ahogado

el ruso

a veces me iba a buscar a la escuela y se lo encontraba fácil
la moto dormida como una pantera negra entre las pick ups
al unísono embarradas
llenas de bosta
él
la campera de cuero y un pucho en la boca
y una virulana oscura arriba de cada ojo
tan así
que un día le preguntaron si precisaba algo
y se rió conmigo del terror
de que lo hubieran tenido por peligroso
(que lo era
pero no
como ellos creían)
él me dijo
que yo era importante pero no todo
que si hubiera sido linda sería insulsa
y que los poemas de amor
son para la gente
que no nos quiere bien
recursos del ahogado.
él no me dijo
que nos creían unos grasas
y yo sólo sabía lo que era de su boca
tampoco
que me veían subir a la moto con las dos trenzas
y me envidiaban
desde el vidrio
el viento en la cara.

Sal a caminar cuando estés triste.
Sal a caminar en esos momentos en
los que no puedas más.
Y no importan tus ojos hinchados de
tanto llorar, y no importan tus ojeras,
ni tu nariz colorada, no importa como
estés luciendo, no importa si tu cabello está hecho un desastre, no importa si no llevas puesta la mejor ropa.
Sal a caminar y no pienses a quien
te vas a cruzar en el camino.
Camina,corre, piensa, desenreda ese nudo de tu alma,desata tus miedos, quita ese dolor que tienes en el pecho. Y llora, si tienes que llorar, hazlo. Y grita, y tírate al suelo, haz lo que puedas y quieras pero desahógate.
Libera ese peso de tu mente, ese dolor fuerte que hay dentro de ti.
Hazlo, libérate y sana todo eso, porque no hay nada más doloroso que quedarse ahí, ahogado en tus propias lágrimas sin intentar salir a flote.
Casi tengo hiperemesis por lepidópteros. Se me hace un nudo el encéfalo y no se ubica el nodo sinusal. Mi colon es un lío y le pega al yeyuno nomás porque quiere. A la cóclea le importa poco y con el cerebelo concuerdan en marearme todo el día. Las cuerdas vocales que en un grito ahogado te nombran. El cortisol a tope. Y el simpático nada simpático me trae taquicardia diaria. La amígdala es la culpable en general, aunque la melatonina no ayuda y me alteró el circadiano.
Yo qué le hago. Sin ti no serviría ni para escribir poesía…
—  Clara Ajc
Conocen la oscuridad porque...
  • Aries: porque se ha chocado con ella
  • Tauro: porque a veces esta en sus palabras
  • Geminis: porque también se ha sentido perdido en ella
  • Cáncer : porque se ha ahogado en ella
  • Leo: porque está sentado junto a ella
  • Virgo: porque la ha visto en la mirada de muchos
  • Libra: porque no han sido justos con el
  • Escorpio: porque ésta siempre quiso atraparlo
  • Sagitario: porque no puede ver a su alrededor con lágrimas en los ojos
  • Capricornio: porque aparece en su cabeza para atormentarlo
  • Acuario: porque también se ha rendido
  • Piscis: porque a veces nace de él.
  • Perdón si es un poco cutre, este no es mi estilo pero no me he estado sintiendo del todo bien.
Ya han muerto demasiados poetas
Ahogados bajo puentes
Y lo único que dejan son versos
Versos que ya no significan nada
Versos que un día fueron el refugio de alguien
Versos que hoy son como espadas
Y debería ser besos
Versos, versos, versos, besos…
La fria impotencia de las noches en vela
Los cerezos de Neruda en primavera
Y la mirada niña del joven de Rayuela
Esos versos que han acabado con todo
Con todo lo que dábamos por hecho
Con todo lo que creía que era correcto
Con nuestro mar de dudas
Incendiando cada uno de los cimientos que teníamos
Ya han muerto demasiados poetas en manos de musas
Que no dejaban sus pensamientos
Que no eran capaz de abandonarlos
Que se llevaban hasta el último suspiro
Hasta el último retablo de su alma
Que los hacían creerse que podían contra el mundo
A pesar del pronóstico previo de fracaso
Y de la imperiosa necesidad de abandonarlo todo.
Ya han muerto demasiados poetas
como para andar con tonterías sobre el arte
Sobre la poesía y la magia que traía
Sobre los amores de mentiras
Y las manos manchadas de tinta.
Ya han muerto demasiados poetas
Ahogados bajo puentes.
Pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda, pura mierda.
—  (manuela3trl) Mentiras.

