Monopolio

Nuevos estudios siguen apoyando una corporación con el dominio de la economia mundial

El Swiss Federal Institute (SFI) en Zurich, publicó un estudio titulado “La Red de Control Corporativo Global” que demuestra un consorcio de pequeñas empresas - principalmente bancos - dirigiendo el mundo. Sólo 147 empresas que forman una “entidad super” tienen el control del 40% de la riqueza del mundo, que es la economía real. Estas mega-corporaciones están en el centro de la economía global. Los bancos que resultaron ser más influyentes son:

    • Barclays
    • Goldman Sachs
    • JPMorgan Chase & Co
    • Vanguard Group
    • UBS
    • Deutsche Bank
    • Bank of New York Melon Corp
    • Morgan Stanley
    • Bank of America Corp
    • Société Générale


Sin embargo, como las conexiones con los grupos de control están conectadas en red en todo el mundo, se convierten en el catalizador de un colapso financiero global.
James Glattfelder, teórico de los sistemas complejos en el SFI explica: “En efecto, menos del uno por ciento de las empresas fueron capaces de controlar el 40 por ciento de toda la red”.

Con el uso de modelos matemáticos que normalmente se aplican a los sistemas naturales, los investigadores analizaron la economía mundial. Sus datos se han tomado de Orbis 2007, una base de datos que enumera 37 millones corporaciones e inversores. Las pruebas demostraron que las mayores corporaciones del mundo están interconectados para todas las demás empresas y sus decisiones afectan a todos los profesionales de los mercados de todo el mundo.

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Yo recuerdo muy bien aquella tarde
en la ciudad de México
fui con Vivi al Indautor
me invitaron a una clase
donde la maestra le enseñaba a un grupo
de talentos jóvenes
a hacer canciones
para vender al monopolio
de artistas de la radio
como Alejandro Fernández,
Camila, banda el Recodo,
la Arrolladora
yo canté
Zapatos Rotos
un tema que habla
de mis viajes de mochilazo
por el país
la maestra dijo que no podía
hablar de tantos estados
en una canción
y yo pensé
¿por qué no?
salí un poco decepcionado,
suena muy bonito
eso de no hacer
al arte comercial
pero por más que compartas
llega un punto
donde harás dinero
y eso es el premio
a tu gratitud
como los Artick Monkeys
que si bien no acabaron
con el monopolio
de la industria musical
en su territorio
al menos encontraron
una manera distinta
de hacer las cosas
gracias al My Space
y a esa era de jóvenes
exploradores del cosmos
cibernético
sedientos de novedades
esos jóvenes entusiastas
que salvan a otros artistas
de morir en el olvido
jóvenes que apoyan
destinando parte de su salario
para comprar la camiseta,
el disco o el libro
del artista
jóvenes que un día
verán a sus ejemplos
tan cercanos a ellos
y no como figuras
llenas de guaruras
y entonces se darán cuenta
que el potencial
del ser humano
no está oculto como
ya lo habrían pensado
— 

La alegría es un roadtrip, Quetzal Noah

Cercavo sempre, continuamente, qualcuno che mi piacesse. Un ragazzo su cui fantasticare, da guardare, aspettare, anche se poi non ci facevo niente. Anche se poi succedeva solo nella mia mente, era bello questo.
Avere qualcuno da pensare.
Al mattino, appena ti svegli, o mentre metti il rossetto rosso, e ti metti la gonna a pieghe blu che ti piace tanto. Sai, per sentirti un po’ più carina.
Era bello soprattutto perché, se non lo facevo, avevo tempo per concentrarmi su di me. E non era bello per niente, essere protagonista dei propri pensieri.
Monopolio emozionale.
Solitudine.
Cadere nella voragine del proprio essere.
Dio, quanto mi faceva paura.

