Hermann Behrens

 Muerte, Muerte mía, ¿por qué me hablas tan bajo al oído?
 Cuando al atardecer las flores se mustian y el ganado vuelve al establo te acercas astutamente a mí y me susurras palabras que no comprendo.
 ¿Confías de este modo cortejarme y conquistarme, adormecerme con el opio de tus fríos besos, Muerte, Muerte mía?
 ¿No será nuestra boda una suntuosa ceremonia? ¿No adornarás con una guirnalda de flores tus rojos rizos?
 ¿No hay nadie que te preceda enarbolando tu estandarte y tus rojas antorchas no inflamarán la noche, Muerte, Muerte mía?
 Acércate tocando tus crótalos, en una noche sin sueño.
 Revísteme con tu mano escarlata, estrecha mi mano y llévame contigo.
 Que tu carroza está dispuesta ante mi puerta y que tus caballos relinchen de impaciencia.
 Levanta el velo y, orgullosamente, mírame cara a cara, Muerte, Muerte mía.


Extraído de “El jardinero” (1913) - Rabindranath Tagore