zapatos, y observo el panel de corcho de encima del escritorio. Todas las fotos de Samuel de niño siguen ahí; y, al pensar en el espectáculo que acabo de presenciar entre él y la señora Robinson, me conmueven más que nunca. Y ahí en una esquina está esa pequeña foto en blanco y negro: la de su madre, la puta adicta al crack.

Enciendo la lámpara de la mesilla y enfoco la luz hacia esa fotografía. Ni siquiera sé cómo se llamaba. Se parece mucho a él, pero más joven y más triste, y lo único que siento al ver su afligida expresión es lástima. Intento encontrar similitudes entre su cara y la mía. Observo la foto con los ojos entornados y me acerco mucho, muchísimo, pero no veo ninguna. Excepto el pelo quizá, aunque creo que ella lo tenía más claro. No me parezco a ella en absoluto. Y es un alivio.

Mi subconsciente chasquea la lengua y me mira por encima de sus gafas de media luna con los brazos cruzados. ¿Por qué te torturas a ti mismo? Ya has dicho que sí. Ya has decidido tu destino. Yo le respondo frunciendo los labios: Sí, lo he hecho, y estoy encantado. Quiero pasar el resto de mi vida tumbado en esta cama con Samuel. El dios que llevo dentro, sentado en posición de loto, sonríe sereno. Sí, he tomado la decisión adecuada.

Tengo que ir a buscar a Samuel; estará preocupado. No tengo ni idea de cuánto rato he estado en esta habitación; creerá que he huido. Al pensar en su reacción exagerada, pongo los ojos en blanco. Espero que Victoria y él hayan terminado de hablar. Me estremezco al pensar qué más debe de haberle dicho ella.

Me encuentro a Samuel subiendo las escaleras del segundo piso, buscándome. Su rostro refleja tensión y cansancio; no es el Samuel feliz y despreocupado con el que llegué. Me quedo en el rellano y él se para en el último escalón, de manera que quedamos al mismo nivel.

—Hola —dice con cautela.

—Hola —contesto en idéntico tono.

—Estaba preocupado…

—Lo sé —le interrumpo—. Perdona… no era capaz de sumarme a la fiesta. Necesitaba apartarme, ¿sabes? Para pensar.

Alargo la mano y le acaricio la cara. Él cierra los ojos y la apoya contra mi palma.

—¿Y se te ocurrió hacerlo en mi dormitorio?

—Sí.

Me coge la mano, me atrae hacia él y yo me dejo caer en sus brazos, mi lugar preferido en todo el mundo. Huele a ropa limpia, a gel de baño y a Samuel, el aroma más tranquilizador y excitante que existe. Él inspira, pegado a mi cabello.

—Lamento que hayas tenido que pasar por todo eso.

—No es culpa tuya, Samuel. ¿Por qué ha venido ella?

Baja la vista hacia mí y sus labios se curvan en un gesto de disculpa.

—Es amiga de la familia.

Yo intento mantenerme impasible.

—Ya no. ¿Cómo está tu madre?

—Ahora mismo está bastante enfadada conmigo. Sinceramente, estoy encantado de que tú estés aquí y de que esto sea una fiesta. De no ser así, puede que me hubiera matado.

—¿Tan enojada está?

Él asiente muy serio, y me doy cuenta de que está desconcertado por la reacción de ella.

—¿Y la culpas por eso? —digo en tono suave y cariñoso.

Él me abraza fuerte y parece indeciso, como si tratara de ordenar sus pensamientos.

Finalmente responde:

—No.

¡Wow! Menudo avance.

—¿Nos sentamos? —pregunto.

—Claro. ¿Aquí?

Asiento y nos acomodamos en lo alto de la escalera.

—¿Y tú qué sientes? —pregunto ansioso, apretándole la mano y observando su cara triste y seria.

Él suspira.

—Me siento liberado.

Se encoge de hombros, y luego sonríe radiante, con una sonrisa gloriosa y despreocupada al más puro estilo Samuel, y el cansancio y la tensión presentes hace un momento se desvanecen.

—¿De verdad?

Yo le devuelvo la sonrisa. Wow, bajaría a los infiernos por esa sonrisa.

—Nuestra relación de negocios ha terminado.

Le miro con el ceño fruncido.

—¿Vas a cerrar la cadena de salones de belleza?

Suelta un pequeño resoplido.

—No soy tan vengativo, Guillermo —me reprende—. No, le regalaré el negocio. Se lo debo.

El lunes hablaré con mi abogado.

Yo arqueo una ceja.

—¿Se acabó la señora Robinson?

Adopta una expresión irónica y menea la cabeza.

—Para siempre.

Yo sonrío radiante.

—Siento que hayas perdido una amiga.

Se encoge de hombros y luego esboza un amago de sonrisa.

—¿De verdad lo sientes?

—No —confieso, ruborizado.

—Ven. —Se levanta y me ofrece una mano—. Unámonos a esa fiesta en nuestro honor. Incluso puede que me emborrache.

—¿Tú te emborrachas? —le pregunto, y le doy la mano.

—No, desde mis tiempos de adolescente salvaje.

Bajamos la escalera.

—¿Has comido? —pregunta.

Oh, Dios.

—No.

—Pues deberías. A juzgar por el olor y el aspecto que tenía Carla, lo que le tiraste era uno de esos combinados mortales de mi padre.

Me observa e intenta sin éxito disimular su gesto risueño.

—Samuel, yo…

Levanta una mano.

—No discutamos, Guillermo. Si vas a beber, y a tirarles copas encima a mis ex, antes tienes que comer. Es la norma número uno. Creo que ya tuvimos esta conversación después de la primera noche que pasamos juntos.

Oh, sí. El Heathman.

Cuando llegamos al pasillo, se detiene y me acaricia la cara, deslizando los dedos por mi mandíbula.

—Estuve despierto durante horas, contemplando cómo dormías —murmura—. Puede que ya te amara entonces.

Oh.

Se inclina y me besa con dulzura, y yo me derrito por dentro, y toda la tensión de la última hora se disipa lánguidamente de mi cuerpo.

—Come —susurra.

—Vale —accedo, porque en este momento haría cualquier cosa por él.

Me da la mano y me conduce hacia la cocina, donde la fiesta está en pleno auge.

* * *

—Buenas noches, John, Rhian.

—Felicidades otra vez, Guille. Seréis muy felices juntos.

El doctor Atkin nos sonríe con afecto cuando, cogidos del brazo, nos despedimos de él y de Rhian en el vestíbulo.

—Buenas noches.

Samuel cierra la puerta, sacude la cabeza, y me mira de repente con unos ojos brillantes por la emoción.

¿Qué se propone?

—Solo queda la familia. Me parece que mi madre ha bebido demasiado.

Victoria está cantando con una consola de karaoke en la sala familiar. Frank y Samantha no paran de animarla.

—¿Y la culpas por ello?

Le sonrío con complicidad, intentando mantener el buen ambiente entre ambos. Con éxito.

—¿Se está riendo de mí, joven Díaz?

—Así es.

—Un día memorable.

—Samuel, últimamente todos los días que paso contigo son memorables —digo en tono mordaz.

—Buena puntualización,  joven Díaz. Ven, quiero enseñarte una cosa.

Me da la mano y me conduce a través de la casa hasta la cocina, donde Diego,  Rubén y Luzu hablan de los Mariners, beben los últimos cócteles y comen los restos del festín.

—¿Vais a dar un paseo? —insinúa Luzu burlón cuando cruzamos las puertas acristaladas.

Diego le pone mala cara a Luzu, moviendo la cabeza con un mudo reproche.

Mientras subimos los escalones hasta el jardín, me quito los zapatos. La media luna brilla resplandeciente sobre la bahía. Reluce intensamente, proyectando infinitas sombras y matices de gris a nuestro alrededor, mientras las luces de Seattle centellean a lo lejos. La casita del embarcadero está iluminada, como un faro que refulge suavemente bajo el frío halo de la noche.

—Samuel, mañana me gustaría ir a la iglesia.

—¿Ah?

—Recé para que volvieras a casa con vida, y así ha sido. Es lo mínimo que puedo hacer.

—De acuerdo.

Deambulamos de la mano durante un rato, envueltos en un silencio relajante. Y entonces se me ocurre preguntarle:

—¿Dónde vas a poner las fotos que me hizo Alex?

—Pensé que podríamos colgarlas en la casa nueva.

—¿La has comprado?

Se detiene para mirarme fijamente, y dice en un tono lleno de preocupación:

—Sí, creí que te gustaba.

—Me gusta. ¿Cuándo la has comprado?

—Ayer por la mañana. Ahora tenemos que decidir qué hacer con ella —murmura aliviado.

—No la eches abajo. Por favor. Es una casa preciosa. Solo necesita que la cuiden con amor y cariño.

Samuel me mira y sonríe.

—De acuerdo. Hablaré con Luzu. Él conoce a una arquitecta muy buena que me hizo unas obras en Aspen. Él puede encargarse de la reforma.

De pronto me quedo sin aliento, recordando la última vez que cruzamos el jardín bajo la luz de la luna en dirección a la casita del embarcadero. Oh, quizá sea allí a donde vamos ahora.

Sonrío.

—¿Qué pasa?

—Me estaba acordando de la última vez que me llevaste a la casita del embarcadero.

A Samuel se le escapa la risa.

—Oh, aquello fue muy divertido. De hecho…

Y de repente se me carga al hombro, y yo chillo, aunque no creo que vayamos demasiado lejos.

—Estabas muy enfadado, si no recuerdo mal —digo jadeante.

—Guillermo, yo siempre estoy muy enfadado.

—No, no es verdad.

Él me da un cachete en el trasero y se detiene frente a la puerta de madera. Me baja deslizándome por su cuerpo hasta dejarme en el suelo, y me coge la cabeza entre las manos.

—No, ya no.

Se inclina y me besa con fuerza. Cuando se aparta, me falta el aire y el deseo domina mi cuerpo.

Baja los ojos hacia mí, y el resplandor luminoso que sale de la casita del embarcadero me permite ver que está ansioso. Mi hombre ansioso, no un caballero blanco ni oscuro, sino un hombre: un hombre hermoso y ya no tan destrozado al que amo. Levanto la mano y le acaricio la cara. Deslizo los dedos sobre sus patillas y por la mandíbula hasta el mentón, y dejo que mi dedo índice le acaricie los labios. Él se relaja.

—Tengo que enseñarte una cosa aquí dentro —murmura, y abre la puerta.

La cruda luz de los fluorescentes ilumina la impresionante lancha motora, que se mece suavemente en las aguas oscuras del muelle. A su lado se ve un pequeño bote de remos.

—Ven.

Samuel toma mi mano y me conduce por los escalones de madera. Al llegar arriba, abre la puerta y se aparta para dejarme entrar.

Me quedo con la boca abierta. La buhardilla está irreconocible. La habitación está llena de flores… hay flores por todas partes. Alguien ha creado un maravilloso emparrado de preciosas flores silvestres, entremezcladas con centelleantes luces navideñas y farolillos que inundan la habitación de un fulgor pálido y tenue.

Vuelvo la cara para mirarle, y él me está observando con una expresión inescrutable. Se encoge de hombros.

—Querías flores y corazones —murmura.

Apenas puedo creer lo que estoy viendo.

—Mi corazón ya lo tienes. —Y hace un gesto abarcando la habitación.

—Y aquí están las flores —susurro, terminando la frase por él—. Samuel, es precioso.

No se me ocurre qué más decir. Tengo un nudo en la garganta y las lágrimas inundan mis ojos.

Tirando suavemente de mi mano me hace entrar y, antes de que pueda darme cuenta, le tengo frente a mí con una rodilla hincada en el suelo. ¡Dios santo… esto sí que no me lo esperaba! Me quedo sin respiración.

Él saca un anillo del bolsillo interior de la chaqueta y levanta sus ojos cafés hacia mí, brillantes, sinceros y cargados de emoción.

—Guillermo Díaz. Te quiero. Quiero amarte, honrarte y protegerte durante el resto de mi vida. Sé mío. Para siempre. Comparte tu vida conmigo. Cásate conmigo.

Le miro parpadeando, y las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas. Mi Cincuenta, mi hombre. Le quiero tanto. Me invade una inmensa oleada de emoción, y lo único que soy capaz de decir es:

—Sí.

Él sonríe, aliviado, y desliza lentamente el anillo en mi dedo. Es un precioso anillo con un diamante ovalado incrustrado sobre un aro de platino. Wow, es grande… Grande, pero simple, deslumbrante en su simplicidad.

—Oh, Samuel —sollozo, abrumado de pronto por tanta felicidad.