Amá. Convertí el amor en vendaval, en terremoto, tormenta, tsunami, relámpagos e intensidad. Que se haga presente y mueva bases, convicciones, rutina. Que te despeine y te desarregle, que te abrace y no te suelte, que te haga llegar tarde y radiante. Que tengas las mejillas sonrosadas de felicidad. Que sea versátil. Amá bien, con risas y helados, y películas y llantos, y besos en el cachete y gemidos ahogados por la boca del otro. Soltate y no tengas miedo, dejate amar, tirate al vacío y confía. Dejá pudores y complejos, vergüenza y resentimientos, todo de lado. Desnudate el alma y amá, simplemente amá.

Ya no cuento los días desde que te fuiste.

Ya no cuento los días desde que te fuiste, tu recuerdo, tu partida, el vacío.


Ya no cuento los días desde que te fuiste, te extraño, pedazo de vida al unísono, ya no cuento los días desde tu partida.


Ya no cuento los días desde que te fuiste, me has dejado, te he olvidado, perdida en las letras del olvido, ya no estás, te has esfumado.

Ya no cuento los días desde que te fuiste, ausencia de mi corazón ahogado en una asfixia

Ya no cuento los días desde que te fuiste, te pienso, te dejo, te amo, te olvido.

Ya no cuento los días desde que te fuiste, a veces te extraño, a veces te olvido, a veces te pienso, a veces te dejo.

Ya no cuento los días desde que te fuiste, te escribo, te verso, te recuerdo, te pinto, pero ya no cuento los días desde tu partida.

El corazón delator. (Cuento completo) de Edgar Allan Poe.

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN

Alguien que trata de esconderse de si mismo, dentro de él mismo. Se desmorona..
—  Audioslave - Be Yourself

Te necesito, maldito. Lo único que quiero es tenerte junto a mí, o mejor dicho: en medio de mí.

No, no te extraño con aires románticos y melancólicos, te deseo y me urge tener tus dedos entre mis piernas. Me mojo entre los recuerdos de las noches, madrugadas, mañanas y tardes en las que nos quitamos el frío y sofocamos el lugar con el calor del amor corporal.

Ahora te necesito aquí, curándome la ansiedad y besándome los rincones que la luz no conoce. Quiero que nos aprendamos el Kamasutra, que perdamos tiempo practicando sus poses para terminar con el misionero, en el que puedo observar tu sonrisa perversa ahogado en placer.

Estoy desesperada por ver tus pupilas dilatándose al tocar mis pechos y a tu miembro creciendo con cada movimiento. Quiero ver tus dientes mordiendo tus labios y a tus ojos borrachos, luchando por mantenerse abiertos para mirar mi cuerpo, mientras te excitas con cada sollozo.  No aguanto las ganas de tener tu lengua sometiéndose a mis deseos y llevándome hasta el cielo. Quiero tenerte en cualquier lugar, un elevador, una cama, el salón de clases, en medio del parque, donde sea que pueda saciar mis ganas y dejar de ser una dama.

Vamos a complacernos, a dejarnos guiar por nuestros deseos más salvajes y terminar juntos, tocando el paraíso sin remordimiento alguno después de haber pecado.

Te reto a imaginarme una vez más volviéndome tuya, a recordar la sensación de nuestros cuerpos convertidos en uno y no querer tenerme ahí, en medio de ti.

—  Michelle Félix