La Preciosa

Me emociona saber que te tengo.
Y que nos tenemos. Al mirarte puedo ver un millón de constelaciones brillando en tus ojos y es hermoso. Puedo sentir tu amor, y hasta lo puedo palpar con mis propias manos al estar cerca de ti, te lo prometo, puedo anhelar el despertar más glorioso y sé que será siempre a tu lado… se que a veces tenemos días negros.. Pero que va, la vida es así, no todo es color de rosa, y algun dia siempre abra un tono gris, pero gracias a Dios que tengo a la persona correcta a mi lado, osea tú, que me entiendes y apoyas, me respetas, me soportas, me aguantas y por sobre todo me amas… y eso me encanta… Y dejame decirte que tú eres mi persona favorita, sin ti, no habría canciones, ni poemas, ni versos, ni películas, ni cafes, ni momentos, ni frases, ni nada, no habría nada si no te tengo. Pero sí, te tengo, y tú me tienes a mí. Y espero, de verdad, que siempre nos tengamos, Porque te espero en esta vida, y en las próximas si es necesario… y te amo, de verdad que te amo con todo el corazón…
—  Carisma (cartas a mi novia)
Ella quería ser una estrella
y brillar como Nueva York,
vestir Prada
y comerse el mundo a bocadillos.

Soñaba con ser pianista,
viajar por el planeta,
descubrir rincones,
playas
y taquicardias que desconocía.

Podía ser demasiado tarde
y llegar a tiempo a las citas,
pero era ella quien corría los relojes
y corría detrás de un imposible.

Verla a orillas del mar era la forma más preciosa
de ver el tiempo pasar y que no te importara si mañana te hacías viejo,
o de si mañana llovía o salía el sol.

Todos los poemas tienen un nombre,
pero el suyo,
el que llevaba escrito en su constelación de pensamientos,
donde la mirada se escondía detrás de una estrella,
no tuvo uno
y, de haberlo tenido,
se hubiese llamado:
tormenta busca tornado,
huyendo de la temerosa calma.

Los planetas giraban en su órbita
y estaba perdida porque estaba loca,
y estaba loca porque estaba enamorada
de una galaxia que le sonreía
desde la más profunda oscuridad.

Ojalá sea a mí a quien me mire,
decía.
Y un día dejó de brillar.
—  “Chica de una galaxia”, Benjamín Griss

Tú no lo sabías, pero yo suspiraba por ti. Cada día esperaba con ansias contenidas el verte de nuevo, mirándome con esos ojitos que me volvían loco, tú me mirabas y sé que esos ojos me gritaban más de lo que yo mismo podía descifrar. 
Nunca te lo dije, pero eras asombrosa, pusiste de cabeza mi mundo sin siquiera pretenderlo.
Llegaste un día, y me marcaste  para siempre, fuiste la sorpresa y coincidencia que muy dentro de mí deseaba, y que un día después de tantos años se hizo realidad.
Eras fuente de alegría siempre, amaba tu entusiasmo, las ganas que le ponías a todo, el empeño con el que siempre luchabas.
No te lo dije, pero me enamoré de ti, me enamoré de tus gestos al hablar, y de la manera en la que me mirabas, me enamoré de la manera en la que me hacías sentir, porque no sabía que se podía sentir tanto en un segundo.
Nunca te lo confesé, por idiota, por cobarde o por miedo a que fuera tan correspondido que no fuera posible.
Tú nunca lo supiste, pero el día en que te fuiste mataste algo de mí, fuiste la lección más preciosa con la que pude toparme, y también una de las más dolorosas.
Te fuiste un día, así sin más. Te despediste de mí y me abrazaste como si no hubiera futuro, aunque lo hubo, aunque no fuera el futuro juntos que deseábamos.
Tal vez jamás leas esto, o tal vez jamás sepas que lo escribí, pero esta es la carta de despedida que siempre quise hacerte, pero que no hice. O al menos, que jamás te entregué.
Fue el destino, la vida y la jodida suerte más precisa la que te trajo a mí, o la que me llevó hacía ti, de cualquier manera dejaste algo en mí que será por siempre inolvidable.
Yo sé que no te dije tantas cosas, y me arrepiento, pero nunca olvides, que el amor tan intenso y prohibido que vivimos, jamás se podrá borrar, ni de mi mente, ni de la tuya.


El deseo de un soñador.

—  La sinfonía del alma.
Estaba preciosa.
Aún la recuerdo. El sol moría en el horizonte, mientras un “nosotros” empezaba a nacer desde el fuego. De ese tipo de fuego que emana una chispa sobre un bosque marchito.

Me senté al borde de mi vida para ver cómo mi mundo se derrumbaba mientras ella no dejaba de sonreír. Ver que, más allá del dolor, también hay unos ojos que esperan por ti para verte como si existieras tú. Solamente.

