abismales

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Humankind - Abismales

Ay de aquel que no tiene partes cosidas en el alma. Ay de aquel que nunca vivió.
Ay de aquel que nunca contempló amaneceres y no sabe de malos quereres.
Porque, ¿quién ha vivido el amor si no fue herido?
¿Quién conoce el arte si jamás lloró en una noche astronómica, mientras Luna de plata le arrullaba?
Ay de aquel que le fue infiel a la sonrisa, pues mientras reía a carcajadas, su vida le lloraba desolada.
Ay de aquel que no saltó, sin importar alturas abismales, porque en su vida sólo existieron sombras con pánico a las alturas.
¿Por qué no volar si tienes alas nuevas?,
¿No te gusta el viento besándote las mejillas?,
¿O acaso mamá no te enseñó?,
¿Nadie te animó nunca a hacerlo?,
¿Dónde estuviste cuándo te necesitaste?
—  Ay de aquel, Fuego frío.
Habíamos tenido algunas discusiones por nuestras abismales diferencias, sin embargo llegamos al mutuo acuerdo de aceptar y compartir dichas diferencias. Él ama a Michael Jackson, y a mí honestamente no es que me mate de la emoción, sin embargo, decidimos vernos un concierto completo de ese cantante.   él bailaba, cantaba, reía, y se movía de la alegría.  Al final me abrazó y las lágrimas se desprendieron de sus ojos, pues me dijo que nadie nunca había hecho eso por él.    Luego al salir, fuimos aun sitio de baile indígena pues a mí me encantan esos ritmos, pero a él no, y sin embargo estuvo allí, a mi lado, bailando, y moviéndose.   Fue la noche más hermosa porque dejamos nuestras diferencias de lado y comenzamos a disfrutar de lo que hace feliz al otro.

-El diario de alejandro.

Era la mujer con la mirada más triste que conocí. Ojos vacíos, negros abismales que robaban toda luz que los rozacen. Manos indiscretas, que buscaban calor. Labios gruesos y fríos que tomaban mi color. Sonrisa tenue que escapaba a urtadillas y una soledad que posaba en sus mejillas. Sus cabellos negros caían en sus pechos, rodaban como lágrimas que jamás lograron escapar de sus desprecios. Ella, la profuga del amor, la dama de la melancolía. La doncella de los sueños rotos. La condenada a las pesadillas diurnas y a los sueños moribundos. Ella, mi alma gemela, mi vida paralela. Destinadas a siempre encontrarse, pero nunca a juntarse.
—  Blaster -Delirios de un corazón roto

Hoy, me he detenido a ver con calma el reflejo de mi persona que se proyectaba sobre el cristal de mi cuarto de baño. Estando yo ahí sin más compañía que una barra de jabón que el tiempo y la falta de uso se había encargado de arrugar, la luz que irónicamente me bañaba completamente, y el sonido de aquellas gotas que se filtraban sin permiso por la regadera y producían eco al impactar contra el suelo. En pocas palabras, estaba solo.

Me permití un poco de tiempo para mí, para mirarme. ¿Cuántos minutos fueron? Quizá fueron 2, quizá 3, quizá fueron 27, qué se yo, pero, lo que sí sabía, con lo que sí contaba, es que fue el tiempo suficiente para darme cuenta de cuánto habían crecido esas arrugas en mi frente, cuanto cabello había perdido y de qué tan oscuras eran mis ojeras en aquel momento. No sólo eso, también, fue tiempo suficiente para tener la certeza de que algo estaba mal. No era mi físico, no eran las arrugas en la frente, ni el cabello perdido, ni mucho menos las ojeras abismales. Algo estaba mal. Era yo.

Me sorprendí muchísimo cuando por fin pude reaccionar y volver al plano real, de cuánto era capaz de perderme, y divagar, con sólo unos segundos de atención puestos sobre mis propios ojos. Dentro de mí, dentro de ese limbo de color gris oscuro, pude sentir con mayor claridad aquello que comencé a padecer desde Mayo de este mismo año. Porque lo sabía, yo sabía mi problema. La verdad es que todos conocen sus problemas, pero, pocos son capaces de aceptarlos. Las personas son como libros, siempre lo pensé así. Libros que cargan consigo, entre sus propios versos, sus propios problemas y sus respectivas soluciones. Traen la metáfora y la respuesta, traen lo que deben de hacer y al mismo tiempo lo que no desean oír, o lo que no pueden escuchar. Algunos necesitan ser leídos en voz alta para darse cuenta de lo que ya saben pero que también ignoraban, y yo, al verme solo, sin nadie que me leyera, intenté en el lugar que menos pensé, la técnica que desde joven traía conmigo como si fuese un anillo o cualquier adorno. Bastaba con tan sólo quedarme quieto, inmóvil, y posar la mirada sobre mi reflejo. Entonces podía leerme.

