Tatiana Cardoso Hernández

Observé la pared por dos minutos. Limpié mi nariz, lave mis mejillas y me dispuse a continuar mi lectura, pero las palabras se tornaban borrosas y un inmenso vacío en el pecho me acomplejaba. Afuera llovía y mi café tibio ya no me aliviaba. Me ardía el alma, y la oscuridad que me acogía era como un golpe en el rostro luego de despertar.
—  Tatiana C.

A las dos de la mañana
no existe sobra alguna
de mi alma.

Cielo triste
tras el vendaval,
estoy sólo con el
eco de mi ausencia.

Tan sólo, amor,
que lloro y río
y canto y soy
nada en el abismo.

Pronto el llanto
de un infante;
luego la luz encendida
y la paz de la noche
moribunda.

El cenicero atestado
de horas desabridas,
y estoy sólo

sin brisa que calme
la angustia,
ni estrella que alumbre
el camino.

—  Tatiana C.
Me levanté para marcharme y al hacerlo me agarró del brazo pidiendo que no huyera. Yo le sonreí y me puse el pantalón. Tenía impregnada en la piel el aroma a tabaco y jabón que lo empapaban y una inconformidad inmensa con el tiempo, con mi tiempo. Tomé mis zapatos de charol y me acerqué, lo besé en los labios a modo de despedida y le pasé mi mano por el pecho con una leve caricia. Él la tomó y presionó para decir que no quería verme salir por esa puerta, pero que -como antes- soportaría mi ausencia una vez más.
—  Tatiana C.
Él hablaba de tiempo -cosa que desde su definición nunca pude entender- y de paz; una paz incierta que mas bien era un descanso inmerecido porque la vida pasaba y el pedía tranquilidad ahí sentado. Yo por mi parte solía observarlo desde arriba del columpio pensando o escribiendo alguna banalidad con respecto a mi estado de ánimo, o quizá cuando me sentía de buena gana, escribiendo un manifiesto sobre mi inconformidad acerca de algún acontecimiento que había leído en el periódico del día anterior, documento que -claro está-  nunca daría a conocer. Las horas pasaban con el desconsuelo sordo de que debíamos estar haciendo algo mejor, pero en ese momento él me miraba y me decía que no me levantara aún porque nos quedaba tiempo de paz.
—  Tatiana C.

Llevaba la piel tersa y lívida, de su rostro resaltaban sus labios carmesí y unos grandes ojos lúcidos que llenaban el recinto. Yo estaba atenta a cada movimiento que sacudía  la discusión a tratar sobre la mesa, pero su paso preciso al explicar un tema impedían que consiguiera concentrarme. Tenía veinti tantos, de gran estatura y más bien delgado; sus manos me recordaban el invierno y su voz el fuego lento de un domingo húmedo. Sentí recaer muchas veces sobre mí su total atención, y aprovechaba el iniciar una cuestión nueva para preguntar mi opinión. Él también veía algo en mí. 

A la hora del almuerzo mientras tomaba una bebida, se acercó. Discutimos sobre su profesión y su experiencia, y el por qué de mi participación en el evento. Recordé esa misma mañana en la que vacilaba sobre la decisión de asistir, y ya había olvidado por qué mi fallo final había sido presentarme. 

Era un hombre de ideas claras y siempre dispuesto a compartir sus argumentos.

Tras regresar al bonito salón dispuesto para la organización de las conversaciones de carácter pedagógico a las cuales asistía, prosiguió la charla. Una mirada sinuosa precedía a mil sonrisas. La emoción era recíproca, y esa impotencia de querer hablarnos cerca -bien cerca-  nos invadía. Dicha emoción era discreta; nos comportábamos como dos personas maduras que  intentaban ocultar la evidente conexión creada en la habitación, sin embargo aquel comportamiento recto se veía truncado al realizar actividades didácticas, pues él aprovechaba esto para sentarse a mi lado y preguntar cómo la estaba pasando. 

Cuando finalizó la jornada de discusión realizada en un importante hotel de la ciudad, tomé mis implementos de trabajo y me dispuse a salir del lugar queriendo llevar a cabo otra conversación con el joven, pero para mi desgracia no lo encontraba. Empecé a bajar las escaleras con una ademán de tristeza en mis ojos y la mirada en mis pasos, cuando me topé con él en el tercer nivel del edificio. Me tomó de la mano con firmeza y sin pronunciar palabra alguna caminamos por el pasillo con rapidez, como esperando llegar pronto a un lugar preciso. Me vi encontrada con el hombre en una bonita sala de estar cerca al comedor. Pronto serían las cinco de la tarde y eran muy pocas las personas que rondaban por ahí, ya que las fiestas locales que iniciaban justo a esa hora atraía la atención de todos. Nos presentamos formalmente, su nombre era Christian y se apellidaba Betancourt. El se encontraba entusiasta y lleno de energía; cada vez me hablaba más cerca intentando disimular el pequeño movimiento que realizaba sobre el sofá para aproximarse.

Llevábamos cuatro cafés y una caricia en las manos, incontables momentos de risa y una constante actitud recíproca de insinuación, cuando luego de un sorbo a mi taza sentí el contacto de su mano tibia en mi mejilla. Cerré los ojos y él se acercó con la ternura de la naciente noche que ya nos empapaba. Recuerdo su beso sutil con el sabor del crepúsculo de un viernes de abril y la cálida pasión que daba la sujeción de su otra mano en mi cintura. Ese día conocí la seguridad que te brinda el tocar el cielo con los labios.

—  Tocar el cielo con los labios, Tatiana C.