Dabas

Era una chica interesante.
Lloraba a ratos y reía siempre.
Su mirada era especial y sus ojos eran oscuros, pero su alma, aunque lastimada, seguía siendo pura.
Era divertida y estaba loca, hacia chistes sin sentido y se reía de sus propias bromas.
Era aventurada pero temerosa, tenía tantos sueños por cumplir y solo el miedo la hacia retroceder a ellos.
Era fuerte, sensible y poética.
Lograba meterte en cada una de sus historias, siempre las contaba agitando los brazos y haciendo gestos y voces. Como si te hiciera entrar en contexto.
Leía y odiaba los clichés, pero también los amaba, le gustaba verlos en películas, y escucharlos en historias, pero no le gustaba vivirlos, le iban más esas historias raras que solo a ella le pasaban, raras, curiosas y bonitas.
Siempre tenía algo que contar. Enserio, siempre.
Hablaba mucho y muy fuerte, y aunque trataba de evitarlo su voz siempre se notaba por encima de los demás. Pero ella era así, ni siquiera lo notaba, se veía entre la multitud, llamando la atención desde donde estuviera, reflejando su entusiasmo y esa vibra que brillaba.
Era una chica positiva, pero triste. Imaginaba y deseaba tanto que la suerte no siempre le llegaba.
Tenía alma de poeta, ojitos tristes y brillantes, y guardaba sonrisas en medio de la vergüenza.
Siempre reía, en cualquier momento, en momentos inapropiados, y a pesar de ello, sabía guardar la compostura.
Era irreverente pero daba los mejores consejos.


Estaba rota.
Y llena de complejos.
Era insegura y podría decirse que ese era casi mayor defecto. El mayor era querer demasiado pronto.
Nunca le gustaron los a ratos y los a medias.
Para ella era todo o nada.
Porque ella te entregaba todo el corazón, aunque tristemente, a veces se conformaba con muy poco solo para recibir un pedacito de lo que ella daba.
Solía obsesionarse con casi todo lo que hacía en su vida, nunca lograba evitarlo.
Se aferraba hasta que la esperanza la rompía. Y las lágrimas caían.


Tenía la manera de quererte más linda, sincera y real que pudieras encontrarte.
Era amable, sencilla y carismática.
Era hermosa y en ocasiones insoportable, pero encantadora.

Si pudiera escribir sobre ella, la escribiría con flores y sonrisas. Porque nunca le regalaban flores y le faltaron sonrisas por devolver.

Me pregunto cuántas personas han escrito sobre ella sin saberlo, cuántos poemas llevan su nombre tatuado sin conocerla.

Era curioso, era una chica locura, pero en zonas de peligro, no era más que una bolita de nervios y miedos andantes.

Ella era así, un desastre. Y un amor.
Mi gran amor.

