Suburbios

La tele dispara imágenes que reproducen el sistema y voces que le hacen eco; y no hay rincón del mundo que ella no alcance. El planeta entero es un vasto suburbio de Dallas. Nosotros comemos emociones importadas como si fueran salchichas en lata, mientras los jóvenes hijos de la televisión, entrenados para ver la vida en lugar de hacerla, se encogen de hombros.
En América Latina, la libertad de expresión consiste en el derecho al pataleo en alguna radio y en periódicos de escaso tiraje. A los libros, ya no es necesario que los prohíba la policía: los prohíbe el precio.
—  Eduardo Galeano. El libro de los abrazos// La televisión/3
youtube

Arcade Fire - Sprawl II

Music video for Arcade Fire’s “The Suburbs”: Sprawl II (Mountains Beyond Mountains). Edited by Michael McVey. Stock footage from the Prelinger Archive:

http://www.archive.org/details/IntheSub1957

Colorful Sunset by Emilio Orantes on Flickr.

Quién iba a decirlo...
Quién iba a decirlo…

Dicen que año tras año,
la soledad huele peor…

Pero yo no estoy de acuerdo;
sólo estás solo si te sientes solo.

¿Acaso no es mejor
despertar de madrugada
y sentir sobre tu piel
el cálido picor de la conciencia tranquila?

¿Prefieres dormir al lado
de una mano fría
que sólo te toca cuando te toca?

¿Prefieres besar cada mañana
un rostro al que ya no besas nunca?

Pues no;
yo me quedo con la cáscara rota
de mis paseos invernales;
con la pulpa lívida de un Sol
que esconde sus encantos en los suburbios de Febrero.

Me quedo con mis veranos
en los que voy a respirar del mar
en el que viene a sudar la Luna;
me quedo con esos brindis con Cacique
que le hago a la pantalla del ordenador
mientras pongo mis canciones preferidas…

Me quedo con mis fiestas solitarias,
y con la alegría de haber perdido a esos amigos
que en verdad no lo eran tanto…

Porque, ¿sabes una cosa?
Las fiestas acaban
cuando las máscaras desaparecen.

Brindo por mí. Brinda por ti.

Quién iba a decirlo…
Pero es mejor así.

Eros Ignem

Capitulo primero: "Psicosis"

Llegué un día cualquiera, un martes de enero cuyo clima frío parecía desear calar en mis huesos, sin éxito alguno.

Parpadeé por el viento, caminando a paso lento mientras los transeúntes a mi alrededor corrían, apresurados, probablemente retrasados o con urgencia por llegar a su destino. Nadie parecía prestar atención al joven que andaba lentamente al borde de la acera, al borde de la muerte.

Cuando, finalmente, un ciclista pasó a mi lado y me empujó directo a la muchedumbre gritándome improperios, logré percatarme de lo que hacía. Cualquier vehículo podría pasar a llevar mi cuerpo y hacerme volar hasta quien sabe donde. No sentía interés por mi vida, pero ahí estaba, arriesgándome solo para sentir la adrenalina que alguna vez recorrió mi ya cansada piel.

Llegué hasta los suburbios, donde la esquina de siempre me esperaba. Las putas del barrio me observaban, paseando sus ojos de mis pies a mi cabeza con desprecio, mientras me quitaba la chaqueta de cuero y la tiraba contra el pórtico de una casa abandonada. El collar y la camiseta ajustada molestaban, pero era una mini tortura a la que estaba acostumbrado, nada que no pudiese soportar.

Se que soy un simple muchacho, un hombre, un prostituto barato que todas las noches se instala en la misma esquina, pero es el único trabajo al que puedo acceder.

Las chicas se acercaban para patearme y golpearme. Lo permitía, solo porque los moretones siempre atraen a los clientes. No le agrado a nadie, y sinceramente me importa lo que un pepino.

Al terminar mi jornada, siendo pagado generosamente por lo que parecía un empresario bastante acomodado, corrí directo a casa mientras colocaba la chaqueta sobre mis hombros. Entré, ignoré los gritos de mi familia y cerré la puerta de mi habitación con seguro. Me escondí bajo la cama a contar el dinero, el suficiente para escapar de los golpes de mi padre y los gritos de mi madre. El suficiente para dejar de oír las burlas de mis hermanos y la falta de respeto de mis sobrinos y el resto de mi familia.

El dinero suficiente para comprar aquella droga que, según me explicó el camello, podría acabar con mi misera vida en tan solo instantes y sin dolor.

Una huida a la que mi psicosis me obligó a llegar.