Me arrodillo a su lado, hundo las manos en su cabello y le beso. Le beso con todo mi corazón y mi alma. Beso a este hombre hermoso que me quiere tanto como yo le quiero a él; y él me envuelve en sus brazos, y pone las manos sobre mi pelo y la boca sobre mis labios. Y en el fondo de mi ser sé que siempre seré suyo, y que él siempre será mío. Juntos hemos llegado muy lejos, y tenemos que llegar aún más lejos, pero estamos hechos el uno para el otro. Estamos predestinados.

* * *

Da una calada y la punta del cigarrillo brilla en la oscuridad. Expulsa una gran bocanada de humo, que termina en dos anillos que se disipan ante él, pálidos y espectrales bajo la luz de la luna. Se remueve en el asiento, aburrido, y bebe un pequeño sorbo de bourbon barato de una botella envuelta en un papel marrón arrugado, que luego vuelve a colocarse entre los muslos.

Es increíble que aún le siga la pista. Tuerce la boca en una mueca sardónica. Lo del helicóptero ha sido una acción temeraria y precipitada. Una de las cosas más excitantes que ha hecho en toda su vida. Pero ha sido en vano. Pone los ojos en blanco con expresión irónica.

¿Quién habría pensado que ese hijo de puta sabría pilotar tan bien, el muy cabrón?

Suelta un gruñido.

Le han infravalorado. Si De Luque creyó por un momento que se retiraría gimoteante y con el rabo entre las piernas, es que ese capullo no se entera de nada.

Le ha pasado lo mismo durante toda la vida. La gente le ha infravalorado constantemente: no es más que un hombre que lee libros. ¡Y una mierda! Es un hombre que lee libros, y que además tiene una memoria fotográfica. Ah, las cosas de las que se ha enterado, las cosas que sabe. Gruñe otra vez. Sí, sobre ti, De Luque. Las cosas que sé sobre ti.

No está mal para ser un chico de los bajos fondos de Detroit. No está mal para ser un chico que obtuvo una beca para Princeton. No está mal para ser un chico que se deslomó trabajando durante la universidad y al final consiguió entrar en el mundo editorial.

Y ahora todo eso se ha jodido, se ha ido al garete por culpa de De Luque y su putito. Frunce el ceño mientras observa la casa, como si representara todo lo que él desprecia. Pero no ha pasado nada. El único acontecimiento destacable ha sido esa mujer de la melenita pelirroja corta que ha bajado por el sendero hecha un mar de lágrimas, se ha subido al CLK blanco y se ha marchado.

Suelta una risita amarga y hace una mueca de dolor. Joder, las costillas. Todavía le duelen por culpa de las patadas que le dio el esbirro de De Luque.

Revive la escena en su mente. «Si vuelves a tocar al joven Díaz, te mato.»

Ese hijo de perra también recibirá lo suyo. Sí, no sabe lo que le espera. Se reclina otra vez en el asiento. Parece que la noche va a ser larga. Se quedará, vigilando y esperando. Da otra calada al Marlboro. Ya llegará su oportunidad. Llegará muy pronto.

 -FIN-

Julia levantó los ojos hacia los suyos. No eran tan amenazadores como el tono de su voz podía hacer creer, pero sí la miraban con mucha intensidad.
—Nunca, y cuando digo nunca quiero decir nunca, te follaría. ¿Está claro? Uno no se folla a un ángel.
—Entonces, ¿qué hace alguien como tú con un ángel? —preguntó con voz temblorosa.
—Alguien como yo la valoraría, la apreciaría. Trataría de conocerla y comprenderla. Empezaría tal vez por ser su amigo.
—  El infierno de Gabriel.
El precio de tu piel (shot - Wigetta) *Parte 1*

hola, bueno me explico, esta es la primera parte y mañana estará la segunda (no crei que seria tan largo y aun me falta por escribir, pero me muero de sueño (se desperto a las 5 de la mañana) por lo que para no dejarlos sin nada hoy, dividirlo en 2 partes y la otra la subo mañana, espero que les guste >w< buenas noches <3

-Ative-

Advertencia:este shot es de caracter yaoi, si no te gustan estas cosas, solo no lo leas ;D 

Siguente parte: Parte 2

Otros shots y especiales.


Narra Willy

Últimamente toda mi suerte había ido al garete. Me había idoa vivir solo a un departamento hace un año, pero las deudas se me acumularon yahora el trabajo no me daba el suficiente dinero como para poder pagarle albanco. Me quitarían el departamento pronto y quedaría en la puta calle, queasco en serio, me sentí tan afortunado de poder salir de casa de mis padres y ahora tendré que volver al pueblo o quedarme en la calle, no hay más opciones. Intente trabajar en dos lugares a la vez, luego de la oficina, algún trabajo de medio tiempo, pero la deuda era demasiado elevada ya, tendría que vender mi alma prácticamente para pagarla. ¿Cómo se me fue tan de repente de las manos el asuntó?, si el martes no pago, adiós departamento, osea tenía 3 días de plazo para pagar, considerando que era viernes. Deje escapar un suspiro de cansancio
-¿que pasa Willy? no te ves muy bien- dijo Frank preocupado al notar mi suspiro. Frank era uno de mis mejores amigos y trabajaba junto a mí en la oficina
-ay, Frank estoy en un lio tremendo- dije desanimado
-¿Por qué, que te paso?- dijo él aun más preocupado
-estoy endeudado hasta las orejas con el banco y si no pago el martes me quitaran el departamento y tendré que volver a casa de mis padres en el pueblo- le explique angustiado
-Jo, pero puedes pedirle un préstamo al jefe, me han dicho que es muy flexible en estos casos-dijo Frank apoyándome, pero yo nunca había hablado con el jefe, solo lo justo y necesario, la verdad me aterrorizaba la idea, después de todo era el jefe y tenía un porte muy amenazador
-nose Frank no me parce la mejor idea ¿y si me despide?- dije moviendo las manos con nerviosismo
- de seguro te ayudara, eres un buen empleado no creo que quiera perderte, además no tienes nada que perder, después de todo si no vas te quitaran el departamento y no sabrás si por lo menos él te hubiera ayudado- dijo Frank tratando de convencerme
-esta bien lo intentare, se lo comentare en la tarde al horario de salida, por que el almuerzo termina en unos minutos- dije no tan convencido, Frank solo asintió con la cabeza para luego poner toda su atención a su plato de comida, el resto del día paso tortuosamente lento. Pensé mucho y me di ánimos a mi mismo para poder hablar con el jefe. La hora de la verdad había llegado y Frank ya se había ido, no sin antes desearme surte. Camine hacia su oficina pensando en que le diría a la secretaria, pero cuando llegue la secretaria no estaba, asique solo me anime a tocar la puerta de la oficina
-Adelante- dijo la inconfundible voz del jefe, Samuel, la cual no pegaba nada con su apariencia
-con permiso- dije entrando nerviosamente
-¿que necesita?- pregunto el jefe con curiosidad
-vera… a ver ¿cómo se lo explico?- dije nervioso
-solo dígalo y ya- respondió él sonriendo algo divertido por la situación
-vera señor, yo, necesito un préstamo-dije sin más
-¿Por qué?- pregunto en seco
-vera yo me metí en unas deudas que no puedo pagar y el banco me quitara el departamento y lo perderé todo si no lo pago el martes que viene- dije desanimado, era obvio que no me daría ni un puto euro
-¿y de cuanto es la deuda?- dijo mirándome a los ojos lo cual me puso nervioso, provocando que desviara tímidamente mi mirada de sus ojos
-aquí está todo explicado- dije dándole un papel con todas la cuentas anotadas, él solo tomo el papel y comenzó a leer,
-¿Qué estarías dispuesto a hacer para pagar la deuda?- dijo al terminar de leer
-todo- respondí sin pensar

Narra Samuel

El día en la oficina fue de lo más aburrido, Alice, mi secretaria ya se había retirado y yo estaba dando unos pequeños retoques a un papeleo. Las cosas bien hechas bien parecen, siempre lo he dicho y siempre lo diré. Unos pequeños golpecitos en la puerta interrumpieron mis pensamientos y mi trabajo
-Adelante- dije ya que me aburría de tanto papeleo
-con permiso- dijo esa voz que tanto me gustaba, aunque se notaba algo nervioso
-¿que necesita?- pregunte con curiosidad viéndolo de pies a cabeza, él era Guillermo, un chico muy callado y bueno haciendo su trabajo, pero desde el primer día en que lo vi, me enamore, siempre lo he observado, aunque él no se ha dado cuenta, es muy despistado el pobre
-vera… a ver ¿cómo se lo explico?- dijo nervioso, se veía adorable
-solo dígalo y ya- respondí sin evitar sonreír, pero es que se veía demasiado adorable
-vera señor, yo, necesito un préstamo-dijo él, ¿acaso tenía problemas?
-¿Por qué?- pregunte curioso, además algo preocupado
-vera yo me metí en unas deudas que no puedo pagar y el banco me quitara el departamento y lo perderé todo si no lo pago el martes que viene- dijo desanimado, no me gustaba verlo así, sin ánimos, el siempre trabaja con una sutil sonrisa en su rostro
-¿y de cuanto es la deuda?- dije mirándolo a los ojos, esos ojos peculiarmente pequeños, el solo desvió la mirada tímidamente
-aquí está todo explicado- dijo dándome un papel con todas la cuentas anotadas, leí el papel, vi que la suma era bastante elevada, entonces lo pensé, pero ¿sería capaz de hacer algo como eso? y lo más importante ¿él aceptaría?
-¿Qué estarías dispuesto a hacer para pagar la deuda?- dije para quitarme una de las dudas de encima
-todo- respondió él, eso solo me confirmo que estaría dispuesto a todo, entonces me levanté de mi silla y me acerque a él
-así que estas dispuesto a todo- dije acercándome lentamente hasta quedar a su lado
-s…si- tartamudeo algo nervioso
-bien, te daré el dinero si aceptas ser mi “pareja” durante este fin de semana- dije, no iba a perder una oportunidad como esta, además así podría conquistarlo y alargar ese fin de semana a una eternidad
-esta…..esta bien- dijo algo indeciso
-bien entonces empiezas hoy ve a mi departamento esta noche para cenar juntos – dije mientras anotaba mi dirección en un papel para luego dárselo, el tomo el papel y acantio con la cabeza para luego retirarse