Einstein alguna vez dijo: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera.”
Y Wilhelm Steinitz:“La mente humana es limitada, pero la estupidez humana es ilimitada.”
El día que las personas entiendan que el dinero, poder o todo el petróleo del mundo, no valen la muerte de tantas personas inocentes, será un paso que daremos hacia adelante, me parece injusto que por la insensata avaricia de poder, las élites monarquistas, narcisistas y gubernamentales hacen de las vidas humanas un monopolio.
En realidad en lo que va del mes han muerto más de 1000 personas en actos “terroristas cometidos por ISIS”, pero debido a las medidas mediáticas de menospreciar las muertes de cientos de niños, adultos y ancianos de ciertos sectores geográficos tales como siria, palestina y ucrania, entre otros, por su situación política, económica o religiosa deciden el no informar y no tomar medidas de apoyo masivo para así mostrar el repudio a TODAS estas muertes.
La hipocresía de las personas ante toda esta situación es solo el reflejo de la ignorancia en la que vivimos. No hay nada en el mundo que justifique la xenofobia, racismo, apatía y la falta de respeto y valor a una vida humana. Entiendan que una vida no vale más que otra, todos somos iguales y tenemos derecho a vivir.
Cuando los medios nos informen de la nacionalidad de los terroristas, que también nos digan en qué país se fabricaron las armas.
—  Ser o no ser 
Son cosas de mujeres, se dice también. El racismo y el machismo beben de las mismas fuentes y escupen palabras parecidas. Según Eugenio Raúl Zaffaroni, el texto fundador del derecho penal es el “martillo de las brujas”, un manual de la Inquisición escrito contra la mitad de la humanidad y publicado en 1546. Los inquisidores dedicaron todo el manual, desde la primera hasta la última página a justificar el castigo de la mujer y a demostrar su inferioridad biológica. Ya las mujeres habían sido largamente maltratadas por la Biblia y por la mitología griega, desde los tiempos en que la tonta de Eva hizo que Dios nos echara del Paraíso y la atolondrada de Pandora destapó la caja que llenó al mundo de desgracias. La cabeza de la mujer es el hombre, había explicado san Pablo a los corintios, y diecinueve siglos después Gustave Le Bon, uno de los fundadores de la psicología social, pudo comprobar que una mujer inteligente es tan rara como un gorila de dos cabezas. Charles Darwin reconocía algunas virtudes femeninas, como la intuición, pero eran virtudes “características de las razas inferiores”. Ya desde los albores de la conquista de América, los homosexuales habían sido acusados de traición a la condición masculina. El más imperdonable de los agravios al Señor, quien, como su nombre lo indica, es macho, consistía en el afeminamiento de esos indios “que para ser mujeres sólo les faltan tetas y parir”. En nuestros días, se acusa a las lesbianas de traición a la condición femenina, porque esas degeneradas no reproducen la mano de obra. La mujer, nacida para fabricar hijos, desvestir borrachos o vestir santos, ha sido tradicionalmente acusada, como los indios, como los negros, de estupidez congénita. Y ha sido condenada, como ellos, a los suburbios de la historia. La historia oficial de las Américas sólo hace un lugarcito a las fieles sombras de los próceres, a las madres abnegadas y a las viudas sufrientes: la bandera, el bordado y el luto. Rara vez se menciona a las mujeres europeas que protagonizaron la conquista de América o a las mujeres criollas que empuñaron la espada en las guerras de la independencia, aunque los historiadores machistas bien podrían, al menos, aplaudirles las virtudes guerreras. Y mucho menos se habla de las indias y de las negras que encabezaron algunas de las muchas rebeliones de la era colonial. Esas son las invisibles; por milagro aparecen, muy de vez en cuando, escarbando mucho. No hay tradición cultural que no justifique el monopolio masculino de las armas y de la palabra, ni tradición popular que no perpetúe el desprestigio de la mujer o que no la denuncie como peligro. Enseñan los proverbios, transmitidos por herencia, que la mujer y la mentira nacieron el mismo día y que la palabra de mujer no vale un