—  Misterioso sin sonido.
Me enamoré. Me enamoré de ella, de su sonrisa. Porque me importaba una mierda lo que pasara si ella estaba sonriendo. Y me enamoré de su boca, de cada palabra. Me gustaba incluso cuando se enfadaba y ponía morritos deseando que fuera por detrás y la cogiera para no soltarla; y ojalá no la hubiera soltado nunca. Me enamoré, joder, pero ya no me cuesta decirlo. Porque me enamoré de sus ojos, ¿y qué me importa que no sean de un color especial?. Me enamoré de sus ataques de éxtasis, de cuando cantaba bajito porque estaba feliz, pero no quería que la escuchara. De cuando me abrazaba fuerte porque decía que tenía miedo de perderme, cuando me apretaba porque solo yo sabía que era entonces cuando tenía que quererla más que nunca. Me enamoré de lo lista que era y de lo tonta que se ponía a veces, incluso de cuando fingía serlo. De cuando me insultaba porque era así como ella disfrazaba las palabras bonitas, y eso solo lo sabía yo. De sus abrazos y aún, a veces, echo en falta alguno. De cómo se tapaba la boca cuando la veía comer, de cuando se tapaba la cara cuando decía que estaba fea y yo no podía dejar de mirarla, quizás porque para mí, fuera como fuera, siempre estaba preciosa. De eso me enamoré, de lo bueno y de lo malo. De sus ganas de estar conmigo, pero también de su orgullo, porque cuando creía que iba a perderme del todo, se lo tragaba. Qué inocente, si yo era el que perdía la cabeza por ella. Joder, me gustaba. Me gustaba cuando rodeaba mi cuello y jugaba a estar a dos centímetros de mi boca sin besarme, solo para ver quién aguantaba más sin hacerlo. De sus prisas, de sus ganas de tenerlo todo siempre controlado, y de la voz que ponía cuando le desmontaba todos sus planes, como si de repente volviese a tener cinco años. De su vergüenza y de lo nerviosa que se ponía a la mínima. De cómo temblaba, de cómo era capaz de calmarme. Me enamoré. Me enamoré de su risa, por muy fea que dijera que estaba cuando lo hacía. Nunca se lo dije, y aún hay veces que recuerdo su risa y la extraño. Por eso y sus “Te quiero” que tanto le cuesta decir. ¿Es que no lo entiendes? Me enamoré de cómo era, de cómo hacía lo mismo que todo el mundo y a la vez conseguía ser diferente, no sé. Su forma de quererme. Que ella creía que no me daba cuenta, pero sé que me quería, por mucho que le doliera demostrarlo. La quería, con sus más y con sus menos. Con sus idas y venidas, con su mal humor, con su facilidad intermitente de sus mensajes en los que decía que me echaba de menos. De todas las conversaciones, incluso de las que borré cuando acabó todo. De sus intentos de ponerme celoso y de lo celosa que se ponía cuando me veía con otra. Nunca le entró en la cabeza que ella era única. De todas las canciones, de su voz y de su olor, que siempre aparece cada cierto tiempo para recordarme que sigo sin ella. De su forma de ser, de cómo me pedía que me fuera porque creía que la pasaría mejor sin ella. De sus venazos, cuando le daba por recordarme lo importante que era para ella y de sus “cállate” cuando la imitaba con voz ridícula. De cómo se burlaba de todas esas cosas cursis, incluso de su nombre escrito en mis cuadernos. De la cara que ponía cuando me metía con ella y le daba el triple de importancia solo para que le pidiera perdón un par de veces. Me gustaba su intento de cuidarme aunque, sinceramente, me gustaba mucho más cuando era ella la que se sentía protegida a mi lado. De nuestros mil momentos y bueno, de ellos sigo enamorado. Es que por gustar, me gustaban hasta sus ojeras que le aparecían cuando se quedaba hablando conmigo hasta las tantas. De su cabello encrespado cuando llovía, de su voz en formato susurro cuando hablábamos por teléfono desde la cama y no quería que sus padres la escucharan, de cómo corría cada vez que llegaba tarde por mi culpa. De sus besos, aunque siempre quisiera más. Ahora ya es solo un recuerdo, pero es un recuerdo que prometí no olvidar. Duele ver cómo alguien que un día fue tu vida, deja de formar parte de ella; pero duele más ser la persona que decide que así sea. Ella era la pieza perfecta de mi rompecabezas, pero después de un tiempo me dio la impresión de que pertenecíamos a dos pluzzles diferentes. Pero cuánto la echo de menos, y cuánto daría por volver a tenerla a mi lado. Por romper sus esquemas y convencerla de que quizás a mi lado no se está tan mal.

Es un texto muy hermoso, y vale la pena leerlo.
Lo encontré en partes en mi galería, lloren un poco.