Era un poco tímida, pero a veces quería comerse el mundo que, dicho sea, lo llevaba también al borde del precipicio. Rugía como leona cuando no podía más y en el último aliento, me asomaba, y le daba un beso, y se quedaba en silencio tras haber pasado unos minutos ya del desorden de sentimientos.

—Somos dos mundos en ruinas que colapsaron, pero que en el intento se hicieron una herida mortal —le dije una vez.
—Una herida mortal puede volver a cualquier humano inmortal. Y yo detesto lo permanente. Sabes que fluyo como el viento, que, a diferencia, el día que me voy, jamás vuelvo.

Y desde aquel instante supe que la odiaría. Odiaría echarla de menos para siempre. Buscarla entre las hojas del otoño y saber que estoy buscando en vano lo que jamás volveré a encontrar. Gritarle a los cuatro vientos que la amo y que ella jamás me amó. A veces me quería. A veces. A ratos. Casi nunca. Fueron tan pocas las veces en las que lo hizo. Sólo cuando lloraba. Cuando no quedaba de otra que sentir y bailar al ritmo del amor. O como quieras llamarlo: ruinas, destrucción, metanfetaminas. Cada quien tiene su propio concepto de amor y el mío lleva su nombre.

Ojalá se hubiese enamorado de mi desastre, también. Y no solamente de las vistas preciosas que conducían mis manos sobre su cuerpo; de las canciones que le dedicaba de madrugada cuando, aún dormida, la despertaba con un beso en la frente; de los abrazos cuando se sentía rota y no quedaba de otra que ser fuerte.

Hubiese querido que se enamorara de mis malos ratos, de mi rebeldía, de mis adicciones, de mis manías, de mis ataques de pánico, de mis fobias, de mis nervios minutos antes de ser feliz, de mis quejidos cuando cogía gripe, de mis ansiedades. Hubiese querido que permaneciera allí, inmóvil, en silencio, cuando yo también no podía más conmigo mismo.

Fui el verano de sus días.
Y ella, el invierno de los míos.

Éste es el último escrito que lleva entre líneas su nombre. Éste es el último balazo que se escucha en mi habitación. Y ésta es la última ruina sobre la cual decido construir un nuevo amanecer.

Posdata: Te amo como siempre.
Hasta nunca.
—  “Carta por si algún día la lees”, Benjamín Griss

Van Houten:
Soy una buena persona, pero una mierda de escritor. Usted es una mierda de persona, pero un buen escritor. Formaríamos un buen equipo. No quiero pedirle ningún favor, pero si tiene tiempo —y, por lo que sé, tiene mucho—, me preguntaba si podría escribir un discurso fúnebre para Hazel. He tomado notas, pero quizá usted podría darles forma coherente o algo así. O simplemente decirme qué debería decir de otra manera.

Lo más importante sobre Hazel: a casi todo el mundo le obsesiona dejar huella en el mundo. Dejar un legado. Sobrevivir a la muerte. Todos queremos que nos recuerden. Yo también. Lo que más me preocupa es ser una olvidada víctima más de la antigua y poca gloriosa guerra contra la enfermedad.

Quiero dejar huella.

Pero Van Houten: las huellas que dejamos los hombres suelen ser cicatrices. Construyes un espantoso centro comercial, das un golpe o intentas llegar a ser una estrella del rock, y piensas: «Ahora me recordarán», pero: a) no te recuerdan, y b) lo único que dejas tras de ti son más cicatrices. Tu golpe se convierte en una dictadura. Tu centro comercial se convierte en una herida. (De acuerdo, quizá no soy tan mierda como escritor. Pero no puedo enlazar mis ideas, Van Houten. Mis pensamientos son estrellas con las que no puedo formar constelaciones.)
Somos como una manada de perros meando en bocas de incendio. Envenenamos las aguas subterráneas con nuestras meadas, nos apoderamos de todo en un ridículo intento de sobrevivir a la muerte. Yo no puedo dejar de mear en bocas de incendios. Sé que es idiota e inútil —en mi actual estado, épicamente inútil—, pero soy un animal como cualquier otro.

Hazel es diferente. Camina ligera, Van Houten. Camina ligera sin tocar el suelo. Hazel sabe la verdad: es tan probable que hagamos daño al universo como que lo ayudemos, y seguramente no haremos ninguna de las dos cosas.
La gente dirá que es triste que deje una cicatriz menor, que menos personas la recordarán, que la querían mucho, pero no muchos. Pero no es triste, Van Houten. Es un triunfo. Es heroico. ¿No es eso el verdadero heroísmo? Como dicen los médicos: «Ante todo, no hagas daño». En cualquier caso, los verdaderos héroes no son los que hacen cosas. Los verdaderos héroes son los que OBSERVAN las cosas, los que les prestan atención. El tipo que inventó la vacuna de la viruela en realidad no inventó nada. Simplemente observó que las personas que tenían viruela bovina no cogían la viruela.