alfiler, y en la mitología campesina latinoamericana son casi siempre fantasmas de mujeres, en busca de venganza, las temibles ánimas, las luces malas, que por las noches acechan a los caminantes. En la vigilia y en el sueño, se delata el pánico masculino ante la posible invasión femenina de los vedados territorios del placer y del poder, y así ha sido desde los siglos de los siglos. Por algo fueron las mujeres las víctimas de las cacerías de brujas, y no sólo en los tiempos de la inquisición. Endemoniadas: espasmos y aullidos, quizás orgasmos, y para colmo de escándalos, orgasmos múltiples. Sólo la posesión de Satán podía explicar tanto fuego prohibido, que por el fuego era castigado. Mandaba dios que fueran quemadas vivas las pecadoras que ardían. La envidia y el pánico ante el placer femenino no tenían nada de nuevo. Y en este mundo de hoy, hay ciento veinte millones de mujeres mutiladas del clítoris. No hay mujer que no resulte sospechosa de mala conducta. Según los boleros, son todas ingratas. Según los tangos, son todas putas (menos mamá). Confirmaciones del derecho de propiedad: el macho propietario comprueba a golpes su derecho de propiedad sobre la hembra. (…) Vuela torcida la humanidad, pájaro de un ala sola.
—  Eduardo Galeano
Al alumno se le escolariza para que confunda “enseñanza” con “saber”, la burocracia del bienestar social pretenden un monopolio profesional político y financiero sobre la imaginación social, fijando normas sobre qué es valedero y que es factible. La desventaja educacional no puede curarse apoyándose en una educación dentro de una escuela. El que todos tengan iguales oportunidades de educarse es una meta deseable y factible , pero identificar con ello la escolaridad obligatoria es confundir la salvación con la iglesia.
—  La cimarra es la educación - Anarkia Tropikal. Chile.
No sé qué tan acostumbrado estés a romper esquemas. No sé si has perdido todo y aun así hecho algo por tu cuenta para no caer y quejarte como lo hacen los pendejos que se quedan viviendo de los hubiera. No sé de dónde proviene tu frustración y tus deseos de querer hablar mal de todo lo que tú no te atreves a hacer. No sé qué tan dañada esté tu cabeza como para gastar tu tiempo en ofensas que sólo hacen evidente la falta de talento del que tanto presumes. No sé si alguna vez te fuiste de mochilazo y sin dinero, si dormiste en la playa, si sólo desayunabas pan, no sé si soportarías dormir en una ciudad desconocida en un techo frío. No sé si el gobierno te ha dado reconocimiento para creer que un diploma te da derecho a un monopolio intelectual. No sé si te sientes capaz de hacer las cosas por ti mismo sin esperar nada de nadie. Pero si a todo esto has dicho que no, entonces no puedo aceptar la crítica de alguien que no ha construido nada con su vida.
—  Conferencia de Quetzal Noah
Señores, ya mayores, beneficiarios de un sistema socialista/comunista de mercado capital que les permitió educación superior gratuita en los 70’s, crear empresas y negocios subsidiados por el gobierno en los 80’s, no tener competencia durante los 90’s, que han vivido del gobierno mucho más que un ciudadano promedio en Rusia, y que ahora le llaman “marxismo” a cualquier cosa que busque derechos civiles (ya ni siquiera comerciales como los derechos marxistas que ellos gozaron en Méjico). Ej: “Ahora resulta que no puedes despedir pinshis embarazadas pansonas, istos chiarios y su marsismo kultural” Don Señor Lic. Tiburcio Perez, salió de un barrio pobre de Zitácuaro, estudió en la UNAM, puso una fábrica de pinzas para la ropa en 1984 y como tuvo el monopolio una década ahora hasta sus bisnietos se dan vida de mirreyes gracias a las prácticas estalinistas de ese señor y viven en Bosques de las Lomas pero los aterroriza el “marxismo” de las embarazadas. Y el “marxismo” de los indígenas que piden educación básica, y el de los matrimonios igualitarios, y el de las mujeres que quieren decidir sobre su cuerpo, y el de adolescentes que quieren acceso a la tecnología. Pobres señorones, ellos tan bestias torotes del capitalismo que se hicieron ellos a sí mismos solitos sin ayuda de nadie y ahora tanto malandro de Moscú queriendo quitarles sus cositas.

