Riquelme

EL DIVORCIO DE ROMÁN

La besó como nadie.

La cuidó como pocos.

La amó de una manera inmejorable.

Como sólo quien realmente ama puede amar.

La acarició como mi abuelo acariciaba la mano de mi abuela.

Y la mimó como si fuese su eterna amante.

La abrazó para darle calor.

Y le pegó cuando hizo falta, pero siempre con ternura.

La miró de la misma forma que papá mira a mamá.

Y le dio todo su cariño hasta quedarse vacío.

La agasajó frente a miles de personas y la piropeó ante todos ellos.

Su sonrisa al verla, siempre fue la sonrisa sincera de cualquier hombre enamorado que se reencuentra con su mujer después de un tiempo separados.

Sus ojos brillosos, los de un individuo seducido.

Hechizado.

Hipnotizado.

Es que ella lo atraía.

Lo conquistaba.

Sin saber que él ya la había conquistado a ella desde antes de nacer.

La quiso de día y la quiso de noche.

Es que la quiso siempre.

Y anheló morir junto a ella.

Pero el tiempo pasa.

Y la vida los separa.

Se acaban de divorciar.

Y aún no llegaron a un acuerdo.

Pero seguramente no será algo definitivo.

Porque hay cosas que ni el tiempo puede separar.

Y volveremos a verlos juntos.

Quizá de una manera diferente.

Quizá desde otra perspectiva.

Quizá un poco más lejanos uno del otro.

Quizá con terceros de por medio.

Pero juntos al fin.

Porque Riquelme no puede vivir sin la pelota.

Y la pelota, sin Riquelme.