Después de recoger los resultados de mi escáner, me colé en la UCI cuando ella estaba inconsciente. Entré detrás de una enfermera que llevaba una placa y conseguí estar a su lado unos diez minutos, hasta que me pillaron. De verdad creía que iba a morirse antes de que pudiera decirle que también yo iba a morirme. La incesante arenga mecanizada de los cuidados intensivos era atroz. Le sacaban del pecho, gota a gota, aquel líquido oscuro. Los ojos cerrados. Intubada. Pero su mano seguía siendo su mano, todavía tibia, las uñas pintadas de un azul oscuro casi negro, y yo la cogía de la mano e intentaba imaginar el mundo sin nosotros, y por un segundo fui lo bastante buena persona para esperar que se muriera y así nunca llegara a enterarse de que yo me moría también. Pero después quise más tiempo para que pudiéramos enamorarnos. He conseguido mi deseo, supongo, y he dejado mi cicatriz.
Llegó un enfermero y me dijo que tenía que marcharme, que sólo podía entrar la familia. Le pregunté si iba bien, y el tipo me contestó: «Sigue entrándole líquido». Bendito sea el desierto, y maldito sea el mar.

¿Qué más? Es preciosa. No te cansas de mirarla. No tienes que preocuparte de si es más inteligente que tú, porque sabes que lo es. Es divertida sin pretenderlo siquiera. La quiero. Tengo la inmensa suerte de quererla, Van Houten.
No puedes elegir si van a hacerte daño en este mundo, pero sí eliges quién te lo hace. Me gustan mis elecciones. Y espero que a ella le gusten las suyas.

—  Carta de Augustus Waters, Bajo la misma estrella, John Green.
Creo en el amor a primera vista, y a segunda vista, y a todas las vistas posibles. Creo en los abrazos de más de quince segundos y en la primavera que trae consigo una nota de voz. Creo en las ojeras, en las curvas preciosas, en la fiebre del momento. Creo en los nervios de la primera cita, la emoción de la segunda, y la felicidad de todas las restantes. Creo en las promesas como palabras de amor y en los garabatos al final del cuaderno. Creo en los detalles, no en los regalos de aniversario. Creo en los errores, no en las justificaciones. Creo en las despedidas, pero nunca en los regresos. Creo en la libertad y la opción de compartirla, no creo en la pertenencia. Creo en la confianza y en los motivos para perderla. Creo en la valentía del insomnio, en lo agradable del sueño, en las razones para no querer dormir. Creo en la conquista por una sola persona, no creo en el cariño compartido. Creo en las canciones cuando uno está enamorado y en el desprecio cuando todo terminó. Creo en los ataques de risa, en el arte de besar el cuello, en la magia de un helado entre los dos. Creo en los finales como parte de la historia y en la desaparición de todos los fantasmas. Creo en la desilusión de haber querido de más, pero sobre todo, en las ganas de empezar todo de nuevo.
—  Estefanía Mitre
Para mi novia.

Hoy cumplimos un mes y aunque la conozco de antes, es algo inexplicable todo lo que siento porque joder, ella se ha convertido en todo para mi.
Recuerdo la primera vez que hablamos y yo no me sentía bien, recuerdo la primera vez que me hizo sonreír y fue algo extraño.
Recuerdo la primera vez que escuché su voz, la primera vez que la escuché cantar, la primera vez que la escuché reir. Creo que si pudiera escuchar algo toda mi vida, eso sería su risa.
Recuerdo la primera vez que la vi, ella corrió a abrazarme y yo sólo podía decir “te quiero mucho” una y otra vez mientras la sentía junto a mi.
Recuerdo cuando tomé su mano por primera vez y yo estaba realmente nerviosa. Recuerdo el primer beso que le dí, esa sensación que recorrió todo mi cuerpo. Recuerdo su mirada, su olor, su risa, sus ojos. Recuerdo todo de ella.
Ella lo es todo para mi, ella lo sabe.
Sabe que para mi no existe nadie antes de ella y no quiero que exista nadie después de ella.

¿Que es la filosofía?
Muchas personas tienen hobbies. unas coleccionan monedas o sellos, a otras les gustan las labores, y otras emplean la mayor parte de su tiempo libre en algún deporte.
A muchas personas también la lectura, pero lo que leemos es muy variado.
Unos leen sólo periódicos o cómics, a algunos les gustan las novelas , otros prefieren libros sobre distintos temas, tales como la astronomía, la fauna o los inventos tecnológicos.
Aunque a mí me interesen los caballos o las piedras preciosas, no puedo exigir que todos los demás tengan los mismos intereses que yo, si sigo con gran interés todas las emisiones deportivas en la televisión, tengo que tolerar que otros opinen que el deporte es aburrido.
¿Hay, no obstante, algo que debería interesar a todo el mundo? ¿existe algo que concierna a todos los seres humanos, independientemente de quiénes sean o de en qué parte del mundo vivan? Sí, hay algunas cuestiones que deberían interesar a todo el mundo, sobre esas cuestiones se trata la filosofía.
—  El mundo de Sofía - Jostein Gaarder