Averroes

A la altura del siglo XII el máximo exponente de la filosofía islámica fue Averroes. Conocía los textos de la antigüedad clásica, en ese momento eran prácticamente desconocidos en el entorno cristiano, pero a partir de la segunda mitad del siglo XII se produce la traducción de esos textos y también se produce un mecanismo de dialéctica dentro del islam entre el elemento civil y el elemento religioso.

Triunfó el elemento religioso, que acusaba al elemento civil de entretenerse estudiando filosofías que lo único que hacían era perjudicar la guerra santa. Averroes tuvo que confesar sus delitos de corrupción de la juventud en la mezquita de Córdoba, porque se lo acusaba que dedicarse a especulaciones filosóficas era entretener en asuntos que hacían perder el objetivo firme marcado en el Corán de la guerra santa. 

A partir de que Averroes es condenado, en el seno del islam nos encontramos ante el monopolio de las las doctrinas emanadas de los clérigos y del Corán, con la idea que con el Córan basta y los demás libros sobran.

Gustavo Bueno Sánchez: Yihad y terrorismo

Lo Stato può essere definito come l’organizzazione che possiede una o entrambe (di fatto, quasi sempre entrambe) le seguenti caratteristiche: (a) esso raccoglie le proprie entrate per mezzo della coercizione fisica (la tassazione), e (b) raggiunge un monopolio forzato della violenza e del potere decisionale ultimo su un certo territorio. Entrambe queste attività essenziali dello Stato costituiscono un’aggressione criminale e una depredazione dei giusti diritti di proprietà privata dei suoi sudditi.
— 

Murray Rothbard,  L'etica della libertà, The Ethics of Liberty, 1982

Bertolt Brecht; Las cinco dificultades para decir la verdad, 1934

«El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.

Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.

1. El valor de escribir la verdad

Para mucha gente es evidente que el escritor deba escribir la verdad, es decir, no debe rechazarla, ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario.

Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello, se necesita mucho valor.

Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».

En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?

También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis, sólo admiten una verdad: la que les suena bien.

Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.

2. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad

Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No puede negarse que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No crea que es cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo, pero hay que mirar la cosa de cerca: se darán cuenta de que no dejan de decir: no puede impedirse que llueva hacia abajo.

También, están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos. Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad e, incluso, verdades enteras. El que busca necesita un método, pero puede encontrarse sin método, o sin objeto que buscar, inclusive. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente, esos escritores no están a la altura de su misión.

3. El arte de hacer la verdad manejable como arma

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.

Hay verdades sin consecuencias prácticas; por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mí, el fascismo es una fase histérica del capitalismo y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista, el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo –que se condena– si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.

Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin el recurso de la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural –filosofía, arte, literatura–; de ahí que acepten perfectamente escuchar a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del mal, la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.

Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres.

Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.

El que quiera describir el fascismo y la guerra –grandes desgracias, pero no calamidades «naturales»– debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrar que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.

4. Cómo saber a quién confiar la verdad

Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo, y se dice: yo hablo y los que quieren entenderme me entienden. En la realidad, el escritor habla y los que pueden pagar le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.

Sobre esto se han dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.

Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.

La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.

5. Proceder con astucia para difundir la verdad

Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.

Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.

El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes«» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».

Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.

La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días, también la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.

Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.

Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes.

Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión –que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta–. De repente, se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.

Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina, pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí, la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca –género literario desacreditado– la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.

En la obra de Shakespeare puede encontrarse un modelo de verdad propaga da por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.

Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que podrían realizarse economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya o, al menos, más humana, sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.

Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos, lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre.

Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etcétera. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.

Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura, en el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia puede evitarse el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la ver dad? Evidentemente no.

Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo.

Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, de ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviera y el Sol interrumpiera su carrera. Entonces, nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abrieran fuego; su salva sería necesariamente la última.

Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método –la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas– puede ser aplicado al examen de materias como Biología y Química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras. Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al gobierno.

En general, es posible reclinar los lugares comunes sobre el Destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí está el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros, a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso, un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres.