Narra Willy

No podía creer lo que acababa de hacer, había aceptado ser la pareja de mi jefe, por el shock del momento no pregunte si con todo incluido, ósea ¿tendría que hacer “eso” son él?, ¿con el jefe?, yo… me estoy empezando a arrepentir, pero necesitaba ese dinero, además ya había aceptado, llegue a mi departamento y me di una ducha rápida ya que en un par de horas tendría que ir a su departamento y no es que me quedara a la vuelta de la esquina, vivía en la zona más lujosa de la ciudad, lo cual me quedaba a unos 45minutos aprox. Termine de ducharme me vestí con ropa elegante y fui.
Cuando llegue al gran edificio me quede flipando, era todo muy lindo, entre y la recepcionista me detuvo antes de que entrara al ascensor
-Señor a quien desea ver- dijo amablemente
-tengo una cita con el Sr. De Luque- dije algo tímido
-¿usted es?-dijo ella
-Guillermo Días- conteste, ella solo asintió y llamo por teléfono
-Sr. De Luque, el Sr. Dias ha llegado- dijo ella hablando por el teléfono, seguramente con mi jefe –está bien, buenas noches- la chica colgó el teléfono –puede subir Sr. Dias, la suite privada esta desbloqueada- dijo amablemente
-muchas gracias- dije yendo al ascensor.
Subí a el lleno de nervios, ¿Qué es lo que tengo que hacer exactamente?, me preguntaba mientras subía el ascensor hasta la suite privada. Las puertas se abrieron haciéndome saber que había llegado. Salí lentamente del ascensor y pude ver el lugar, tenía una sala de estar muy acogedora , con un ventanal que daba la vista a toda la ciudad, estaba embobado viendo las vistas hasta que siento que alguien habla a mi lado
-por fin llegas- dijo el jefe para luego abrazarme, yo me estremecí al sentir sus cálidos y fuertes brazos rodearme con ternura
-si señor- dije quieto y nervioso
-dime Samuel- dijo mirándome y sonriendo –Sa-mu-el- deletreo mientras posaba su dedo índice en mis labios
-Sa…Samuel-tartamudeé debido a los nervios que me provocaba la situación y su cercanía
-relájate, después de todo por este fin de semana serás mi pareja- agrego soltándome y alejándose–ven vamos a cenar- dijo el jef.. Samuel, dijo Samuel, uff debo acostumbrarme a decirle así. Vi como se alejaba de mí dejándome todo nervioso y parado como un idiota, debería irme ahora, pero necesito el dinero. Acabe por seguirlo. Cuando llegamos puede ver la mesa ya puesta y con comida que se veía realmente apetitosa, era un filete con un poco de papas duquesa, un fino vino reposaba en las copas ya servidas, mire sorprendido la comida
-deléitate Guillermo- dijo Samuel invitándome a sentarme como si fuese una chica, su chica, confundido me senté y vi como él se sentaba en frente de mi, la cena fue algo incomoda al principio, pero luego de unos minutos logramos entablar una agradable conversación, le conté del pueblo en donde antes vivía con mis padres y lo mucho que me costó salir de allí, él me conto un poco de su infancia, y de cómo estuvo siempre llena de responsabilidades que no eran para un niño y de la gran soledad que tuvo que soportar, acostumbrándose luego a ella. Fue agradable, no podía negarlo, de hecho, me caía bien, era una buena persona, atrás de ese aspecto tan duro había una buena persona. Terminamos de comer
-y ahora viene la mejor parte- dijo emocionado y levantándose a búscalo –el postre- dijo llegando con dos copas con helado y salsa de frambuesa, sonreí y acepte el helado, la verdad es que ya le tenía más confianza, comí un poco de helado junto con la salsa de frambuesa vi como él se sentaba otra vez en su lugar y me miraba con una sonrisa radiante
-y tu Samuel ¿no comerás?- dije ya que solo lo veía verme con una enorme sonrisa,
-Claro que si- respondió para luego comenzar a comer el helado. Al terminar de comer me dijo que ya era algo tarde y que podría dormir aquí. Luego de negarme repetidas veces logro convencerme, aunque acepte no muy decidido, pero el autobús ya no pasaba y no tenía dinero para un taxi.
-sígueme, te mostrare donde puedes dormir- dijo Samuel guiándome a una habitación, en esta había una cama matrimonial un armario y un ventanal que daba a la hermosa vista de la ciudad nocturna
-que descanses- dijo Samuel desde el marco de la puerta
-muchas gracias-dije nervioso y algo sonrojado, me recosté en la cama, tenía un aroma embriagante, que me relajaba y me hacía sentir protegido, lentamente cerré los ojos hasta que me quede profundamente dormido.
Escuche una voz a lo lejos y sentí que alguien me removía
-Guillermo, Guillermo- la insistente voz se me hacia peculiarmente familiar, abrí los ojos con pereza y vi el rostro de el jefe mirándome detenidamente y con una media sonrisa marcada en su rostro. Me sorprendí y retrocedí en la cama en que estaba hasta caer en el piso, Samuel soltó una estruendosa carcajada y sentí que mis mejillas ardían de vergüenza, había recordado donde estaba.
-bueno por ser hoy sábado, tendremos una cita- dijo Samuel dejando ropa sobre la cama –duchate y cambiate- dijo apuntando una puerta que estaba cerca de el armario que no había visto antes –pasare por ti en una hora- dijo sonriendo y acercándose a la puerta de salida del cuarto
-¿adonde iras?- pregunte curioso
-debo resolver cosas de la empresa- me explico Samuel acercándose a mi –así tendré este día y el domingo libres para disfrutarlos contigo- dijo ya a centímetros de mi rostro y luego robarme un rápido beso. Yo quede estático en mi lugar y el solo salió de la habitación dejándome solo con mis pensamientos. Toque con la yema de mi dedo índice mis labios, aun sentía los suyos sobre los míos. ¿En que clase de trato extraño me metí?, pensé mientras me dirigía a la puerta que estaba cerca del armario. Al abrirla descubrí que mis sospechas eran ciertas, daba a un baño, uno bastante amplio que contaba con un enorme espejo, un yacusi y una bañera con ducha. Quede algo deslumbrado con el lugar, vi que también había un estante con varias toallas de diferentes colores, pero en su mayoría blancas. Me quite el traje que traía desde anoche, después de todo me dormí con el y me metí en la ducha. El agua tibia corría por mi cuerpo relajando cada musculo, creo que en mi vida había disfrutado tanto de un baño. Luego de la ducha, tome una de las toallas y me dispuse a vestirme, aun quedaba tiempo, unos 10 o 8 min antes de que Samuel llegara. Salí de la habitación y camine hasta la sala en donde aquel enorme ventanal acaparo toda mi atención, tenia una vista urbana hermosa. Me acerque a el y me senté en el suelo para seguir viendo. Mi mirada se fijo en el despejado cielo que acompañaba el día, solo algunas tímidas nubes se atrevían a adornar el cielo. No se cuanto tiempo estuve así, perdido totalmente mirando algo invisible y pensando cosas que hace mucho no ocupaban mi mente.

Narra Samuel

Al llegar a casa me lo encontré en el salón, se veía pensativo y tenia la vista fija en el cielo. Me senté a su lado y estuve unos segundos solo mirándolo
-te gusta la vista- dije sacándolo de sus pensamientos, al parecer no había notado mi presencia ya que al momento en que hable dio un pequeño respingo
-s-si- contesto tartamudeando y evitando mirarme. ¿Se puede ser a adorable?, además la ropa que le deje se le veía tan bien, era una polera color vino y unos jeans negros, algo ajustados para mi deleite.
-¿vamos?- dije sonriéndole. El fijo su vista en mi por primera vez desde que llegue
-claro- contesto sonriendo. Me levanté del suelo y el también lo hizo.
Primero lo lleve a comer a un restaurant. Había echo reservaciones en el palco privado para que no tuviera el complejo de la etiqueta al comer, aunque aun así al principio se le vio algo complicado y preguntaba para que era cada cosa. Ponía unas caras mas raras cuando le decía para que era cada tenedor, me causaba mucha gracia, creo que nunca en mi vida me había reído tanto en un restaurar
-no entiendo esto de darle un tenedor a cada cosa, todos funcionan igual- dijo tomando el tenedor para la ensalada para comer su carne
-nunca lo había tratado de entender, solo lo obedecí- dije a mi defensa entre risas
-¿siempre obedecías a todo lo que te decían?- dijo el mirándome intrigado
-la verdad es que si- dije tomando un poco del vino que tenia en la copa
-pero ahora te desordenas un poco mas ¿no?- dijo Guillermo mirándome con un deje de tristeza
-la verdad es que no, tal vez por la costumbre- dije mientras dejaba la copa sobre la mesa
-vamos a desordenarnos un poco- dijo levantándose y caminando hacia mi
-¿desordenarnos?- pregunte curioso ¿Qué tenia en mente este chico?
-si venga, total, ya terminamos los dos de comer- dijo tomándome del brazo
-¿adonde me llevaras?- dije mientras pedía la cuenta
-se-cre-to- dijo entusiasmado y con una radiante sonrisa en su rostro que embobaría a cualquiera y sobre todo a mi. Pagé la cuenta y me deje guiar por él. Tenia otros panoramas planeados, pero realmente, me entusiasmaba mas el echo de que él quisiera enseñarme un lugar. Subimos al auto y el me indico el camino. Tardamos su tiempo en llegar, pero al hacerlo, note que estaba en un lindo y muy cuidado parque.
-a este parque venia de pequeño- me dijo lleno de entusiasmo
-es muy lindo- dije mirándolo con ternura
-ven por aquí estaban los juegos- dijo tomando mi mano y llevándome a tirones al sector de juegos. Al llegar se quedo un poco sorprendido viéndolos, supuse que era el poder de la nostalgia
-joder, los recordaba mas grandes- dijo algo decepcionado y no pude evitar reír a eso –no te rías-me reprendió Guillermo divertido por la situación
-y ¿a que me has traído hasta aquí?- pregunte curioso y pasando un poco-bastante de su reprimenda. Guillermo aun sostenía mi mano, por lo que sin soltarla me encamino hasta los columpios
-juguemos- dijo Guillermo soltando mi mano y sentándose en un columpio y comenzando a moverse lentamente en el, de adelante hacia atrás. Yo seguí su accionar y comenzamos a ira cada vez mas alto. No podía evitar sentirme como un niño al sentir el viento chocar contra mi rostro y al ver a mi lado vi una imagen que jamás borrare de mi memora. Guillermo mantenía sus ojos cerrados y levanto un poco los brazos para luego saltar del columpio con total confianza, es como si hubiera volado y luego callo al suelo de pie y volteo a verme con una radiante sonrisa
-aun puedo hacerlo- dijo feliz, yo me baje del columpio y camine hacia él y lo abrace, así como mi cuerpo me lo exigió, fuerte pero con cariño. Sentí su cuerpo tentarse, pero luego su brazos me rodearon y poso su cabeza en mi hombro
-todos tenemos derecho a ser niños, por lo menos una vez- dijo relajado, tan cerca de mi oído que sentí como sus palabras se incrustaban en mi corazón y llenaban esa parte de mi alma que siempre tubo un hueco
-gracias, a pesar de que todo esto no era parte del trato- dije agradecido de que quisiera mostrarme esa parte de mi vida que sabia que tenia perdida.

Narra Guillermo

No se que estaba haciendo, pero no quería detenerme a pensar, lo único que quería era ver aquella sonrisa y sentir ese abrazo por siempre, pero sus palabras me descolocaron totalmente “a pesar de que no era parte del trato” , es cierto, yo acepte ser su pareja por un día, por esa razón estaba con el, pero se me hacia una persona tan agradable que había olvidado por completo el trato. Al separarnos, no supe que decir, pero el me tomo de la mano esta vez para arrastrarme hasta el auto
-es mi turno de mostrarte un lugar- dijo Samuel con una hermosa sonrisa, espera ¿dije hermosa?, calmate Guillermo es tu jefe y esto se supone que es por que me dará dinero, pero ¿Por qué no lo siento así?. Después de un rato en el auto hablando de cosas sin importancia llegamos, era el zoológico de la ciudad, este contaba con un hermoso acuario. Entre y me sentí inmediatamente como un niño pequeño arrastrando a Samuel de aquí para allá vendo a todos los animales, al final termine por contagiarle mi infantil actitud y ambos estábamos como niños de aquí para allá. Entramos en un aviario, en el cual los exóticos animales volaban libes a nuestro alrededor.
-mira ese- dije apuntando un hermoso pajarito de pecho colorado. Samuel miro la referencia de animales que nos habían dado al entrar
-aquí dice que es una loica- dijo Samuel comparando al animal con el de la foto
-es muy lindo verdad- dije volteando a ver al pájaro, pero la loica ya no estaba
-lo era- dijo Samuel y sentí como me rodeo por la cintura y apoyo su cabeza en mi hombro. Por alguna razón comenzaba a acostumbrarme a ese tipo de traro, a lo largo del día siempre tenia pequeños detalles así y luego se alejaba para seguir mirando el zoológico.

El día paso así, como niños pequeños en el zoológico. Luego de eso fuimos a su departamento y hay cenamos “algo rápido” como lo denomino Samuel, pero a mi me pareció casi tan elaborado como la cena de anoche. Nueva mente la hora se me paso y me ofreció mi casa para quedarme
-tu lo tenias planeado- dije quejándome al sentirme la novia que callo en la trampa… ¿pero que tipo de cosas estoy pensando?. Samuel soltó una carcajada
-me has pillado- dijo abrazándome y besando mi frente –anda ve a dormir, mañana es nuestro ultimo día- agrego Samuel, mientras me daba suaves empujones a la habitación. una vez en ella descubrí que había dejado un pijama para mi.me lo puse sin preguntar y me recosté en la cama, estaba exhausto de la caminara, pero hace mucho que no me lo pasaba tan bien.

Lejos de cansarle, su rostro le fascinaba. Desde cada ángulo le producía una impresión diferente. Era un rostro cambiante y los experimentos frente al espejo le habían enseñado a controlar sus expresiones, a parecer ora amenazador, ora travieso, ora sentimental; una inclinación de la cabeza, una contracción de los labios y el gitano corrompido se convertía en un jovencito romántico.
—  Truman Capote, A sangre frIa.
50 Sombras De Luque ~ Adaptación

CAPÍTULO 4 (SEGUNDA PARTE)

—Alejandro Bravo… ¿estás intentando emborracharme? Porque creo que lo estás consiguiendo —le digo riéndome—. Creo que mejor me tomo una cerveza. Voy a buscar una jarra para todos.

—¡Más bebida, Willy! —grita Perrie.

Frank es fuerte como un toro. Ha pasado el brazo por los hombros de Levi, un compañero de la clase de inglés y su fotógrafo habitual en la revista de la facultad, que ha dejado de hacer fotos de los borrachos que lo rodean. Solo tiene ojos para Frank, que se ha puesto una camiseta que hacía resaltar sus músculos, jeans igualmente ajustados y zapatillas DC. Lleva el pelo bien peinado, aunque con algunos cuantos cabellos rebeldes, aun así… está perfecto, como siempre. Yo también soy de Vans y camisetas, aunque no me vea tan bien como él, hoy me he puesto los vaqueros que más me favorecen. Me aparto de Alex y me levanto de la mesa.

