Onirismo

Oniromancia.

¿Qué son los sueños? Los sueños constituyen un mundo creado por el subconsciente del artista, es lienzo, tinta, papel, la antítesis de nuestros ideales, tonalidades de una inmensa gama cromática para el que pinta, una ola que se lanza sobre el cielo formando nubes y simetrías hídricas sobre el firmamento, son los pensamientos más inadvertidos que recorren las líneas de la palma de la mano con la que se escribe, historias que se entretejen a los labios, que se llevan en la punta de la lengua cómo los acentos, de Morfeo y su planta de adormidera, de la virgulilla que flota sobre la letra eñe, con escenas de películas que vemos en el cine mudo de los años treinta; hablamos de los enigmas de la mente de Buñuel, de Dalí, de Linares, de Ruy Sánchez, y entre otros más que han plasmado colores (o pigmentos en blanco y negro) a este plano.  Los sueños nos sirven para adivinar el presente, son un repaso lúdico de la propia  psique.Se nos manifiestan cómo fantasmas de adolescencias enamoradizas, lo hacen por noches en la que los grillos cortejan a su compañeras, en horas en que las nubes ocultan complacientes a elefantes mostrando apenas el marfil de sus colmillos, noches en las que mujeres buscan por sus hijos entre alaridos gritos y lamentos, lo hacen cuando las bolas de fuego atraviesan los cerros y cuando los charros esperan por nosotros en la plaza de Guerrero. Somos seres míticos que sueñan, un sueño de otro sueño. 

8

3:00 am.

El último escrito que verás de mí.

Faltan, exactamente cuarenta y dos minutos para que la hora del día en la que me acuerdo de ti, esté presente en tu noche, así como en la mía.
Había tantas preguntas, y tantas dudas que jamás me supe responder. Y que quizás tampoco pudiste responderte tú. Entre ellas podría enunciar la más básica, o más superflua, que es la de por qué razón me soltaste así de la mano. Dicen por allí, que a quien dejas ir, a sabiendas de que volverá, fue tuyo y siempre lo fue. Pero sabes, o ahora lo sabes, que jamás fui de esa clase de falacias, aunque no por eso no me ahuecaran un gran trozo de desconcierto en lo más profundo de mí. Pese a que me pediste que dejará por instantes inverosímiles las palabras de cariño que te dedicaba al alba y en el crepúsculo, el hambre reversa que me decía que algo no estaba bien, decidí el respetar tu decisión, no importando ni en poco lo que significara, aunque ya existía la noción en mi vislumbra, de lo que podía o no ocurrir.
No sobra el decir, que aunque me lo temiese, sucedió.
El ver el rostro de la traición en medio de los días, cuando yo sabía que no había más vacante para mí en tus manos, me agobiada, y sabía de antemano, que no debía quejarme. ¿Con qué derecho?  
Me fui cuando tú me necesitabas. Y ahora te fuiste, cuando yo te necesitaba a ti.
Más existe una diferencia, yo acompasé mis momentos de onirismo en soledad y apatía, en desconcierto y fragilidad, y tú apoderaste tus caricias en el cuerpo de alguien más.
Cuando un día lograste prestarme atención, o al menos me respondiste el cuento, te consideraba la luna que el cazador de soles buscaba en el umbral de la atmósfera. Y da la casualidad, de que el día que se encuentran, es esta noche, llamada y aclamada por millones de creyentes del reencuentro, una opción para el desamparo y el despecho que tenía la separación infinita, concebible por quienes admiraban su dinastía, y su etereidad.
De una manera u otra, quise entender el porqué, —sin preguntas ni pistas— de lo que fue, y que me negase o no, fue y tuvo que ser.
Me dolía como llaga en fuego el saber que pocas veces fue que confiaste en mi plenamente, pues, para ser honesto, jamás te di la espalda, aunque tu quizás si lo divisaste de ese modo. Me duele que hayas optado por la traición irónica que siempre temiste, para terminar de una vez por todas, con quienes fuimos, quienes éramos.
Nuestro «somos », se disipó más cruelmente que la infatigable opacidad de la niebla invernal.
¿Por qué tomar la cicuta del mismo temor infundado, cuando el acuerdo estaba a dos, tres o cuatro palabras de ti? Déjame poner un ejemplo, el que mejor hubiese entendido: «Ya no somos».
No lo entiendo. Hasta ahora, no lo entiendo.
Jamás fuimos un ideal. Jamás fuimos un ejemplo perfecto y trascendente de lo que quisimos lograr entre tú y yo. Fue más bien, —y ruego que se me disculpe la comparación— el desvanecimiento potenciado de las constelaciones obstaculizadas por la el humo impredecible de los días y la espantosa corrupción del cielo.
Es como el ver las hojas caer, el viento soplar, y el río, estampar contra las rocas en el intermitente fluido de las estaciones.
Si lo vemos de este modo, sería absolutamente predecible y eventual, el que me hayas dado la espalda del mismo modo del que te aquejabas cuando aún podía sentir tus labios sobre los míos.
¿Por qué?
No vale la pena, hoy por hoy, el sacar conclusiones tan brevemente. Pierdo mis minutos, como los tuyos. Y pese a que las horas sean ilimitadas, el leer mis agobios no cambiará lo que ya está hecho. Aquello que se refleja en lo más mínimo en tus vestigios.
¿Ya para qué? ¿Si aunque te odiara, acabarían mis argumentos y respuestas como acabaste conmigo?
Eventualmente, habría que ocurrir. Y aunque el silencio tuve por compañía gran parte de mis días hace casi dos meses, estaba dispuesto a compartirte aquello que aprendí, y que me esclareció los senderos disponibles, para todo el devenir de mis horas, para que tú no pasaras por aquello que yo pasé, ni tú, ni nadie.
No lo mereces. Quizás, nadie.
Decía un escritor, que buscaras siempre la verdad, y que dudaras de quien aclamada el haberla hallado. Quizás yo no la halle en sí, pero estoy seguro de que no estoy equivocado, pues el incierto manifiesto del tiempo implacable, no sólo deterioraría lo que pienso, también lo que soy.
 