En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.

Conclusión

La gran verdad de nuestra época –conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante– es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice clara mente por qué?

Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.

Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad. Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción»

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Harto.

Estoy harto de las voces metálicas enlatadas que salen de los sucios altavoces.

Estoy harto de que me recomienden, de los cinturones y de la seguridad.

Estoy harto de las normas, también de las que son absurdas y sobre todo de las innecesarias.
Pero estoy especialmente harto de la letra pequeña; de los que van por la espalda, que te ofrecen paraísos terrenales en islas desiertas y luego las llenan de víboras para que coman tu cuenta corriente, por cierto, también estoy harto de las cuentas corrientes, de lo corriente, en general.

Harto del conformismo, del “saber estar y comportarse”, del “estudia si quieres ser alguien” del “niño, deja ya de joder con la pelota”. A ver cuando nos enteramos de que joder es necesario para salvaguardar la especie.
Harto del neoliberalismo, del abuso de autoridad, de las prisas, harto de los competentes y las competiciones, de la comida basura, de la ropa de marca y los televisores de plasma, del toque de queda.
Harto del modernismo, de los clichés y las modas, de los clones, de la burocracia y los tecnócratas.

Harto de la justicia robada, de las verdades compradas, de los informativos, de los debates de la televisión, de los partidos de la televisión, de las series de televisión, de la televisión.

Harto de los plenos del congreso y del congreso, de los congresistas y de alimentar con nuestro sudor a su familia.

Harto de no beber en los parques, de no fumar en los bares y de quitarle el mono a policías drogadictos con mis canutos y aguantar su prepotencia. 
Harto de la prepotencia y de la falta de todo: de amor, de besos, abrazos, arañazos, sonrisas, miradas complacientes, miradas sexuales, miradas furtivas, miradas, de comunicación, de sexo, de sentido común, de sentido, de paz.


Harto de la apariencia, de la gente que ‘va de’ y no es absolutamente nada. 
De los medios de desinformarción y de las radio-fórmulas. Harto de acumular y acumular, de comprar y comprar, de gastar y tirar.

Harto del “acuéstate temprano”, “no fumes”, “no te drogues”, “come a tu hora”, “portate bien”, “cuidate”… Que no me cuido, joder, que no quiero vivir hasta los ochenta para jubilarme a los sesentaysiete , que muy bien lo tenéis que pasar en el asilo los que os torturáis cuidadosamente de críos.

Harto de la seriedad, de la puntualidad, del tiempo, los relojes, los horarios, las horas y todo lo que coarta mi libertad de decidir qué y cómo en cada momento. 

Harto del amor cursi, de casarse (porque sí), del amor insano, de tener hijos (porque así ha de ser).
Harto de la unilateralidad del amor y de su lucha de egos, harto del amor que te venden en las marquesinas y cumplimos a raja-tabla.

Harto del s.XXI y de las luces, de las casas que joden las primeras líneas de playa, de los eufemismos y de los que siempre quieren quedar bien (por encima de todo).

Harto del miedo que nos infunden y no nos deja follar tranquilos.

Harto del Rey, de la reina, del príncipe, de las infantas, de sus primos, sus cuñados, sus tíos, sus yernos, sus abuelos y todos sus muertos. De la realeza y de los vagos que viven a costa del resto.

De la heteronomía hasta los treinta, de los colegios de curas, de los curas y sus curas. 
De las multinacionales, de los monopolios, de los empresarios, de las empresas.
Harto de la jerarquía, de la oligarquía.

Harto de la democracia.

Harto del “tú no debes” mucho más del “tú no puedes”.
Harto de los genocidios que permite dios y que avalan las superpotencias, harto de las superpotencias.

Harto de no poder sonréir a la gente cuando paseo porque o están mirando a su smartphone o se van a sentir agredidos.

Harto de que le hayamos robado la plenitud a la vida.
Harto de ser cómplice de todo esto.
Harto de no saber cambiar nada sin el resto.
Harto de estar harto.
Harto.