Uff, me da vueltas la cabeza.

Tengo que agarrarme al respaldo de la silla. Los cócteles con tequila no son buena idea. 

Me dirijo a la barra y decido que debería de ir al baño ahora que todavía me mantengo en pie. Bien pensado, Lou. Me abro camino entre el gentío tambaleándome. Por supuesto hay cola, pero al menos el pasillo está tranquilo y fresco. Saco el móvil para pasar el rato mientras espero. A ver… ¿cuál ha sido mi última llamada? ¿A Alex? Antes hay un número que no sé de quién es. Ah, sí. De Luque. Creo que es su número. Me río. No tengo ni idea de la hora que es. Quizá lo despierte. Quizá pueda explicarme por qué me ha mandado esos libros y el críptico mensaje. Si quiere que me mantenga alejado de él, debería dejarme en paz. Reprimo una sonrisa de borracho y pulso el botón de llamar. Contesta a la segunda señal.

—¿Guillermo?

Le ha sorprendido que lo llamara. Bueno, la verdad es que a mí me sorprende estar llamándolo. A continuación, mi ofuscado cerebro se pregunta cómo sabe que soy yo.

—¿Por qué me has mandado esos libros? —le pregunto arrastrando las palabras.

—Guillermo, ¿estás bien? Tienes una voz rara —me dice en tono muy preocupado.

—El raro no soy yo, sino tú —le digo animado por el alcohol.

—Guillermo, ¿has bebido?

—¿A ti que te importa?

—Tengo… curiosidad. ¿Dónde estás?

—En un bar.

—¿En qué bar? —me pregunta nervioso.

—Un bar de Portland.

—¿Cómo vas a volver a casa?

—Ya me las apañaré.

La conversación no está yendo como esperaba.

—¿En qué bar estás?

—¿Por qué me has mandado esos libros, Samuel?

—Guillermo, ¿dónde estás? Dímelo ahora mismo.

Su tono en tan… tan autoritario… El controlador obsesivo de siempre. Lo imagino como a un director de cine de los viejos tiempos, con pantalones de montar, un megáfono pasado de moda y una fusta. La imagen me provoca una carcajada.

—Eres tan… dominante —le digo riéndome.

—Guille, contéstame: ¿dónde cojones estás?

Samuel De Luque diciendo palabrotas. Vuelvo a reírme.

—En Portland… Bastante lejos de Seattle.

—¿Dónde exactamente?

—Buenas noches, Samuel.

—¡Guille!

Cuelgo. Vaya, no me ha dicho nada de los libros. Frunzo el ceño. Misión no cumplida. Estoy bastante borracho, la verdad. La cabeza me da vueltas mientras avanzo en la cola. Bueno, el objetivo era emborracharse, y lo he conseguido. Ya veo lo que es… Me temo que no merece la pena repetirlo. La cola ha avanzado y ya me toca. Observo embobado el póster de la puerta del cuarto de baño, que ensalza las virtudes del sexo seguro. Maldita sea, ¿acabo de llamar a Samuel De Luque? Mierda. Me suena el teléfono, pego un salto y grito del susto.

—Hola —digo en voz baja.

No había previsto que me llamara.

—Voy a buscarte —me dice.

Y cuelga. Solo Samuel De Luque podría hablar con tanta tranquilidad y parecer tan amenazador a la vez.

Maldita sea. Me abrocho la bragueta de los vaqueros. El corazón me late a toda prisa. ¿Viene a buscarme? Oh, no. Voy a vomitar… no… Estoy bien. Espera. Me estoy montando una película. No le he dicho dónde estaba. No puede encontrarme. Además, tardaría horas en llegar desde Seattle, y para entonces haría mucho que nos habríamos marchado. Me lavo las manos y me miro en el espejo. Estoy rojo y ligeramente desenfocado. Uf… tequila.

Espero una eternidad en la barra, hasta que me dan una jarra grande de cerveza, y por fin vuelvo a la mesa.

—Has tardado un siglo —me riñe Frank—. ¿Dónde estabas?

—Haciendo cola para el baño.

Alex y Levi discuten acaloradamente sobre el equipo de béisbol de nuestra ciudad. Alex interrumpe su diatriba para servirnos cerveza, y doy un trago largo.

—Frank, creo que saldré un momento a tomar el aire.

—Willy, no aguantas nada…

—Solo cinco minutos.

Vuelvo a abrirme camino entre el gentío. Empiezo a sentir náuseas, la cabeza me da vueltas y me siento inestable. Más inestable de lo habitual.

Mientras bebo al aire libre, en la zona de aparcamiento, soy consciente de lo borracho que estoy. No veo bien. La verdad es que lo veo todo doble, como en las viejas reposiciones de los dibujos animados de ‘Tom y Jerry’. Creo que voy a vomitar. ¿Cómo he podido acabar así?

—Willy, ¿estás bien?

Alex ha salido del bar y se ha acercado a mí.

—Creo que he bebido un poco más de la cuenta —le contesto sonriendo.

—Yo también —murmura. Sus ojos me miran fijamente—. ¿Te hecho una mano? —me pregunta avanzando hasta mí y rodeándome con sus brazos.

—Alex, estoy bien. No pasa nada.

Intento apartarlo sin demasiada energía.

—Guille, por favor —me susurra.

Me agarra y me acerca a él.

—Alex, ¿qué estás haciendo?

—Sabes que me gustas, Guille. Por favor.

Con una mano me mantiene pegado a él, y con la otra me agarra de la barbilla y me levanta la cara. ¡Va a besarme…!

—No, Alex, para… No.

Lo empujo, pero no consigo moverlo. ¡Maldito alcohol! Me ha metido la mano por el pelo y me sujeta la cabeza para que no me mueva.

—Por favor, Guille, cariño —me susurra con los labios muy cerca de los mío.

Respira entrecortadamente y su aliento es demasiado dulzón. Huele a margarita y a cerveza. Empieza a recorrerme la mandíbula con los labios, acercándose a la comisura de mi boca. Estoy muy nervioso, borracho y fuera de control. Me siento agobiado.

—Alex, no —le suplico.

No quiero. Eres mi amigo y creo que voy a vomitar.

—Creo que ha dicho que no —dice una voz tranquila en la oscuridad.

¡Dios mío! Samuel De Luque. Está aquí. ¿Cómo? Alex me suelta.

—De Luque —dice Alex lacónicamente.

Miro angustiado a Samuel, que observa furioso a Alex. Mierda. Siento una arcada y me inclino hacia delante. Mi cuerpo no puede seguir tolerando el alcohol y vomito en el suelo aparatosamente.

—¡Uf, Dios mío, Guillermo!

Alex se aparta de un salto con asco. De Luque me sujeta y me lleva hacia un parterre al fondo del aparcamiento. Observo agradecido que está más o menos oscuro.

—Si vas a volver a vomitar, hazlo aquí. Yo te sostengo.

Ha pasado un brazo por encima de mis hombros, y con la otra me sujeta la frente. Intento apartarlo torpemente, pero vuelvo a vomitar… y otra vez. Oh, mierda… ¿Cuánto va a durar esto? Aunque tengo el estómago vacío y no sale nada, espantosas arcadas me sacuden el cuerpo. Me prometo a mí mismo que jamás volveré a beber. Es demasiado vergonzoso para explicarlo. Por fin dejo de sentir arcadas.

He apoyado las manos en el parterre, pero apenas me sostienen. Vomitar tanto es agotador. De Luque me suelta y me ofrece un pañuelo de lino recién lavado y con sus iniciales bordadas. S.D. No sabía que todavía podían comprarse estas cosas. Me limpio la boca. No me atrevo a mirarlo. Estoy muerto de vergüenza. Me doy asco. Quiero que las azaleas del parterre me engullan y desaparecer de aquí.

Alex sigue merodeando junto a la puerta del bar, mirándonos. Me lamento y apoyo la cabeza en las manos. Debe de ser el peor momento de mi vida. La cabeza sigue dándome vueltas mientras intento recordar un momento peor, y solo se me ocurre el de rechazo de Samuel, pero este es cincuenta veces más humillante.

Me arriesgo a lanzarle una rápida mirada. Me observa fijamente con semblante sereno, inexpresivo. Me giro y miro a Alex, que también parece bastante avergonzado e intimidado por De Luque, como yo. Lo fulmino con la mirada. Se me ocurren unas cuantas palabras para calificar a mi supuesto amigo, pero no puedo decirlas delante del empresario Samuel De Luque. Willy, ¿a quién pretendes engañar? Acaba de verte vomitando en el suelo y en la flora local. Tu conducta poco refinada ha sido más que evidente.

—Bueno… Nos vemos dentro —masculla Alex.

Pero no le hacemos caso, así que vuelve a entrar en el bar. Estoy solo con De Luque. Mierda, mierda. ¿Qué puedo decirle? Puedo disculparme por haberlo llamado.

—Lo siento —susurro mirando fijamente el pañuelo, que no dejo de retorcer entre los dedos.

Qué suave es.

—¿Qué sientes, Guillermo?

Maldita sea, quiere su recompensa.

—Sobre todo, haberte llamado. Estar mareado. Uf, la lista es interminable —murmuro notando que me pongo rojo.

Por favor, por favor, que me muera ahora mismo.

—A todos nos ha pasado alguna vez, quizá no de manera tan dramática como a ti —me contesta secamente—. Es cuestión de saber cuáles son tus límites, Guillermo. Bueno, a mí me gusta traspasar los límites, pero la verdad es que esto es demasiado. ¿Sueles comportarte así?

Me zumba la cabeza por el exceso de alcohol y el enfado. ¿Qué narices le importa? No lo he invitado a venir. Parece un hombre maduro riñéndome como si fuera un crío descarriado. A una parte de mí le apetece decirle que si quiero emborracharme cada noche es cosa mía y que a él no le importa, pero no tengo valor. No ahora, cuando acabo de vomitar delante de él. ¿Por qué sigue aquí?

—No —le digo arrepentido—. Nunca me había emborrachado, y ahora mismo no me apetece nada que se repita.

De verdad que no entiendo por qué está aquí. Empiezo a marearme. Se da cuenta, me agarra antes de que me caiga, me levanta y me apoya contra su pecho, como si fuera un niño.

—Vamos, te llevaré a casa —murmura.

—Tengo que decírselo a Frank.

Vuelvo a estar en sus brazos.

—Puede decírselo mi hermano.

—¿Qué?

—Mi hermano Luzu está hablando con el señor Garnes.

—¿Cómo?

No lo entiendo.

—Estaba conmigo cuando me has llamado.

—¿En Seattle? —le pregunto confundido.

—No. Estoy en el Heathman.

¿Todavía? ¿Por qué?

—¿Cómo me has encontrado?

—He rastreado la localización de tu móvil, Guillermo.

Claro. ¿Cómo es posible? ¿Es legal? Acosador, susurra la voz de mi conciencia entre la nube de tequila que flota en mi cerebro, pero por alguna razón, porque es él, no me importa.

—¿Has traído chaqueta?

—Sí. Samuel, por favor, tengo que decírselo a Frank. Se preocupará.

Aprieta los labios y suspira ruidosamente.

—Si no hay más remedio…

Me suelta, me coge de la mano y se dirige hacia el bar. Me siento débil, todavía borracho, incómodo, agotado, avergonzado y, por extraño que parezca, encantado de la vida. Me lleva de la mano. Es un confuso abanico de emociones. Necesitaré al menos una semana para procesarlas.

En el bar hay mucho ruido, está lleno de gente y ha empezado a sonar la música, así que la pista de baile está llena. Frank no está en nuestra mesa, y Alex ha desaparecido. Levi, que está solo, parece perdido y desamparado.

—¿Dónde está Frank? —grito a Levi.

La cabeza empieza a martillearme al ritmo del potente bajo de la música.

—Bailando —me contesta.

Me doy cuenta de que está enfadado y de que mira a Samuel con recelo. Busco mi chaqueta. Estoy listo para marcharme en cuanto haya hablado con Frank.

Toco el brazo de Samuel, me inclino hacia él y le grito al oído que Frank está en la pista. Le rozo el pelo con la nariz y respiro su aroma limpio y fresco. Todas las sensaciones prohibidas y desconocidas que he intentado negarme salen a la superficie y recorren mi cuerpo agotado. Me ruborizo, y en lo más profundo de mi cuerpo los músculos se tensan agradablemente.