TÚ NO EXTRAÑAS A ESE HIJO DE PUTA
No extrañas a ese hijo de puta
extrañas los momentos
que pasaste con él,
extrañas los detalles,
los besos,
el sexo,
pero no lo extrañas a él,
tú lo que extrañas
es una farza,
una mentira que buscas creerte,
quizás extrañas a ese hombre que fue,
aquél del que te enamoraste al principio,
pero ese hombre ya no existe,
ahora es un pendejo
y tienes que aceptarlo,
extrañas los apodos que te daba,
los chistes y las bromas
que sólo ustedes entendían,
echas de menos esos lugares mágicos
que sin él son sólo espacios sin sentido,
extrañas que te regale flores
o que llegara de sorpresa a tu casa,
también extrañas
la forma en la que te hacía el amor
y esa habilidad tan suya
de sacarte de tus cabales,
porque hay que aceptarlo,
si no cogiese bien
no estuvieras tan melancólica
y puede que sea el alcohol
en los viernes de borrachera
el desencadenante de tanta melancolía,
pero yo vengo a decirte
que no lo extrañas,
así que guarda ese teléfono
y no le llames aún,
escúchame primero
¿extrañas también las peleas
y esa indiferencia
que poco a poco fue acabado contigo?,
¿extrañas acabo
al tipo en el que se convirtió?,
tú no extrañas a ese hijo de la chingada,
extrañas a la mujer que fuiste con él,
esa mujer
que se levantaba con una sonrisa,
que creía ingenuamente
“este es el bueno
este es
el amor de mi vida”,
extrañas cuando hablabas de amor
y te brillaban los ojos,
en realidad
lo único que extrañas
es a ti
antes de que te mandara al carajo
y te fallara,
y te dejase sola cuando más lo necesitabas,
así que deja de llorar por ese tipo,
tú no estás para llorar por cabrones,
puede que pienses que lo extrañas
pero sólo extrañas una mentira,
ya verás
saldrás adelante,
así que extraña,
sufre ahora que puedes,
llora todo lo que puedas,
emborrachate,
pues al fin de cuentas
tú volverás a ser esa gran mujer
y él siempre será un pobre pendejo. 🏻

Estaba preciosa.
Aún la recuerdo. El sol moría en el horizonte, mientras un “nosotros” empezaba a nacer desde el fuego. De ese tipo de fuego que emana una chispa sobre un bosque marchito.

Me senté al borde de mi vida para ver cómo mi mundo se derrumbaba mientras ella no dejaba de sonreír. Ver que, más allá del dolor, también hay unos ojos que esperan por ti para verte como si existieras tú. Solamente.

Era un poco tímida, pero a veces quería comerse el mundo que, dicho sea, lo llevaba también al borde del precipicio. Rugía como leona cuando no podía más y en el último aliento, me asomaba, y le daba un beso, y se quedaba en silencio tras haber pasado unos minutos ya del desorden de sentimientos.

—Somos dos mundos en ruinas que colapsaron, pero que en el intento se hicieron una herida mortal —le dije una vez.
—Una herida mortal puede volver a cualquier humano inmortal. Y yo detesto lo permanente. Sabes que fluyo como el viento, que, a diferencia, el día que me voy, jamás vuelvo.

Y desde aquel instante supe que la odiaría. Odiaría echarla de menos para siempre. Buscarla entre las hojas del otoño y saber que estoy buscando en vano lo que jamás volveré a encontrar. Gritarle a los cuatro vientos que la amo y que ella jamás me amó. A veces me quería. A veces. A ratos. Casi nunca. Fueron tan pocas las veces en las que lo hizo. Sólo cuando lloraba. Cuando no quedaba de otra que sentir y bailar al ritmo del amor. O como quieras llamarlo: ruinas, destrucción, metanfetaminas. Cada quien tiene su propio concepto de amor y el mío lleva su nombre.

Ojalá se hubiese enamorado de mi desastre, también. Y no solamente de las vistas preciosas que conducían mis manos sobre su cuerpo; de las canciones que le dedicaba de madrugada cuando, aún dormida, la despertaba con un beso en la frente; de los abrazos cuando se sentía rota y no quedaba de otra que ser fuerte.

Hubiese querido que se enamorara de mis malos ratos, de mi rebeldía, de mis adicciones, de mis manías, de mis ataques de pánico, de mis fobias, de mis nervios minutos antes de ser feliz, de mis quejidos cuando cogía gripe, de mis ansiedades. Hubiese querido que permaneciera allí, inmóvil, en silencio, cuando yo también no podía más conmigo mismo.

Fui el verano de sus días.
Y ella, el invierno de los míos.

Éste es el último escrito que lleva entre líneas su nombre. Éste es el último balazo que se escucha en mi habitación. Y ésta es la última ruina sobre la cual decido construir un nuevo amanecer.

Posdata: Te amo como siempre.
Hasta nunca.
—  “Carta por si algún día la lees”, Benjamín Griss