abril

La ví caminar un día por la calle que daba a la heladería. Solía sentarse horas enteras en la mesita destartalada de la esquina mientras comía un helado de vainilla. Siempre tan sola. Siempre aislada. Llevaba en su rostro una mirada biliosa y labios tan rojos como su alma. Jamas me atreví a preguntar su nombre, o cómo estaba, preferí seguir admirándola desde mi ventana a cada atardecer, incluso si llovía, ella estaba allí con su helado de vainilla.

Un día de abril ella no llegó como era común. No me alejé de la ventanita ni siquiera un solo segundo esperando su llegada.

Amaneció.

Llegado el día siguiente, y al caer de nuevo la tarde, la mujer volvió a la mesa. No lo soporté más: me acerqué.

—¿Hola? —dije con voz temblorosa.
— No sabes cuántos atardeceres esperé esto.

—  Microcuento. Tatiana C.