Pone los ojos en blanco, vuelve a cogerme de la mano y se dirige a la barra. Lo atienden inmediatamente. El señor De Luque, el obseso del control, no tiene que esperar. ¿Todo le resulta tan fácil? No oigo lo que pide. Me ofrece un vaso grande de agua con hielo.

—Bebe —me ordena.

Los focos giran al ritmo de la música creando extrañas luces y sombras de colores por el bar y sobre los clientes. De Luque pasa del verde al azul, el blanco y el rojo demoniaco. Me mira fijamente. Doy un pequeño sorbo.

—Bébetela toda —me grita.

Qué autoritario. Se pasa la mano por el pelo. Parece nervioso, enfadado. ¿Qué le ocurre aparte de que un estúpido chico borracho lo haya llamado en plena noche y haya pensado que tenía que rescatarlo? Y ha resultado que sí tenía que rescatarlo de su excesivamente cariñoso amigo. Y luego ha tenido que ver cómo ese chico se mareaba. Oh, Guille… ¿conseguirás olvidar esto algún día? La voz de mi conciencia chasquea la lengua y me observa por encima de sus gafas de pasta. Me tambaleo un poco, y De Luque apoya la mano en mi hombro para sujetarme. Le hago caso y me bebo el vaso entero. Hace que me maree. Me quita el vaso y lo deja en la barra. Observo a través de una especie de nebulosa cómo va vestido: una camiseta blanca escotada que deja a la vista sus trabajados músculos, vaqueros ajuntados y unas zapatillas negras. Aun en mi aturdido estado, me parece que es guapísimo.

Vuelve a cogerme de la mano y me lleva hacia la pista. Mierda. Yo no bailo. Se da cuenta de que no quiero, y bajo las luces de colores veo su sonrisa divertida y burlona. Tira fuerte de mi mano y vuelvo a caer entre sus brazos. Empieza a moverse y me arrastra en su movimiento. Vaya, sabe bailar, y no puedo creerme que esté siguiendo sus pasos. Quizá sigo el ritmo porque estoy borracho. Me aprieta contra su cuerpo… Si no me sujetara con tanta fuerza, seguro que me desplomaría a sus pies. Desde el fondo de mi mente resuena lo que suele advertirme mi madre: “Nunca te fíes de un hombre que baile bien”.

Atravesamos la multitud de gente que baila hasta el otro extremo de la pista y encontramos a Frank y a Luzu, el hermano de Samuel. La música a todo volumen me late por todo el cuerpo. Oh, no. Frank está moviendo ficha. Baila moviendo las caderas, y eso solo lo hace cuando alguien le gusta. Cuando alguien le gusta mucho. Eso quiere decir que mañana seremos tres a la hora del desayuno. ¡Frank!

Samuel se inclina y grita a Luzu al oído. No oigo lo que le dice. Luzu es alto, delgado, pelo castaño, y con ojos perversamente brillantes. El parpadeo de los focos me impide ver de qué color. Luzu se ríe, tira de Frank y lo arrastra hasta sus brazos, donde él parece estar encantado de la vida… ¡Frank! Aun en mi etílico estado, me escandalizo. Acaba de conocerlo. Asiente a lo que Luzu le dice, me sonríe y se despide de mí con la mano, Samuel nos saca de la pista moviéndose con presteza.

Pero no he hablado con Frank. ¿Está bien? Ya veo cómo van a acabar las cosas entre esos dos. Tengo que darle una charla sobre sexo seguro. Los pensamientos me estallan en el cerebro, luchan contra la confusa sensación de borrachera. Aquí hace mucho calor, hay mucho ruido, demasiados colores… demasiadas luces. Me da vueltas la cabeza. Oh, no… Siento que el suelo sube al encuentro de mi cara, o eso parece. Lo último que oigo antes de desmayarme en los brazos de Samuel De Luque es la palabrota que suelta:

—¡Joder!

——————————————————-

HOLAP! Ehjé, he aquí un nuevo capítulo, o parte e_e, de esta boneta adaptación! :33 Madre mía el salseoo…  Alex D: ya sabemos cómo te pone el alcohol D: esperamos que sea eso DD: Luzu hace su entrada, OMG, empezando por “cortejar” a nuestro Frank. Y ni hablar de Samuel de Luque!! XD parece todo un acosador… pero se preocupa por su Willy >u<. Comentar en sus sensuales reblogs que les pareció el capítulo y que creen que va a pasar luego Cx NO VALE LEER EL LIBRO, EH! xDD corazoncitos también ayudan :33.

Borracho-One Shot-Wigetta

Vegetta conducía camino a casa, con Willy sentado en el asiento del copiloto. Ya había anochecido hacia bastantes horas, pero, qué más daba? Hacía mucho no podían estar con sus amigos pasando un buen rato.


Era solamente una pequeña reunión para pasar la tarde juntos, habían estado en la casa de Rubius, no en una discoteca ni nada por el estilo, pero como siempre habían un par de tragos y cosas con alcohol comprados por ahí.

Willy no era muy de beber, es más, no le gustaba, pero una vez cada tanto no pasaba nada.


Vegetta solo reía de los comentarios sin sentido que su amigo hacía, se notaba de lejos que estaba altamente borracho.


-Vegetta, quiero que me cargues para entrar a casa- Dijo Willy en un tono serio mientras cruzaba los brazos e inflaba sus cachetes, haciendolo ver muy adorable ante los ojos de Vegetta. -Qué acaso no sabes caminar, compañero?- Rio el mayor imaginando la escena. Ya había aprendido a tratar a Willy con altos niveles de alcohol en su sangre. -Si, pero no bajaré del auto, quiero que me cargues.- Contestó el chico en el mismo tono serio que antes había usado.


Vegetta suspiró, le daba gracia ver así a su amigo y a decir verdad, también le gustaba. Con Willy en ese estado podía hacer y decir lo que quisiera, que al otro día el más joven no recordaría nada. No es que lo fuese a violar o algo así, solo se portaba cursi y aprovechaba para robarle abrazos y un par de besositos inocentes.

Porque sí, estaba totalmente enamorado de este revoltoso y desastrozo chico que tenía como amigo.


Willy nunca lo había rechazado, pero Vegetta tampoco se había animado a confesarse ante su compañero, simplemente había asumido que Guille era heterosexual, o que simplemente no se fijaría en él como pareja amorosa.


-Planeas cargarme o no?- Preguntó el chico pálido en un tono que parecía el de un niño intentando sonar amenazador -No pienso bajar del auto si no me cargas.-

Samuel bajó del auto y comenzó a caminas hacia la entrada tras haber estacionado, esperando que su compañero lo siguiera, pero se sorprendió al ver que no era así. Al mirar por la ventana del auto logró ver a  Willy sentado en la misma posición de mejillas infladas y brazos cruzados mirando hacia la nada.


El mayor con  una sonrisa provocada por la ternura de la escena, abrió la puerta del asiento donde estaba el ébrio chico. -Ven, Willy, yo te cargo- Rio agachandose para tomar en brazos al contrario.

El mayor pasó uno de sus brazos por las piernas de Willy y el otro por su espalda, se incorporó y con el pie cerró la puerta de una suave patada. El chico que estaba siendo cargado abrazó a Samuel por su cuello para sostenterse.

El nombrado formó una sonrisita al ver a su pequeño abrazarse a él y esconder su rostro en su pecho.

-Como mañana no te acuerdes de esto, Willy…- Soltó con una leve risita Vegetta.


(…)


-Y ahora a dormir- Dijo Vegetta arropando a su compañero en su cama. Willy estaba casi dormido, pero decidió quedarse observando las acciones de su amigo aún con los ojos casi cerrados por completo.


-Que mono eres, sabes?- Comentó el mayor acercadosé un poco a Guille. -Eres bonito…- Continuó creyendo que nadie lo escuchaba.-Me gustas, mucho- Sonrió acariciando suavemente una de las mejillas de su borracho compañero de piso -Quizas yo también te guste…- Suspiró y dejo un pequeño besito en la punta de su nariz -Solo un poquito- Tras esas dulces palabras acercó sus labios a los del contrario y dio un pequeño besito, solo un suave roce que expresaba una minima parte del amor que sentía por el revoltoso chico.

-Me quedaría a dormir contigo, pero siempre me distraigo observandote y luego en la mañana es dificil de explicar porque estoy en tu cama…- Rio levemente y se levantó del asiento que había tomado en una orilla de la litera. -Por suerte mañana no recordaras nada de esto…- Vegetta admiró el rostro de su pequeño supuestamente dormido durante unos segundos. -Hasta mañana, Willy- Pasó suavemente la punta de sus dedos por la frente del nombrado para quitar unos mechones de cabello que habían caido sobre esta…


“No, yo quiero que duermas conmigo” Pensó caprichosamente el menor una vez que Samu salió de su habitación. No meditó correctamente lo que su amigo acababa de decir hace solo unos instantes, pues el alcohol en su sangre era bastante alto.


Esperó un par de minutos a no escuchar más ruidos provenientes de la habitación de al lado para pararse y silenciosamente caminar hasta su destino. Encontró a Vegetta dormido con su cabeza apoyada en sus manos, con los brazos tirados hacia atras. Sigilosamente levantó las sábanas y se acostó a un lado de Samuel. Tras haber observado que seguía dormido, apoyó su cabeza en su pecho y lo abrazó al otro lado de su pecho. -Tú también te ves bonito- Susurró como si nada antes de quedarse totalmente dormido sobre su compañero.


Samuel aún dormido quitó una de sus manos de debajo de su cabeza y la pasó por la cintura de la persona que ahora estaba en su cama, acercandolo más a el.

Cualquiera que los viese así no creería en lo más mínimo que ellos eran solo amigos.


(…)


Samu despertó tranquilo gracias a la compañia que tenía, pero luego de que terminara de ralacionar la información por completo se exaltó creyendo que de nuevo se había dormido en la cama de Willy y que ahora no tenía forma de escapar porque el nombrado se encontraba abrazado a él. “Mierda…Como le explico esto a Willy sin que piense mal de mí?”


La confusión subió notablemente cuando miró a su alrededor y notó que estaban en su habitación, todavía era de noche. Recordó como se había ido a dormir tras haber dejado a Willy borracho a descansar en su propio cuarto.


Luego de unos segundos relacionando lo que estaba ocurriendo, miró al dulce angel que dormia tranquilamente sobre él.

Decidió dormir un rato más, a ver si Willy despertaba y le aclaraba las cosas luego…


Abrió los ojos luego de unas horas cuando sintió como alguien acariciaba suavemente su pecho. Miró hacia abajo y vio como Guille dibujaba pequeñas lineas sobre él con las puntas de sus dedos totalmente dulce e inocente.


-Willy?- Preguntó extrañado mientras sonreia por la ternura de la escena. -Si?- Respondió avergonzado el nombrado tras haber sido descubierto en un acto de dulzura. -Cómo terminaste en mi cama, pilluelo?- Rio divertido -Yo…- Dudo un poco -Yo quería dormir contigo- Se asinceró el mas joven. Si recordaba las situaciones de anoche, las había repasado mil y un veces en su cabeza, intentando desifrarlas.

-Ah, si?- Preguntó sorprendido, esa era la última respuesta que esperaba escuchar. -Si.- Respondió seguro. Luego de esa corta respuesta, Willy puso cada una de sus piernas a los lados de las caderas de Vegetta y lo abrazó pasando sus brazos por el cuello del contrario. -Cuando estoy borracho me pongo raro- Comentó. -Lo se, Willy- Sonrio por la acción adorable de su compañero. -Pero a decir verdad, no me molesta para nada, chiqui…- Dijo devolviendo el abrazo acariciando la cintura del menor.


Si eso era amistad, tenían una amistad un tanto ”especial”…

50 Sombras De Luque - Adaptación

CAPÍTULO 16

Poco a poco el mundo exterior invade mis sentidos y, madre mía, menuda invasión. Floto, con las extremidades desmadejadas y lánguidas, completamente exhausto. Estoy tumbado encima de él, con la cabeza en su pecho, y huele de maravilla: a ropa limpia y fresca y a algún gel corporal caro, y al mejor y más seductor aroma del planeta… a Samuel. No quiero moverme, quiero respirar ese elixir olor vainilla eternamente. Lo acaricio con la nariz y pienso que ojalá no tuviera el obstáculo de su camiseta. Mientras el resto de mi cuerpo recobra la cordura, extiendo la mano sobre su pecho. Es la primera vez que se lo toco. Tiene un pecho firme, fuerte. De pronto levanta la mano y me agarra la mía, pero suaviza el efecto llevándosela a la boca y besándome con ternura los nudillos. Luego se revuelve y se me pone encima, de forma que ahora me mira desde arriba.