Punto y coma.
Respiro y alivio.
Vigilia y onirismo.
¿Por qué romper drásticamente las reglas cuando uno mismo las talló con sus respectivos pensamientos y emociones en lo más destacado de nuestro vivir?
No lo sé. Y tampoco quiero saberlo.
Ahora, si pudiese entrar en detalle, —o se me permitiera de algún modo— quisiera confesar que aunque estuviese una constante vigilancia en noches y días acontecidos, siempre estuviste por delante; no cabe duda, que la emoción muchas veces domine quienes somos
Te odio, fervorosamente. Pero te quiero, como procure mencionarte todos los días, de noche a día, y entre éstos dos. 
El reemplazo, es una forma de traición, y la traición se castiga con la muerte. No del cuerpo, no del alma, sino de lo que es, fue y sería.
Se marchita como las amapolas ahogadas en su propio alimento. Mueren, decaen, y bienaventuradas sean las que sobrevivan, pues es más fácil morir que vivir y despejar la mirada a aquellos cadáveres que dejamos en el confín más escondido de nuestros pensamientos.
Pero las cosas, no son así de sencillas.
Huella y cicatriz. Formas parte de ambas.
Cambiaste, —sin ánimos de avispar los sentimientos y almas forzadas al amor abrupto— una flor pura por pétalos marchitos. No es para echarlo en cara, ni despedirlo violentamente de mis adentros hacia tus exteriores, y aunque suene egoísta: temo decir que es la verdad, y nada más que la verdad.
Pero para una próxima vez, habrías de pensarlo mejor, hay errores que sólo se tienen que cometer una vez.
Quizás, no era yo quien debía ayudar a sostener los frágiles pliegos de tu piel, y con certeza, quisiera enfatizar, en la seguridad de que hubiese dado todo por avivar el fuego interno que estaba por extinguirse en tus raspones en el alma.
Intenté hacerlo sin duda, pero fallé.
Ni los libros, ni las caricias, ni la poesía, ni la música, ni las palabras de amor podían desentumecer el letargo del miedo incrustado en tu corazón, para ser el atlas de un mundo distinto, poco común. Pero con un gran valor.
Mis alas, empapadas de cera cayeron ante el falso yugo del sol que irradiabas en ilusiones pragmáticas.
Lo negué y lo renegué, a cambio de una paz temporal que acabo en desastre.
 