A pesar de haberlo logrado, me preocupaba la sensación fría de poder encontrar cosas que nunca antes me dio por buscar y de las consecuencias que traerían consigo. De encontrarme con los versos que no quería leer.

Habiendo tomado aire, tuve el valor para poder ignorarlo, y seguí leyéndome. Realmente eran pocos los capítulos que conformaban mi propio libro. Siempre me pareció curioso que, aunque careciese de final, yo podía ponerme a imaginarlo a pesar de que aún no estuviese escrito. Ya dentro de mí, me dirigí al problema. Capítulo 20. Al principio todo estaba borroso, me costó trabajo poder reconocer cada palabra, como si todo estuviera escrito en un idioma desconocido, y tuve que hacer uso de mi intuición y paciencia para poder comprenderlo, para poder comprenderme a mí mismo al final de cuentas. Después de 2, 3, o quizá 27 minutos, poco a poco, todo comenzaba a volverse nítido.

Había leído de mis errores, había leído de mis vacíos, había leído de mis intentos fallidos por intentar cubrirlos. Había leído sobre las personas inocentes que había hecho sufrir a causa de aquellos proyectiles sin rumbo, provenientes de ninguna parte, a raíz de la guerra que se disputaba en mis adentros. Me leía solo, me leía triste, me leía confuso y me leía absurdo. Me veía a mí mismo, me leía yo. Leí de mi felicidad compartida, leí de su sonrisa, leí de sus ojos que brillaban con luz propia. Leí su nombre entre cientos de líneas, leí su silueta, leía su mano apretando la mía. Leí de los problemas, leí de las causas, leí de mis ataques de ira. Leí de mis excusas, y leí en letras rojas, forzosamente escritas, como si el escritor las hubiera puesto ahí intentando luchar contra una realidad distinta, que la culpa era suya. Y al finalizar el capítulo, pude encontrar algo que ignoré por mucho tiempo, como aquello que todo mundo sabe pero que ignora, como todo aquello que en algún momento sentiste pero que a su vez deseaste arrancarte, como todo aquello que hiciste pero que después quisiste olvidar.
Y aquello decía “Pero acéptalo. La culpa realmente fue tuya.”, y justo al final, no había mas que aquel verso escrito con letra limpia, sin dificultad y sin error en el margen, “Tu egoísmo te volvió un solitario analfabeta”.

Regresé a mí mismo, a la realidad que se movía fuera de mi mente, al otro lado del espejo. Todo seguía igual en apariencia, las gotas seguían produciendo eco, la barra de jabón seguía arrugada y seca, y la luz seguía cubriéndome enternecida y como una forma de consuelo a razón de verme tan solo.

La gran única gran diferencia de todo aquello, era que, yo ya me sabía leído, ya me sabía entendido, yo ya me sabía.

La certeza de cuán solo estaba se re afirmó mucho más para mí. Pero, afortunadamente, ya también lo era el hecho de que sabía perfectamente cómo y por dónde comenzaría a escribir el siguiente capítulo.

—  Los versos que no quería leer - Manuel de Noviembre.

No existe infierno
Lo suficientemente
Grande
Para dar cabida
A todos los cuerpos
Arqueados
Que han pecado
Por los siglos
De los siglos.

La eternidad,
Se hace efímera,
Redundante,
Cuando no hay,
Recato derechista.

Tímida
Pausas abismales
Que cargan
Todos los pecados
Del cielo
En la piel;
Y sin
Vergüenza.

—  Susurros en las piel ( Inferno de Deus 3) - Francisco J Quintana

No te escribo yo.
Te escribe mi cuerpo impaciente
Mis manos ansiosas
Mis caderas deseosas.

No te escribo yo
Te escriben los besos largos
las miradas abismales
las voces entrelazadas.

No te escribo yo
te escriben mis manías
mis tristezas solitarias
mis melancolías nocturnas

No te escribo yo
te escriben mis adentros
mis suspiros más hondos
mis risas sin verguenza

No te escribo yo
te escriben mis quereres
mis monstruos abandonados
y mi corazón agrandado

Teníamos tantos miedos en común,
mares, océanos de dudas nos separaban.
Teníamos coincidencias abismales,
kilómetros de nada, que nos unían.
Pero aún así y pese a todo lo que en algún momento nos atraía como imán a nuestros extremos, existía un te quiero siempre en nuestros labios, manos, piel… que desafiaba lo opuesto del tiempo, que nos rescataba, que nos mantenía juntos pese a todo.
—  ideasviajando (M. Sierra Villanueva)