—No —murmura, y me besa suavemente.

—¿Por qué no te gusta que te toquen? —susurro, contemplando desde abajo sus ojos cafés.

—Porque estoy muy jodido, Guillermo. Tengo muchas más sombras que luces. Cincuenta sombras más.



Ah… Su sinceridad me desarma por completo. Lo miro extrañado.

—Tuve una introducción a la vida muy dura. No quiero aburrirte con los detalles. No lo hagas y ya está.

Frota su nariz con la mía y se incorpora.

—Creo que ya hemos cubierto lo más esencial. ¿Qué tal ha ido?

Parece plenamente satisfecho de sí mismo y suena muy pragmático a la vez, como si acabara de poner una marca en una lista de objetivos. Aún estoy aturdido con el comentario sobre la «introducción a la vida muy dura». Resulta tan frustrante… Me muero por saber más, pero no me lo va a contar. Ladeo la cabeza, como él, y hago un esfuerzo inmenso por sonreírle.

—Si piensas que he llegado a creerme que me cedías el control es que no has tenido en cuenta mi nota media. —Le sonrío tímidamente—. Pero gracias por dejar que me hiciera ilusiones.

—Señor Díaz, no es usted solo una cara bonita. Ha tenido seis orgasmos hasta la fecha y los seis me pertenecen —presume, de nuevo juguetón.

Me sonrojo y me asombro a la vez, mientras él me mira desde arriba. Frunce el ceño.

—¿Tienes algo que contarme? —me dice de pronto muy serio.

Lo miro ceñudo. Mierda.

—He soñado algo esta mañana.

—¿Ah, sí?

Me mira furioso.

Mierda, mierda. ¿A que ya la he liado?

—Me he corrido en sueños.

—¿En sueños?

—Y me he despertado.

—Apuesto a que sí. ¿Qué soñabas?

Mierda.

—Contigo.

—¿Y qué hacía yo?

Me vuelvo a tapar los ojos con el brazo y, como si fuera un niño pequeño, acaricio por un instante la fantasía de que, si yo no lo veo, él a mí tampoco.

—Guillermo, ¿qué hacía yo? No te lo voy a volver a preguntar.

—Tenías una fusta.

Me aparta el brazo.

—¿En serio?

—Sí.

Estoy muy colorado.

—Vaya, aún me queda esperanza contigo —murmura—. Tengo varias fustas.

—¿Marrón, de cuero trenzado?

Ríe.

—No, pero seguro que puedo hacerme con una.

Se inclina hacia delante, me da un beso breve, se pone de pie y coge sus boxers. Oh, no… se va. Miro rápidamente la hora: son solo las diez menos veinte. Salgo también escopeteado de la cama y cojo mis pantalones de chándal y mi camiseta de tirantes, y luego me siento en la cama, con las piernas cruzadas, observándolo. No quiero que se vaya. ¿Qué puedo hacer?

—Me revienta ponerme estas cosas —protesta, sosteniendo en alto el condón.

Lo deja en el suelo y se pone los vaqueros. Se sienta en la cama para ponerse los calcetines y los zapatos.

—¿Tienes médico? Tienes que hacerte las pruebas.

Niego con la cabeza. Ya estamos otra vez con las fusiones y adquisiciones, otro cambio de humor de ciento ochenta grados.

Frunce el ceño.

—Puedo pedirle al mío que pase a verte por tu piso. El domingo por la mañana, antes de que vengas a verme tú. O le puedo pedir que te visite en mi casa, ¿qué prefieres?

Sin agobios, ¿no? Otra cosa que me va a pagar… claro que esto es por él.

—En tu casa.

Así me aseguro de que lo veré el domingo.

—Vale. Ya te diré a qué hora.

—¿Te vas?

No te vayas… Quédate conmigo, por favor.

—Sí.

¿Por qué?

—¿Cómo vas a volver? —le susurro.

—Higgins viene a recogerme.

—Te puedo llevar yo. Tengo un coche nuevo precioso.

Me mira con expresión tierna.

—Eso ya me gusta más, pero me parece que has bebido demasiado.

—¿Me has achispado a propósito?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque le das demasiadas vueltas a las cosas y te veo tan reticente como a tu padrastro. Con una gota de alcohol ya estás hablando por los codos, y yo necesito que seas sincero conmigo. De lo contrario, te cierras como una ostra y no tengo ni idea de lo que piensas. In vino veritas, Guillermo.

—¿Y crees que tú eres siempre sincero conmigo?

—Me esfuerzo por serlo. —Me mira con recelo—. Esto solo saldrá bien si somos sinceros el uno con el otro.

—Quiero que te quedes y uses esto.

Sostengo en alto el segundo condón.

Me sonríe divertido y le brillan los ojos.

—Guillermo, esta noche me he pasado mucho de la raya. Tengo que irme. Te veo el domingo. Tendré listo el contrato revisado y entonces podremos empezar a jugar de verdad.

—¿A jugar?

Dios mío. Se me sube el corazón a la boca.

—Me gustaría tener una sesión contigo, pero no lo haré hasta que hayas firmado, para asegurarme de que estás listo.

—Ah. ¿O sea que podría alargar esto si no firmo?

Me mira pensativo, luego se dibuja una sonrisa en sus labios.

—Supongo que sí, pero igual reviento de la tensión.

—¿Reventar? ¿Cómo?

El dios que llevo dentro ha despertado y escucha atento.

Asiente despacio y sonríe, provocador.

—La cosa podría ponerse muy fea.

Su sonrisa es contagiosa.

—¿Cómo… fea?

—Ah, ya sabes, explosiones, persecuciones en coche, secuestro, cárcel…

—¿Me vas a secuestrar?

—Desde luego —afirma sonriendo.

—¿A retenerme en contra de mi voluntad?

Madre mía, cómo me pone esto.

—Por supuesto. —Asiente con la cabeza—. Y luego viene el IPA 24/7.

—Me he perdido —digo con el corazón retumbando en el pecho.

¿Lo dirá en serio?

—Intercambio de Poder Absoluto, las veinticuatro horas.

Le brillan los ojos y percibo su excitación incluso desde donde estoy.

Madre mía.

—Así que no tienes elección —me dice con aire burlón.

—Claro —digo sin poder evitar el sarcasmo mientras alzo la vista a las alturas.

—Ay, Guillermo Díaz, ¿me acabas de poner los ojos en blanco?

Mierda.

—¡No! —chillo.

—Me parece que sí. ¿Qué te he dicho que haría si volvías a poner los ojos en blanco?

Joder. Se sienta al borde de la cama.

—Ven aquí —me dice en voz baja.

Palidezco. Uf, va en serio. Me siento y lo miro, completamente inmóvil.

—Aún no he firmado —susurro.

—Te he dicho lo que haría. Soy un hombre de palabra. Te voy a dar unos azotes, y luego te voy a follar muy rápido y muy duro. Me parece que al final vamos a necesitar ese condón.

Me habla tan bajito, en un tono tan amenazador, que me excita muchísimo. Las entrañas casi se me retuercen de deseo puro, vivo y pujante. Me mira, esperando, con los ojos encendidos. Descruzo las piernas tímidamente. ¿Salgo corriendo? Se acabó: nuestra relación pende de un hilo, aquí, ahora. ¿Le dejo que lo haga o me niego y se terminó? Porque sé que, si me niego, se acabó. ¡Hazlo!, me suplica el dios que llevo dentro. Mi subconsciente está tan paralizado como yo.

—Estoy esperando —dice—. No soy un hombre paciente.

Oh, Dios, por todos los santos… Jadeo, asustado, excitado. La sangre me bombea frenéticamente por todo el cuerpo, siento las piernas como flanes. Despacio, me voy acercando a él hasta situarme a su lado.

—Buen chico —masculla—. Ahora ponte de pie.

Mierda. ¿Por qué no acaba ya con esto? No sé si voy a sostenerme en pie. Titubeando, me levanto. Me tiende la mano y yo le doy el condón. De pronto me agarra y me tumba sobre su regazo. Con un solo movimiento suave, ladea el cuerpo de forma que mi tronco descansa sobre la cama, a su lado. Me pasa la pierna derecha por encima de las mías y planta el brazo izquierdo sobre mi cintura, sujetándome para que no me mueva. Joder.

—Sube las manos y colócalas a ambos lados de la cabeza —me ordena.

Obedezco inmediatamente.

—¿Por qué hago esto, Guillermo? —pregunta.

—Porque he puesto los ojos en blanco.

Casi no puedo hablar.

—¿Te parece que eso es de buena educación?

—No.

—¿Vas a volver a hacerlo?

—No.

—Te daré unos azotes cada vez que lo hagas, ¿me has entendido?

Muy despacio, me baja los pantalones de chándal. Jo, qué degradante. Degradante, espeluznante y excitante. Se está pasando un montón con esto. Tengo el corazón en la boca. Me cuesta respirar. Mierda… ¿me va a doler?

Me pone la mano en el trasero desnudo, me manosea con suavidad, acariciándome en círculos con la mano abierta. De pronto su mano ya no está ahí… y entonces me da, fuerte. ¡Au! Abro los ojos de golpe en respuesta al dolor e intento levantarme, pero él me pone la mano entre los omoplatos para impedirlo. Vuelve a acariciarme donde me ha pegado; le ha cambiado la respiración: ahora es más fuerte y agitada. Me pega otra vez, y otra, rápido, seguido. Dios mío, duele. No rechisto, con la cara contraída de dolor. Retorciéndome, trato de esquivar los golpes, espoleado por el subidón de adrenalina que me recorre el cuerpo entero.

—Estate quieto —protesta—, o tendré que azotarte más rato.

Primero me frota, luego viene el golpe. Empieza a seguir un ritmo: caricia, manoseo, azote. Tengo que concentrarme para sobrellevar el dolor. Procuro no pensar en nada y digerir la desagradable sensación. No me da dos veces seguidas en el mismo sitio: está extendiendo el dolor.

—¡Aaaggg! —grito al quinto azote, y caigo en la cuenta de que he ido contando mentalmente los golpes.

—Solo estoy calentando.

Me vuelve a dar y me acaricia con suavidad. La combinación de dolorosos azotes y suaves caricias me nubla la mente por completo.

Me pega otra vez; cada vez me cuesta más aguantar. Me duele la cara de tanto contraerla. Me acaricia y me suelta otro golpe.

Vuelvo a gritar.

—No te oye nadie, nene, solo yo.

Y me azota otra vez, y otra. Muy en el fondo, deseo rogarle que pare. Pero no lo hago. No quiero darle esa satisfacción. Prosigue con su ritmo implacable. Grito seis veces más. Dieciocho azotes en total. Me arde el cuerpo entero, me arde por su despiadada agresión.

—Ya está —dice con voz ronca—. Bien hecho, Guillermo. Ahora te voy a follar.

Me acaricia con suavidad el trasero, que me arde mientras me masajea en círculos y hacia abajo. De pronto me mete dos dedos, cogiéndome completamente por sorpresa. Ahogo un grito; la nueva agresión se abre paso a través de mi entumecido cerebro.

—Siente esto. Mira cómo le gusta esto a tu cuerpo, Guillermo. Te tengo durísimo.

Hay asombro en su voz. Mueve los dedos, metiendo y sacando deprisa.

Gruño y me quejo. No, seguro que no… Entonces los dedos desaparecen, y yo me quedo con las ganas.

—La próxima vez te haré contar. A ver, ¿dónde está ese condón?

Alarga la mano para cogerlo y luego me levanta despacio para ponerme boca abajo sobre la cama. Lo oigo bajarse la cremallera y rasgar el envoltorio del preservativo. Me baja los pantalones de chándal de un tirón y me levanta las rodillas, acariciándome despacio el trasero dolorido.

—Te la voy a meter. Te puedes correr —masculla.

¿Qué? Como si tuviera otra elección…

Y me penetra, hasta el fondo, y yo gimo ruidosamente. Se mueve, entra y sale a un ritmo rápido e intenso, empujando contra mi trasero dolorido. La sensación es más que deliciosa, cruda, envilecedora, devastadora. Tengo los sentidos asolados, desconectados, me concentro únicamente en lo que me está haciendo, en lo que siento, en ese tirón ya familiar en lo más hondo de mi vientre, que se agudiza, se acelera. NO… y mi cuerpo traicionero estalla en un orgasmo intenso y desgarrador.

—¡Ah, Guille! —grita cuando se corre él también, agarrándome fuerte mientras se vacía en mi interior.

Se desploma a mi lado, jadeando intensamente, y me sube encima de él y hunde la cara en mi pelo, estrechándome en sus brazos.

—Oh, nene —dice—. Bienvenido a mi mundo.