Te odio y no te odio.
Huella y cicatriz.
Sol y luna.
Luz tenue y tinieblas maliciosas.
Dos polos que forman un balance perfecto.
Y que hoy pareciera que el balance persiste, pero no sabemos si siempre será así.
Ojala que sí.
Ojala que la oscuridad infinita te absorba como abrasa el fuego a la leña.
Y por otro lado, ojala que brille el sol todos los días para ti.
Y entre susurros, entre desconciertos, entre esperanza y desesperanza, bajo el cruel umbra de una levedad impalpable, ojala que sea quien sea quien ames, pueda brindarte, aquello que jamás yo te pude dar.
Son siete minutos dentro de tu hora ya.  Y se supone, como cuenta la leyenda, la negada prosperidad de la superficie de la luna, aquellos que se esperan, se encuentren, pero bien, las cosas no son así de sencillas, y no siempre, tienen que ser así.
Me supongo, que hay puertas que es mejor dejarlas a la lluvia, para que el cerrojo se pudra y que no exista llave para volverse a abrir.
 Pasé del quiero al ojalá, del ojalá al aún, del aún al quizás, y del quizás al eterno adiós.
No estaría mal que tuvieses un momento en la madrugada para deshilvanar lo que escribo, puesto que lo más seguro, es que —como mi recuerdo—, se pierda, y nunca más abras una memoria para mí.Eso ya lo sé.
Nadie es perfecto. Pero en abstracciones, sí.El ideal es una muerte segura, pero meticulosamente diseñada para permanecer intacta y al mismo tiempo colapsar en su propia perfección, es el balance ilusorio y desequilibrado el que causa el desastre, así como el aleteo de una mariposa provocaría la muerte de miles de inocentes.
Ojala que te ahogues en lo inalcanzable de una insoportable contorsión de emociones e hilvanaciones  poco agobiantes.
Ojala, sonrías por tu propia voluntad.
Ojalá te punce la sonrisa mi recuerdo.
Pero más que nada, ojala, —y se atormenta con una serie de revuelcos las entrañas, y el corazón— tan sólo ojala, puedas encontrar la felicidad que yo nunca te pude brindar.
 
Hasta nunca.

Es inútil, sin duda, esperar que los espectáculos oníricos, de cada uno de sus cuadros, una significación traducible, y querer vivir más en el sueño que en la morada que nos ha sido prescrita. La verdadera enseñanza del sueño está en otra cosa: en el hecho mismo de soñar, de llevar en nosotros mismos todo ese mundo de libertad y de imágenes, en saber que el orden aparente de las cosas no es su único orden. De vuelta del sueño, la mirada humana es capaz de ese asombro que se experimenta cuando de pronto las cosas recuperan por un instante su novedad primera. Yo nazco a las cosas; ellas nacen a mí. Se restablece el intercambio, como en los primeros minutos de la existencia, el asombro restituye al mundo su maravillosa apariencia mágica.

—Albert Béguin.

Onirismo

El onirismo (griego “sueño” y “doctrina”) es una actividad mental que se manifiesta en un síndrome de confusión que está especialmente caracterizado por alucinaciones visuales, que pueden indicar una disolución parcial o completa con la consciencia o la realidad.

Cabe mencionar que el término: onirismo puede ser visto y analizado desde una perspectiva artística. De esta manera puede inclusive considerársele como un proceso de abstración y de síntesis, en la que el artista es estimulado por la realidad, que internaliza escogiendo (arbitraria o heurísticamente), ciertos detalles o eventos externos a él o ella, los cuales estudia, los recuerda, de alguna manera los pondera o atesora y finalmente los plasma en su obra para compartirlos con los demás.

Así es que tenemos que el artista utiliza y se sirve para interpretar sus sueños o alucinaciones oníricas, de alusionessímilesmetáforasseñas, y símbolos. En los casos específicos: cuando se usan palabras, entonces es Onirismo Literario; cuando se usan imágenes entonces es Onirismo Pictórico; cuando se usan formas tangibles (esculturajoyeríadanza,ballet), es Onirismo Plástico.