Nos quedamos ahí tumbados, jadeando los dos, esperando a que nuestra respiración se normalice. Me acaricia el pelo con suavidad. Vuelvo a estar tendido sobre su pecho. Pero esta vez no tengo fuerzas para levantar la mano y palparlo. Uf, he sobrevivido. No ha sido para tanto. Tengo más aguante de lo que pensaba. El dios que llevo dentro está postrado, o al menos calladito. Samuel me acaricia de nuevo el pelo con la nariz, inhalando hondo.

—Bien hecho, nene —susurra con una alegría muda en la voz.

Sus palabras me envuelven como una toalla suave y mullida del hotel Heathman, y me encanta verlo contento.

Me coge del cuello de la camiseta.

—¿Esto es lo que te pones para dormir? —me pregunta en tono amable.

—Sí, bueno, a veces duermo simplemente en calzoncillos —respondo medio adormilado.

—Deberías llevar seda, mi hermoso niño. Te llevaré de compras.

—Me gusta lo que llevo —mascullo, procurando sin éxito sonar indignado.

Me da otro beso en la cabeza.

—Ya veremos —dice.

Seguimos así unos minutos más, horas, a saber; creo que me quedo traspuesto.

—Tengo que irme —dice e, inclinándose hacia delante, me besa con suavidad en la frente—. ¿Estás bien? —añade en voz baja.

Medito la respuesta. Me duele el trasero. Bueno, lo tengo al rojo vivo. Sin embargo, asombrosamente, aunque agotado, me siento radiante. El pensamiento me resulta aleccionador, inesperado. No lo entiendo.

—Estoy bien —susurro.

No quiero decir más.

Se levanta.

—¿Dónde está el baño?

—Por el pasillo, a la izquierda.

Recoge el otro condón y sale del dormitorio. Me incorporo con dificultad y vuelvo a ponerme los pantalones de chándal. Me rozan un poco el trasero aún escocido. Me confunde mucho mi reacción.

Recuerdo que me dijo —aunque no recuerdo cuándo— que me sentiría mucho mejor después de una buena paliza. ¿Cómo puede ser? De verdad que no lo entiendo. Sin embargo, curiosamente, es cierto. No puedo decir que haya disfrutado de la experiencia —de hecho, aún haría lo que fuera por evitar que se repitiera—, pero ahora… tengo esa sensación rara y serena de recordarlo todo con una plenitud absolutamente placentera. Me cojo la cabeza con las manos. No lo entiendo.

Samuel vuelve a entrar en la habitación. No puedo mirarlo a los ojos. Bajo la vista a mis manos.

—He encontrado este aceite para niños. Déjame que te dé un poco en el trasero.

¿Qué?

—No, ya se me pasará.

—Guillermo —me advierte, y estoy a punto de poner los ojos en blanco, pero me reprimo enseguida.

Me coloco mirando hacia la cama. Se sienta a mi lado y vuelve a bajarme con cuidado los pantalones. Sube y baja, como las bragas de una puta, observa con amargura mi subconsciente. Le digo mentalmente adónde se puede ir. Samuel se echa un poco de aceite en la mano y me embadurna el trasero con delicada ternura: de desmaquillador a bálsamo para un culo azotado… ¿quién iba a pensar que resultaría un líquido tan versátil?

—Me gusta tocarte —murmura.

Y debo coincidir con él: a mí también que lo haga.

—Ya está —dice cuando termina, y vuelve a subirme los pantalones.

Miro de reojo el reloj. Son las diez y media.

—Me marcho ya.

—Te acompaño.

Sigo sin poder mirarlo.

Cogiéndome de la mano, me lleva hasta la puerta. Por suerte, Frank aún no está en casa. Aún debe de andar cenando con su padre, con Rubén y su madre. Me alegra de verdad que no estuviera por aquí y pudiera oír mi castigo.

—¿No tienes que llamar a Higgins? —pregunto, evitando el contacto visual.

—Higgins lleva aquí desde las nueve. Mírame —me pide.

Me esfuerzo por mirarlo a los ojos, pero, cuando lo hago, veo que él me contempla admirado.

—No has llorado —murmura, y luego de pronto me agarra y me besa apasionadamente—. Hasta el domingo —susurra en mis labios, y me suena a promesa y a amenaza.

Lo veo enfilar el camino de entrada y subirse al enorme Audi negro. No mira atrás. Cierro la puerta y me quedo indefenso en el salón de un piso en el que solo pasaré dos noches más. Un sitio en el que he vivido feliz casi cuatro años. Pero hoy, por primera vez, me siento solo e incómodo aquí, a disgusto conmigo mismo. ¿Tanto me he distanciado de la persona que soy? Sé que, bajo mi exterior entumecido, no muy lejos de la superficie, acecha un mar de lágrimas. ¿Qué estoy haciendo? La paradoja es que ni siquiera puedo sentarme y hartarme de llorar. Tengo que estar de pie. Sé que es tarde, pero decido llamar a mi madre.

—¿Cómo estás, cielo? ¿Qué tal la graduación? —me pregunta entusiasmada al otro lado de la línea.

Su voz me resulta balsámica.

—Siento llamarte tan tarde —le susurro.

Hace una pausa.

—¿Guille? ¿Qué pasa? —dice, de pronto muy seria.

—Nada, mamá, me apetecía oír tu voz.

Guarda silencio un instante.

—Guille, ¿qué ocurre? Cuéntamelo, por favor.

Su voz suena suave y tranquilizadora, y sé que le preocupa. Sin previo aviso, se me empiezan a caer las lágrimas. He llorado tanto en los últimos días…

—Por favor, Guille —me dice, y su angustia refleja la mía.

—Ay, mamá, es por un chico.

—¿Qué te ha hecho?

Su alarma es palpable.

—No es eso.

Aunque en realidad, sí lo es. Oh, mierda. No quiero preocuparla. Solo quiero que alguien sea fuerte por mí en estos momentos.

—Guille, por favor, me estás preocupando.

Inspiro hondo.

—Es que me he enamorado de un tío que es muy distinto de mí y no sé si deberíamos estar juntos.

—Ay, cielo, ojalá pudiera estar contigo. Siento mucho haberme perdido tu graduación. Te has enamorado de alguien, por fin. Cielo, los hombres tienen lo suyo. ¿Cuánto hace que lo conoces?

Desde luego Samuel es de otra especie… de otro planeta.

—Casi tres semanas o así.

—Guille, cariño, eso no es nada. ¿Cómo se puede conocer a nadie en ese tiempo? Tómatelo con calma y mantenlo a raya hasta que decidas si es digno de ti.

Wow. La repentina perspicacia de mi madre me desconcierta, pero, en este caso, llega tarde. ¿Que si es digno de mí? Interesante concepto. Siempre me pregunto si yo soy digno de él.

—Cielo, te noto triste. Ven a casa, haznos una visita. Te echo de menos, cariño. A Bob también le encantaría verte. Así te distancias un poco y quizá puedas ver las cosas con un poco de perspectiva. Necesitas un descanso. Has estado muy liado.

Madre mía, qué tentación. Huir a Georgia. Disfrutar de un poco de sol, salir de copas. El buen humor de mi madre, sus brazos amorosos…

—Tengo dos entrevistas de trabajo en Seattle el lunes.

—Qué buena noticia.

Se abre la puerta y aparece Frank, sonriéndome. Su expresión se vuelve sombría cuando ve que he estado llorando.

—Mamá, tengo que colgar. Me pensaré lo de ir a veros. Gracias.

—Cielo, por favor, no dejes que un chico te trastoque la vida. Eres demasiado joven. Sal a divertirte.

—Sí, mamá. Te quiero.

—Te quiero muchísimo, Guille. Cuídate, cielo.

Cuelgo y me enfrento a Frank, que me mira serio.

—¿Te ha vuelto a disgustar ese capullo indecentemente rico?

—No… es que… eh… sí.

—Mándalo a paseo, Guille. Desde que lo conociste, estás muy trastornado. Nunca te había visto así.

El mundo de Frank Garnes es muy claro: blanco o negro. No tiene los tonos de gris vagos, misteriosos e intangibles que colorean el mío. «Bienvenido a mi mundo.»

—Siéntate, vamos a hablar. Nos tomamos un vino. Ah, ya has bebido champán. —Examina la botella—. Del bueno, además.

Sonrío sin ganas, mirando aprensivo el sofá. Me acerco a él con cautela. Uf, sentarme.

—¿Te encuentras bien?

—Me he caído de culo.

No se le ocurre poner en duda mi explicación, porque soy una de las personas más descoordinadas del estado de Washington. Jamás pensé que un día me vendría bien. Me siento, con mucho cuidado, y me sorprende agradablemente ver que estoy bien.
Procuro prestar atención a Frank, pero la cabeza se me va al Heathman: «Si fueras mío, después del numerito que montaste ayer no podrías sentarte en una semana». Me lo dijo entonces, pero en aquel momento yo no pensaba más que en ser suyo. Todas las señales de advertencia estaban ahí, y yo estaba demasiado despistado y demasiado enamorado para reparar en ellas.

Frank vuelve al salón con una botella de vino tinto y las tazas lavadas.

—Venga.

Me ofrece una taza de vino. No sabrá tan bueno como el Bolly.

—Guille, si es el típico capullo que pasa de comprometerse, mándalo a paseo. Aunque la verdad es que no entiendo por qué tendría que suceder. En el entoldado no te quitaba los ojos de encima, te vigilaba como un halcón. Yo diría que estaba completamente embobado, pero igual tiene una forma curiosa de demostrarlo.

¿Embobado? ¿Samuel? ¿Una forma curiosa de demostrarlo? Ya te digo.

—Es complicado, Frank. ¿Qué tal tu noche? —pregunto.

No puedo hablar de esto con Frank sin revelarle demasiado, pero basta con una pregunta sobre su día para que se olvide del tema. Resulta tranquilizador sentarse a escuchar su parloteo habitual. La gran noticia es que Rubén igual se viene a vivir con nosotros cuando vuelvan de vacaciones. Será divertido: con Rubén es un chico que no parar de reír. Frunzo el ceño. No creo que a Samuel le parezca bien, sobretodo si se entera que Rubén es bisexual. Me da igual. Tendrá que tragar. Me tomo un par de tazas de vino y decido irme a la cama. Ha sido un día muy largo. Frank me despeina y coge el teléfono para llamar a Luzu.

Después de lavarme los dientes, echo un vistazo al cacharro infernal. Hay un correo de Samuel.

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De: Samuel De Luque
Fecha: 26 de mayo de 2014 23:14
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Usted

Querido señor Díaz:
Es sencillamente exquisito. El chico más hermoso, inteligente, ingenioso y valiente que he conocido jamás. Tómese un ibuprofeno (no es un mero consejo). Y no vuelva a coger el Escarabajo. Me enteraré.

Samuel De Luque
Presidente De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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¡Que no vuelva a coger mi coche! Tecleo mi respuesta.

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De: Guillermo Díaz
Fecha: 26 de mayo de 2014 23:20
Para: Samuel De Luque
Asunto: Halagos

Querido señor De Luque:
Con halagos no llegarás a ninguna parte, pero, como ya has estado en todas, da igual. Tendré que coger el Escarabajo para llevarlo a un concesionario y venderlo, de modo que no voy hacer ni caso de la bobada que me propones. Prefiero el tinto al ibuprofeno.

Guille.
P.D.: Para mí, los varazos están dentro de los límites INFRANQUEABLES.
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Le doy a «Enviar».

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De: Samuel De Luque
Fecha: 26 de mayo de 2014 23:26
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Los chicos frustrados no saben aceptar cumplidos

Querido señor Díaz:
No son halagos. Debería acostarse.
Acepto su incorporación a los límites infranqueables.
No beba demasiado.
Higgins se encargará de su coche y lo revenderá a buen precio.

Samuel De Luque
Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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De: Guillermo Díaz
Fecha: 26 de mayo de 2014 23:40
Para: Samuel De Luque
Asunto: ¿Será Higgins el hombre adecuado para esa tarea?

Querido señor:
Me asombra que te importe tan poco que tu mano derecha conduzca mi coche, pero sí que lo haga un chico al que te follas de vez en cuando. ¿Cómo sé yo que Higgins me va a conseguir el mejor precio por el coche? Siempre me he dicho, seguramente antes de conocerte, que estaba conduciendo una auténtica ganga.

Guille
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De: Samuel De Luque
Fecha: 26 de mayo de 2014 23:44
Para: Guillermo Díaz
Asunto: ¡Cuidado!

Querido señor Díaz:
Doy por sentado que es el TINTO lo que le hace hablar así, y que el día ha sido muy largo. Aunque me siento tentado de volver allí y asegurarme de que no se siente en una semana, en vez de una noche.
Higgins es ex militar y capaz de conducir lo que sea, desde una moto a un tanque Sherman. Su coche no supone peligro alguno para él.
Por favor, no diga que es «un chico al que me follo de vez en cuando», porque, la verdad, me ENFURECE, y le aseguro que no le gustaría verme enfadado.

Samuel De Luque
Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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De: Guillermo Díaz
Fecha: 26 de mayo de 2014 23:57
Para: Samuel De Luque
Asunto: Cuidado, tú

Querido señor De Luque:
No estoy seguro de que yo te guste, sobre todo ahora.

Señor Díaz.
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De: Samuel De Luque
Fecha: 27 de mayo de 2014 00:03
Para: Guillermo Díaz
Asunto: Cuidado, tú

¿Por qué no me gustas?

Samuel De Luque
Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.
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De: Guillermo Díaz
Fecha: 27 de mayo de 2014 00:09
Para: Samuel De Luque
Asunto: Cuidado, tú

Porque nunca te quedas en casa.
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Hala, eso le dará algo en lo que pensar. Cierro el cacharro con una indiferencia que no siento y me meto en la cama. Apago la lamparita y me quedo mirando al techo. Ha sido un día muy largo, un vaivén emocional constante. Me ha gustado pasar un rato con Mark. Lo he visto bien y, curiosamente, le ha gustado Samuel. Jo, y el tonto de Frank… Oír a Samuel decir que había pasado hambre. ¿De qué coño va todo eso? Dios, y el coche. Ni siquiera le he comentado a Frank lo del coche nuevo. ¿En qué estaría pensando Samuel?

Y encima esta noche me ha pegado de verdad. En mi vida me habían pegado. ¿Dónde me he metido? Muy despacio, las lágrimas, retenidas por la llegada de Frank, empiezan a rodarme por los lados de la cara hasta las orejas. Me he enamorado de alguien tan emocionalmente cerrado que no conseguiré más que sufrir —en el fondo, lo sé—, alguien que, según él mismo admite, está completamente jodido. ¿Por qué está tan jodido? Debe de ser horrible estar tan tocado como él; la idea de que de niño fuera víctima de crueldades insoportables me hace llorar aún más. Quizá si fuera más normal no le interesarías, contribuye con sarcasmo mi subconsciente a mis reflexiones. Y en lo más profundo de mi corazón sé que es cierto. Me doy la vuelta, se abren las compuertas… y, por primera vez en años, lloro desconsoladamente con la cara hundida en la almohada.

Los gritos de Frank me distraen momentáneamente de mis oscuros pensamientos.

«¿Qué coño crees que haces aquí?»

«¡Vale, pues no puedes!»

«¿Qué coño le has hecho ahora?»

«Desde que te conoció, se pasa el día llorando.»

«¡No puedes entrar así!»

Samuel irrumpe en mi dormitorio y, sin ceremonias, enciende la luz del techo, obligándome a apretar los ojos.

—Dios mío, Guille —susurra.

La apaga otra vez y, en un segundo, lo tengo a mi lado.

—¿Qué haces aquí? —pregunto espantado entre sollozos.

Mierda, no puedo parar de llorar.

Enciende la lamparita y me hace guiñar los ojos de nuevo. Viene Frank y se queda en el umbral de la puerta.

—¿Quieres que eche a este gilipollas de aquí? —me dice irradiando una hostilidad termonuclear.

Samuel lo mira arqueando una ceja, sin duda asombrado por el halagador epíteto y su brutal antipatía. Niego con la cabeza y él me pone los ojos en blanco. Huy, yo no haría eso delante del señor S.

—Dame una voz si me necesitas —me dice más sereno—. De Luque, estás en mi lista negra y te tengo vigilado —le susurra furioso.

Él la mira extrañado, y Frank da media vuelta y entorna la puerta, pero no la cierra.

Samuel me mira con expresión grave, el rostro demacrado. Lleva la americana de raya diplomática y del bolsillo interior saca un pañuelo y me lo da. Creo que aún tengo el otro por alguna parte.

—¿Qué pasa? —me pregunta en voz baja.

—¿A qué has venido? —le digo yo, ignorando su pregunta.

Mis lágrimas han cesado milagrosamente, pero las convulsiones siguen sacudiendo mi cuerpo.

—Parte de mi papel es ocuparme de tus necesidades. Me has dicho que querías que me quedara, así que he venido. Y te encuentro así. —Me mira extrañado, verdaderamente perplejo—. Seguro que es culpa mía, pero no tengo ni idea de por qué. ¿Es porque te he pegado?

Me incorporo, con una mueca de dolor por mi trasero escocido. Me siento y lo miro.

—¿Te has tomado un ibuprofeno?

Niego con la cabeza. Entorna los ojos, se pone de pie y sale de la habitación. Lo oigo hablar con Frank, pero no lo que dicen. Al poco, vuelve con pastillas y una taza de agua.

—Tómate esto —me ordena con delicadeza mientras se sienta en la cama a mi lado.

Hago lo que me dice.

—Cuéntame —susurra—. Me habías dicho que estabas bien. De haber sabido que estabas así, jamás te habría dejado.

Me miro las manos. ¿Qué puedo decir que no haya dicho ya? Quiero más. Quiero que se quede porque él quiera quedarse, no porque esté hecho una magdalena. Y no quiero que me pegue, ¿acaso es mucho pedir?

—Doy por sentado que, cuando me has dicho que estabas bien, no lo estabas.

Me ruborizo.

—Pensaba que estaba bien.

—Guillermo, no puedes decirme lo que crees que quiero oír. Eso no es muy sincero —me reprende—. ¿Cómo voy a confiar en nada de lo que me has dicho?

Lo miro tímidamente y lo veo ceñudo, con una mirada sombría en los ojos. Se pasa ambas manos por el pelo.

—¿Cómo te has sentido cuando te estaba pegando y después?

—No me ha gustado. Preferiría que no volvieras a hacerlo.

—No tenía que gustarte.

—¿Por qué te gusta a ti?

Lo miro.

Mi pregunta lo sorprende.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Ah, créeme, me muero de ganas.

Y no puedo evitar el sarcasmo.

Vuelve a fruncir los ojos.

—Cuidado —me advierte.

Palidezco.

—¿Me vas a pegar otra vez?

—No, esta noche no.

Uf… Mi subconsciente y yo suspiramos de alivio.

—¿Y bien? —insisto.

—Me gusta el control que me proporciona, Guillermo. Quiero que te comportes de una forma concreta y, si no lo haces, te castigaré, y así aprenderás a comportarte como quiero. Disfruto castigándote. He querido darte unos azotes desde que me preguntaste si era gay.

Me sonrojo al recordarlo. Uf, hasta yo quise darme de tortas por esa pregunta. Así que el culpable de esto es Frank Garnes: si hubiera ido él a la entrevista y le hubiera hecho la pregunta, sería él el que estaría aquí sentada con el culo dolorido. No me gusta la idea. ¿No es un lío todo esto?

—Así que no te gusta como soy.

Se me queda mirando, perplejo de nuevo.

—Me pareces encantador tal como eres.

—Entonces, ¿por qué intentas cambiarme?

—No quiero cambiarte. Me gustaría que fueras respetuoso y que siguieras las normas que te he impuesto y no me desafiaras. Es muy sencillo —dice.

—Pero ¿quieres castigarme?

—Sí, quiero.

—Eso es lo que no entiendo.

Suspira y vuelve a pasarse las manos por el pelo.

—Así soy yo, Guillermo. Necesito controlarte. Quiero que te comportes de una forma concreta, y si no lo haces… Me encanta ver cómo se sonroja y se calienta tu hermosa piel blanca bajo mis manos. Me excita.

Madre mía. Ya voy entendiendo algo…

—Entonces, ¿no es el dolor que me provocas?

Traga saliva.

—Un poco, el ver si lo aguantas, pero no es la razón principal. Es el hecho de que seas mío y pueda hacer contigo lo que quiera: control absoluto de otra persona. Y eso me pone. Muchísimo, Guillermo. Mira, no me estoy explicando muy bien. Nunca he tenido que hacerlo. No he meditado mucho todo esto. Siempre he estado con gente de mi estilo. —Se encoge de hombros, como disculpándose—. Y aún no has respondido a mi pregunta: ¿cómo te has sentido después?

—Confundido.

—Te ha excitado, Guillermo.

Cierra los ojos un instante y, cuando vuelve a abrirlos y me mira, le arden. Su expresión despierta mi lado oscuro, enterrado en lo más hondo de mi vientre: mi libido, despierta domado por él, pero aún insaciable.

—No me mires así —susurra.

Frunzo el ceño. Dios mío, ¿qué he hecho ahora?

—No llevo condones ni lubricante, Guillermo, y sabes que estás disgustado. En contra de lo que piensa tu compañero de piso, no soy ningún degenerado. Entonces, ¿te has sentido confundido?

Me estremezco bajo su intensa mirada.

—No te cuesta nada sincerarte conmigo por escrito. Por e-mail, siempre me dices exactamente lo que sientes. ¿Por qué no puedes hacer eso cara a cara? ¿Tanto te intimido?

Intento quitar una mancha imaginaria de la colcha azul y crema de mi madre.

—Me cautivas, Samuel. Me abrumas. Me siento como Ícaro volando demasiado cerca del sol —le susurro.

Ahoga un jadeo.

—Pues me parece que eso lo has entendido al revés —dice.

—¿El qué?

—Ay, Guillermo, eres tú el que me ha hechizado. ¿Es que no es obvio?

No, para mí no. Hechizado. El dios que llevo dentro está boquiabierto. Ni siquiera él se lo cree.

—Todavía no has respondido a mi pregunta. Mándame un correo, por favor. Pero ahora mismo, me gustaría dormir un poco. ¿Me puedo quedar?

—¿Quieres quedarte?

No puedo ocultar la ilusión que me hace.

—Querías que viniera.

—No has respondido a mi pregunta.

—Te mandaré un correo —masculla malhumorado.

Poniéndose en pie, se vacía los bolsillos: iPhone, llaves, cartera y dinero. Por Dios, lleva un montón de mierda en los bolsillos. Se quita el reloj, los zapatos, los calcetines, y deja la americana encima de mi silla. Rodea la cama hasta el otro lado y se mete dentro.

—Túmbate —me ordena.

Me deslizo despacio bajo las sábanas con una mueca de dolor, mirándolo fijamente. Madre mía, se queda. Me siento paralizado de gozoso asombro. Se incorpora sobre un codo, me mira.

—Si vas a llorar, llora delante de mí. Necesito saberlo.

—¿Quieres que llore?

—No en particular. Solo quiero saber cómo te sientes. No quiero que te me escapes entre los dedos. Apaga la luz. Es tarde y los dos tenemos que trabajar mañana.

Ya lo tengo aquí, tan dominante como siempre, pero no me quejo: está en mi cama. No acabo de entender por qué. Igual debería llorar más a menudo delante de él. Apago la luz de la mesita.

—Quédate en tu lado y date la vuelta —susurra en la oscuridad.

Pongo los ojos en blanco a sabiendas de que no puede verme, pero hago lo que me dice. Con sumo cuidado, se acerca, me rodea con los brazos y me estrecha contra su pecho.

—Duerme, cariño —susurra, y noto su nariz en mi pelo, inspirando hondo.

Dios mío. Samuel De Luque se queda a dormir. Al abrigo de sus brazos, me sumo en un sueño tranquilo.

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LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO T.T

GOLPEENME, HAGAN LO QUE QUIERAN CONMIGO (Soy Ale) PERO PERDÓN POR SUBIR TAN TARDE D’: AYER NO PUDE HABLAR CON KIARA POR LO TANTO NO PUDE NI VER EL CAPÍTULO PARA SUBIRLO T-T LO SIENTOOOOOOOOOOOO 

Como era habitual, había escogido uno de los salones abandonados para instalarse en él. Era preferible encerrarse allí y así no tener que soportar a los demás imbéciles del castillo. Además, el aula se encontraba completamente oscura, pues la iluminación era nula, y aquello le pareció perfecto. Era lo más parecido a la noche que tendría por ese momento. Se sentó en una de las sillas que se encontraban en el rincón del salón, mientras que subía sus pies en el escritorio más cercando. Un cigarrillo se posicionó en sus labios, pero justo cuando se disponía a encenderlo, la puerta del aula se abrió. Amycus soltó un quejido, fastidiado por la luz que se filtraba por la puerta. Estaba de espaldas, así que sólo giró su cabeza para observar de quién se trataba, aunque aquello le importaba muy poco en realidad, sólo quería que la persona se esfumara de allí, fuese quien fuese. —Lárgate —ordenó con una voz áspera, en un tono amenazador.